Capítulo 4 de 25

Tan cerca que no podía verla

El lunes, María Inés dejó caer una cucharilla al escuchar que se abría el elevador.

El sonido rebotó contra el piso de la pequeña cocina. Se quedó inmóvil, con una taza en la mano, mientras unos pasos atravesaban el pasillo. Después oyó la voz de Ricardo.

—Buenos días.

Eran las ocho y doce. Había llegado temprano. María Inés recogió la cucharilla, tomó otra y se obligó a respirar antes de salir. Ricardo estaba frente a su escritorio, revisando algo en el teléfono. Llevaba un traje azul oscuro y una corbata que ella recordó haber visto, doblada sobre una silla, en la habitación del hotel. Apartó la mirada.

—Buenos días, ingeniero.

Él levantó los ojos apenas.

—¿Tiene el informe?

Ella tardó un segundo en comprender. El proveedor. Los incrementos. El resumen que le había encargado el viernes.

—Sí. Se lo envié y dejé una copia en su escritorio.

—Bien.

Ricardo abrió la puerta del despacho. María Inés se quedó con el café en la mano. Había imaginado aquel momento de muchas maneras durante el domingo: una mirada demasiado larga, una duda, alguna señal de reconocimiento. Él solo quería un informe. Entró detrás de él y dejó la taza sobre una esquina libre.

—Sin azúcar.

—Gracias.

Ricardo se quitó el saco, lo colgó y abrió la carpeta. María Inés observó sus manos. Recordaba demasiado bien la forma en que la habían sostenido.

—¿Algo más? —preguntó él.

Ella levantó la cabeza.

—No.

Salió con el rostro ardiendo. Al sentarse, encontró en la pantalla un mensaje de Julia.

¿Sobreviviste?

María Inés escribió:

No sabe nada.

La respuesta llegó enseguida.

¿Y tú cómo estás?

Miró la puerta cerrada.

No respondió.

Ricardo leyó el informe dos veces. Era claro, breve y estaba mejor organizado que la presentación del proveedor. María Inés había separado los costos confirmados de los estimados y señalado tres condiciones que convenía renegociar. Debería haberle dedicado toda su atención. Sin embargo, cada pocos minutos volvía a pensar en una mujer de vestido azul.

El sábado había llamado al hotel, consciente de lo absurdo de la pregunta. No habían dejado ningún objeto olvidado. No podían proporcionarle información sobre una acompañante. Después fue a Umbral. Vero lo reconoció.

—¿La mujer del viernes? —preguntó mientras acomodaba unas copas—. No ha venido.

—¿Sabe cómo se llama?

La encargada lo observó con menos simpatía.

—Si no te lo dijo, no voy a inventarte un nombre.

Ricardo había pedido una bebida y esperado casi dos horas. El domingo volvió a pensar en regresar, pero se quedó en casa, irritado consigo mismo. No era la primera mujer con la que pasaba una noche. Era la primera cuya ausencia le parecía una conversación interrumpida. Marcó la extensión de su asistente.

—María Inés, venga un momento.

Ella apareció con una libreta.

—Dígame.

—Quiero que prepare una reunión con Compras. Su análisis tiene varios puntos que debemos discutir.

María Inés asintió.

—¿Para hoy?

—A las doce, si puede conseguir que estén todos.

—Lo confirmaré.

Ricardo señaló una página.

—¿Cómo calculó esta diferencia?

Ella se acercó al escritorio y explicó el procedimiento. Hablaba despacio al principio. Después, conforme avanzaba por las cifras, la voz se le volvía más firme. Ricardo levantó la vista. Durante un instante le resultó familiar una cadencia, una manera de detenerse antes de una observación. María Inés lo vio mirarla y perdió el hilo.

—Aquí… tomé como referencia el volumen del último trimestre.

Él volvió al documento.

—Entiendo.

Ella sujetó la libreta contra el cuerpo.

Ricardo pensó en la voz que había escuchado en Umbral. La semejanza lo hizo volver a mirarla. Después vio el gafete, el saco y la libreta contra su pecho, y descartó la asociación con una rapidez que no aplicaba a los informes. Había decidido qué clase de mujer era su asistente antes de conocerla.

Rebeca llegó poco antes de la comida. Esta vez María Inés tuvo listo el café con leche de almendra.

—Ricardo está terminando una reunión —le informó—. Puede esperarlo aquí.

Rebeca miró la taza.

—Está bien.

Se sentó, cruzó las piernas y abrió en su teléfono una serie de fotografías de salones. María Inés trató de concentrarse en una orden de compra.

—¿Él siempre llega tan temprano? —preguntó Rebeca.

—Los horarios dependen de su agenda.

—No te pregunté por la agenda.

María Inés levantó los ojos.

—Hoy llegó a las ocho y doce.

Rebeca dejó de mover el dedo sobre la pantalla.

—Qué precisión.

La puerta del despacho se abrió y salieron dos ejecutivos. Ricardo esperó a que se alejaran antes de acercarse.

—No sabía que vendrías.

—Te mandé un mensaje.

—Estaba ocupado.

Rebeca se levantó para besarlo. Él volvió ligeramente la cara y el beso terminó junto a su mejilla. Fue un movimiento pequeño. María Inés lo vio de todos modos.

—Tenemos que elegir fecha —dijo Rebeca.

Ricardo miró hacia su despacho.

—Podemos hablar adentro.

—Es lo que intento desde hace una semana.

Entraron. María Inés se quedó frente a una pantalla donde las cifras habían perdido todo significado. No tenía derecho a esperar nada de él. Había sido ella quien se marchó sin despedirse. También había sido ella quien aceptó entrar en aquel hotel sabiendo que existía una boda.

Esa última verdad era la que menos quería mirar.

El martes, Ricardo le pidió que llamara a un restaurante. María Inés tomó nota.

—Mesa para dos, a las nueve.

—¿A nombre de usted?

—Sí.

El pecho se le contrajo antes de que pudiera evitarlo. No preguntó quién lo acompañaría. Reservó, confirmó la disponibilidad y envió los datos al teléfono de Ricardo. Después pasó veinte minutos corrigiendo un documento que no necesitaba tantas correcciones. A las siete, cuando se disponía a salir, él apareció junto a su escritorio.

—Cancele la cena, por favor.

María Inés alzó la mirada.

—¿La de esta noche?

—Sí.

El teléfono de Ricardo comenzó a sonar. Él leyó el nombre en la pantalla y rechazó la llamada. Ella fingió buscar la confirmación.

—¿Desea reprogramarla?

—No.

Esperó a que él se marchara para llamar al restaurante. Mientras escuchaba la música de espera, sintió un alivio que la hizo sentirse ridícula. No sabía si había cancelado una cita amorosa. No sabía nada de su vida fuera de aquel edificio.

Salvo cómo dormía.

El miércoles por la noche, Julia apareció con comida y una expresión decidida. María Inés la dejó entrar.

—No pongas esa cara —dijo.

—Todavía no he dicho nada.

—La conozco.

Comieron en la mesa pequeña de la cocina. Durante los primeros minutos hablaron de un cliente de Julia, de la renta y de una vecina que había vuelto a dejar bolsas en la escalera. Finalmente, Julia apoyó el tenedor.

—¿Vas a contarme qué pasó?

María Inés bajó los ojos.

—Ya te conté.

—Me dijiste que te acostaste con tu jefe y que él no te reconoció. Eso es el resumen.

Julia esperó a que continuara.

—Fue distinto —admitió María Inés.

—¿Porque te gusta?

Ella asintió. Julia la observó con preocupación.

—¿Y ahora?

—Ahora le organizo reuniones.

Intentó sonreír, pero la expresión se le deshizo.

—Me mira y no me ve, Julia.

Su amiga se inclinó hacia ella.

—Tú también le estás ocultando algo importante.

—No podría decírselo.

—Podrías.

—¿Y si piensa que lo hice para conseguir algo? ¿Y si cree que voy a usarlo en su contra? Acabo de entrar a trabajar.

Julia guardó silencio. María Inés se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa.

—Con ellos puestos nunca habría querido besarme.

—Eso no lo sabes.

—Lo veo todos los días.

Julia no intentó discutir aquella herida.

—Entonces piensa si quieres a un hombre que te hace sentir así.

María Inés miró hacia el dormitorio, donde el vestido azul seguía colgado detrás de la puerta.

Lo peor era que Ricardo ni siquiera sabía que la estaba lastimando.

El jueves, Arturo Mendiola pidió hablar con ella. María Inés entró en su despacho con una carpeta, suponiendo que necesitaría algún documento. Él le indicó que se sentara.

—¿Cómo va con mi hijo?

La pregunta le secó la boca.

—Bien, señor.

—¿Respeta los horarios?

—Está atendiendo sus reuniones.

Arturo la observó.

—No necesito que lo proteja.

María Inés enderezó la espalda.

—Llegó tarde el primer día. Esta semana ha estado aquí antes de las nueve.

El hombre asintió.

—Eso está mejor.

Abrió un expediente y luego pareció recordar algo.

—Rebeca quizá le pida apoyo con algunos asuntos del compromiso.

María Inés apretó la carpeta sobre sus rodillas.

—Entiendo.

—Siempre que no interfieran con el trabajo. Primero está la empresa.

—Por supuesto.

Arturo volvió a sus papeles. La conversación había terminado. Al salir, María Inés encontró a Ricardo en el pasillo.

—¿Qué quería mi padre?

Ella necesitó un momento para responder.

—Preguntó por la organización de su agenda.

Ricardo hizo una mueca.

—Claro.

Siguió caminando. María Inés quiso llamarlo. No sabía para decirle qué. El viernes, al terminar la jornada, Ricardo permaneció de pie frente al ventanal de su despacho. Había rechazado dos invitaciones y dejado sin responder un mensaje de Rebeca. Sobre el escritorio descansaba un catálogo de recintos para bodas que no había abierto. María Inés llamó suavemente a la puerta.

—Me retiro, ingeniero. Su agenda del lunes ya está actualizada.

Él se volvió.

—Gracias. Buen fin de semana.

Ella sostuvo su mirada apenas un segundo.

—Igualmente.

Ricardo esperó hasta escuchar el elevador. Después tomó las llaves del automóvil. Volvería a Umbral.

Una última vez, se dijo.

María Inés tardó casi una hora en decidir qué ponerse. Sacó un vestido negro y lo devolvió al armario. Eligió uno verde oscuro, de hombros descubiertos. Luego abrió el cajón de las pelucas. Sus dedos se detuvieron sobre la cobriza. Podía ir a otro bar. Podía quedarse en casa. No necesitaba volver al lugar donde había comenzado aquel problema.

Se sentó frente al espejo y miró su rostro sin maquillaje. Durante toda la semana había deseado que Ricardo la reconociera. Ahora tenía miedo de encontrárselo. El teléfono vibró. Julia.

¿Qué planes tienes?

María Inés observó la peluca negra que seguía guardada al fondo del cajón. La sacó despacio.

Voy a bailar, escribió.

Antes de salir comprobó su bolso, envió su ubicación y apagó la luz. Cuando llegó a Umbral, Vero la vio acercarse y dejó de secar una copa.

—Qué bueno que viniste.

María Inés sonrió con cautela.

—¿Por qué?

La encargada señaló discretamente hacia las mesas.

—Hay alguien que lleva varios días preguntando por ti.

María Inés siguió la dirección de su mirada. Ricardo estaba solo.

Y esta vez la vio en cuanto ella entró.