Capítulo 9 de 25

Las reglas del silencio

El domingo, Ricardo llegó a casa de Rebeca con diez minutos de anticipación.

La recibió una empleada y lo condujo a una sala que conocía demasiado bien: sillones claros, flores recién cortadas, fotografías familiares en marcos de plata. En una de ellas aparecían él y Rebeca durante una cena de beneficencia. Se veía cómodo. No recordaba haberlo estado.

Rebeca entró sin prisa. Llevaba pantalones blancos y una blusa de seda, pero no traía maquillaje. Ricardo advirtió el cansancio alrededor de sus ojos.

—Pensé que cancelarías —dijo.

—Quedamos en hablar.

Ella se sentó frente a él. Sobre la mesa había una carpeta con presupuestos. Ricardo la miró y después levantó el rostro.

—No puedo darte una fecha.

Rebeca permaneció inmóvil.

—¿Porque no sabes cuándo o porque no sabes si quieres?

Él tardó demasiado. Ella asintió como si hubiera escuchado una respuesta completa.

—Al menos esta vez no has intentado distraerme con trabajo.

Ricardo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—No quiero seguir lastimándote.

—Entonces deja de decidir por partes.

El silencio se extendió entre ambos.

—Podemos detener los preparativos —dijo él.

Rebeca miró la carpeta.

—Los detendré yo. También hablaré con mis padres. Pero no voy a explicar tus dudas por ti.

—Está bien.

Ella levantó los ojos.

—Y hasta que resolvamos esto, no quiero fotografías juntos, cenas familiares ni que me busques cuando te convenga sentir que todo sigue en su sitio.

Ricardo aceptó. Antes de que se levantara, Rebeca le entregó una relación de gastos. Había detenido nuevos anticipos y dejado constancia de cuáles vencerían si no decidían a tiempo.

—No voy a seguir pagando para que puedas pensar sin consecuencias.

Ricardo guardó la hoja. Por primera vez salía de aquella casa con una tarea que no podía delegar a su asistente. Al marcharse sintió alivio. Duró hasta que vio aquella fotografía junto a la puerta.

La mujer que sonreía a su lado había confiado en algo que él nunca se había tomado el trabajo de definir.

El lunes, María Inés encontró una taza de café sobre su escritorio. Se detuvo antes de dejar el bolso. La taza llevaba el logotipo de la cafetería del vestíbulo. Junto a ella había un sobre de azúcar y una servilleta doblada. Miró hacia el despacho. Ricardo estaba de pie, leyendo en su teléfono.

—Buenos días —dijo ella.

Él levantó la vista.

—Buenos días.

María Inés señaló el café.

—¿Es para mí?

Ricardo tardó una fracción de segundo.

—Compré dos.

Ella sostuvo la taza entre las manos.

—Gracias.

Era un gesto pequeño. En otra oficina habría pasado inadvertido. Allí la inquietó. Ricardo volvió a mirar el teléfono antes de que ella pudiera preguntarle algo más. Había comprado el café casi sin pensarlo. Después, al dejarlo sobre el escritorio, comprendió que estaba a punto de alterar una rutina que ella conocía mejor que él. Se obligó a permanecer dentro del despacho.

No podía empezar a tratarla con una intimidad que, para María Inés, todavía no existía de día.

A media mañana, Arturo solicitó los documentos del proyecto con Alcázar. Ricardo llevó la carpeta personalmente. Su padre lo esperaba con el director financiero.

—Necesitamos confirmar el calendario —dijo Arturo.

Ricardo tomó asiento.

—El análisis todavía tiene puntos pendientes.

—Los puntos pendientes se resuelven trabajando.

—Eso estoy haciendo.

El director financiero desplazó una hoja hacia él. Había una fecha marcada. Ricardo la reconoció: coincidía con la semana en que Rebeca había querido celebrar el compromiso formal.

—¿Por qué esa prisa? —preguntó.

Arturo entrelazó las manos.

—Porque no somos los únicos interesados en su capital.

Ricardo revisó las cifras. Durante unos segundos imaginó decir que no, levantarse y dejar que su padre resolviera el problema sin utilizar su vida como garantía. En cambio, pidió una semana más. Arturo accedió con una expresión que no ocultaba el disgusto. Al volver a su despacho, Ricardo encontró a María Inés organizando los documentos para la siguiente reunión.

—¿Puede revisar otra vez las opciones de financiamiento? —le pidió.

Ella levantó la mirada.

—¿Todas?

—Las que no dependen de Alcázar.

María Inés sujetó con más fuerza una carpeta.

—Sí, ingeniero.

No preguntó por qué.

Esa discreción, que antes le resultaba cómoda, empezaba a hacerlo sentirse cobarde.

El miércoles, Luján llamó mientras Ricardo estaba solo.

—Necesito saber si mantiene el encargo.

Ricardo cerró la puerta. Había pasado varios días posponiendo esa decisión con la misma facilidad con que posponía las demás.

—¿Tiene alguna novedad?

—No he continuado. Quedamos en que me confirmaría.

Ricardo miró la mampara. María Inés estaba inclinada sobre un documento, con un dedo apoyado en la línea que leía.

—Quiero que me avise si sale este viernes.

Luján no contestó enseguida.

—Ya sabe dónde trabaja. Puede hablar con ella.

—Lo sé.

—Entonces entiende lo que me está pidiendo.

Ricardo cerró los ojos un instante.

—Sí.

Cuando terminó la llamada, se quedó con el aparato en la mano. Al otro lado del cristal, María Inés se quitó los lentes para limpiarlos.

Él apartó la mirada.

El viernes, María Inés eligió un vestido rojo oscuro y una peluca castaña de ondas largas. No había decidido a qué bar ir hasta después de cenar. Julia, sentada en la cama, la observaba ponerse los pendientes.

—¿Esperas encontrártelo?

María Inés mantuvo los ojos en el espejo.

—No sé.

—Eso ya es una respuesta más sincera.

Ella dejó el segundo pendiente sobre la cómoda.

—Me pidió que me quedara. Estuvimos hablando casi una hora.

—¿Y Rebeca?

María Inés tragó saliva.

—No hemos vuelto a hablar de ella.

Julia se incorporó.

—Entonces tienes una conversación pendiente antes de seguir.

María Inés recogió el pendiente. Sabía que su amiga tenía razón.

También sabía lo fácil que era olvidar aquellas preguntas cuando Ricardo se acercaba.

Se encontraron en un bar llamado Candela. Esta vez él no apareció junto a su mesa. María Inés lo vio primero, de pie cerca de la entrada, observando el salón. La sorpresa le aceleró el pulso. Después llegó una incomodidad que no consiguió nombrar. Tres bares distintos. La misma aparición. Ricardo la encontró con la mirada y sonrió. Ella esperó a que se acercara.

—Empiezo a pensar que frecuentamos los mismos lugares —dijo.

Él sostuvo su mirada.

—Tal vez tenemos gustos parecidos.

María Inés quiso aceptar aquella explicación. Le convenía demasiado. Se sentaron en una mesa apartada. Ricardo pidió agua mineral y esperó a que el mesero se retirara.

—Hablé con Rebeca —dijo antes de que ella preguntara.

María Inés sintió un vuelco en el estómago.

—¿Y?

—Detuvimos los preparativos.

Ella bajó los ojos al vaso.

—¿Terminaron?

Ricardo apoyó una mano sobre la mesa.

—Estamos tomando distancia.

María Inés dejó pasar unos segundos.

—No es lo mismo.

—No voy a decirte que ya resolví todo.

La respuesta le dolió, pero pudo creerla. Era más de lo que había tenido hasta entonces.

También mucho menos de lo que deseaba.

Hablaron durante largo rato. Ricardo le contó que había regresado del extranjero convencido de que su lugar en la empresa lo estaba esperando.

—Mi padre me dio una oficina —dijo—. A veces siento que sigue examinándome desde afuera.

María Inés lo escuchó sin interrumpir. Conocía al hombre que ocupaba la cabecera de las reuniones. Sabía lo difícil que era contradecirlo.

—¿Quieres dirigir esa empresa? —preguntó.

—Sí.

—¿Aunque no fuera de tu familia?

Ricardo se quedó callado. Nunca había separado las dos cosas con tanta claridad.

—Creo que sí —respondió al fin—. Me gusta fabricar algo que después puedes ver funcionando.

Ella sonrió.

—Entonces empieza por ahí.

Ricardo observó sus manos. Había una pequeña marca en el dedo donde solía apoyar el bolígrafo. Ahora que sabía buscarla, encontraba a María Inés en cada gesto.

—Hablas como si supieras de negocios.

Ella tomó el vaso.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Él sintió una punzada de vergüenza.

—Sí —dijo—. Las hay.

Al salir, caminaron hasta el automóvil. Ricardo se detuvo antes de abrir la puerta.

—Quiero verte otra vez.

María Inés miró las luces de la calle.

—Ya me has visto cuatro veces.

—Sin tener que esperar a encontrarte.

Ella volvió hacia él. Por primera vez estaba pidiendo lo que antes había conseguido por otros medios.

—Podemos acordar un lugar —dijo.

Ricardo asintió.

—¿Y si no puedes ir?

María Inés pensó unos segundos. Luego abrió el bolso y sacó el teléfono.

—Dame tu número.

Él sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. Se lo dictó. Un momento después recibió un mensaje. Soy yo. Ricardo miró la pantalla. No había nombre ni fotografía. Aun así, era la primera cosa que ella le entregaba sin que él tuviera que arrebatársela al silencio. Guardó el teléfono.

—¿Puedo besarte?

María Inés respondió acercándose.

Fueron a un hotel esa noche. Antes de entrar en la habitación, ella lo detuvo con una mano sobre su pecho.

—Esto no significa que haya dejado de importarme lo que hablamos.

Ricardo sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Y no quiero que mañana me prometas algo solo porque estamos aquí.

Él asintió. María Inés fue quien terminó de acercarse. La puerta se cerró detrás de ellos. Más tarde, cuando la ciudad parecía haberse quedado sin ruido, Ricardo la encontró despierta.

—¿Qué piensas?

Ella tenía la mejilla apoyada en la almohada.

—En que esta vez debería despedirme.

Él sonrió con tristeza.

—Podrías quedarte hasta el desayuno.

María Inés miró la claridad tenue de las cortinas. Durante unos segundos imaginó hacerlo. Sentarse frente a él sin música, sin prisas, sin pensar en el lunes.

—Todavía no —susurró.

Ricardo no insistió.

La acompañó hasta la puerta y la besó antes de dejarla ir.

Cuando regresó al departamento, María Inés encontró un mensaje.

Avísame cuando llegues.

Sonrió mientras se quitaba los zapatos. Ya llegué. La respuesta fue inmediata. Descansa. Se quedó mirando aquella palabra.

Después dejó el teléfono junto a los lentes y apagó la lámpara.

Ricardo permaneció sentado en el borde de la cama del hotel. Abrió la conversación con Luján. Durante varios minutos sostuvo el teléfono sin escribir. Por fin envió:

No continúe. El encargo termina aquí.

La confirmación llegó poco después. Ricardo archivó la conversación. No quería verla cada vez que abría los mensajes; tampoco podía fingir que aquel encargo no había existido. Luego abrió el mensaje de María Inés y guardó su número. Escribió su nombre completo. Lo observó un momento y lo cambió por una sola letra. M. El lunes volvería a verla detrás de los lentes.

Ella tendría que esconder una verdad.

Él, desde esa noche, tendría que esconder dos.