Capítulo 6 de 25
El precio de una promesa
Ricardo llamó a Rebeca a las ocho y cuarenta de la mañana.
María Inés no escuchó la conversación. Solo vio, a través del cristal que daba al pasillo, que él caminaba junto al escritorio con el teléfono pegado al oído. Después bajó la persiana. Ella volvió la vista hacia las invitaciones. Las cerró y las guardó en una bandeja, debajo de una carpeta de proveedores.
—Necesito hablar contigo —dijo Ricardo cuando Rebeca respondió.
—Buenos días para ti también.
—¿Podemos comer hoy?
Hubo una pausa.
—¿Para revisar las muestras?
Ricardo miró hacia la puerta.
—Para hablar de nosotros.
Rebeca dejó de hacer ruido al otro lado de la línea.
—A las dos. En el restaurante del hotel Miralta.
—Está bien.
—Y, Ricardo, llega puntual.
Él terminó la llamada y se quedó mirando el teléfono.
Por primera vez, una conversación con Rebeca le producía más inquietud que las advertencias de su padre.
A las dos y diez, María Inés recibió una llamada de Arturo.
—¿Mi hijo está reunido?
—Salió a comer, señor.
—¿Con quién?
Ella vaciló. Ricardo le había pedido únicamente que dejara libre ese horario.
—No me indicó.
Arturo guardó silencio un instante.
—Cuando vuelva, dígale que necesito verlo.
María Inés tomó nota. Luego abrió el archivo de costos que estaba revisando. Se obligó a leer la misma columna tres veces. No sabía si Ricardo había llamado a Rebeca. Tampoco si aquella comida tenía algo que ver con lo que habían hablado en Umbral. Había pasado el domingo intentando convencerse de que no debía esperar.
Ahora no conseguía hacer otra cosa.
Rebeca ya estaba sentada cuando Ricardo llegó. Había elegido una mesa apartada del salón principal. Junto a su copa descansaba una pequeña libreta. Él se sentó.
—Gracias por venir.
—Me pediste que viniera.
Un mesero se acercó. Rebeca ordenó agua mineral. Ricardo pidió lo mismo y esperó a que se retirara.
—Estamos avanzando demasiado rápido —dijo.
Ella lo observó sin parpadear.
—¿Con las invitaciones?
—Con todo.
Rebeca cerró la libreta.
—Nuestras familias llevan meses hablando de esto.
—Lo sé.
—Y tú has estado presente.
Ricardo sostuvo su mirada.
—También lo sé.
Ella se recostó apenas en la silla.
—Entonces explícate.
No había una forma limpia de hacerlo. Él había permitido las cenas, las fotografías y los comentarios sobre el futuro. Había aceptado la comodidad de una relación en la que todos parecían saber qué esperar. Hasta que él dejó de saberlo.
—No estoy seguro de querer casarme.
Rebeca bajó la vista hacia la mesa. Fue un movimiento breve, pero Ricardo alcanzó a ver cómo apretaba la mandíbula.
—¿Desde cuándo?
—No sabría decirte.
—Inténtalo.
Él guardó silencio. Rebeca dejó escapar una risa seca.
—¿Hay otra?
Ricardo pensó en la desconocida esperando un coche frente al bar.
—Lo que tenemos que resolver es lo nuestro.
—Qué frase tan cómoda.
—No quiero seguir adelante sin hablarlo.
—Ya estamos hablando.
El mesero dejó las bebidas. Ninguno tocó la suya. Rebeca esperó a quedarse de nuevo a solas con él.
—Nunca te pedí que fingieras ser un hombre diferente, Ricardo. Sabía con quién estaba saliendo.
—Eso no significa que debamos casarnos.
—Significa que no puedes dejarme hacer planes y luego actuar como si todo hubiera sido una ocurrencia de mi padre.
La frase lo alcanzó.
Porque era cierta.
Rebeca no lloró. Eso habría sido más fácil para él que verla recoger con precisión cada una de sus pertenencias.
—¿Vas a irte? —preguntó.
—No pienso discutir mi dignidad mientras escogemos qué comer.
Ricardo se levantó cuando ella lo hizo.
—Rebeca…
—Si tienes dudas, resuélvelas. Pero no esperes que me quede sentada agradeciendo tu sinceridad.
Lo miró directamente.
—Yo sí había elegido casarme contigo.
Después se marchó. Ricardo permaneció de pie junto a la mesa. Durante años había pensado que Rebeca deseaba el apellido Mendiola, la posición y la fotografía perfecta. Quizá deseaba todo eso. Pero también había una persona a la que él acababa de herir, y esa parte de la conversación no podía atribuírsela a su padre. Se sentó otra vez.
No pidió comida.
Arturo lo esperaba en su despacho cuando regresó. Ricardo se detuvo en la entrada. Su padre tenía las muestras de invitaciones sobre las piernas.
—Rebeca acaba de llamarme.
Ricardo cerró la puerta.
—Era una conversación entre ella y yo.
—Su padre no opina lo mismo.
—Entonces debió llamar a su padre.
Arturo dejó la carpeta en el escritorio.
—Siéntate.
Ricardo permaneció de pie.
—No voy a discutir mi boda contigo.
—Vas a discutir las consecuencias de tus decisiones.
La voz de Arturo no subió, pero perdió cualquier rastro de cordialidad. Sacó un documento del portafolio.
—Alcázar está revisando su participación en el nuevo proyecto.
Ricardo lo tomó. Reconoció el acuerdo preliminar: una sociedad para producir componentes destinados a vehículos eléctricos. Grupo Mendiola aportaría instalaciones y personal; Alcázar, capital y acceso a varios clientes.
—Esto no depende de un matrimonio —dijo.
—Depende de la confianza.
—No mezcles las cosas.
Arturo lo observó con una dureza cansada.
—Llevas años disfrutando de esta empresa sin preguntarte quién sostiene cada una de sus puertas. Ahora que tienes responsabilidades, descubres que las decisiones incomodan.
Ricardo dejó el documento.
—Puedo dirigir sin casarme con Rebeca.
—Todavía no has demostrado que puedas dirigir.
Ricardo apartó el acuerdo preliminar. Arturo se levantó.
—La dirección que ocupas es una designación provisional. Las acciones siguen siendo mías. Si decides apartarte del camino que acordamos, tendré que reconsiderar quién estará al frente cuando me retire.
Ricardo sintió el golpe con una claridad humillante. Había vuelto del extranjero para aquello. Había soportado años de comentarios sobre su falta de seriedad, convencido de que, una vez sentado en ese despacho, todo cambiaría. Su padre todavía podía hacerlo levantarse.
—¿Me estás pidiendo que me case para conservar el cargo?
Arturo sostuvo su mirada.
—Te estoy pidiendo que dejes de comportarte como si pudieras tenerlo todo sin comprometerte con nada.
Recogió el portafolio y salió.
María Inés oyó la puerta. Arturo cruzó el pasillo sin detenerse. Minutos después, Ricardo llamó a su extensión. Ella entró con la libreta. Lo encontró sentado, con las manos juntas frente a la boca.
—Necesito el acuerdo preliminar de Alcázar y el último análisis financiero del proyecto.
—Se los traigo.
—También la relación de inversiones comprometidas.
María Inés asintió. Al volverse, vio las muestras abiertas sobre una silla. No supo si aquello era una buena señal o una mala. Preparó los documentos y regresó veinte minutos después. Ricardo ya tenía varias hojas extendidas sobre el escritorio.
—Aquí está todo.
Él abrió el análisis financiero.
—¿Usted revisó estas proyecciones?
—Las organicé para la reunión del jueves.
—¿Qué le parecen?
María Inés levantó la mirada.
—No tengo toda la información técnica.
—Le pregunto por los números.
Ella se acercó lo suficiente para señalar una columna.
—El proyecto puede ser rentable, pero depende demasiado de un solo cliente durante los primeros dieciocho meses.
Ricardo siguió su dedo.
—¿Y sin la inversión de Alcázar?
María Inés hizo un cálculo en su libreta.
—Tendrían que reducir la escala inicial o conseguir financiamiento. Abrir todas las líneas al mismo tiempo sería muy arriesgado.
Él se recostó.
—Mi padre dice que no hay alternativa.
Ella tardó en contestar.
—Puede haber otras. Quizá ninguna sea tan cómoda.
Ricardo levantó los ojos. María Inés sintió que había hablado de más.
—Me refiero al financiamiento —añadió.
Él miró otra vez las cifras.
—Lo sé.
Pero la frase permaneció entre ambos.
Esa noche, Ricardo no llamó a la desconocida. No podía. La ausencia de un número empezaba a resultarle menos romántica y más insoportable. Quería contarle que había hablado con Rebeca. También sabía que tendría que contarle lo demás: que no había terminado nada, que una amenaza de su padre lo había dejado sentado frente a un informe hasta después de las diez.
Abrió el teléfono y encontró un mensaje de Rebeca.
Cuando sepas lo que quieres, hablamos.
Debajo había un segundo mensaje: la reserva del salón vencería en dos semanas. Rebeca no pensaba renovarla sin una decisión de ambos. La duda de Ricardo ya empezaba a costar dinero y fechas.
No respondió.
El viernes, María Inés eligió un bar diferente. No se puso la peluca negra. Escogió la cobriza, un vestido color ciruela y unos pendientes largos que le rozaban el cuello. Frente al espejo comprobó varias veces su aspecto. No quería pasar otra noche buscando a Ricardo entre las mesas. Tampoco quería seguir esperando una decisión de la que él no le debía noticias.
El bar era más pequeño que Umbral. Había música en vivo y una terraza donde podía conversarse sin gritar. Un hombre llamado Daniel le ofreció una silla cuando vio que no había mesas libres.
—Prometo no hablarte de inversiones —dijo después de presentarse.
María Inés se rio.
—Vas bien.
Daniel trabajaba como fotógrafo. Tenía una manera tranquila de conversar y escuchaba sus respuestas sin preparar la siguiente pregunta. Ella aceptó una copa.
Por primera vez en varios días, consiguió dejar el teléfono dentro del bolso.
Ricardo llegó a Umbral a las once. Vero lo vio recorrer el salón con la mirada.
—Hoy no está.
Él se acercó a la barra.
—¿Ha venido esta semana?
—No.
—¿Sabes si va a otros lugares?
Vero dejó una botella sobre el estante.
—No llevo su agenda.
Ricardo se pasó una mano por el rostro.
—Solo quiero encontrarla.
La encargada lo observó un momento.
—Tal vez ella quiera que la encuentres. Tal vez no. Lo que puedes hacer aquí es esperar.
Ricardo miró las mesas. La idea de pasar otra noche sentado frente a una silla vacía le resultó intolerable.
Pidió un vaso de agua y lo dejó casi intacto.
A unos kilómetros de allí, Daniel le preguntó a María Inés si quería salir a la terraza. Ella aceptó. El aire fresco le alivió el calor del salón. Se apoyó en la baranda y escuchó una anécdota sobre una boda que el fotógrafo había cubierto bajo la lluvia. Cuando él terminó, María Inés seguía sonriendo. Daniel se acercó apenas. Ella comprendió la intención.
Durante un segundo quiso permitirlo. Quiso recuperar la facilidad con la que antes podía elegir una compañía y marcharse sin llevarse nada. Pero recordó a Ricardo esperando junto a ella en la acera. Volvió el rostro. Daniel se detuvo.
—¿Todo bien?
María Inés asintió.
—Sí. Perdón. Hoy no estoy del todo aquí.
Él retrocedió con naturalidad.
—Podemos seguir hablando.
Ella agradeció el gesto. Permanecieron un rato más en la terraza. Después María Inés volvió sola a casa. Julia la llamó al día siguiente. Por una vez no quería preguntarle por Ricardo: una clienta importante pretendía que entregara un pedido sin pagar el anticipo acordado.
—Si digo que no, puede irse —admitió.
María Inés le preguntó cuánto perdería si aceptaba y no cobraba. Revisaron juntas las cuentas. Julia escribió su respuesta, la leyó en voz alta y la envió antes de pedir otra opinión.
—Bueno —dijo después—. Ahora necesito que me distraigas a mí.
María Inés le contó lo del fotógrafo. Julia se rio de una anécdota de la terraza y, durante un rato, ninguna mencionó a Ricardo.
El sábado por la mañana, Ricardo recibió la llamada de un antiguo compañero de universidad. Hablaron de un automóvil que ambos habían visto en una exposición. Ricardo respondió distraídamente hasta que su amigo preguntó qué le ocurría. Él dudó. Luego contó una versión breve: una mujer, dos encuentros, ningún nombre.
—Conozco a alguien que podría averiguar quién es —dijo su amigo.
Ricardo dejó de caminar.
—¿A quién?
—Un investigador. Trabaja con asuntos privados y verificaciones para empresas. Te paso el contacto.
El mensaje llegó mientras seguían hablando. Ricardo abrió la tarjeta. Esteban Luján. Investigaciones y consultoría. Se quedó observándola después de colgar. Podía borrarla. Podía regresar a Umbral y esperar a que ella eligiera volver. En cambio, guardó el número. Afuera comenzaba un sábado luminoso. En su departamento, María Inés dormía por fin sin escuchar notificaciones.
Ricardo pulsó el botón de llamada.