Capítulo 10 de 25
Lo que empezaba a parecerse al amor
El primer mensaje llegó a las once y diecisiete de la mañana.
María Inés estaba frente a una hoja de cálculo cuando el teléfono vibró dentro del cajón.
¿Ya desayunaste?
No necesitó abrir la conversación para saber quién era. Miró hacia el despacho. Ricardo estaba sentado frente a su computadora, con una mano cerca del teclado y la otra sosteniendo el teléfono. El corazón le dio un vuelco. Sacó el suyo debajo del escritorio. Hace horas. La respuesta apareció enseguida.
Yo no. Estoy empezando a tomar malas decisiones.
María Inés apretó los labios para no sonreír.
Eso explica muchas cosas.
Al otro lado del cristal, Ricardo bajó la cabeza. Se estaba riendo. Ella guardó el teléfono de inmediato. Permaneció mirando la pantalla de la computadora sin entender una sola cifra.
Nunca había compartido algo así con él: una broma pequeña en mitad de una mañana corriente. Hasta entonces, su cercanía había pertenecido a los bares, a los automóviles detenidos bajo una farola y a habitaciones donde ninguno decía todo lo que sabía. Aquel mensaje había entrado en la oficina.
María Inés no sabía que Ricardo había esperado a verla sentarse antes de enviarlo.
Él levantó la mirada cuando ella cerró el cajón. Había visto la sonrisa. Pequeña, contenida, distinta de la que conocía por las noches. Le produjo una ternura que lo tomó desprevenido. Después vino la culpa. María Inés creía estar protegiendo un secreto. Él podía observar cada esfuerzo que hacía por esconderlo. Ricardo dejó el teléfono boca abajo.
Llevaba días diciéndose que encontraría el momento de confesarlo. Cada vez que imaginaba la conversación llegaba al mismo punto: tendría que contarle que había contratado a un hombre para seguirla. No podía presentarlo como una casualidad. Tampoco como un gesto de amor. Sabía lo que había hecho. Llamaron a la puerta.
—Adelante.
María Inés entró con una carpeta. Él se obligó a mirar los documentos antes que su rostro.
—El banco respondió —dijo ella—. Solicitan información adicional sobre los flujos del proyecto.
Ricardo abrió la carpeta.
—¿Es viable?
—Podrían financiar una parte. Todavía necesitamos revisar las garantías.
Ella señaló una tabla. Se había acercado lo suficiente para que él percibiera el aroma limpio de su cabello. Ricardo sostuvo el bolígrafo con más fuerza.
—Preparemos una propuesta —dijo.
María Inés asintió y siguió explicando. Él escuchó cada palabra.
Por primera vez, ella salió del despacho sin sentir que debía apresurarse para conservar su atención.
Esa tarde, Arturo los encontró trabajando en la sala de juntas. María Inés tenía varias hojas extendidas sobre la mesa. Ricardo había dejado el saco en una silla y revisaba los costos de una primera etapa más pequeña para la nueva línea.
—¿Qué están haciendo? —preguntó su padre.
Ricardo levantó el rostro.
—Una alternativa al acuerdo con Alcázar.
Arturo se acercó. Tomó una hoja, leyó unos segundos y la dejó.
—Ya revisamos esto.
—Revisamos una expansión completa. Esta propuesta comienza con una sola línea.
—Y tarda más en generar resultados.
—También reduce la inversión inicial.
Arturo miró a María Inés. Ella se puso de pie.
—Si me permiten, puedo traer el comparativo.
—Siéntese —dijo él—. Quiero escuchar de dónde salen estas cifras.
María Inés volvió a ocupar la silla. Explicó los supuestos con la voz baja al principio. Después empezó a señalar fechas, volúmenes y márgenes. Arturo hizo tres preguntas. Ella respondió dos y anotó la tercera.
—Necesito confirmarlo con Producción —admitió—. No quiero darle un dato incorrecto.
El hombre la observó un instante. Luego volvió hacia su hijo.
—Preséntalo al consejo cuando tengas todas las respuestas.
Ricardo asintió. Arturo salió sin añadir nada. María Inés soltó el aire lentamente.
—Pensé que iba a rechazarlo.
Ricardo la miró.
—No encontró cómo hacerlo todavía.
Ella sonrió. Él tuvo que volver a los papeles para no quedarse observándola.
El jueves se vieron en un restaurante pequeño donde nadie necesitaba reservar con semanas de anticipación. María Inés llegó con una peluca castaña, un vestido sencillo y los hombros tensos. Ricardo se levantó al verla.
—Pensé que íbamos a bailar —dijo ella.
—Quería escucharte sin tener que acercarme a tu oído.
La frase la hizo sonreír. Durante la cena hablaron de la universidad, de profesores exigentes y de los trabajos que habían tenido antes de sentirse preparados para ellos. María Inés evitó mencionar nombres de empresas. Ricardo fingió no advertirlo.
—¿Siempre fuiste tan tímida? —preguntó él.
Ella dejó el tenedor.
—¿Te parezco tímida?
—A veces.
María Inés miró su copa de agua.
—Depende de dónde esté.
Ricardo esperó.
—Hay lugares donde siento que, si me equivoco, voy a perder mucho —continuó—. En otros puedo levantarme e irme.
Él pensó en su escritorio. En la forma en que ella se acomodaba los lentes antes de contradecir a alguien.
—¿Y conmigo?
María Inés tardó en responder.
—Contigo ya no sé.
Ricardo sintió el impulso de tomarle la mano. Lo hizo despacio. Ella permitió el contacto, pero no dejó de mirarlo.
—¿Qué pasó con Rebeca?
La pregunta terminó con la comodidad de la cena. Ricardo sostuvo sus dedos.
—No he terminado la relación —respondió.
María Inés soltó su mano.
—Entonces no quiero seguir haciendo planes como si estuvieras libre.
Ricardo dejó los dedos sobre el mantel. Ella pidió la cuenta de su cena y no aceptó fijar otra cita. Saldrían a caminar porque ya estaban allí, pero la noche dejaba de ser una promesa de la siguiente.
Después de cenar caminaron varias calles. María Inés llevaba los zapatos en una mano cuando llegaron a una pequeña plaza. Ricardo la miró, sorprendido.
—Me están matando.
—Podríamos haber pedido el coche.
—Quería caminar.
Él se quitó el saco y lo extendió sobre una banca para que se sentara. María Inés soltó una risa.
—Vas a arruinarlo.
—Sobrevivirá.
Ella se sentó y movió los dedos de los pies con alivio. Ricardo ocupó el lugar a su lado. Por unos minutos contemplaron a una niña que intentaba enseñar a un perro pequeño a sentarse. El animal prefería perseguir una hoja. María Inés se rio cuando la niña terminó sentándose primero. Ricardo giró hacia ella. No había luces de colores ni música alrededor.
Solo una mujer cansada de sus zapatos, riéndose en una plaza. Quiso conocerla un domingo por la mañana. Saber qué compraba en el mercado, qué libros tenía en aquella librería mal armada y cómo sonaba su voz antes del primer café. El deseo seguía allí. Ahora había algo más, mucho más difícil de satisfacer con una noche.
—¿Qué? —preguntó ella al descubrirlo mirándola.
Ricardo negó.
—Nada.
María Inés inclinó la cabeza.
—Siempre dices eso cuando estás pensando demasiado.
Él sonrió.
—¿Ya te diste cuenta?
—Empiezo a conocerte.
Sintió alegría hasta recordar lo que aún le ocultaba.
Al día siguiente, María Inés llegó a la oficina con una ampolla en el talón. Caminaba procurando no apoyar demasiado el pie izquierdo. Ricardo la vio dejar el bolso y tuvo que contener el impulso de preguntarle si le dolía. Esperó casi una hora. Cuando ella entró a dejar unos documentos, él señaló la silla.
—Revise conmigo este cuadro, por favor.
María Inés se sentó con un alivio apenas perceptible. Trabajaron veinte minutos. Ricardo hizo más preguntas de las necesarias para que no tuviera que levantarse. Ella interpretó aquello como confianza profesional. Al volver a su escritorio, encontró un mensaje.
¿Sobrevivieron tus pies?
Levantó la vista hacia el despacho. La persiana estaba abierta. Por un segundo tuvo una sensación extraña, como si las dos partes de su vida hubieran quedado demasiado cerca. Luego vio a Ricardo hablando por teléfono, serio, con un documento en la mano. Se dijo que estaba imaginando cosas.
Uno de ellos exige una disculpa, respondió.
Él leyó el mensaje durante la llamada y sonrió apenas. María Inés bajó los ojos. No quería que nadie la descubriera mirándolo. Julia la escuchó aquella noche sin interrumpir. María Inés estaba sentada en el suelo, junto a la cama, poniéndose una curita en el talón.
—Me llevó a cenar —dijo—. Caminamos. No terminamos en un hotel.
Julia se apoyó contra la cabecera.
—¿Y eso te hizo feliz?
María Inés asintió. Después añadió:
—Mucho.
Su amiga sonrió con tristeza.
—Entonces vas a tener que decirle quién eres.
María Inés dejó el envoltorio de la curita sobre una servilleta.
—Tengo miedo.
—Ya lo sé.
—¿Y si siente que me burlé de él? ¿Y si cree que he escuchado cosas para utilizarlas después?
Julia se inclinó hacia ella.
—Cuanto más tiempo pase, más difícil va a ser explicarlo.
María Inés miró el cajón de las pelucas. Quiso decir que elegiría una fecha. Que prepararía las palabras.
Pero no hizo ninguna promesa.
Ricardo seguía en el despacho cuando llegó el correo de Rebeca. El asunto era breve: Necesitamos terminar esta conversación. Dentro había una sola línea.
Mi padre quiere una respuesta sobre el proyecto y yo quiero una sobre nosotros. El lunes a las ocho, en mi casa.
Ricardo leyó el mensaje dos veces. Después abrió otra conversación.
¿Qué haces?, escribió.
María Inés respondió con una fotografía de dos tazas de té sobre una mesa. No se veía ningún rostro.
Estoy con una amiga.
Él amplió la imagen sin querer. Había una libreta al fondo, una esquina de la sala y una manta doblada. Fragmentos de la vida a la que todavía no había sido invitado.
Me gustó verte anoche, envió.
La respuesta tardó un poco.
A mí también.
Ricardo apoyó el teléfono sobre el escritorio. El lunes tendría que hablar con Rebeca. Antes o después tendría que hablar con María Inés. Por primera vez comprendió que el silencio ya no estaba protegiendo una aventura. Estaba poniendo en peligro algo que quería conservar. Al otro lado de la ciudad, María Inés abrió su cajón y apartó lentamente la peluca negra.
Debajo estaba el gafete de un empleo anterior. Lo sostuvo entre los dedos y miró su fotografía. Luego tomó el teléfono. Escribió:
Hay algo que necesito contarte.
Leyó la frase varias veces.
No la envió.