Capítulo 3 de 25
La desconocida del vestido azul
El hombre que le ofreció la primera copa llevaba diez minutos hablando de sí mismo.
María Inés había aprendido a reconocer ese tipo de conversación: empezaba con un automóvil, continuaba con un negocio y terminaba en una invitación que el hombre consideraba irresistible.
—Tengo un departamento aquí cerca —dijo él.
Ella hizo girar lentamente su vaso sobre la barra.
—Qué conveniente para ti.
El hombre sonrió sin advertir la ironía. Era atractivo. Tenía manos cuidadas, una voz agradable y una camisa que probablemente había elegido para conseguir exactamente lo que estaba intentando. Otra noche, quizá habría aceptado seguir conversando. Aquella no.
—Voy a bailar —anunció.
—Te acompaño.
María Inés se levantó.
—Prefiero hacerlo sola.
Lo dijo con una serenidad que jamás encontraba en la oficina. El hombre se encogió de hombros. Ella tomó su bolso y se alejó antes de que intentara convencerla.
El bar se llamaba Umbral. Había luces violetas, pequeñas mesas alrededor de una pista y una plataforma baja con un tubo de baile que algunas clientas utilizaban cuando la música se animaba. No era un espectáculo contratado: cualquiera podía subir, aunque pocas se atrevían. María Inés llevaba meses visitándolo de manera esporádica.
A veces llegaba con una peluca cobriza; otras, con el cabello negro o castaño claro. No daba su teléfono y solía marcharse antes del cierre. Algunos empleados reconocían su sonrisa, pero ninguno conocía su verdadero nombre. Aquella noche necesitaba dejar de pensar. En la planta. En los expedientes.
En la voz de Ricardo diciendo buen trabajo antes de olvidarse de ella.
La música cambió. María Inés dejó el bolso con la encargada de la barra, una mujer llamada Vero, y caminó hacia la plataforma.
—¿Te lo guardo como siempre? —preguntó ella.
—Por favor.
—Hoy vienes seria.
María Inés miró hacia la pista.
—Se me pasa bailando.
Ricardo no quería estar allí. Había aceptado la invitación de Camila porque rechazarla habría requerido una conversación que llevaba días evitando. Ella había escogido el lugar, reservado la mesa y pedido una botella antes de que él llegara. Ahora hablaba de un viaje a Miami mientras Ricardo observaba distraídamente el salón.
—Podríamos salir el jueves —decía Camila.
—El jueves trabajo.
—Todos trabajan, Ricardo. Algunos también se divierten.
Él tomó su vaso. Había pasado la tarde revisando la propuesta que su nueva asistente le había señalado. María Inés tenía razón: el incremento escondido en los anexos afectaba buena parte del ahorro prometido. Pensó fugazmente que debía pedirle un análisis completo el lunes. Entonces vio a la mujer del vestido azul.
Estaba sobre la plataforma, de espaldas a la barra, con una mano apoyada en el tubo. El vestido le llegaba por encima de las rodillas y seguía la forma de su cuerpo sin impedirle moverse. No se quitaba nada. Tampoco parecía necesitarlo.
Bailaba con una seguridad tranquila, pendiente de la música y de su propio equilibrio. El cabello negro le caía por la espalda. Cuando giró, la luz iluminó su rostro durante un segundo. Ricardo dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Me estás escuchando? —preguntó Camila.
—Sí.
—¿Qué acabo de decir?
Él no respondió. La mujer sonrió para sí misma al reconocer una parte de la canción y cambió el movimiento. No buscaba una mesa en particular ni sostenía la mirada de nadie. Eso lo hizo inclinarse ligeramente hacia delante. Quería que lo mirara. Camila siguió la dirección de sus ojos.
—No puede ser.
Ricardo volvió hacia ella.
—¿Qué?
—Estoy sentada enfrente de ti.
El reproche lo incomodó porque era justo.
—Camila…
—Por lo menos ten la delicadeza de disimular.
Él miró otra vez hacia la plataforma.
La desconocida acababa de bajar.
María Inés regresó a la barra con el corazón acelerado y una ligereza que no había sentido en toda la semana. Vero le devolvió el bolso.
—Ahora sí pareces tú.
—No me conoces tanto.
—Conozco esa cara.
María Inés sonrió y pidió agua. Se apartó el cabello del cuello. Tenía calor.
—Permíteme invitarte algo.
Reconoció la voz antes de volverse. El cuerpo se le quedó inmóvil. Ricardo Mendiola estaba a menos de un metro, con la camisa abierta en el cuello y el saco doblado sobre un brazo. Durante un instante pensó que había ido a buscarla. Que alguien de la oficina la había visto. Que todo había terminado antes de empezar.
Pero él sonreía con una curiosidad completamente nueva. No había reconocimiento en sus ojos. María Inés apretó los dedos alrededor del vaso.
—Ya tengo bebida.
Ricardo miró el agua.
—Entonces tendré que encontrar otra excusa.
Ella sintió que la incredulidad empezaba a mezclarse con una emoción peligrosa. El lunes había tenido que levantarse para conseguir que la escuchara. Ahora él esperaba una respuesta suya.
—Podrías empezar por saludar —dijo.
Ricardo sonrió más.
—Hola.
—Hola.
—Soy Ricardo.
María Inés tuvo que hacer un esfuerzo para no reír.
—Mucho gusto.
Él esperó.
—¿Y tú?
Ella pudo decirlo. Su nombre estaba allí, al borde de la lengua. Pero recordó la puerta del despacho, los cafés de Rebeca y la manera en que él había mirado su fotografía sin interés.
—Esta noche prefiero no dar mi nombre.
Ricardo alzó ligeramente las cejas.
—¿Siempre eres tan reservada?
—Depende de quién pregunte.
—¿Y qué tendría que hacer para que cambiaras de opinión?
María Inés bebió un sorbo de agua para ganar tiempo. Estaba demasiado cerca. Mucho más que durante el recorrido de la planta.
—Podrías dejar de negociar todo.
María Inés inclinó la cabeza y apretó el pulgar contra el costado del índice. Era el mismo gesto con el que se contenía antes de contradecirlo en una reunión. Ricardo siguió aquel movimiento. Le recordó a alguien, aunque la música y la espera de una respuesta terminaron por distraerlo. Él soltó una risa.
—Eso va a costarme.
Ella lo miró a los ojos. Sin los lentes, bajo aquellas luces, podía sostenerle la mirada. El descubrimiento le produjo una tristeza breve.
Luego Ricardo apoyó el antebrazo en la barra y le preguntó si quería bailar.
Camila los interceptó antes de que llegaran a la pista.
—¿En serio?
Ricardo se detuvo. María Inés sintió que algo se cerraba dentro de ella. Conocía aquel nombre. Había recibido su paquete. Había anotado su decepción con tinta azul.
—Pensé que habías venido conmigo —continuó Camila.
La música no alcanzaba a ocultar su enojo. María Inés dio un paso atrás.
—Yo no sabía…
—No es contigo —la interrumpió Camila, sin apartar los ojos de él.
Ricardo se pasó una mano por la nuca.
—Tienes razón. Estoy comportándome mal.
La respuesta pareció desarmarla por un momento.
—¿Y eso lo arregla?
—No.
María Inés miró hacia la barra. Quería marcharse. También quería quedarse, y esa contradicción la avergonzó.
—Voy a buscar mi bolso —dijo.
Ricardo no intentó detenerla. Ella se alejó y esperó junto a Vero mientras él hablaba con Camila. No pudo escuchar la conversación completa. Vio que Ricardo pedía algo al encargado, que Camila rechazaba su mano y que finalmente salía acompañada por una empleada. Cuando él volvió, María Inés ya tenía el bolso al hombro.
—No tenías que esperar —dijo Ricardo.
—Todavía no había decidido qué hacer.
Él asintió.
—Le pedí un coche. Se fue.
—La lastimaste.
Ricardo miró hacia la salida.
—Sí.
María Inés no esperaba que lo admitiera con tanta sencillez.
—¿Es tu novia?
—No.
No mencionó a Rebeca. Ella tampoco. El silencio dejó entre ambos una incomodidad que habría sido suficiente para terminar la noche. Pero entonces él preguntó:
—¿Quieres que me vaya?
María Inés pensó en todas las veces que había imaginado tenerlo cerca.
—Quiero bailar —respondió.
En la pista, Ricardo descubrió que la desconocida no seguía sus movimientos de manera dócil. A veces se acercaba. Otras se apartaba y lo obligaba a esperarla. María Inés sentía las manos de él en su cintura y el esfuerzo que le costaba mantener una expresión serena. Deseaba besarlo desde el primer día. También deseaba saber si él sería capaz de mirarla así el lunes.
Apartó la idea. Ricardo bajó la cabeza para hablarle al oído.
—Te estaba viendo bailar.
—Lo supuse.
—¿Siempre vienes aquí?
Ella sonrió.
—Ya empezaron otra vez las preguntas.
—Estoy intentando conocerte.
María Inés lo observó. Él tenía sus referencias, su currículum y una copia de su identificación guardados en algún archivo de Recursos Humanos. No sabía nada de ella. Cuando la canción terminó, permanecieron cerca. Ricardo rozó suavemente su mejilla. Ella pudo apartarse. En cambio, levantó el rostro.
El primer beso fue breve, casi una pregunta. María Inés respondió apoyando una mano en su pecho, y él volvió a besarla con una intensidad que hizo desaparecer el ruido del salón durante unos segundos. Cuando se separaron, ella respiró hondo.
—Podemos quedarnos aquí —dijo Ricardo—. O ir a un lugar donde podamos hablar sin gritar.
María Inés sabía lo que estaba proponiendo.
—Hablar no parece tu principal intención.
Él sonrió.
—No. Pero quiero que tú también quieras.
Ella lo miró unos instantes.
—Quiero.
El hotel estaba a pocas calles. Durante el trayecto, María Inés observó las luces a través de la ventanilla y sintió el impulso de confesarlo todo.
Trabajo contigo.
Hoy me pediste un informe.
Soy la mujer a la que apenas miras.
No dijo nada. Una parte de ella temía que Ricardo se sintiera engañado. Otra, más dolorosa, temía que dejara de desearla en cuanto lo supiera. En la habitación se quedó junto a la puerta mientras él dejaba las llaves sobre una mesa. Ricardo advirtió su vacilación.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí.
—Si cambiaste de opinión…
María Inés se acercó y lo besó. Esta vez no hubo música detrás de ellos ni personas alrededor. Solo el roce de su mano en la nuca de él y la certeza de haber cruzado una frontera que tendría que volver a atravesar el lunes. La noche transcurrió entre besos, confidencias incompletas y una cercanía que ella había creído posible únicamente en su imaginación.
Al acariciarle el cabello, Ricardo encontró la sujeción de la peluca. María Inés le pidió que no la quitara. Él retiró la mano sin preguntar; aquella reserva encajaba con la mujer que no quería decir su nombre. Más tarde, al pensar en ella, recordaría el negro de las ondas con la misma certeza equivocada con que recordaba su rostro bajo las luces del bar.
Más tarde, cuando Ricardo se quedó dormido, María Inés permaneció despierta. Tenía la cabeza apoyada cerca de su hombro. Él había dejado una mano abierta sobre la sábana, junto a la suya.
Aquello, tan pequeño, le resultó más difícil de abandonar que todo lo demás.
Se marchó a las cinco y cuarenta. Se vistió en silencio, comprobó que llevaba sus pertenencias y pidió un coche desde el vestíbulo. No dejó una nota. No habría sabido cómo firmarla. Ricardo despertó dos horas después y extendió el brazo hacia el otro lado de la cama. Encontró la almohada vacía. Se incorporó.
—¿Hola?
Revisó el baño, miró alrededor y tomó el teléfono. Entonces comprendió que no tenía un número al que llamar.
Ni siquiera un nombre.
María Inés llegó a su departamento cuando empezaba a amanecer. Dejó los zapatos junto a la puerta y se quitó la peluca frente al espejo. Debajo apareció su cabello castaño, aplastado por la malla. Se limpió lentamente el maquillaje. Cuando terminó, buscó sus lentes y se los puso. La mujer del reflejo volvía a parecerse a la fotografía del gafete.
Pero ahora conocía el peso de los brazos de Ricardo.
Y el lunes tendría que preguntarle, con voz tranquila, cómo había pasado el fin de semana.