Capítulo 14 de 25

Lo que él no podía comprar

El lunes, María Inés llegó a las ocho en punto.

Ricardo ya estaba en su despacho. Había pasado casi una hora mirando hacia el elevador. Cuando la vio cruzar el pasillo, se levantó, pero volvió a sentarse antes de que ella llegara a la mampara. María Inés dejó el bolso en el cajón, encendió la computadora y revisó los mensajes de la mañana. No miró hacia él.

A las ocho y diez llamó a la puerta.

—Adelante.

Entró con la agenda impresa. Llevaba el cabello recogido, los lentes de siempre y una expresión serena que a Ricardo le resultó más difícil de enfrentar que las lágrimas del sábado.

—La reunión con Producción será a las nueve. El banco confirmó la llamada para las doce y media. A las cuatro tiene la revisión del contrato de distribución.

Dejó la hoja sobre el escritorio.

—Gracias.

Ella asintió y se volvió.

—María Inés.

Se detuvo sin acercarse. Ricardo señaló un sobre cerrado.

—Lo que me pidió. También se lo envié a su correo personal.

María Inés lo recogió.

—Gracias.

No lo abrió delante de él.

Cuando salió, Ricardo comprendió que aquel agradecimiento no tenía nada que ver con el perdón.

María Inés esperó hasta la hora de la comida. Se sentó sola en una mesa del patio y abrió el sobre con cuidado. Había una relación de fechas, dos comprobantes de pago y los datos profesionales de Esteban Luján. Ricardo había adjuntado los mensajes donde solicitaba que continuara la vigilancia después de conocer su identidad. No había eliminado aquella parte. Ella leyó despacio.

El viernes de Azotea estaba allí. También la noche de Candela. Al final encontró una hoja firmada por el investigador en la que describía el material reunido y confirmaba que ya no estaba trabajando en el asunto. María Inés apoyó los papeles sobre la mesa. La información no la tranquilizó de inmediato. Le permitió, al menos, dejar de imaginar posibilidades sin límite.

Sacó el teléfono y escribió al número de Luján. Pidió una relación completa del material que conservara y que cualquier comunicación posterior se dirigiera a ella. Antes de enviarlo, volvió a leer el mensaje. No pidió disculpas por la molestia.

Pulsó enviar.

Ricardo salió de una reunión a las dos y encontró a Arturo esperando en su despacho. Su padre tenía abierta la propuesta de financiamiento.

—El banco está dispuesto a seguir revisándola —dijo.

Ricardo cerró la puerta.

—Sí.

—A cambio de garantías que todavía no tienes.

—Podemos negociar.

Arturo se quitó los lentes.

—Podemos pasar meses buscando condiciones perfectas. O cerrar una operación que ya está preparada.

Ricardo dejó una carpeta sobre la mesa.

—La propuesta alternativa no es un capricho.

—Entonces defiéndela como proyecto. Cada vez que hablas de ella parece que estás intentando demostrarme algo.

Ricardo estuvo a punto de responder. La frase lo detuvo. Había trabajado en aquellas cifras para demostrar que podía sostenerse sin Alcázar, sin su padre y sin el matrimonio que acababa de prometer. El proyecto merecía algo mejor que convertirse en su salida de emergencia. Arturo se levantó.

—El jueves revisaremos la autorización final. Necesito que llegues con una posición clara.

Cuando se marchó, Ricardo miró por el cristal. María Inés estaba atendiendo una llamada. Pensó en pedirle que entrara.

Luego abrió el informe y empezó a revisarlo solo.

El martes, ella solicitó una entrevista con Recursos Humanos. La recibió Laura Beltrán, la misma mujer que había acompañado su proceso de contratación.

—¿Hay algún problema con el puesto?

María Inés mantuvo las manos sobre sus rodillas. Había preparado aquella conversación durante el trayecto.

—Quisiera saber si existe alguna posibilidad de traslado.

Laura apoyó el bolígrafo.

—¿A qué área?

—Planeación, Compras o Control de Gestión. Mi experiencia puede servir en cualquiera de las tres.

—Tu evaluación ha sido buena.

María Inés asintió. Laura esperó unos segundos.

—¿Ocurrió algo con el ingeniero Mendiola?

Ella miró la carpeta que llevaba. No estaba preparada para contar toda su vida en una oficina. Tampoco quería inventar una razón que después no pudiera sostener.

—Hay una situación personal que hace difícil que siga siendo su asistente directa.

Laura no apartó los ojos.

—¿Te sientes segura trabajando aquí?

María Inés tardó en responder.

—Sí. Pero necesito distancia.

La mujer tomó una hoja.

—Puedo revisar las vacantes y las necesidades internas. Cualquier cambio se hablará contigo primero.

María Inés sintió que los hombros le bajaban un poco.

—Eso es lo que quiero.

Al salir, no se sintió valiente. Se sintió cansada.

También, por primera vez desde el sábado, un poco menos atrapada.

Laura habló con Ricardo esa tarde. No le dio detalles.

—María Inés solicitó que revisemos posibilidades de traslado.

Él dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Entiendo.

—Tiene perfil para un puesto de análisis. Voy a consultar con Planeación.

Ricardo miró hacia la puerta. La primera respuesta le llegó por impulso: la necesitaba. Conocía su agenda, detectaba errores y había preparado buena parte de los documentos que estaban permitiendo discutir el proyecto. Además, no quería dejar de verla. Laura aguardó. Ricardo bajó los ojos.

—Que la evaluación siga su curso.

—Eso haré.

Ella recogió su libreta. Antes de que saliera, él añadió:

—No quiero intervenir en la elección.

Laura asintió. Ricardo permaneció solo varios minutos. Había permitido algo que nunca debió depender de su permiso.

Volvió al contrato sin sentirse generoso.

María Inés empezó a llevar el cabello menos tirante. Empezó por aflojar el moño. El miércoles dejó dos mechones sueltos junto al rostro. El jueves cambió el saco amplio por uno que le quedaba mejor de los hombros. No se quitó los lentes. Los necesitaba y, por primera vez, no quiso sentir que debía disculparse por llevarlos.

Una compañera de Contabilidad la encontró en el elevador.

—Te queda bonito ese color.

María Inés miró su blusa verde.

—Gracias.

El comentario no tenía una intención oculta. No era una comparación con otra mujer.

Lo guardó consigo durante toda la mañana.

Rebeca llegó el viernes después de las cinco. María Inés se levantó para anunciarla, pero ella se detuvo frente al escritorio.

—¿Está solo?

—Sí.

Rebeca observó unos segundos su rostro.

—Te ves diferente.

María Inés sostuvo la mirada.

—Cambié de saco.

Rebeca bajó los ojos hacia la prenda y sonrió apenas.

—Ese color te queda bien.

Rebeca parecía a punto de añadir algo. Se contuvo y apartó de la mesa una carpeta que había dejado sobre los documentos de María Inés. María Inés sintió la vieja vergüenza subirle por el cuello. Esta vez no bajó la cabeza.

—¿Desea que le avise que llegó?

Rebeca se enderezó, incómoda por la formalidad.

—Por favor.

Ricardo abrió la puerta al escuchar la extensión. Rebeca entró y dejó sobre el escritorio una caja de muestras.

—Tenemos que elegir los anillos.

Él miró la caja sin tocarla. Ella lo advirtió.

—¿Otra vez?

Ricardo se apoyó en el borde del escritorio.

—Estoy intentando ordenar varias cosas.

—Llevas semanas diciéndome eso.

Rebeca abrió la caja. Dos aros brillaron sobre el terciopelo.

—Yo no puedo seguir preparando una boda con alguien que parece estar esperando que la cancele.

Ricardo levantó la mirada. Podía decirlo entonces. La puerta estaba cerrada. No había padres, consejeros ni documentos alrededor. Solo una mujer que merecía escuchar la verdad. Pero imaginó el acuerdo detenido, la dirección retirada, el rostro de Arturo.

—No sé cómo seguir —respondió.

Rebeca cerró la caja antes de que él pudiera tocarla.

—Pues no voy a encargar los anillos para ayudarte a disimularlo.

Canceló la cita de la joyería delante de él. Ricardo tuvo que escuchar la llamada completa. A diferencia de los preparativos anteriores, ese paso ya no avanzaría solo porque él evitara detenerlo.

Afuera, María Inés terminaba una solicitud interna para cambiar de puesto.

El sábado no salió. Ordenó el departamento, guardó los vestidos limpios y abrió una cuenta de ahorro que había estado posponiendo. Julia llegó por la tarde. Encontró sobre la cama la peluca negra y varias prendas separadas.

—¿Vas a tirar todo?

María Inés negó.

—Estoy acomodando.

Su amiga tomó la peluca y la dejó con cuidado en su base.

—No tienes que castigar esa parte de ti.

María Inés se sentó.

—No sé dónde termina lo que me gusta y empieza lo que hago para atreverme.

Julia ocupó el lugar junto a ella. María Inés miró sus zapatos de tacón. Algunos los había comprado porque le parecían hermosos. Otros porque había aprendido que podía entrar en un lugar sin sentirse pequeña si el vestido, el cabello y los zapatos atraían primero las miradas.

—Quiero poder elegir —dijo.

Julia asintió.

—Empieza con eso.

María Inés guardó la peluca.

Dejó el vestido rojo colgado junto a una camisa de oficina.

La respuesta de Luján llegó el domingo. Incluía la relación del material: fotografías, un informe de fechas y lugares y los mensajes del encargo. María Inés la comparó con lo que Ricardo había entregado y pidió recibir cualquier archivo que faltara antes de dar otra instrucción.

Una semana después tuvo el expediente completo en una carpeta protegida que solo ella conservaría. Solicitó por escrito que Luján y Ricardo eliminaran las copias de fotografías e informes que mantenían en sus dispositivos y que no reutilizaran ni entregaran el material a terceros. Los comprobantes del servicio conservarían únicamente los datos necesarios para documentar lo sucedido, no las imágenes.

Ambos confirmaron el cumplimiento. María Inés archivó las respuestas junto al expediente. No podía comprobar cada dispositivo ni hacer desaparecer lo vivido; sí había decidido quién conservaría aquel relato de sus movimientos. No volvió a dejar la cuestión abierta a una promesa de Ricardo. Después escribió a Ricardo. Era el primer mensaje desde la cafetería.

Recibí la información. Gracias por entregarla completa.

Él respondió unos minutos más tarde.

No volveré a buscar información sobre ti sin preguntarte.

María Inés leyó la frase. No escribió que le creía. Tampoco dijo que nunca podría hacerlo.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

El lunes, Laura la llamó antes de la comida. Había una vacante temporal en Planeación. El responsable quería entrevistarla el miércoles y revisar un ejercicio que había preparado con datos de prueba. María Inés aceptó antes de que Laura terminara de explicar. Al colgar, permaneció con una mano sobre el teléfono. Ricardo salió del despacho. La encontró sonriendo por primera vez en varios días.

Se detuvo, pero no preguntó la razón. María Inés levantó el rostro.

—Tengo una entrevista interna el miércoles.

Él asintió.

—Espero que le vaya bien.

Ella buscó alguna señal de reproche. No la encontró.

—Gracias.

Ricardo volvió a su oficina. María Inés abrió el archivo del ejercicio y empezó a trabajar. Esa tarde, mientras organizaba las cifras, comprendió que podía seguir amándolo y aun así alejar su escritorio del suyo. El descubrimiento no le quitó la tristeza.

Le devolvió una posibilidad.