Capítulo 12 de 25
El lugar que no le correspondía
María Inés no respondió los siguientes mensajes.
El primero llegó a las tres.
No quiero que te enteres así.
El segundo, después de las seis.
Dame la oportunidad de explicarte.
El tercero apareció mientras ella esperaba el autobús.
Sé que estás enojada.
Miró la pantalla y sintió una rabia triste. Conocía los argumentos que él podía ofrecer: había preparado los informes sobre el proyecto y oído a Rebeca recuperar la alegría por teléfono. Ninguna explicación iba a cambiar esas dos cosas.
Guardó el aparato cuando llegó el autobús y subió sin volver a mirarlo.
Julia la encontró en la cocina, todavía con el saco puesto. Había un vaso de agua frente a ella.
—¿Qué pasó?
María Inés tardó en levantar la cabeza.
—Va a casarse.
Julia dejó las llaves sobre la mesa. No preguntó con quién. Se sentó a su lado.
—¿Te lo dijo él?
—Me lo dijo ella. Necesitaba que anotara las citas.
Julia cerró los ojos un momento. María Inés soltó una risa que terminó en un sonido breve, quebrado.
—Después me escribió que quería explicarme.
Su amiga le quitó el vaso de entre los dedos y lo dejó sobre la mesa. Fue entonces cuando María Inés empezó a llorar. No lo hizo con violencia. Lloró inclinada hacia delante, tratando de respirar sin hacer ruido, avergonzada todavía de una pena que Julia no le estaba pidiendo justificar.
—Yo sabía que existía Rebeca —dijo al fin—. No puedo decir que me engañó con eso.
—Puedes estar lastimada aunque hayas cometido un error.
María Inés se cubrió el rostro.
—Pensé que estaba cambiando algo.
Julia le apoyó una mano en la espalda.
—Quizá cambió. Pero no eligió lo mismo que tú.
El miércoles, Ricardo encontró su café sobre el escritorio. Sin una nota. Sin el pequeño sobre de azúcar que él nunca utilizaba. María Inés había recuperado la eficiencia precisa de sus primeros días. Le entregó la agenda, confirmó dos reuniones y preguntó si necesitaba reservar el automóvil de la empresa para una visita. No levantó los ojos más de lo necesario.
Ricardo la llamó cuando estaba a punto de salir.
—¿Se encuentra bien?
Ella sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Sí, ingeniero.
—La noto…
Se detuvo. No tenía derecho a terminar aquella frase fingiendo que desconocía la causa. María Inés esperó.
—Si necesita salir antes algún día, puede organizarlo —dijo él.
Ella lo miró por fin. Había tanta tristeza en sus ojos que Ricardo sintió el impulso de levantarse.
—No necesito salir antes. Necesito trabajar.
Ricardo no encontró una manera de insistir sin admitir lo que sabía.
—Por supuesto.
María Inés salió.
Ricardo permaneció sentado frente al café, incapaz de tocarlo.
El viernes, ella aceptó salir con Julia. Fueron a un local nuevo, pequeño, con música que permitía conversar. María Inés eligió una peluca cobriza, una blusa negra y pantalones oscuros. No quería sentirse disfrazada de alguien feliz. Quería pasar unas horas sin mirar el teléfono. Julia pidió dos bebidas y dejó el suyo boca abajo.
—Esta noche no tienes que demostrar nada —dijo.
María Inés la miró.
—No iba a hacerlo.
—Te conozco.
Ella bajó los ojos. Había pensado, mientras se arreglaba, que quizá podría irse con otro hombre y conseguir que Ricardo dejara de ocuparlo todo. Ahora, sentada frente a su amiga, la idea le parecía agotadora.
—Estoy cansada de extrañarlo mientras lo tengo enfrente —admitió.
Julia no intentó animarla con una frase rápida. Le habló de una clienta que había confundido dos pedidos y de la discusión absurda que había escuchado en el supermercado. María Inés empezó a reírse poco a poco. Más tarde bailaron juntas. Cuando volvió a casa, abrió la conversación con Ricardo. Había siete mensajes sin respuesta. Escribió solo uno.
No quiero verte mientras estés preparando una boda con otra mujer.
Lo envió antes de arrepentirse. Ricardo lo leyó en el estacionamiento de su edificio. Había pasado dos noches en Umbral y una en Azotea. No había llamado a Luján. El impulso estuvo allí, junto con la certeza de que hacerlo empeoraría todo. Miró el mensaje. No contenía un insulto ni una amenaza.
María Inés acababa de poner un límite que él había esperado evitar con paciencia, regalos o las palabras correctas. Escribió:
Lo entiendo.
Lo borró. No estaba seguro de estar comportándose como alguien que lo entendía. Terminó enviando:
No voy a insistirte esta noche.
La respuesta no llegó. Ricardo dejó el teléfono en el asiento del acompañante. En la parte trasera llevaba un traje que había recogido para una cena con los Alcázar.
Lo miró por el retrovisor y sintió vergüenza.
La fecha de la boda quedó fijada para cuatro meses después. Rebeca llegó a la empresa con la organizadora y una carpeta de colores claros. María Inés las recibió de pie.
—Ricardo está en una llamada. Enseguida las atiende.
—Podemos avanzar contigo —dijo Rebeca—. Necesitamos coordinar algunas cosas con la oficina.
La organizadora abrió una computadora. Hablaron de vehículos para los familiares, habitaciones de hotel y horarios en los que Ricardo podía acudir a las pruebas. María Inés tomó notas.
—Arturo dijo que podrías ayudarnos con las confirmaciones de los invitados de la empresa —añadió Rebeca—. Son demasiadas personas y aquí ya tienen sus datos.
María Inés levantó la vista.
—Puedo consultar con Recursos Humanos quién lleva ese registro.
—Prefiero que lo centralices tú. Para eso estás junto a Ricardo todo el día.
La frase le apretó el pecho. Antes de que pudiera responder, se abrió la puerta del despacho. Ricardo observó la computadora, las carpetas y la libreta de María Inés.
—¿Qué están organizando?
Rebeca se volvió.
—Los invitados de la empresa.
Él miró a su asistente. María Inés no pidió ayuda. Tampoco apartó los ojos.
—Eso puede llevarlo Relaciones Públicas —dijo Ricardo.
Rebeca frunció el ceño.
—Solo estamos pidiendo apoyo.
—Tiene suficiente trabajo con el proyecto.
La organizadora empezó a recoger unas hojas. Rebeca permaneció inmóvil un instante. Después sonrió, aunque la expresión no le llegó a los ojos.
—Como quieras.
María Inés cerró su libreta. El alivio fue inmediato. También la humillación de necesitar que él resolviera una situación creada por sus propias decisiones. Pasaron tres semanas. María Inés cumplió sus horarios, revisó contratos y empezó a enviar solicitudes de empleo desde casa. No se lo dijo a Ricardo.
Cada entrevista le recordaba lo mucho que podía perder: el sueldo, la estabilidad y un trabajo en el que, por primera vez, sus observaciones llegaban a una mesa de dirección. Pero quedarse tenía otro costo. Lo comprendió una tarde, cuando Rebeca llamó para preguntar si Ricardo prefería flores blancas o una combinación con tonos crema. María Inés sostuvo el teléfono mientras consultaba la agenda.
—Está en una reunión.
—Entonces pregúntale después. Y recuérdale que el sábado tenemos la entrevista en la parroquia.
Ella anotó el compromiso. Al colgar, tuvo que ir al baño. Se encerró en un cubículo y esperó a que se le pasara el temblor de las manos. No lloró.
Eso la preocupó más.
El jueves siguiente, Ricardo cometió un error. Había tenido una discusión con Arturo y llevaba horas esperando noticias de un posible financiador. Cuando María Inés entró con unos documentos, él levantó la vista demasiado rápido.
—Necesito hablar contigo esta noche.
Ella se quedó inmóvil. Ricardo sintió el cambio en el aire. Había olvidado dónde estaban. María Inés miró la puerta y luego volvió a él.
—¿Conmigo?
El tratamiento de confianza todavía estaba suspendido entre ambos. Ricardo enderezó la espalda.
—Con usted. Sobre el comparativo.
Ella no se movió. Por primera vez, una sospecha concreta atravesó el dolor. Ricardo la vio nacer.
—Podemos revisarlo ahora —dijo María Inés.
Él sostuvo su mirada unos segundos. Después señaló la silla.
—Sí. Mejor ahora.
Trabajaron durante media hora. Ella respondió cada pregunta sin cometer un solo error.
Al salir, llevaba una inquietud nueva.
Esa noche Ricardo escribió un mensaje y lo leyó varias veces antes de enviarlo.
Necesito contarte algo que no tiene que ver con la boda. Si después no quieres volver a verme, lo aceptaré.
María Inés estaba sentada frente a su computadora, revisando una oferta de empleo. Leyó el mensaje. Recordó el café comprado en el vestíbulo, las preguntas sobre sus planes y aquella frase dentro del despacho. Abrió el chat.
Dímelo por aquí.
Ricardo vio aparecer la respuesta. Podía escribirlo.
Sé que eres María Inés.
Luego tendría que continuar.
Contraté a alguien para encontrarte.
Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. La encendió otra vez.
Prefiero decírtelo en persona.
María Inés apoyó los dedos sobre el borde de la mesa. Afuera pasaba un camión; las ventanas vibraron ligeramente. Escribió:
Una hora. El sábado. En la cafetería de la plaza.
Ricardo respondió casi de inmediato. Ahí estaré. María Inés dejó el teléfono junto a la computadora. Por primera vez no pensó en qué peluca ponerse.
Pensó en llevar sus lentes.