Capítulo 11 de 25
La promesa equivocada
María Inés borró el mensaje a las dos y trece de la madrugada.
Había pasado casi una hora contemplándolo.
Hay algo que necesito contarte.
Cinco palabras que podían cambiar su empleo, su relación con Ricardo y la tranquilidad precaria que había conseguido construir. Dejó el teléfono sobre la mesa de noche. El lunes se lo diría.
Lo pensó con una determinación que duró hasta la mañana.
Ricardo pasó el domingo revisando documentos. Sobre la mesa del comedor tenía la propuesta alternativa de financiamiento, los costos de instalación y una lista de posibles clientes. Había pedido a Producción una estimación más conservadora y vuelto a calcular los plazos. Las cifras no eran buenas. Tampoco imposibles. A media tarde llamó al director financiero.
—Si empezamos con una línea, ¿cuánto tiempo podemos sostenerla sin la aportación de Alcázar?
El hombre guardó silencio unos segundos.
—Depende de lo que autorice su padre.
—Le pregunto por la empresa.
—Y yo le respondo por la empresa. El consejo necesita aprobar las garantías.
Ricardo miró la hoja que tenía enfrente. El edificio, las máquinas, el terreno: todo pertenecía a una estructura en la que su padre conservaba la última palabra.
—Gracias —dijo.
Terminó la llamada y dejó el teléfono junto a los informes.
No quería admitir que había preparado aquella propuesta esperando encontrar una salida para sí mismo.
El lunes, María Inés llegó antes de las ocho. Había elegido una blusa azul pálido debajo del saco. Casi se había recogido el cabello de una manera menos tirante, pero al final volvió al moño de siempre. En el bolso llevaba un sobre. Dentro había una hoja escrita a mano que empezaba con su nombre completo. No era una renuncia. Todavía no.
Era una forma de ordenar lo que no conseguía decir mirándolo de frente. Cuando Ricardo llegó, ella se levantó.
—Buenos días, ingeniero.
Él respondió distraído y dejó unas carpetas sobre su escritorio.
—Necesito que envíe estos documentos al área financiera. Son la versión definitiva para la revisión de hoy.
María Inés tomó la primera carpeta.
—Claro.
Ricardo ya estaba entrando en el despacho cuando ella lo llamó.
—¿Podría hablar con usted después?
Él se volvió. María Inés sintió que se le secaba la boca.
—Sobre un asunto personal.
La expresión de Ricardo cambió. Durante un segundo comprendió exactamente lo que ella quería hacer. Podía facilitarle el camino. Decirle que cerrara la puerta, que se sentara, que no necesitaba empezar desde el principio. En cambio, miró el reloj.
—Por la tarde, si no le importa. Esta mañana va a ser complicada.
Ella asintió.
—Por supuesto.
Ricardo entró y cerró la puerta. María Inés se quedó con la carpeta apoyada contra el pecho. El sobre pesaba muy poco dentro del bolso.
Aun así, pasó toda la mañana sintiéndolo allí.
Arturo convocó a su hijo a las doce. En la sala de juntas lo esperaban dos consejeros y el director financiero. La propuesta de Ricardo estaba proyectada en la pantalla. Durante cuarenta minutos respondió preguntas. Los plazos eran razonables. Los riesgos estaban identificados. Había previsto una operación más pequeña, con menos compromisos iniciales.
Pero el ahorro dependía de retrasar contrataciones, aplazar equipos y aceptar un crecimiento más lento.
—No es el momento de improvisar —concluyó Arturo.
Ricardo cerró su carpeta.
—No estoy improvisando.
Uno de los consejeros intervino.
—La propuesta puede estudiarse. Pero tenemos negociaciones avanzadas y compromisos con proveedores.
—Los acuerdos todavía no están firmados.
—Precisamente por eso necesitamos certeza —dijo Arturo.
Ricardo miró a su padre. Había algo más en aquella conversación, algo que ninguno de los demás estaba dispuesto a mencionar. Lo confirmó cuando terminó la reunión y Arturo le pidió que se quedara. Esperaron a que saliera el último consejero.
—Alcázar quiere cerrar el acuerdo este mes —dijo el hombre.
—El proyecto no debería depender de mi relación con Rebeca.
—Su padre necesita saber con quién está haciendo negocios.
—Con Grupo Mendiola.
Arturo dejó los lentes sobre la mesa.
—No puedes deteriorar una relación personal y esperar que la confianza comercial permanezca intacta.
Ricardo sintió una rabia cansada.
—¿Qué quieres que haga?
—Que decidas si vas a construir algo o seguir buscando la siguiente distracción.
Aquello lo hizo levantarse.
—No sabes nada de lo que me está pasando.
Arturo no se movió.
—Entonces deja de obligarnos a adivinarlo.
A las seis, María Inés seguía esperando. Había terminado el resumen semanal, enviado las confirmaciones del martes y ordenado los documentos pendientes. Cada vez que sonaba la extensión, el corazón se le aceleraba. Ninguna llamada era para pedirle que entrara. A las seis y media, Ricardo salió con el saco en la mano. Se detuvo al verla. Recordó demasiado tarde.
—Lo de nuestra conversación…
María Inés retiró la mano del bolso.
—Puede esperar.
Él vio su expresión y estuvo a punto de decir que no. Pero tenía una cita con Rebeca y llevaba todo el día reuniendo valor para llegar.
—Mañana, a primera hora —dijo.
Ella asintió. Ricardo se marchó.
María Inés permaneció sentada unos minutos más, aunque ya no tenía nada que hacer.
Rebeca lo recibió en el comedor. No había presupuestos sobre la mesa ni carpetas de muestras. Solo dos vasos de agua. Ricardo agradeció que no hubiera público.
—Mi padre cree que vas a cancelar el acuerdo —dijo ella.
Él dejó las llaves junto al vaso.
—No he tomado esa decisión.
—¿Y sobre nosotros?
Ricardo la miró. Rebeca parecía agotada de preguntar.
—No quiero seguir tratándote de esta manera —respondió.
Ella apretó los labios.
—Eso lo dijiste la última vez.
El silencio lo obligó a escuchar lo que estaba haciendo: ofrecía arrepentimiento donde ella pedía una respuesta.
—Podemos intentarlo —dijo al fin.
Rebeca permaneció inmóvil. Ricardo oyó su propia frase y sintió el impulso de retirarla. No lo hizo.
—¿Intentar qué? —preguntó ella.
—Hacer las cosas bien.
—¿Quieres casarte conmigo?
La pregunta era tan clara que no dejaba espacio donde esconderse. Ricardo pensó en el despacho. En su padre. En los años que había pasado esperando demostrar que podía dirigir aquella empresa. Después pensó en María Inés sentada en la plaza con los zapatos en la mano. Eligió no seguir pensando.
—Sí.
Rebeca lo observó largamente.
—No vuelvas a decirlo si no estás seguro.
Ricardo sostuvo su mirada.
—Estoy aquí.
Ella cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había alivio en su rostro. Eso fue lo peor.
Rebeca abrió la agenda y fijó las citas que él llevaba semanas evitando. Antes de despedirse le pidió que asumiera la mitad de los anticipos nuevos y enviara personalmente la confirmación a la organizadora. Ricardo lo hizo desde su teléfono. Ya no podría atribuir la marcha de los preparativos únicamente a los demás.
María Inés estaba preparando té cuando llegó el mensaje.
¿Puedo verte?
Dejó la taza sobre la mesa. No había esperado una invitación después de pasar toda la tarde frente a su puerta. Miró el sobre que acababa de sacar del bolso.
Hoy no puedo, escribió.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Necesito estar contigo.
María Inés se sentó. Durante unos segundos imaginó arreglarse deprisa, pedir un coche y dejar que la noche resolviera lo que el día había complicado. Pero estaba cansada. Y quería que, por una vez, él la esperara.
Mañana hablamos, respondió.
Ricardo no insistió.
El martes, él llegó después de las nueve. María Inés tenía el sobre en el primer cajón. Lo vio cruzar el pasillo y se puso de pie. Antes de que pudiera hablar, sonó el teléfono. Era Rebeca.
—Necesito que anotes unas fechas —dijo con una energía que María Inés no le había escuchado en semanas—. Ricardo y yo retomamos los preparativos.
La mano se le quedó inmóvil sobre el papel.
—¿María Inés?
—Sí. Dígame.
Rebeca mencionó una cita con la organizadora, otra con el diseñador y una comida para revisar la lista de invitados. María Inés escribió todo. La letra empezó a inclinarse hacia abajo.
—Y avísale a Ricardo que esta tarde le enviaré las opciones de fecha. Él ya sabe.
Ella miró la puerta del despacho. Ricardo estaba dentro.
—Se lo diré.
Terminó la llamada con una voz que apenas reconoció. El teléfono siguió en su mano después de cortarse la llamada. Después abrió el cajón. El sobre seguía allí, limpio, cuidadosamente cerrado. Lo sacó y rompió una esquina. Ricardo la llamó poco antes de las diez. María Inés entró sin la libreta. Él lo notó.
—Ayer quería hablar conmigo.
Ella mantuvo las manos juntas frente al cuerpo. Había pasado una noche imaginando que por fin dejaría de mentirle. Ahora solo quería salir de aquella habitación sin que él la viera quebrarse.
—Ya no es necesario.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Está segura?
María Inés miró el borde de su escritorio.
—Sí, ingeniero.
La formalidad le produjo una inquietud inmediata.
—María Inés…
Ella levantó el rostro. Por un instante él vio algo que conocía demasiado bien: la expresión de la mujer que, frente a Umbral, le había dicho que aquello importaba. Comprendió. Rebeca había llamado. Ricardo bajó los ojos.
—¿Necesita algo más? —preguntó ella.
Él tenía tantas cosas que decir que no encontró ninguna.
—No.
María Inés salió y cerró la puerta con cuidado. Ricardo oyó cerrarse la puerta y no la llamó de vuelta. A la hora de la comida, Ricardo envió un mensaje.
Tenemos que hablar.
María Inés lo leyó en el comedor del personal. A su alrededor chocaban cubiertos y alguien comentaba el tráfico de la mañana. Ella había dejado intacta la mitad de su comida. Escribió:
¿Volviste con ella?
Ricardo tardó varios minutos.
Acepté retomar los planes. Necesito explicarte.
María Inés leyó la respuesta una vez. No necesitó otra. Bloqueó la pantalla y guardó el teléfono. Después volvió a su escritorio, abrió la agenda del ingeniero Mendiola y registró la primera cita de su boda. En el campo de observaciones escribió:
Confirmado.