Capítulo 2 de 25

La mujer detrás de los lentes

El lunes, María Inés llegó a Grupo Mendiola Automotriz a las siete y veinte de la mañana.

El vigilante comprobó su identificación y le entregó un gafete provisional. Ella lo sujetó al saco gris, acomodó sobre su hombro la correa del bolso y atravesó el vestíbulo procurando que sus zapatos no hicieran demasiado ruido. Había dormido poco.

La noche anterior no había salido, pero pasó varias horas repasando nombres, organigramas y términos técnicos. No quería presentarse ante su nuevo jefe sin distinguir una planta de ensamblaje de una fábrica de componentes. En el elevador comprobó su reflejo. Moño firme. Blusa cerrada. Lentes limpios. Estaba lista. O eso creyó hasta que conoció su escritorio.

Se encontraba frente a la dirección general, separado del pasillo por una mampara de cristal. Había dos monitores, un teléfono con varias líneas y tres bandejas repletas de documentos. Sobre el teclado descansaba una nota:

Bienvenida. La contraseña temporal está en el sobre. Que tengas suerte.

No tenía firma. María Inés dejó el bolso y miró la puerta cerrada del despacho.

—Gracias —murmuró, sin saber a quién.

A las ocho y diez ya había clasificado la correspondencia. A las ocho y media encontró dos reuniones que se superponían. A las nueve recibió la primera llamada de una mujer que se negó a dar su apellido.

—Dígale a Ricardo que soy Valeria.

—El ingeniero Mendiola todavía no llega. ¿Desea dejarle algún mensaje?

—Sí. Que revise su teléfono.

María Inés lo anotó. Diez minutos después llamó otra. A las nueve y cuarenta apareció una tercera, en persona. Era alta, llevaba un vestido blanco y sostenía una caja rectangular con un moño negro.

—Vengo a ver a Ricardo.

María Inés se levantó.

—¿Tiene una cita?

La mujer la miró como si hubiera hecho una pregunta absurda.

—No necesito cita.

—En este momento no se encuentra.

—Entonces lo espero adentro.

Avanzó hacia el despacho. María Inés salió de detrás del escritorio.

—Disculpe. No puedo permitirle entrar sin autorización.

La mujer bajó la vista hacia sus zapatos y luego volvió a mirarle el rostro.

—¿Eres nueva?

—Sí.

—Se nota.

María Inés sintió que se le calentaban las orejas, pero permaneció frente a la puerta.

—Puedo recibir el paquete y avisarle que vino.

Ninguna cedió el paso. Finalmente, la visitante dejó la caja sobre el escritorio.

—Dile que Camila está muy decepcionada.

Cuando se fue, María Inés soltó el aire.

En la tarjeta escribió: Camila. Entrega personal. Solicita llamada.

Después puso el paquete junto a los documentos pendientes.

Su primer desafío del día había llevado perfume caro.

Ricardo apareció a las diez y diecisiete. María Inés lo reconoció antes de que él llegara al escritorio. Las fotografías no mostraban bien su estatura ni la forma en que ocupaba el espacio. Caminaba deprisa, con el saco abierto y el teléfono en una mano. Tenía el cabello oscuro, la mandíbula marcada y una expresión de fastidio que no disminuía su atractivo.

A ella se le olvidó momentáneamente la frase que había preparado.

—Buenos días, ingeniero Mendiola.

Él se detuvo. La miró apenas.

—¿Usted es…?

—María Inés Salgado. Su nueva asistente.

—Sí. Mi padre me comentó.

Ricardo buscó algo en la pantalla del teléfono.

—Necesito café. Sin azúcar. Y que nadie me interrumpa durante media hora.

María Inés tomó su libreta.

—Tiene una reunión con Finanzas en trece minutos.

Él levantó los ojos.

—Muévala.

—El director financiero tiene una videollamada con los auditores después. Podría reprogramarla a las cuatro y media.

—Hágalo.

—También lo espera el ingeniero Serrano en la planta norte a las doce.

Ricardo frunció el ceño.

—Eso era mañana.

María Inés giró ligeramente uno de los monitores.

—La confirmación es para hoy. La visita es previa a la entrega de la nueva línea.

Él se inclinó para leer. Su cercanía la tomó desprevenida. Olía a jabón, a loción discreta y a algo que ella no consiguió identificar porque estaba demasiado ocupada fingiendo tranquilidad.

—Bien —dijo él—. Salimos a las once.

María Inés parpadeó.

—¿Salimos?

—Va a tomar notas.

Ricardo recogió la caja con el moño negro.

—¿Y esto?

—Lo dejó Camila. También llamaron Valeria y una señorita que prefirió no identificarse.

Por primera vez la observó directamente.

—No necesita llevar un registro de eso.

María Inés bajó los ojos hacia su libreta.

—Llevo un registro de todas las llamadas.

Él pareció a punto de responder, pero se limitó a entrar en el despacho.

—El café, por favor.

La puerta se cerró. María Inés permaneció inmóvil un instante. Luego miró la hora.

Tenía cuarenta minutos para reorganizar la mañana y conseguir que su pulso dejara de comportarse como el de una adolescente.

La planta norte era un edificio inmenso donde el ruido obligaba a acercarse para conversar. María Inés llevaba casco, chaleco y una libreta apoyada contra el antebrazo. Ricardo caminaba junto al responsable de producción mientras hacía preguntas sobre tolerancias, pruebas y tiempos de entrega. Allí parecía otro hombre.

Ya no consultaba el teléfono. Escuchaba las respuestas completas y se detenía frente a las máquinas con atención.

—¿Cuántas piezas rechazaron en el último turno? —preguntó.

El supervisor mencionó una cifra. Ricardo pidió el reporte. María Inés lo vio revisar las mediciones, hablar con una operadora y agacharse junto a una bandeja de componentes. Sabía lo que hacía. Eso volvió más difícil ignorarlo. Podía desconfiar de un hombre atractivo y arrogante. Le costaba más mantener la distancia cuando además lo veía capaz de comprender un problema que otros intentaban disimular.

Al final del recorrido se reunieron en una pequeña sala. El supervisor propuso trabajar horas adicionales para cumplir la entrega. María Inés consultó sus notas. Había algo extraño en las fechas. Revisó el correo adjunto al pedido y después el calendario de producción. Ricardo lo advirtió.

—¿Qué ocurre?

Todas las miradas se volvieron hacia ella. María Inés se acomodó los lentes.

—La orden original establece la entrega para el jueves de la próxima semana.

—El cliente la adelantó —respondió el supervisor.

—Sí, pero en el correo pide adelantar el embarque de las muestras. No el lote completo.

Hubo un silencio. El hombre tomó la impresión que ella le ofrecía. Ricardo leyó por encima de su hombro.

—Tiene razón.

María Inés cerró la libreta. El supervisor empezó a explicar quién había interpretado el mensaje. Ricardo lo interrumpió sin levantar la voz.

—Confírmenlo hoy con el cliente. Y antes de autorizar turnos adicionales, revisen la documentación completa.

Al salir, él caminó a su lado.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Ella tardó en responder.

—Quise comprobarlo.

Ricardo asintió.

—Hizo bien.

Fueron dos palabras. María Inés las recordó durante todo el regreso. Rebeca Alcázar llegó el miércoles a las once de la mañana. No pidió permiso para acercarse. Se detuvo frente al escritorio y dejó un bolso de piel sobre la superficie, encima de una carpeta abierta.

—Avísale a Ricardo que estoy aquí.

María Inés retiró con cuidado un documento que había quedado atrapado bajo el bolso.

—Está en una llamada. En cuanto termine…

—Puede terminarla.

Rebeca llevaba un traje claro y una pulsera que tintineaba cada vez que movía la mano. Era hermosa de una manera precisa, como si nunca hubiera salido de casa con algo fuera de lugar. Sus ojos recorrieron el moño de María Inés, la blusa y los lentes.

—¿Tú eres la secretaria que escogió Arturo?

—Sí. María Inés Salgado.

—Claro.

La forma de decirlo convirtió la palabra en una evaluación. María Inés marcó la extensión.

—Ingeniero, la señorita Alcázar está aquí.

Ricardo abrió la puerta casi de inmediato.

—Rebeca.

Ella se acercó y lo besó en los labios. María Inés bajó la mirada hacia la pantalla.

—Pensé que llegabas mañana —dijo él.

—Quise sorprenderte.

Rebeca entró en el despacho, pero antes de que Ricardo cerrara se volvió.

—María… ¿cómo dijiste?

—María Inés.

—Tráenos dos cafés. El mío con leche de almendra. Y sin esa espuma horrible que hacen en las oficinas.

La puerta se cerró. María Inés miró el documento que había quedado arrugado bajo el bolso. Lo alisó con la palma. Después se levantó. En la pequeña cocina del piso no había leche de almendra. Llamó a servicios generales, consiguió que la trajeran de la cafetería y preparó la bandeja. Cuando entró, Rebeca estaba sentada en el borde del escritorio de Ricardo.

—Mi padre quiere que revisemos fechas antes de diciembre —decía.

Ricardo tenía una expresión difícil de interpretar. María Inés dejó las tazas.

—Gracias —dijo él.

Rebeca tomó la suya. Al advertir el temblor de la bandeja, apartó su bolso para dejarle espacio.

—El sábado veremos lo del salón. Si esperamos, no habrá lugar.

María Inés mantuvo la bandeja firme hasta llegar a la puerta. Solo al salir comprendió que estaban hablando de una boda. Antes de que la puerta terminara de cerrarse, oyó a Rebeca pedir el informe de la alianza. Hizo una pregunta sobre capacidad instalada y otra sobre los clientes que aportarían. No estaba allí únicamente para elegir un salón.

María Inés volvió a sus documentos con una incomodidad que no se resolvía pensando mal de ella.

El viernes, Ricardo dejó sobre su escritorio un expediente poco antes de las seis.

—Necesito este resumen el lunes a primera hora.

—Lo tendrá.

Él ya se alejaba cuando ella lo llamó.

—Ingeniero.

Se volvió.

—La propuesta del proveedor incluye un incremento que no aparece en la presentación. Se lo marqué en la página doce.

Ricardo abrió la carpeta. Leyó. Luego la miró con una atención que ella no había recibido en toda la semana. María Inés sintió el impulso absurdo de soltarse el cabello.

—Buen trabajo —dijo él.

Su teléfono comenzó a sonar. Ricardo respondió mientras entraba en el elevador.

—Sí, voy para allá.

Y la atención terminó. María Inés se quedó mirando las puertas cerradas. No sabía con quién había hablado.

Le molestó descubrir que quería saberlo.

Aquella noche Julia la encontró sentada frente al espejo, todavía con la blusa de la oficina.

—¿No ibas a salir?

—Estoy cansada.

Julia observó el vestido azul extendido sobre la cama.

—Veo que el cansancio ya eligió ropa.

María Inés sonrió débilmente.

—Mi jefe se va a casar.

—Qué bueno por él.

—Sí.

Julia se apoyó en el marco de la puerta.

—María Inés.

Ella empezó a quitarse las horquillas.

—No pasa nada.

—Todavía.

El cabello cayó sobre sus hombros. María Inés evitó mirarla.

—Solo me parece atractivo.

—Te han parecido atractivos muchos hombres.

—Este también sabe escuchar cuando habla alguien de la planta. Y entiende de verdad lo que hacen.

Julia guardó silencio unos segundos.

—Procura que también sepa escucharte a ti.

Cuando se quedó sola, María Inés dejó los lentes junto al lavabo. Se maquilló lentamente. Eligió una peluca larga, negra, con ondas suaves, y se puso el vestido azul. Frente al espejo ensayó una sonrisa. Esta vez tardó más en encontrarla. Antes de salir miró el gafete que había dejado sobre la cómoda.

En la fotografía aparecía seria, con el cabello recogido y los ojos agrandados por los cristales. Pensó en Ricardo diciendo su nombre sin mirarla. Después apagó la luz.

Aquella noche quería música, una copa y la compañía de alguien que la deseara sin hacerla esperar al otro lado de una puerta.