Capítulo 15 de 25
Una puerta distinta
El ejercicio de Planeación tenía ocho hojas de datos y un error que no parecía un error.
María Inés lo encontró el martes por la noche. Había revisado ventas, inventarios y tiempos de entrega durante casi dos horas cuando advirtió que ciertos pedidos aparecían como completos, aunque parte de las piezas seguía almacenada. Abrió otra hoja. Los números de referencia coincidían. Se quitó los lentes, se frotó el puente de la nariz y volvió a colocárselos.
Podía señalar la diferencia y terminar. Era lo que le habían pedido: identificar desviaciones y presentar recomendaciones. Pero siguió buscando. A las once entendió qué ocurría. El indicador estaba midiendo órdenes cerradas en el sistema, no entregas recibidas por el cliente. Alguien podía cumplir la meta administrativa sin que el producto hubiera salido de la planta. María Inés se recostó en la silla.
Durante semanas había sentido que su inteligencia solo servía para mantener ordenada la vida de Ricardo.
Aquella noche volvió a recordar cuánto disfrutaba pensar en otra cosa.
La entrevista comenzó el miércoles a las diez. El responsable de Planeación, Gabriel Duarte, la recibió junto a una analista de costos y Laura Beltrán. María Inés llevaba la blusa verde, un pantalón oscuro y el cabello recogido con menos tensión. No había cambiado los lentes. Dejó su carpeta sobre la mesa.
Gabriel era un hombre de voz tranquila que no parecía interesado en ponerla nerviosa.
—Cuéntanos qué encontraste.
Ella abrió la presentación. Los primeros minutos habló demasiado deprisa. Se dio cuenta cuando la analista le pidió que regresara a una diapositiva. María Inés respiró.
—Disculpen. Voy a explicarlo de otra manera.
Lo hizo. Separó lo que los datos mostraban de lo que todavía necesitaba comprobarse. Señaló los pedidos duplicados, la falta de un criterio uniforme y el indicador que podía dar una impresión equivocada de cumplimiento. Gabriel se inclinó hacia la pantalla.
—¿Estás diciendo que el reporte no sirve?
María Inés sintió el impulso de suavizar su respuesta. Lo contuvo.
—Sirve para saber qué se cerró en el sistema. No para saber qué recibió el cliente.
La analista sonrió apenas. Gabriel hizo otra pregunta.
Esta vez María Inés respondió sin bajar la voz.
Ricardo vio salir a los tres de la sala casi una hora después. Laura se quedó conversando con María Inés junto al elevador. Ella escuchaba con las manos unidas frente al cuerpo. Luego sonrió. Ricardo no necesitó oír las palabras. Se quedó detrás del cristal de su despacho hasta que el elevador se cerró. Había esperado sentirse orgulloso. Lo estaba.
También sentía una pérdida anticipada, mezquina, que le costó reconocer. En pocos días alguien más escucharía sus observaciones. Otro departamento conocería su manera de dejar notas claras y encontrar problemas antes de que estallaran. Él ya no tendría una razón para llamarla a su oficina. Miró la extensión del teléfono.
No la marcó.
La oferta llegó esa tarde. El puesto sería de analista de Planeación, con un periodo inicial de evaluación y un incremento de sueldo. Gabriel quería que comenzara el lunes siguiente. Laura explicó las condiciones. María Inés hizo preguntas sobre funciones, horario y criterios de evaluación. Después pidió unos minutos para leer. Laura le dejó el documento.
Cuando estuvo sola, María Inés pasó el dedo por el nombre del puesto. Analista de Planeación. No había ninguna referencia a Ricardo.
Firmó con una mano que le temblaba un poco.
Arturo se enteró al día siguiente. Llamó a Laura y después a su hijo.
—¿Por qué están moviendo a tu asistente?
Ricardo estaba revisando un contrato. Levantó la vista.
—Solicitó un cambio. Se presentó a una vacante.
—La contraté para la dirección general.
—Tiene perfil para el puesto.
Arturo apoyó una carpeta sobre el escritorio.
—No estoy cuestionando su capacidad. Estoy preguntando quién va a ocuparse de tu agenda ahora.
Ricardo sostuvo su mirada.
—Contrataremos a otra persona.
Su padre observó la mesa, los documentos ordenados y la bandeja de pendientes.
—Te habías acostumbrado a que resolviera demasiado.
La frase encontró un lugar dolorosamente cierto.
—Sí —respondió Ricardo.
Arturo pareció sorprendido por la falta de discusión. Recogió la carpeta.
—Procura que su reemplazo sepa lo que hace.
Cuando salió, Ricardo se quedó mirando la puerta.
Durante mucho tiempo había confundido tener a alguien cerca con poder contar con esa persona para siempre.
El viernes fue el último día de María Inés frente al despacho. Llegó con una caja pequeña. Dentro guardó una taza, una crema para las manos y un cuaderno donde había anotado fórmulas, extensiones y palabras técnicas que al principio no conocía. Preparó la entrega con el mismo cuidado que dedicaba a todo.
Dejó instrucciones sobre reuniones periódicas, contactos importantes y documentos pendientes. Separó los asuntos personales de los de la empresa. La carpeta de la boda fue la última. La sostuvo unos segundos antes de colocarla en una bandeja. Rebeca había confirmado nuevas citas. El calendario avanzaba aunque María Inés hubiera dejado de mirarlo. Ricardo salió del despacho a las seis. Ella estaba cerrando la caja.
—¿Ya terminó?
—Sí. Laura tiene la relación de pendientes. El lunes vendrá una persona de apoyo mientras concluyen la contratación.
Él miró el escritorio despejado.
—Está bien.
María Inés tomó la carpeta de entrega.
—Aquí está todo lo que necesita.
Ricardo la recibió. Quiso decirle que no era cierto. Que lo que necesitaba no cabía en aquellas hojas. Pero ella no estaba allí para escuchar otra confesión que él todavía no acompañaba con decisiones.
—Gracias por su trabajo —dijo.
María Inés sostuvo la caja contra el cuerpo.
—Aprendí mucho.
Ricardo asintió. Ella caminó hacia el elevador. Antes de pulsar el botón se volvió. Él seguía junto al escritorio. Por un instante ambos parecieron a punto de hablar. Las puertas se abrieron.
María Inés entró.
El nuevo departamento ocupaba un piso más abajo. Su escritorio estaba cerca de una ventana y junto al de una mujer llamada Patricia, que le mostró dónde guardaban el café y qué impresora se atascaba los martes sin ninguna razón aparente. Nadie esperaba que preparara bebidas. Gabriel le entregó su primer proyecto y le explicó el plazo.
—Si encuentras algo que no cuadre, dilo antes de intentar arreglarlo sola.
María Inés asintió. Durante la mañana recibió preguntas que sabía responder y otras para las que necesitó ayuda. A la una salió a comer con dos compañeros. Se sorprendió hablando más de lo habitual. Cuando regresó, abrió un documento y escribió una propuesta. Habían pasado varias horas sin que pensara en Ricardo.
En el descanso llamó a Julia. La clienta había aceptado el anticipo y su amiga estaba organizando ayuda para cumplir la entrega.
—Voy a necesitar que vengas a probar cajas y etiquetas —le dijo—. No como analista: como amiga que sabe cuándo algo se va a caer.
Quedaron para el sábado. María Inés apuntó la visita en su calendario personal con una alegría que no tenía relación con el despacho del piso de arriba. Lo advirtió al ver su nombre en una convocatoria.
Volvió a extrañarlo, pero tenía una propuesta que terminar y una comida que había disfrutado.
La reunión se celebró el jueves. Gabriel pidió a María Inés que presentara los resultados preliminares de un análisis de inventarios. Ricardo asistiría junto con Producción y Finanzas. Ella preparó cada diapositiva. Al entrar en la sala lo encontró conversando con un ingeniero. Él levantó la vista. María Inés ocupó un lugar junto a Patricia.
Durante la presentación hubo dos interrupciones y una objeción sobre los plazos. Ella respondió con datos. Cuando no supo algo, lo anotó para revisarlo. Ricardo hizo una sola pregunta. Era pertinente, concreta y dirigida al proyecto. María Inés la contestó mirándolo a los ojos. Al terminar, Gabriel le pidió que enviara el documento actualizado. La reunión se disolvió entre sillas y carpetas.
Ricardo esperó a que ella guardara la computadora.
—Buen trabajo.
María Inés cerró el bolso.
—Gracias.
Él hizo una pausa.
—La propuesta es tuya. Quería asegurarme de que quedara claro en el acta.
Ella lo observó. No había nadie alrededor a quien impresionar.
—Patricia también trabajó en ella —respondió.
Ricardo asintió.
—Entonces deben aparecer las dos.
María Inés sintió una calidez inesperada. No se permitió confundirla con una solución.
Se despidió y salió junto a su compañera.
Tres semanas después, Ricardo la encontró al terminar la jornada. No la había citado ni pedido a nadie que le avisara. Bajó al vestíbulo para recoger un paquete y la vio sentada en una banca, esperando que disminuyera la lluvia. María Inés llevaba el saco sobre las piernas y miraba la cortina de agua detrás de los ventanales. Él se detuvo a unos pasos.
—¿Puedo sentarme?
Ella lo miró. Después señaló el espacio libre. Ricardo se sentó dejando distancia. Durante unos minutos hablaron del tráfico y de una gotera que habían detectado en la planta. Luego se quedaron callados.
—Me gusta el nuevo puesto —dijo María Inés.
Él sonrió.
—Se nota.
Ella miró las puertas.
—Necesitaba comprobar que podía estar aquí por algo más.
Ricardo giró hacia ella.
—Siempre estuviste por tu capacidad.
María Inés sostuvo su mirada.
—A veces yo también necesitaba recordarlo.
Él asintió lentamente. La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.
—No espero que vuelvas a confiar porque lo pida —dijo Ricardo.
Ella bajó los ojos al saco.
—Bien.
Él recibió la respuesta sin apartarse.
—Pero quería decirte que lo entiendo mejor ahora.
María Inés tardó en contestar.
—Yo todavía no sé qué puedo hacer con lo que siento por ti.
La sinceridad lo dejó inmóvil. Ella se levantó al ver que el agua empezaba a disminuir. Ricardo hizo lo mismo, sin ofrecerle llevarla. María Inés acomodó el bolso sobre el hombro.
—Y sigues comprometido.
Él bajó la mirada.
—Sí.
Ella asintió, como si necesitara escuchar aquella palabra completa. Después caminó hacia la salida. Ricardo la vio abrir el paraguas y detenerse para dejar pasar a una mujer con dos niños. No corrió detrás de ella. Sacó el teléfono. El nombre de Rebeca apareció en la pantalla antes de que alcanzara a buscarlo. Llevaba días posponiendo una cena con ella. Esta vez respondió.
—Tenemos que hablar —dijo.
Y mientras escuchaba el silencio al otro lado de la línea, Ricardo comprendió que la conversación pendiente ya no podía empezar con una excusa.