Capítulo 5 de 25
Una noche no era suficiente
Ricardo se levantó antes de que María Inés decidiera si acercarse o salir del bar.
Había imaginado aquel reencuentro durante toda la semana. Ahora que lo tenía delante, con la mirada fija en ella y una sonrisa que empezaba a formarse, sintió miedo. De decir algo que la delatara. De que él solo quisiera repetir una noche. De descubrir cuánto deseaba repetirla ella.
—Pensé que no volverías —dijo Ricardo al llegar a su lado.
María Inés sostuvo el bolso con ambas manos.
—Yo también.
Él miró el vestido verde y volvió enseguida a su rostro.
—¿Puedo invitarte a sentarte?
Ella observó la mesa que acababa de dejar. Una sola copa. Ningún bolso sobre otra silla. Ninguna mujer esperándolo con una expresión que ella tendría que recordar después.
—¿Viniste solo?
—Sí.
María Inés aceptó. Ricardo apartó la silla para ella y llamó al mesero. Pidió agua mineral cuando ella dijo que todavía no quería alcohol. El gesto la tranquilizó un poco. Él permaneció unos segundos mirándola, como si necesitara comprobar que no iba a desaparecer mientras buscaba una frase.
—Te fuiste.
María Inés bajó los ojos hacia el vaso recién servido.
—Ya era tarde.
—Era temprano.
Ella sonrió a pesar de los nervios. Ricardo se inclinó ligeramente.
—Me habría gustado despedirme.
Aquello fue peor que una insinuación. Una insinuación habría sabido responderla.
—No suelo quedarme —admitió.
—Podrías haber hecho una excepción.
—No sabía que esperabas una.
Él dejó de sonreír.
—Yo tampoco.
La respuesta la obligó a mirarlo. Escuchó la música y el choque de los hielos en una mesa cercana. María Inés había pasado la semana detrás de una mampara, preguntándose si él recordaría algo más que su cuerpo. Ricardo estaba allí porque la recordaba.
Todavía no sabía qué hacer con eso.
—Vero me dijo que preguntaste por mí.
Ricardo miró hacia la barra.
—No quiso ayudarme mucho.
—Quizá estaba trabajando.
—También me lo hizo saber.
María Inés soltó una risa. Él la observó con una atención que empezó a resultarle difícil de soportar.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Quería volver a escuchar eso.
La sonrisa se le quedó quieta. Ricardo bajó la mirada hacia sus manos.
—No pretendo incomodarte.
—Pues tienes cierta habilidad.
—Normalmente me va mejor.
—Quizá normalmente hablas demasiado.
Él se rio. María Inés sintió una satisfacción íntima, casi infantil. En la oficina medía cada respuesta; allí conseguía hacerlo reír sin preparar una sola palabra.
—Entonces habla tú —propuso Ricardo.
—¿De qué?
—De algo que te guste.
Ella pudo decir la música, los viajes o cualquier respuesta que no dejara huella. Sin embargo, estaba cansada de sostener una conversación que la obligara a inventarse.
—Me gusta arreglar cosas.
Ricardo levantó las cejas.
—¿Cosas?
—Encontrar qué está fallando. Un plan, una cuenta, un mueble que alguien armó mal.
—Eso último suena personal.
—Compré una librería hace unos meses. Me sobraron tornillos.
—Eso no suele ser buena señal.
—Se inclinaba a la izquierda.
—¿Y la arreglaste?
—Después de vaciarla dos veces y admitir que había puesto una pieza al revés.
Ricardo apoyó los codos sobre la mesa.
—Yo desarmé el motor de una motocicleta a los dieciséis años. Tardé tres semanas en conseguir que volviera a funcionar.
—¿Era tuya?
—De mi padre.
Ella apretó el pulgar contra el índice antes de reírse. Ricardo reconoció el gesto de algún lugar y estuvo a punto de preguntarle si se conocían. No lo hizo. La respuesta que prefería era que acababan de encontrarse. María Inés se rio otra vez. Él se quedó mirándola.
Por primera vez aquella noche, la conversación dejó de parecerle un riesgo.
Bailaron cuando el salón comenzó a llenarse. Ricardo apoyó una mano en su cintura, con más cautela que la primera vez. Ella agradeció que no diera por hecho una cercanía solo porque ya la habían compartido. Se movieron unos minutos sin hablar.
María Inés sentía el calor de su mano a través de la tela y la tentación de descansar la frente junto a su cuello.
—¿Trabajas mañana? —preguntó él.
—Es sábado.
—No siempre significa descanso.
—Mañana sí.
Ricardo asintió.
—Yo debería revisar unos documentos.
Ella recordó el expediente de la nueva línea de producción, enviado a su correo esa misma tarde.
—Entonces no deberías desvelarte.
—No he dicho que piense hacerlo.
La miró de una manera que la hizo apartar brevemente los ojos. Cuando volvió a levantar el rostro, él estaba serio.
—Dime cómo te llamas.
María Inés perdió un paso. Ricardo la sostuvo apenas por la cintura para ayudarla a recuperar el equilibrio.
—No te estoy pidiendo una dirección.
Ella miró por encima de su hombro.
—No quiero hablar de eso.
La mano de él aflojó su contacto.
—Está bien.
Pero no sonó como si estuviera bien. Terminaron la canción y regresaron a la mesa.
María Inés comprendió que aquella vez el silencio no iba a resolverse con una sonrisa.
—¿Hay alguien? —preguntó Ricardo.
Ella tardó en entender.
—¿A qué te refieres?
—Alguien que te esté esperando.
María Inés pensó en Julia, probablemente despierta con el teléfono cerca.
—Una amiga sabe dónde estoy.
—No preguntaba eso.
Ella sostuvo su mirada.
—No tengo pareja.
Ricardo asintió lentamente. María Inés observó la marca clara que el reloj había dejado en su muñeca. Recordó las fotografías de salones en el teléfono de Rebeca.
—¿Y tú?
Él tomó el vaso y lo dejó sin beber. Esa vacilación le dolió más de lo que esperaba.
—Mi vida está complicada —dijo.
María Inés retiró las manos de la mesa.
—Eso casi nunca es una respuesta.
Ricardo miró hacia la pista. Durante un momento ella creyó que iba a mentirle.
—Hay una relación —admitió al fin—. Nuestras familias esperan que nos casemos.
Aunque ya lo sabía, escucharlo le produjo una sensación de vacío. Se había protegido imaginando que Rebeca era parte de una vida distante, una obligación que no cabía dentro de aquel bar. Ahora estaba sentada entre ambos.
—¿Y ella lo espera también?
Ricardo volvió a mirarla.
—Sí.
María Inés asintió. Buscó el bolso.
—Tengo que irme.
Él se incorporó, pero no intentó sujetarla.
—Podemos hablar.
—Ya hablamos.
—No quiero engañarte.
Ella sintió una punzada de vergüenza. Había tantas cosas que tampoco le estaba diciendo.
—Entonces tendrás que decidir qué vas a hacer con esa relación.
Ricardo guardó silencio. María Inés se levantó. Le temblaban las rodillas, y detestó que él pudiera notarlo.
—Me gustó estar contigo —dijo ella, más bajo—. Por eso esto importa.
La expresión de Ricardo cambió. Quizá había esperado un reproche. Quizá sabía manejar mejor el enojo que aquella sinceridad.
—A mí también me gustó.
Ella apretó la correa del bolso.
—Buenas noches, Ricardo.
En el vestíbulo, el sonido de la música se volvió un golpeteo lejano. María Inés abrió la aplicación para pedir un coche, pero las letras se le confundieron. Se quitó una lágrima con cuidado para no correrse el maquillaje. Había regresado porque quería verlo. Ahora se marchaba por la misma razón. La puerta se abrió detrás de ella. Ricardo se detuvo a unos pasos.
—No voy a insistirte —dijo—. Solo quería asegurarme de que tienes cómo volver.
María Inés le mostró el teléfono.
—Ya estoy pidiendo un coche.
Él asintió. Podría haber regresado a su mesa. En cambio, permaneció junto a la pared, sin acercarse más.
—Tienes razón en lo que dijiste.
Ella miró el mapa.
—¿En qué parte?
—En que tengo que decidir.
María Inés tragó saliva. Quiso preguntarle cuándo. Quiso decirle que el lunes ella estaría frente a su despacho, viendo entrar a Rebeca. No podía pedirle una respuesta sin arriesgar todas las suyas.
—No lo digas para que me quede.
—No te estoy pidiendo que te quedes.
La sencillez de la frase terminó de desarmarla. El teléfono anunció que el conductor había aceptado el viaje. Cinco minutos. Ricardo miró hacia la calle.
—¿De verdad no puedo saber tu nombre?
María Inés cerró los ojos un instante. Decir María habría sido fácil. Demasiado fácil.
—Todavía no.
Él soltó el aire lentamente.
—Entonces, ¿qué puedo saber?
Ella lo miró.
—Que esta noche vine por ti.
Ricardo dio un paso, pero se detuvo al verla tensarse. María Inés fue quien se acercó. Lo besó una sola vez. Un beso breve, dolorosamente distinto de los del hotel. Después retrocedió. Cuando llegó el coche, él comprobó la placa con ella y abrió la puerta. María Inés se sentó sin volver a besarlo.
Ricardo permaneció en la acera hasta que el vehículo dobló la esquina.
El lunes había una mujer esperando junto al escritorio de María Inés. Era rubia, llevaba lentes oscuros sobre la cabeza y sostenía una carpeta de muestras.
—Vengo de parte de la señorita Alcázar —explicó—. Necesito que el ingeniero revise las opciones de invitaciones.
María Inés dejó su bolso en el cajón.
—Aún no llega. Puedo recibirlas.
La mujer abrió la carpeta. Papeles gruesos, bordes dorados, relieves. En la primera muestra estaban los nombres: Rebeca Alcázar y Ricardo Mendiola. María Inés apoyó una mano sobre el escritorio.
—Todavía faltan algunos datos —continuó la mujer—, pero queremos avanzar con el diseño.
Ella recibió la carpeta sin preguntar nada. Minutos después apareció Ricardo. Llevaba el rostro serio y una taza de café comprada en la calle.
—Buenos días.
—Buenos días, ingeniero.
Él señaló las muestras.
—¿Qué es eso?
María Inés tuvo que obligarse a pronunciarlo.
—Las invitaciones de su boda.
Ricardo dejó de caminar. Miró la carpeta, luego la puerta de su despacho.
—Déjelas ahí, por favor.
Entró sin abrirlas. María Inés se sentó y encendió la computadora. Al otro lado de la mampara, los nombres seguían brillando sobre el papel.
Y detrás de la puerta cerrada, Ricardo tomó el teléfono, buscó el contacto de Rebeca y dejó el dedo suspendido sobre la pantalla.