Capítulo 17 de 25

La firma y la puerta

El viernes, Ricardo llegó al consejo con dos carpetas.

En una llevaba la propuesta de financiamiento. En la otra, su renuncia. Había redactado la segunda durante la madrugada. Primero escribió tres páginas llenas de explicaciones. Después las borró y dejó una sola: fecha, decisión y firma. No sabía cuál de las dos carpetas abriría primero.

Arturo ocupaba la cabecera de la mesa. A su derecha estaba el director financiero; a la izquierda, dos consejeros que conocían a Ricardo desde niño. Uno de ellos le había regalado su primer automóvil a control remoto. Ahora lo observaba con una expresión que Ricardo no consiguió descifrar.

—Podemos empezar —dijo Arturo.

La sesión comenzó con cifras. Durante cuarenta minutos hablaron de inversión, plazos y compromisos comerciales. Ricardo presentó una versión ajustada del proyecto: una primera línea de producción, contratos por etapas y financiamiento limitado a necesidades concretas. Había trabajado con los datos de Planeación. El nombre de María Inés aparecía junto al de Patricia en el análisis que respaldaba las proyecciones.

Ricardo no miró a su padre cuando llegó a esa página.

Siguió explicando.

Las objeciones eran previsibles. El rendimiento tardaría más. El margen inicial sería menor. La empresa tendría que conservar reservas que Arturo quería utilizar en otra expansión. Ricardo respondió a cada punto. Al terminar, uno de los consejeros cerró su carpeta.

—La propuesta merece una revisión técnica.

El director financiero asintió. Arturo permaneció inmóvil.

—No tenemos tiempo para volver al principio.

—No estamos al principio —respondió Ricardo—. Tenemos una alternativa.

Su padre lo miró.

—Y una alianza avanzada que tú mismo ayudaste a negociar.

Ricardo apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces debemos decidir si esa alianza es buena por sus condiciones comerciales.

Hubo un silencio. No mencionó a Rebeca. Tampoco necesitaba hacerlo. Arturo dejó el bolígrafo.

—La revisión de tu nombramiento no depende de una sola operación.

Ricardo sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Has demostrado capacidad técnica. También una inestabilidad que preocupa a este consejo.

Uno de los consejeros se movió incómodo en la silla. Ricardo miró las dos carpetas que tenía delante. Durante años había esperado una oportunidad para demostrar que podía dirigir. La tenía. Y estaba sentado en una sala donde tendría que pedir autorización para decidir con quién compartir su vida.

Abrió la segunda carpeta.

—Presento mi renuncia a la dirección general.

La frase salió más firme de lo que esperaba. Arturo no se movió. El director financiero dejó de tomar notas. Ricardo deslizó la hoja hacia el centro de la mesa.

—Propongo una entrega de quince días para no interrumpir operaciones. Dejaré por escrito el estado de cada proyecto.

—No hagas una escena —dijo su padre.

Ricardo sintió que le subía el calor al rostro. Antes, aquellas palabras habrían bastado para hacerlo retroceder.

—Estoy presentando un documento.

Arturo bajó los ojos a la firma. Luego volvió a mirarlo.

—Piénsalo bien.

—Ya lo pensé.

No era del todo cierto. Había pasado la noche pensando en lo que podía perder. Todavía no había conseguido imaginar con claridad lo que tendría después. Pero sabía que no podía seguir allí del mismo modo. Uno de los consejeros pidió hablar.

—Conviene suspender unos minutos.

Arturo negó.

—No es necesario.

Tomó la hoja. Ricardo vio sus dedos cerrarse sobre el borde. Había esperado enojo.

La rapidez con que su padre aceptó le produjo un dolor distinto.

Salió de la sala sin una fecha de transición acordada. Recursos Humanos lo llamaría ese mismo día. En el pasillo se detuvo frente al ventanal. Abajo, los vehículos entraban y salían del estacionamiento como cualquier mañana. La empresa seguiría funcionando. Se apoyó en el marco del ventanal y respiró mejor. Sacó el teléfono. Tenía tres mensajes de trabajo y uno de Rebeca.

¿Cómo salió la reunión?

Ricardo no respondió por escrito. La llamó.

—Necesito verte hoy —dijo cuando ella contestó—. Donde tú prefieras.

Se encontraron en el jardín de la casa de Rebeca. Esta vez no estaban sus padres. Ella llevaba unos lentes oscuros que se quitó al verlo llegar.

—Mi padre ya me llamó.

Ricardo se detuvo frente a ella.

—Renuncié.

Rebeca dejó los lentes sobre la mesa. Pareció no saber qué hacer con aquella información.

—¿Y ahora vienes a terminar conmigo?

Él sintió la crueldad de la secuencia.

—Sí.

Rebeca soltó el aire lentamente.

—Pudiste haberlo hecho antes de convertir esto en una guerra entre familias.

—Debí hacerlo antes.

Ella lo miró con los ojos húmedos.

—Lo sé.

No hubo gritos. Aquella calma no disminuyó nada. Ricardo le dijo que no habría boda. Que hablaría con su familia y asumiría las cancelaciones que le correspondieran. Que no esperaba que ella lo ayudara a explicar lo ocurrido. Rebeca escuchó sin interrumpir. Después abrió el pequeño estuche que había llevado consigo. Dentro estaba el anillo.

—No quiero volver a verte para revisar detalles —dijo—. La organizadora enviará todo por correo.

Ricardo asintió. Ella le entregó la caja. Él la recibió sin acercarse.

—Espero que al menos sepas lo que estás haciendo —añadió Rebeca.

Ricardo miró el anillo.

—Sé lo que ya no puedo seguir haciendo.

Ella volvió el rostro hacia el jardín. La conversación había terminado. Dos días después, Ignacio comunicó que no continuaría con la aportación de capital prevista. El acuerdo preliminar no llegó a convertirse en la sociedad proyectada; cada grupo asumiría los gastos ya autorizados por su cuenta. Se mantuvieron únicamente los pedidos ordinarios que tenían condiciones independientes de la alianza.

Arturo eligió buscar crédito y otro socio comercial para sostener la expansión. La ruptura no causó por sí sola la crisis que llegaría años después, pero lo dejó ante una decisión que había esperado resolver con dinero de Alcázar.

El lunes, su automóvil dejó de estar disponible. No desapareció durante la noche ni llegó un empleado a quitárselo frente a todos. La administradora de flota le envió un documento con el número de inventario y la fecha de devolución. Ricardo leyó el correo dos veces. El deportivo que conducía pertenecía a la empresa. También la camioneta que utilizaba para ir a la planta.

Entregó ambas llaves antes del mediodía. Después recibió una relación de tarjetas corporativas que serían canceladas y una solicitud para separar sus gastos personales de los comprobables. Siempre había sabido que aquellos recursos no eran suyos. Comprenderlo dentro de una hoja de entrega era otra cosa. Su cuenta bancaria personal seguía intacta. Tenía ahorros.

Menos de los que habría tenido si hubiera pasado los últimos años pensando en algo más que disfrutar el dinero que ganaba. Abrió una hoja de cálculo y escribió sus gastos. Al terminar, se quedó mirando la cifra mensual de su departamento. La borró. Buscó opciones más pequeñas. María Inés se enteró por un correo interno.

El mensaje informaba que la dirección general entraba en una etapa de transición y que Arturo asumiría temporalmente las funciones. No mencionaba motivos. Ella leyó el nombre de Ricardo varias veces. Patricia, desde el escritorio de al lado, hizo un comentario sobre lo inesperado del cambio. María Inés respondió algo breve. Después pidió permiso para salir a comer unos minutos antes.

En el patio abrió la conversación con él. Escribió:

Vi el comunicado.

La respuesta llegó cuando ya había guardado el teléfono.

Renuncié. También terminé el compromiso.

María Inés cerró los ojos. Sintió alivio. Luego miedo de lo fácil que podía ser convertir aquel alivio en una respuesta que todavía no estaba preparada para dar.

Espero que estés bien, escribió.

Ricardo tardó unos minutos.

Estoy resolviendo cosas. No tienes que hacer nada con esto.

Ella leyó la frase de nuevo.

Por primera vez, una decisión suya no parecía venir acompañada de una petición.

Se vieron el jueves en la cafetería de la plaza. Ricardo llegó caminando desde una estación cercana. María Inés lo vio cruzar la calle con una carpeta bajo el brazo y un paraguas cerrado en la mano. No había perdido su atractivo. Parecía cansado. Cuando se sentó, ella notó que llevaba una camisa que ya le había visto aquella semana.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Él sonrió apenas.

—Aprendiendo a hacer cuentas menos imaginativas.

María Inés no se rio enseguida. Ricardo dejó la carpeta sobre la silla.

—Estoy buscando trabajo y revisando una idea.

—¿Qué idea?

Él vaciló.

—Un servicio de diagnóstico y mejora de procesos para proveedores pequeños. Hay talleres que pierden contratos porque no pueden demostrar consistencia, aunque sepan fabricar.

María Inés apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿Consultoría?

—Al principio. Después quisiera desarrollar componentes propios.

Ella lo escuchó hablar de maquinaria disponible, mediciones y clientes posibles. Era la primera vez que lo oía describir un proyecto sin utilizar el nombre de su familia. Cuando terminó, María Inés miró la carpeta.

—¿Ya hablaste con alguien que pudiera pagarte?

Ricardo soltó una risa breve.

—Todavía no.

—Entonces esa es la primera parte.

Él asintió. No intentó convertir la conversación en una promesa de futuro juntos. Eso permitió que ella siguiera preguntando. Al despedirse caminaron hasta la esquina. Ricardo se detuvo antes del cruce.

—No renuncié para que volvieras conmigo.

María Inés sostuvo su mirada. Él respiró hondo.

—No quiero que sientas que ahora me debes algo.

Ella tardó unos segundos.

—Me alegra que lo digas.

Un autobús pasó junto a ellos levantando aire frío. María Inés se acomodó el saco.

—Todavía estoy enojada contigo.

Ricardo asintió.

—Lo entiendo.

—Y todavía te quiero.

La confesión le cambió el rostro. Él no se acercó. María Inés agradeció que pudiera quedarse quieto.

—No sé cómo unir esas dos cosas —añadió.

Ricardo miró el semáforo. Seguía en rojo.

—Podemos ir despacio.

Ella bajó los ojos. Luego le ofreció la mano. No fue un abrazo ni un regreso.

Caminaron juntos hasta que cambió la luz.

Esa noche, Ricardo recibió un correo de Arturo. El asunto era: Entrega pendiente. Dentro había una lista de documentos y una frase al final.

Espero que no tardes demasiado en comprender lo que acabas de perder.

Ricardo leyó el mensaje sentado en el suelo de su departamento, entre dos cajas abiertas. Al día siguiente entregaría las llaves. Apoyó el teléfono sobre una caja y volvió a la computadora. Tenía un correo nuevo de un pequeño fabricante de piezas metálicas. Habían recibido su propuesta. Querían saber cuánto cobraría por revisar una línea con demasiados rechazos. Ricardo abrió una hoja en blanco.

Por primera vez, nadie iba a decirle qué precio tenía su trabajo.

Tendría que averiguarlo.

Durante las seis semanas siguientes se vieron a tomar café algunas tardes. No recuperaron de golpe las llamadas diarias ni dieron por hecho que volvían a ser pareja. María Inés faltó a una cita porque estaba cansada y aceptó otra porque quería verlo. Ricardo cumplió los acuerdos sin pedirle que interpretara cada gesto como una prueba.

Ella conservó su rutina en Planeación, sus salidas y las visitas a Julia. Le hizo bien descubrir que podía acercarse a él sin poner el resto de su vida en pausa.