Capítulo 16 de 25
La decisión que siempre aplazaba
Rebeca eligió la casa de sus padres para la conversación.
Ricardo recibió la dirección mientras todavía estaba en el vestíbulo de la empresa.
Hoy. A las ocho.
Guardó el teléfono y miró hacia la calle. María Inés ya no estaba.
Solo quedaban las luces rojas de los automóviles reflejadas sobre el pavimento mojado.
Llegó a las siete y cincuenta. La empleada lo condujo al estudio, donde encontró a Rebeca junto a una ventana. Llevaba unos pantalones claros y tenía el cabello recogido. No había carpetas de muestras ni fotografías de salones. Ricardo agradeció estar a solas con ella. La impresión duró hasta que se abrió la puerta. Entró Arturo, seguido de Ignacio Alcázar. Ricardo se quedó de pie.
—Pedí hablar contigo —le dijo a Rebeca.
Ella no apartó los ojos.
—Y yo estoy cansada de escuchar una versión distinta cada semana.
Ignacio ocupó uno de los sillones.
—Siéntate, Ricardo.
Él permaneció donde estaba.
—Esto no es una reunión del consejo.
—Entonces procura que no tenga consecuencias para la empresa —respondió el hombre.
Arturo cerró la puerta.
Ricardo comprendió que aquella conversación llevaba un tiempo celebrándose sin él.
—¿Hay otra mujer? —preguntó Rebeca.
No había enojo en su voz. La calma hizo más difícil responder. Ricardo miró brevemente a su padre. Después volvió hacia ella.
—Sí.
Rebeca apoyó una mano sobre el respaldo de la silla. Ignacio se incorporó.
—¿Desde cuándo?
—Eso lo voy a hablar con Rebeca.
—Lo estás hablando delante de mí.
Ricardo respiró hondo. Había imaginado esa confesión como el principio de una salida. Ahora veía el rostro de Rebeca y entendía que, para ella, acababa de empezar otra cosa.
—Antes de que retomáramos los preparativos —admitió.
Ella cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.
—Entonces viniste a mi casa y me dijiste que querías casarte conmigo sabiendo que había otra persona.
Ricardo bajó la mirada.
—Sí.
Rebeca apartó la silla y se sentó. No lloró. Lo observó con una atención fría, como si necesitara revisar a un desconocido.
—¿También le prometiste que ibas a dejarme?
—No.
—Qué considerado.
Rebeca recogió la pulsera sin ponérsela.
Ricardo la aceptó sin responder.
Arturo intervino.
—Has cometido errores. Ahora tienes que decidir cómo vas a corregirlos.
Ricardo giró hacia él.
—Por eso vine.
—Entonces deja de hacer afirmaciones que después no vas a sostener.
Aquello le hizo levantar la cabeza. Su padre conocía demasiado bien el lugar donde atacarlo. Ignacio caminó hasta el escritorio.
—Mi empresa no necesita esta alianza a cualquier precio. Hay otros fabricantes interesados en trabajar con nosotros.
—Lo sé —dijo Ricardo.
—No. Creo que no lo sabes. Hemos reservado capacidad, abierto negociaciones y comprometido a nuestros equipos sobre una base de confianza.
Ricardo miró a Rebeca.
—Ella no debería formar parte de esa negociación.
—Tú la hiciste parte —respondió Ignacio—. Nadie te obligó a sentarte a nuestra mesa y hablar de un futuro juntos.
Ricardo no encontró una respuesta. Porque también aquello era cierto. Rebeca se levantó.
—Quiero hablar con él a solas.
Ignacio empezó a protestar, pero ella lo detuvo.
—Papá. A solas.
Arturo miró a su hijo antes de salir. Ricardo conocía esa expresión. No era decepción todavía. Era una advertencia. Cuando la puerta se cerró, Rebeca se quitó una pulsera y la dejó sobre el escritorio. Le temblaban las manos.
—¿La amas?
Ricardo sintió que la pregunta le quitaba el aire. Había deseado a María Inés antes de conocerla. Después había querido encontrarla, tenerla cerca y conservar cada momento que ella aceptara darle. En las últimas semanas la había visto alejarse de su escritorio, defender sus ideas y construir una rutina en la que él ya no era necesario. Nada de eso había disminuido lo que sentía.
—Sí —respondió.
Rebeca miró hacia la ventana. Tardó varios segundos en volver a hablar.
—Entonces no entiendo qué haces aquí.
Ricardo tampoco encontraba una respuesta que pudiera decir sin avergonzarse.
—Quería terminar las cosas de otra manera —dijo al fin.
Rebeca soltó una risa breve.
—¿De una manera en la que nadie se enojara contigo?
Él guardó silencio. Ella asintió.
—Eso pensé.
Se acercó al escritorio y tomó la caja donde guardaba las muestras de los anillos. La abrió.
—Yo sí te quería, Ricardo. Quizá no como tú querías que te quisieran. Quizá también quería nuestra casa, nuestras familias y la vida que podíamos tener. Pero te quería.
Él sintió una presión dolorosa en el pecho.
—Lo siento.
Rebeca cerró la caja.
—No me sirve.
Ricardo bajó los ojos.
—Lo sé.
Ella lo miró largamente.
—¿Quién es?
La pregunta le tensó la espalda.
—No voy a darte su nombre.
Rebeca se quedó inmóvil.
—A ella sí sabes protegerla.
Ricardo recibió la frase como un golpe.
No intentó explicarle todo lo que ya había hecho mal con María Inés.
Rebeca salió del estudio primero. Ricardo esperó unos momentos antes de seguirla. Arturo estaba en el pasillo. Ignacio había desaparecido.
—Ven conmigo —dijo su padre.
Ricardo lo siguió hasta una sala pequeña. Arturo no se sentó.
—Mañana presentaré al consejo la revisión de tu nombramiento.
La amenaza era la misma de otras veces. Esta vez tenía una fecha. Ricardo sostuvo su mirada.
—Puedes hacerlo.
Arturo entrecerró los ojos.
—No hablo de mandarte a casa unos días. Hablo de retirarte la dirección, el uso de los vehículos de la empresa y cualquier gasto que se haya autorizado por tu cargo.
Ricardo pensó en el despacho. En su nombre sobre la puerta. En los años que había pasado preparándose para ocuparlo.
—Entiendo.
Arturo dio un paso hacia él.
—No has dirigido nada fuera de lo que yo construí. Antes de despreciarlo, convendría que recordaras cuánto de tu vida depende de esta empresa.
La vergüenza le encendió el rostro. Había cuentas que manejaba por su trabajo y bienes que siempre había utilizado sin preguntarse a quién pertenecían exactamente. Su padre acababa de recordárselo.
—No la estoy despreciando.
—Entonces deja de comportarte como si pudieras abandonarla sin consecuencias.
Ricardo miró hacia la puerta. Podía marcharse. Tenía las llaves en el bolsillo. Nadie se lo impedía. Fue Rebeca quien regresó. Tenía el rostro limpio de lágrimas, aunque sus ojos seguían enrojecidos.
—No voy a cancelar nada esta noche —dijo.
Ricardo volvió hacia ella.
—Rebeca…
—Escúchame.
Arturo permaneció en silencio. Ella sostuvo la caja de los anillos contra el cuerpo.
—No pienso hacer llamadas ahora, ni explicarle esto a mi madre mientras ustedes discuten sobre acciones y automóviles. Necesito tiempo.
Ricardo asintió.
—Lo tendrás.
Rebeca lo observó.
—Y tú también vas a pensar. Porque si mañana decides que quieres quedarte, no aceptaré que vuelvas a cambiar de opinión cuando aparezca otro problema.
Ricardo sintió la vieja salida abrirse delante de él. Tiempo. Unos días sin perder la dirección. Una oportunidad para conseguir financiamiento, convencer al consejo, ordenar los bienes y marcharse cuando el golpe fuera menor. La reconoció. Aun así, dio un paso hacia ella.
—Hablemos el domingo —dijo.
Rebeca dejó la caja sobre una mesa.
—El domingo no quiero otra conversación sobre tus dudas. Necesito una decisión. Si no vienes, voy a comunicar que la boda se cancela.
Arturo observó a su hijo sin intervenir. Ricardo aceptó el plazo. Ya no tendría a Rebeca sosteniendo los preparativos mientras él intentaba encontrar una salida menos costosa.
Al salir, se quedó dentro del automóvil sin encenderlo. La lluvia había terminado. Sacó el teléfono y abrió la conversación con María Inés. Escribió:
Le dije que te amo.
Se quedó mirando la frase. Podía enviarla y dejar que ella completara el resto. Que imaginara una ruptura, una elección, un hombre que por fin había salido de aquella casa dispuesto a cumplir lo que decía. Borró el mensaje. Apoyó la frente contra el volante.
No podía ofrecerle esa mentira.
Al día siguiente llegó tarde a la reunión de Planeación. María Inés estaba presentando un análisis de inventarios. Tenía el cabello recogido y un bolígrafo entre los dedos. Se detuvo apenas cuando él entró, luego continuó. Ricardo ocupó una silla al fondo. La escuchó explicar cómo una compra escalonada podía liberar recursos sin detener la producción. A su lado, Gabriel tomó notas.
Ella ya no necesitaba mirar hacia Ricardo para saber si estaba haciéndolo bien. El descubrimiento le produjo orgullo.
También una punzada de miedo.
Al terminar, él esperó cerca de la puerta. María Inés lo vio antes de salir. Sus compañeros continuaron por el pasillo.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Ricardo.
Ella miró el reloj.
—Tengo diez minutos.
Entraron en una sala vacía. Ricardo cerró la puerta, pero se quedó cerca de ella.
—Ayer hablé con Rebeca.
María Inés apoyó la carpeta sobre la mesa. No preguntó nada. Él tuvo que continuar.
—Le dije que hay otra persona.
Ella lo observó con atención.
—¿Terminaste el compromiso?
Ricardo bajó la mirada. El silencio fue suficiente. María Inés recogió la carpeta.
—Entonces todavía no tienes nada que decirme.
Él se apartó para dejarle paso. Antes de salir, ella se volvió.
—No necesitas perderlo todo para demostrarme algo, Ricardo. Pero tampoco puedes pedirme que espere mientras decides cuánto estás dispuesto a arriesgar.
Él sintió el impulso de prometerle una fecha. No lo hizo. María Inés abrió la puerta.
—Cuando sepas qué vida quieres, tendrás que vivirla. Aunque yo ya no esté ahí.
Esa tarde, Ricardo recibió dos correos. El primero confirmaba la sesión del consejo para revisar su continuidad. El segundo, enviado por la organizadora, solicitaba su aprobación para imprimir las invitaciones definitivas. Abrió el archivo adjunto. Su nombre y el de Rebeca aparecían unidos sobre un fondo claro. Debajo figuraba la fecha de la boda. Ricardo dejó el cursor sobre la casilla de autorización.
Después apartó la mano. Llamaron a la puerta. La asistente temporal entró con varios documentos y dejó sobre el escritorio la carpeta que María Inés había preparado antes de cambiar de puesto. Ricardo reconoció su letra en la primera pestaña. Abrió la última sección. Pendientes de decisión.
Permaneció mirando aquellas palabras mucho después de que la oficina quedara en silencio.