Capítulo 8 de 25
Ahora sabía dónde mirar
Ricardo dejó la fotografía boca abajo cuando escuchó que llamaban a la puerta.
—Adelante.
María Inés entró con una carpeta contra el pecho. Durante meses recordaría aquella imagen: el saco amplio, el moño demasiado tirante, los dedos manchados de tinta. Nada había cambiado desde la mañana. Salvo él.
Ahora reconocía la boca que había besado. Los ojos que lo habían observado por encima de un vaso en Umbral. La pequeña inclinación de la cabeza antes de responder una pregunta incómoda.
—El proveedor aceptó revisar los términos —dijo ella—. Piden una reunión para mañana.
Ricardo tardó en contestar.
—¿A qué hora?
—Propusieron las once.
Él asintió. María Inés abrió la carpeta y dejó una hoja frente a él.
—Preparé estos puntos para que…
Se interrumpió. Ricardo seguía mirándola. Ella se tocó discretamente una mejilla.
—¿Tengo algo?
Él bajó los ojos al documento.
—No. Continúe.
María Inés terminó la explicación deprisa. Al salir, sujetó el picaporte con tanta fuerza que le quedaron los nudillos blancos. Ricardo esperó a que la puerta se cerrara. Después volvió la fotografía. No era ella quien acababa de cambiar de rostro.
Era él quien tendría que aprender a fingir.
Durante el resto del día, María Inés cometió dos errores pequeños. Envió un correo sin adjuntar el archivo y anotó una extensión donde correspondía un número de proveedor. Los corrigió de inmediato, pero cada equivocación aumentó su inquietud. Ricardo no solía observarla así. Quizá estaba molesto por algo. Quizá Arturo había cuestionado su trabajo. O quizá… Se negó a terminar el pensamiento.
Si la hubiera reconocido, se lo habría dicho.
¿No?
A las seis y media apagó la computadora. Se puso el bolso al hombro y fue a despedirse. Ricardo tenía una hoja en la mano.
—¿Ya se retira?
—Sí, ingeniero.
Él miró el reloj. Antes nunca le había preguntado por la hora de salida.
—Buen descanso —dijo al fin.
—Igualmente.
María Inés caminó hacia el elevador sin apresurarse.
Solo cuando las puertas se cerraron se permitió apoyar la espalda contra la pared.
Ricardo llamó a Luján a las siete.
—Quiero saber si sale mañana.
Hubo un silencio.
—Ya tiene la identidad que solicitó —respondió el investigador.
Ricardo miró la fotografía.
—Lo sé.
—Podría hablar con ella.
La sugerencia lo irritó porque era demasiado sencilla. Podía salir del despacho al día siguiente, detenerse frente a la mampara y decirle que sabía todo. También tendría que admitir cómo lo había averiguado. Y entonces perdería la ventaja que acababa de conseguir.
—Solo quiero saber adónde va —insistió.
Luján tardó en responder.
—Esto sería un encargo distinto.
Ricardo aceptó el costo sin preguntarlo. Después colgó y dejó el teléfono sobre el escritorio. La inquietud no desapareció. Al contrario.
Ahora sabía exactamente qué estaba haciendo para no tener que pedirle a María Inés una respuesta.
El viernes por la tarde, Rebeca llamó tres veces. Ricardo respondió la tercera.
—No puedes seguir aplazando esta conversación —dijo ella.
Él cerró el archivo que tenía abierto.
—No la estoy aplazando.
—La organizadora necesita confirmar el salón. Mi madre sigue preguntándome qué debe decirles a nuestros invitados.
—Todavía no hay invitados.
—Hay personas esperando una fecha, Ricardo.
Él se frotó el puente de la nariz.
—Hablemos el domingo.
—Eso dijiste la semana pasada.
No tenía cómo defenderse. Rebeca respiró hondo.
—Voy a darte hasta el domingo. Después decidiré yo qué hacer.
Terminó la llamada. Ricardo permaneció sentado unos minutos. Luego vio, a través del cristal, a María Inés ponerse el saco. Ella llamó suavemente al marco de la puerta.
—La reunión del lunes quedó confirmada.
—Gracias.
—Hasta el lunes, ingeniero.
Él quiso preguntarle si saldría esa noche. Estuvo a punto de preguntarlo.
—Hasta el lunes.
La vio alejarse. Cuarenta minutos después recibió un mensaje de Luján.
Ha regresado a su domicilio.
Ricardo apagó la pantalla.
Volvió a encenderla casi enseguida.
María Inés se quitó los lentes al entrar en su departamento. Tenía dolor de cabeza. La semana había terminado con una sensación extraña: Ricardo parecía más atento a sus movimientos y, al mismo tiempo, más distante en sus respuestas. Julia la llamó mientras se desmaquillaba el poco corrector que había usado para cubrir las ojeras.
—¿Quieres cenar?
—Pensaba salir un rato.
—¿A Umbral?
María Inés dejó el algodón junto al lavabo.
—No.
Esta vez lo había decidido de verdad. Escogió un bar con terraza al que había ido meses atrás. Se llamaba Azotea y quedaba al otro lado de la ciudad. Eligió una peluca cobriza y un vestido negro de mangas largas, ceñido a la cintura. No quería repetir ninguna de las prendas que Ricardo conocía. Cuando terminó, se miró de perfil.
Estaba cansada de organizar sus noches alrededor de un hombre que durante el día podía pedirle las invitaciones de su boda. Tomó el bolso y salió. El mensaje llegó a las diez y doce. Ricardo lo leyó de pie junto al automóvil.
Azotea. Acaba de entrar.
Debajo aparecía una dirección. Guardó el teléfono y abrió la puerta. Durante el trayecto se dijo que solo quería verla. Confirmar con sus propios ojos aquello que las fotografías habían demostrado.
No se preguntó por qué necesitaba esa confirmación.
María Inés estaba conversando con un hombre junto a la terraza. Se llamaba Alonso y había empezado preguntándole si la silla de al lado estaba libre. Tenía una sonrisa fácil y hablaba sin acercarse demasiado. Ella agradeció no tener que retroceder.
—Entonces trabajas con números —dijo él.
—A veces.
—Eso sonó a que no quieres hablar de trabajo.
María Inés sonrió.
—Entiendes rápido.
Alonso levantó su vaso.
—Prometo mejorar el tema.
Ella se rio. En ese momento Ricardo apareció detrás de él. María Inés dejó de sonreír. Por una fracción de segundo creyó que lo había imaginado. Pero allí estaba, con la mirada fija en ella y la mandíbula tensa.
—Buenas noches —dijo Ricardo.
Alonso volvió la cabeza.
—Buenas.
María Inés sostuvo el vaso con ambas manos.
—Hola.
Ricardo miró al hombre y luego a ella.
—¿Podemos hablar?
Alonso se apartó un poco, sin levantarse. María Inés sintió la presión de aquella espera.
—Estoy conversando.
La respuesta sorprendió a Ricardo. Ella lo vio contener algo.
—Lo sé. Te pido unos minutos.
Alonso dejó el vaso sobre la mesa.
—Si quieres, voy a pedir otra bebida.
María Inés negó suavemente.
—No hace falta.
Luego se volvió hacia Ricardo.
—Podemos hablar aquí.
Él miró alrededor.
—Preferiría hacerlo a solas —admitió.
María Inés estudió su rostro. Después se levantó por decisión propia.
—Un momento —le dijo a Alonso—. Ahora vuelvo.
Ricardo la siguió hacia un extremo de la terraza.
—¿Cómo me encontraste?
La pregunta llegó antes de que él pudiera saludarla de nuevo. Ricardo miró las luces de los edificios.
—Vine a tomar algo.
María Inés lo observó con desconfianza.
—Nunca te había visto aquí.
—La otra vez tampoco me habías visto en Umbral.
Ella guardó silencio. La mentira quedó entre ambos con una facilidad que a Ricardo le produjo vergüenza. Aun así, la dejó allí.
—Quería volver a verte —añadió.
María Inés apoyó los antebrazos en la baranda.
—Yo te dije lo que pensaba.
—Lo recuerdo.
—Entonces, ¿qué cambió?
Ricardo podía responderle que ahora conocía su nombre, su dirección y la hora a la que había salido de casa. No podía ofrecerle la única respuesta que ella esperaba.
—He pensado mucho en ti.
María Inés cerró los ojos brevemente.
—Eso no resuelve nada.
Él se acercó un paso.
—¿Ese hombre te gusta?
Ella volvió el rostro.
—Acabo de conocerlo.
—¿Ibas a irte con él?
La expresión de María Inés cambió.
—No puedes preguntarme eso.
Ricardo miró hacia la mesa. Alonso seguía sentado, consultando el teléfono.
—No soporto imaginarte con otro.
María Inés sintió el golpe de aquellas palabras en un lugar que llevaba días tratando de proteger. Quería escucharlas. También comprendía lo injustas que eran.
—Tú sigues con alguien —respondió.
Ricardo bajó la mirada. Ella se apartó de la baranda.
—No voy a quedarme aquí para que me hagas sentir culpable.
Él retrocedió lo suficiente para dejarle libre el paso.
—Tienes razón.
La respuesta la detuvo. Ricardo pasó una mano por su cabello.
—Me comporté como un imbécil. No tenía derecho.
María Inés lo miró unos segundos. Él no intentó tocarla.
Eso hizo más difícil marcharse.
Regresó a la mesa y se disculpó con Alonso. No le dio explicaciones que él no había pedido.
—No te preocupes —dijo él—. ¿Estás bien?
María Inés asintió, aunque no estaba segura. Recogió el bolso.
—Creo que me iré a casa.
Alonso se levantó para despedirse. Ella agradeció su amabilidad y caminó hacia la salida. Ricardo esperaba cerca de las escaleras. Al verla, se enderezó.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Puedo acompañarte hasta que llegue tu coche?
María Inés vaciló.
—Hasta abajo.
Caminaron sin tocarse. En la acera, lejos de la música, él parecía menos seguro.
—No quiero que esto termine así —dijo.
Ella miró la calle.
—No sé qué quieres que haga.
—Quédate unos minutos conmigo.
María Inés volvió a mirarlo. Ahí estaba el peligro: él no necesitaba prometer demasiado. Bastaba con que la mirara como si fuera la única persona que importaba.
—Solo unos minutos —respondió.
Se sentaron en una cafetería que todavía estaba abierta. Hablaron durante casi una hora. De automóviles antiguos, de una película que ella detestaba y de lo mal que él cocinaba. María Inés se sorprendió riéndose cuando había llegado decidida a despedirse. Al salir, Ricardo le ofreció la mano. Ella la miró antes de aceptarla.
El beso ocurrió junto al automóvil, sin prisa. María Inés reconoció la misma cercanía que había intentado olvidar y se quedó unos segundos con la frente apoyada en su pecho. No fueron a un hotel. Cuando él se lo propuso con una pregunta apenas insinuada, ella negó.
—Hoy no.
Ricardo asintió. La acompañó hasta su coche y la vio marcharse. Solo entonces revisó el teléfono. Tenía un mensaje de Luján preguntando si debía continuar. Ricardo miró la calle por la que María Inés acababa de desaparecer. Sabía que debía detenerlo. Escribió:
Le aviso mañana.
Y guardó el teléfono antes de cambiar de opinión.