Capítulo 13 de 25

Sin el cristal de por medio

El sábado, María Inés dejó las pelucas dentro del cajón.

Se lavó el cabello, lo secó y lo recogió en una coleta baja. Después eligió unos pantalones oscuros y una blusa blanca que no llevaba a la oficina porque le gustaba demasiado para esconderla debajo de un saco. Los lentes quedaron sobre la cama mientras terminaba de vestirse. Julia la observaba desde la puerta.

—¿Estás segura?

María Inés se colocó un pendiente pequeño.

—No.

Su amiga entró y se sentó junto a los lentes.

—Puedes cambiar de opinión.

María Inés miró el teléfono. Faltaban cuarenta minutos para la cita. Durante semanas había imaginado el momento en que Ricardo descubriría su identidad. En algunas versiones se reía de su propia ceguera. En otras se enojaba, la despedía o dejaba de desearla en cuanto la veía con el rostro limpio. Nunca había logrado imaginar lo que vendría después. Tomó los lentes.

—Estoy cansada de tener que llegar antes que yo misma a todas partes.

Julia se levantó. No intentó encontrar una frase que arreglara aquello.

Solo la abrazó antes de dejarla salir.

Ricardo llegó quince minutos antes. Escogió una mesa junto a la ventana y pidió agua. Había ensayado algunas palabras durante el trayecto. Todas comenzaban con una explicación que lo favorecía: la inquietud, la falta de un nombre, las ganas de volver a verla. Al sentarse comprendió que ninguna servía. Sacó del bolsillo un sobre doblado. Dentro llevaba las fotografías que le había entregado Luján.

No sabía si mostrárselas. Tampoco podía ocultar que existían. Miró la entrada cada vez que se abría la puerta. Cuando María Inés apareció, él se levantó de inmediato. Llevaba sus lentes. Se había soltado algunos mechones junto al rostro y caminaba sin los tacones que él conocía por las noches. Ricardo sintió una alegría involuntaria al verla así. Después vio su expresión.

Ella había reparado en la facilidad con que la reconoció. No hubo sorpresa. No hubo una mirada alrededor buscando a la mujer con la que había quedado. Solo él, de pie, esperándola. María Inés se detuvo junto a la silla.

—Ya lo sabías.

Ricardo bajó la mirada. La respuesta estaba en ese movimiento. María Inés dejó el bolso sobre la mesa sin sentarse.

—¿Desde cuándo?

Él señaló suavemente la silla.

—Por favor.

—Respóndeme.

Una pareja pasó junto a ellos buscando una mesa. Ricardo esperó a que se alejaran.

—Desde hace varias semanas.

María Inés lo observó como si acabara de escuchar algo en otro idioma. Pensó en la taza de café. En él preguntándole si había desayunado mientras la miraba detrás del cristal. En las veces que había entrado en su despacho procurando que la voz no le temblara. Se sentó porque las piernas empezaban a fallarle.

—Todo este tiempo…

Ricardo ocupó la silla de enfrente.

—Sí.

Ella miró hacia la calle. Había llegado preparada para soportar su sorpresa. No para descubrir que había estado actuando sola en una escena cuyo final él ya conocía.

—¿Cómo?

Ricardo puso las manos sobre la mesa.

—Contraté a un investigador para encontrarte.

María Inés volvió lentamente hacia él.

—¿Qué?

—No sabía tu nombre. Volví a Umbral varias veces y…

Se detuvo. Acababa de empezar otra explicación. Ella seguía mirándolo.

—¿Me mandaste seguir?

Ricardo sintió que se le cerraba la garganta.

—Sí.

María Inés retiró el bolso de la mesa y lo puso sobre sus rodillas. Lo abrazó contra el cuerpo. Ricardo conocía ese gesto de la oficina. Lo había interpretado como timidez. Ahora entendía que también podía ser una manera de protegerse.

—¿Sabes dónde vivo?

Él asintió. Ella respiró hondo, pero el aire no parecía alcanzarle.

—¿Qué más sabes?

—Tu nombre, tu dirección. Los lugares a los que saliste durante esos días.

—¿Entró en mi casa?

—No.

—¿Fotografió a Julia?

Ricardo vaciló. No recordaba cada imagen con suficiente claridad para responder sin revisar. María Inés lo advirtió.

—No lo sabes.

Él sacó el sobre. Lo dejó entre ambos. Ella lo miró sin tocarlo.

—Aquí están las fotografías que me entregó.

El ruido de la cafetera le llegó desde el mostrador. Después abrió el sobre. Vio la entrada de Umbral. Su edificio. La ropa con la que había ido a trabajar. En una imagen aparecía inclinada sobre el bolso, buscando las llaves. No recordaba aquella mañana. Alguien más había estado allí para recordarla por ella.

Dejó las fotografías boca abajo.

—Azotea —dijo.

Ricardo cerró los ojos un instante.

—Sí.

—Y Candela.

Él asintió. María Inés sintió una vergüenza violenta al recordar su propia alegría. Había pensado que él la buscaba entre cientos de mesas. Que algo los llevaba a los mismos lugares. Incluso se había permitido disfrutar de aquellas coincidencias después de empezar a sospecharlas.

—Me mentiste cuando te pregunté cómo me encontraste.

—Sí.

Ella apretó la correa del bolso.

—¿El fotógrafo? ¿El hombre con el que estaba hablando? ¿También tienes sus nombres?

—No.

—¿Estás seguro?

Ricardo recibió la pregunta sin intentar defenderse.

—No los pedí.

María Inés se quitó los lentes. Los cristales estaban empañados en las orillas. Buscó un pañuelo y tardó demasiado en encontrarlo. Ricardo hizo un movimiento para ayudarla, pero ella levantó la mano. Él se quedó quieto.

—Yo estaba intentando decidir si podía confiar en ti —dijo ella—. Y tú estabas comprobando dónde iba.

Ricardo bajó la cabeza.

No había una respuesta que disminuyera aquello.

—Ya terminó —dijo al cabo de un momento—. Le pedí que no continuara.

María Inés levantó la mirada.

—¿Cuándo?

—La noche en que me diste tu número.

Ella dejó de limpiar los lentes. Comprendió la relación antes de que él pudiera apartarla.

—Cuando ya pudiste localizarme tú.

Ricardo abrió la boca. Luego la cerró. Había motivos que podía enumerar. La culpa, el cansancio de la vigilancia, el deseo de empezar de otra manera. Ninguno borraba la coincidencia.

—No debí contratarlo —dijo.

María Inés volvió a ponerse los lentes.

—No.

Él la miró directamente.

—Lo siento.

Ella asintió una vez, sin aceptar ni rechazar la disculpa.

Todavía estaba intentando comprender cuántos momentos acababan de cambiar de significado.

Un mesero se acercó.

—¿Van a ordenar?

María Inés negó. Ricardo pidió que les diera unos minutos. Cuando volvieron a estar solos, ella tenía los ojos húmedos.

—Yo también te mentí.

Él se inclinó ligeramente hacia delante.

—María Inés…

—Déjame terminar.

Ricardo guardó silencio. Ella apoyó el bolso sobre la silla contigua.

—Sabía quién eras desde que te acercaste a la barra. Pude decírtelo. Después pude hacerlo muchas veces.

Se le quebró un poco la voz.

—No sabía cómo regresar a la oficina después de esa noche. Pensé que, si no sabías que era yo, podría conservar el trabajo y guardar lo demás para mí.

Ricardo la escuchó sin moverse.

—Luego empezaste a buscarme. Y me gustó que quisieras verme. Me gustó demasiado.

Ella se limpió una lágrima antes de que llegara a la barbilla.

—Pero no necesitabas mandar a nadie. Podías haberme preguntado otra vez.

—Lo sé.

—No estoy segura de que lo supieras entonces.

Ricardo miró las fotografías.

—No quise aceptar que podías decirme que no.

María Inés miró las imágenes otra vez.

—Y yo elegí acostarme contigo sin decirte que trabajaba para ti. No quiero quitarle importancia a eso. Pero tampoco voy a aceptar que lo uses para justificar estas fotografías.

—No lo justifica —respondió Ricardo.

Ella guardó la primera imagen dentro del sobre. Necesitaba poder reconocer su propia responsabilidad sin perder el derecho a pedir distancia. María Inés dejó el pañuelo junto al bolso.

Era la primera explicación que no intentaba mejorarlo.

María Inés guardó las imágenes en el sobre.

—Me las llevo.

—Por supuesto.

—Y quiero saber qué conserva ese hombre.

Ricardo tomó el teléfono. Ella lo detuvo.

—Ahora no. Envíame por escrito su nombre, lo que le pediste y cuándo. Después decido qué quiero hacer con eso.

Él dejó el aparato.

—Está bien.

María Inés respiró con más calma. Tener algo concreto que pedir le estaba permitiendo ordenar la cabeza.

—No quiero que me escribas para saber si comí, si llegué o dónde estoy.

Ricardo sintió el peso de cada pregunta que antes le había parecido cariñosa.

—Entendido.

—En la oficina vamos a hablar de trabajo.

Él asintió. María Inés se levantó. Ricardo hizo lo mismo.

—No tienes que marcharte de la empresa por esto —dijo.

Ella lo miró con una firmeza que él rara vez le había visto de día.

—Eso también lo voy a decidir yo.

Ricardo bajó lentamente la cabeza.

—Tienes razón.

Al llegar a la puerta, María Inés se detuvo. Había algo que todavía necesitaba preguntar, aunque sabía que podía dolerle. Volvió hacia él.

—Cuando me viste en las fotografías, ¿te decepcionó?

Ricardo frunció el ceño.

—¿Qué?

Ella sostuvo la mirada a pesar del calor que le subía al rostro.

—Que fuera yo. Tu secretaria.

Él dio un paso y se detuvo antes de acercarse demasiado.

—No.

María Inés esperó.

—Me dio vergüenza no haberte mirado antes.

Las lágrimas volvieron con tanta rapidez que ella tuvo que parpadear varias veces. Era una respuesta que había deseado escuchar. No alcanzaba para quedarse.

—Yo quería que me reconocieras —admitió—. Solo que no así.

Después salió.

Julia abrió la puerta antes de que María Inés consiguiera sacar las llaves. La vio con los lentes puestos, el bolso sujeto contra el cuerpo y un sobre doblado bajo el brazo.

—¿Qué pasó?

María Inés entró. No lloró hasta que estuvo sentada en el sofá. Julia escuchó toda la historia sin apartarse de su lado. Cuando María Inés terminó, dejó las fotografías sobre la mesa. Su amiga no las tocó.

—¿Quieres que me quede?

Ella asintió.

Por primera vez en muchas semanas, no sintió la necesidad de explicar por qué necesitaba compañía.

Ricardo permaneció en la cafetería hasta que retiraron el vaso de agua. Luego abrió el teléfono. Tenía un mensaje de Rebeca preguntando por la prueba del traje. Debajo estaba la conversación con María Inés. La fotografía de las dos tazas de té. El aviso de que había llegado a casa.

La hora y el lugar de una cita a la que había acudido dispuesta a mostrarse tal como era. Ricardo dejó dinero sobre la mesa y se levantó. Había conseguido conocer su nombre.

Esa tarde comprendió cuánto podía costarle que ella volviera a pronunciar el suyo.