Capítulo 7 de 25
El nombre que faltaba
—Luján.
Ricardo estuvo a punto de colgar. La voz al otro lado de la línea era seca, profesional. Hasta ese momento, buscar a la desconocida había consistido en regresar a un bar y mirar hacia la entrada. Hablar con un investigador volvía concreta una decisión que prefería no examinar demasiado.
—Soy Ricardo Mendiola. Me dieron su contacto.
—¿En qué puedo ayudarlo?
Ricardo caminó hasta la ventana.
—Quiero encontrar a una persona.
—¿Un familiar? ¿Alguien con quien tiene un asunto pendiente?
Él miró su reflejo en el cristal.
—Una mujer que conocí.
Luján no respondió enseguida. Ricardo explicó lo indispensable: el bar, el vestido azul, el cabello negro, los dos encuentros. Mientras hablaba, empezó a escuchar su propia historia con cierta incomodidad. No tenía un nombre. No tenía un número. Ella había elegido no dárselos.
—Puedo recibirlo el lunes —dijo el investigador—. Pero necesitaré que sea preciso respecto a lo que espera de mí.
Ricardo aceptó la cita. Después dejó el teléfono sobre la mesa.
La mañana seguía siendo luminosa. Él cerró las cortinas.
María Inés pasó el sábado lavando ropa y haciendo cuentas. Había comprado una libreta para distribuir su primer sueldo completo. En una página escribió renta, servicios y despensa. En otra, una cantidad pequeña para ahorrar. El vestido azul estaba tendido junto a la ventana. Cada vez que se movía con el aire, ella levantaba la vista. Julia llegó después de las cinco con pan dulce.
—Daniel te cayó bien —comentó mientras servían café.
María Inés asintió.
—Es agradable.
—Eso suena a recomendación laboral.
Ella sonrió apenas. Julia dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Sigues pensando en Ricardo?
María Inés cerró la libreta.
—Intento que se me pase.
—¿Y te está funcionando?
La pregunta no necesitaba respuesta. María Inés observó las migas junto a su taza.
—Lo veo todos los días. No ayuda.
Julia partió una concha por la mitad.
—Entonces al menos deja de buscarlo cuando sales.
—Anoche no lo busqué.
—Bien.
María Inés tardó unos segundos en añadir:
—Pero estuve esperando que apareciera.
Su amiga dejó de masticar.
No hubo regaño. Eso la hizo sentir peor.
El lunes, Ricardo llegó con una carpeta delgada bajo el brazo. María Inés se levantó para entregarle la agenda.
—A las diez tiene la revisión de inventarios. A las doce, la llamada con la planta de Querétaro. Y a las cuatro…
—Necesito salir a las cinco y media.
Ella consultó el calendario.
—Tiene una reunión interna a esa hora.
—Muévala al martes.
—¿Debo registrar algún compromiso?
Ricardo sujetó la carpeta con más fuerza.
—Personal.
María Inés asintió. Escribió la palabra en el espacio reservado. Él miró por encima de su mano. Personal. Nunca había reparado en la facilidad con que ella convertía su vida en casillas ordenadas.
—Gracias —dijo.
María Inés levantó la vista. Él ya estaba entrando en el despacho.
La oficina de Esteban Luján ocupaba un piso discreto en un edificio antiguo. Ricardo encontró un escritorio despejado, dos sillas y un ventilador que giraba lentamente sobre un archivero. El investigador tendría alrededor de cincuenta años. Vestía camisa blanca y no parecía impresionado por el apellido de su cliente.
—Cuénteme otra vez —pidió.
Ricardo lo hizo. Luján tomó notas sin interrumpir.
—¿Ella le pidió que no la buscara?
—No.
—¿Le ofreció alguna forma de contacto?
—Tampoco.
El investigador apoyó el bolígrafo.
—Entonces conviene que tenga claro que quizá no quiera ser encontrada.
Ricardo se acomodó en la silla.
—Quiero saber quién es. Nada más.
Luján lo observó un momento.
—¿Para qué?
La pregunta lo irritó. Podía pagar el trabajo. Había supuesto que eso bastaría.
—Para hablar con ella sin depender de una casualidad.
—¿Y si, cuando la encuentre, ella no quiere hablar?
Ricardo miró hacia el ventilador.
—Lo aceptaré.
Lo dijo demasiado pronto. Luján volvió a tomar el bolígrafo.
—Déjeme las fechas y los lugares que recuerde. Si hay algún resultado, lo llamaré.
Al salir, Ricardo sintió alivio.
También algo que prefirió atribuir al calor de la calle.
Rebeca regresó a la empresa el miércoles. María Inés la vio salir del elevador con un sobre en la mano. Esta vez no llevaba muestras ni fotografías.
—¿Está Ricardo?
—Sí. Voy a anunciarla.
—Hazlo.
La conversación dentro del despacho duró casi una hora. María Inés oyó voces, pero no palabras completas. En un momento se levantó para ir por agua, aunque no tenía sed. Cuando volvió, Rebeca estaba junto a la puerta. Tenía el rostro sereno y los ojos demasiado brillantes.
—Necesito que cambies la cita con la organizadora —le dijo—. Será la próxima semana.
María Inés sostuvo el vaso entre ambas manos.
—Por supuesto.
Rebeca la observó.
—No canceles nada. Solo cambia la fecha.
—Entendido.
Ricardo apareció detrás de ella. No dijo nada hasta que Rebeca entró en el elevador. Después se quedó mirando el pasillo vacío. María Inés esperó. Quiso preguntarle si estaba bien. No encontró una manera de hacerlo que no revelara demasiado.
—¿Necesita algo, ingeniero?
Él volvió hacia ella.
—No. Gracias.
Entró en el despacho y dejó la puerta abierta.
Desde su escritorio, María Inés lo vio permanecer inmóvil frente a las invitaciones.
Pasaron más de dos semanas sin noticias confirmadas. Ricardo dejó de preguntar a Luján después de la segunda llamada. La respuesta era siempre la misma: todavía no había un resultado confirmado. Mientras tanto, trabajó. Llegó temprano a la planta, discutió un presupuesto y canceló la compra de un automóvil que había apartado semanas antes. No se lo contó a nadie.
María Inés empezó a conocer esa nueva rutina. También notó que el teléfono sonaba menos. Valeria no volvió a llamar. Camila tampoco. Los nombres que antes ocupaban los márgenes de su libreta desaparecieron, reemplazados por proveedores y responsables de producción. El cambio la conmovía y la inquietaba. No podía atribuírselo.
Una tarde, al revisar la agenda del viernes, encontró un espacio libre después de las siete. Se quedó mirándolo demasiado tiempo. Luego cerró el calendario.
Durante ese periodo salió una sola noche. Fue un jueves, con la peluca cobriza y un vestido oscuro que no había usado con Ricardo. Eligió Umbral porque Vero trabajaba allí y le apetecía conversar con alguien conocido. Bailó poco, pidió agua y regresó sola a casa. La tarde siguiente recordó la salida apenas como una pausa entre dos jornadas largas.
El informe llegó un jueves por la mañana. Luján llamó directamente al teléfono personal de Ricardo.
—Tengo algo que necesita ver.
—¿La encontró?
—Prefiero hablar en persona.
Ricardo miró el reloj. Tenía una reunión en veinte minutos.
—Voy ahora.
Al salir, María Inés se levantó.
—Ingeniero, el equipo de Compras…
—Pídales que empiecen sin mí. Regreso en una hora.
Ella recogió apresuradamente la carpeta de la reunión. Se le cayó un bolígrafo. Ricardo se agachó al mismo tiempo que ella, pero María Inés lo tomó primero. Sus dedos casi se rozaron.
—Disculpe —murmuró.
Él siguió caminando.
Una hora después recordaría aquel instante con una claridad insoportable.
Luján no le ofreció café. Había un sobre sobre el escritorio.
—Antes de abrirlo —dijo—, quiero confirmar algo. ¿Conoce a una mujer llamada María Inés Salgado?
Ricardo frunció el ceño.
—Es mi asistente.
Luján asintió lentamente. Ricardo miró el sobre. Luego al investigador.
—¿Qué tiene que ver ella?
Luján lo deslizó hacia él. La primera fotografía mostraba la salida de Umbral. La mujer llevaba una peluca cobriza y un vestido oscuro. No era la ropa de sus encuentros, pero reconoció la boca y la manera de sostener el bolso contra el cuerpo.
—Es del jueves pasado —explicó Luján—. No tengo fotografías de la noche del vestido azul.
Ricardo acercó la imagen.
El investigador había observado el acceso del bar en varias jornadas. No había obtenido nombres de Vero ni entrado en la vivienda de nadie. Una noche vio salir a aquella mujer; la siguió desde la calle hasta el edificio donde bajó del coche. Las imágenes de la mañana siguiente mostraban a la misma persona cruzando el portal, ya sin la peluca, y llegando a Grupo Mendiola.
—¿Cómo confirmó que no era otra vecina?
Luján colocó dos ampliaciones junto a la primera fotografía. El rostro se veía con suficiente claridad en ambas. También coincidían el bolso y una pequeña marca junto a la barbilla.
—Repetí la observación antes de cerrar el informe. El nombre lo confirmé después con una referencia profesional pública. No recurrí a su expediente laboral.
Ricardo apenas escuchó lo último. La confirmación era suficiente para él; el procedimiento empezaba a parecerle algo que no habría querido que ella presenciara. Pasó a la siguiente. La mujer salía de un edificio de departamentos. Llevaba una falda por debajo de las rodillas, un saco amplio y unos lentes de armazón grueso. Ricardo dejó la fotografía sobre la mesa.
—No.
Luján esperó a que revisara el resto. Él tomó otra imagen. María Inés cruzaba la entrada de Grupo Mendiola con su gafete al cuello. Su asistente. La joven que le recordaba reuniones. La que le preparaba café. La que había recibido las invitaciones de su boda. Ricardo volvió a la primera fotografía.
Buscó los ojos bajo el maquillaje. La curva de la boca. El gesto de la barbilla. Empezó a encontrarlos.
—¿Está seguro?
—Sí.
Ricardo sintió calor en el rostro. Recordó la conversación sobre arreglar cosas. La librería mal armada. La cadencia de su voz al explicar el informe. Había estado allí. Todo el tiempo.
—Ella sabe quién soy —dijo.
Luján no respondió. Ricardo se pasó una mano por la boca. Se sintió engañado. Luego recordó cada vez que había pasado frente a su escritorio sin mirarla, y el enojo encontró algo incómodo contra lo que chocar. María Inés sí sabía quién era él.
Él nunca se había tomado el tiempo de averiguar quién era ella.
Regresó a la empresa poco antes del mediodía. María Inés estaba hablando por teléfono. Al verlo, levantó un dedo para indicar que terminaría enseguida. Tenía una mancha de tinta en el costado de la mano. Ricardo se detuvo frente al escritorio. Ella colgó.
—La reunión terminó. Dejaron los acuerdos en su correo y…
Se interrumpió. Él la estaba mirando. De verdad. María Inés sintió que el estómago se le contraía.
—¿Ocurrió algo?
Ricardo observó sus ojos detrás de los cristales. Ahora podía verla. Le resultaba imposible comprender cómo no la había visto antes.
—No —respondió.
Ella bajó la mirada hacia una carpeta.
—Le preparé el resumen.
Ricardo la tomó. Quiso decir su nombre de otra manera. Preguntarle por qué. Confesar lo que había hecho para encontrarla. En cambio, sostuvo el papel entre los dedos.
—Gracias, María Inés.
La lentitud con que lo pronunció la hizo levantar el rostro. Él sonrió apenas y entró en su despacho. Cerró la puerta. Después sacó del sobre una fotografía y la colocó junto al informe que ella acababa de entregarle. La desconocida del vestido azul. La firma pequeña al pie de la última página. Por fin tenía el nombre que había buscado.
Y, con él, una verdad que María Inés todavía no sabía que había dejado de pertenecerle solo a ella.