Capítulo 18 de 25
Lo que cabía en dos cajas
Mientras avanzaba la entrega de su antiguo puesto, Ricardo había enviado su primera propuesta. La respuesta lo alcanzó ya instalado en el nuevo departamento: el presupuesto había sido rechazado.
La respuesta llegó a las nueve de la mañana.
Por el momento no contamos con recursos para ese servicio.
Leyó el correo de pie, junto a una mesa plegable que había comprado la tarde anterior. Sobre ella tenía la computadora, una taza despostillada y una libreta con los gastos del mes. Su nuevo departamento olía a pintura vieja y detergente. Desde la ventana se veía el muro del edificio vecino. Ricardo volvió a leer la propuesta.
Había calculado horas de revisión, traslados y un margen que ahora le parecía más pequeño que cuando lo escribió. Por impulso abrió otro correo para reducir el precio. Se detuvo antes de escribir. No sabía si había cobrado demasiado o si había ofrecido algo que el cliente todavía no entendía. La diferencia importaba.
Hasta entonces, cuando una negociación se complicaba, había contado con un departamento financiero, personal técnico y el apellido Mendiola al pie de cada documento.
Ahora tenía una mesa que se movía si apoyaba demasiado los codos.
María Inés recibió su mensaje durante la comida.
Rechazaron el presupuesto.
Ella acababa de terminar una reunión y tenía veinte minutos antes de regresar.
¿Te dijeron por qué?
No tienen dinero.
María Inés observó la pantalla.
Eso dice el correo o lo sabes porque hablaste con ellos.
La respuesta tardó.
Eso dice el correo.
Ella sonrió apenas.
Entonces todavía no sabes por qué.
Ricardo la llamó. María Inés miró la hora antes de contestar.
—Tengo diez minutos.
—Necesitaba escuchar cómo iba a sonar tu regaño.
—No es un regaño.
—Se parece bastante.
Ella soltó una risa. Después le pidió que explicara qué había ofrecido. Ricardo empezó con tolerancias, variaciones y tiempos de ciclo. María Inés lo interrumpió en el tercer término técnico.
—¿Cuánto les cuesta ese problema? —preguntó ella.
—Todavía no lo sé. Pero si el rechazo está concentrado en una máquina, puedo ofrecer una primera medición con alcance limitado y acordar la siguiente etapa con resultados.
Se oyó el roce de un bolígrafo.
—Eso se entiende mejor que el presupuesto que me acabas de leer —dijo María Inés.
Ricardo anotó una segunda posibilidad: utilizar por unas horas el equipo de un laboratorio independiente, en lugar de cargar el costo de comprarlo al primer cliente. Llamaría a ambos antes de enviar otra cifra. María Inés miró hacia el edificio.
—Tengo que volver.
—Gracias.
La palabra salió sin una broma que la disimulara.
El sábado visitó su departamento por primera vez. Llevaba una bolsa con pan y un recipiente de comida que Julia había preparado en cantidad suficiente para un pequeño ejército. Ricardo abrió la puerta con una camisa arremangada y un lápiz detrás de la oreja. Se apartó para dejarla pasar. María Inés miró el espacio.
Una sala pequeña, una cocineta y varias cajas junto a la pared. Había una silla de plástico frente a la mesa plegable y una toalla cubriendo el brazo de un sillón usado. Ricardo siguió su mirada.
—El sillón venía con una mancha que no he conseguido quitar.
Ella dejó la bolsa en la mesa.
—¿Ya comiste?
Él sonrió.
—Esa era mi pregunta favorita.
María Inés levantó los ojos. El recuerdo del mensaje en la oficina pasó entre ambos. La sonrisa de Ricardo se apagó un poco.
—Perdón.
Ella respiró hondo.
—Puedes preguntarme si comí. Lo que no puedes hacer es averiguarlo sin mí.
Ricardo asintió.
—Lo tengo claro.
María Inés empezó a sacar los recipientes.
Comieron sentados frente a frente. La mesa se movió cuando Ricardo intentó cortar un trozo de carne. María Inés apoyó una mano sobre la superficie.
—Esto tiene arreglo.
—Ya le apreté los tornillos.
Ella se inclinó para mirar debajo. Una pata no tocaba bien el piso. Ricardo la observó doblar un pedazo de cartón y colocarlo con precisión. La mesa dejó de moverse.
—Me habrías cobrado mucho por ese diagnóstico —dijo.
—Todavía no te envío el presupuesto.
Él se rio. Era una risa distinta de la que ella recordaba en los bares. Menos preparada para gustar. Después de comer, Ricardo le mostró la propuesta corregida. Había hablado con el dueño del taller. El problema principal estaba en una sola máquina, y el cliente aceptaba una primera visita con alcance limitado.
—No es un gran contrato —admitió.
María Inés revisó la hoja.
—Es un contrato.
Él miró la mesa estabilizada con cartón.
—Sí.
Salieron a comprar algunas cosas que faltaban. Ricardo tomó un paquete de café y luego lo comparó con otro. María Inés lo vio leer los precios. No hizo ningún comentario. Él había aprendido a soportar mejor las preguntas directas que una amabilidad que pudiera parecer compasión. Al llegar a la caja, cada uno puso sus compras por separado. María Inés pagó lo suyo.
Ricardo no intentó impedírselo ni convirtió el momento en una demostración. Caminaron de regreso con una bolsa cada uno.
—Podrías quedarte a cenar —dijo él al subir las escaleras.
Ella miró el descanso del piso.
—Podría.
Ricardo esperó.
—Pero hoy voy a irme a casa.
Él asintió.
—Está bien.
María Inés siguió subiendo.
Le resultaba extraño cuánto podía cambiar una respuesta tan sencilla.
La visita al taller fue el martes. Ricardo llegó en transporte público, con una mochila de herramientas prestadas y una camisa que ya no parecía apropiada en cuanto cruzó la zona de producción. El dueño, Óscar Valdés, lo observó de arriba abajo.
—Pensé que mandaría a alguien.
—Vine yo.
Óscar miró su tarjeta. El apellido seguía allí.
—¿Usted es de los Mendiola?
Ricardo sostuvo su mirada.
—Soy ingeniero. Hoy vengo por la máquina.
El hombre guardó la tarjeta en el bolsillo.
—Pues ojalá la máquina lo escuche.
Ricardo pasó seis horas midiendo, revisando registros y hablando con los operarios. Encontró un ajuste que nadie había documentado y una diferencia de temperatura que explicaba parte de los rechazos. No prometió resolverlo todo esa tarde. Dejó un procedimiento de prueba y acordó regresar para medir los resultados.
El ajuste no bastaba si la temperatura seguía variando. Ricardo diseñó una secuencia sencilla para medirla al inicio de cada lote y distinguir el defecto de la máquina del material que entraba. Óscar le pidió que la explicara a los dos turnos. Esa parte del trabajo salió de su experiencia de planta, sin un informe ajeno que le indicara por dónde empezar.
Al salir, tenía grasa en el puño y dolor de espalda. Óscar lo acompañó hasta la puerta.
—Si funciona, tengo otra línea que quiero que vea.
Ricardo asintió, procurando no sonreír demasiado pronto.
María Inés empezó a salir algunos sábados sin avisarle cada detalle. A veces iba con Julia. Otras prefería bailar sola. La primera vez que se lo dijo, Ricardo guardó silencio unos segundos. Estaban hablando por teléfono.
—Voy a Umbral —añadió ella—. Te lo cuento porque estamos conversando, no para pedirte permiso.
Él miró su mesa de trabajo.
—Lo sé.
—¿Seguro?
Ricardo respiró hondo. Podía sentir los celos. No habían desaparecido con una conversación ni con la pérdida de su despacho. Lo que podía hacer era no convertirlos en una orden.
—Seguro.
María Inés tardó en responder.
—Podemos vernos mañana, si quieres.
Él cerró los ojos un instante.
—Sí. Me gustaría.
Aquella noche salió de una prueba que había dado malos resultados y encontró una publicación de Umbral en el teléfono. María Inés aparecía al fondo de una fotografía, bailando junto a un hombre. Amplió la imagen y abrió el chat.
No escribió. La fotografía no le decía quién era el hombre ni qué estaba ocurriendo; su frustración por el trabajo tampoco le daba derecho a exigir una explicación. Cerró la aplicación y llamó a un compañero para discutir el fallo de la prueba.
El domingo, María Inés le contó que un conocido de Vero había intentado enseñarle unos pasos. Ricardo se rio de la imitación y después admitió que había visto la fotografía.
—Me dieron celos —dijo—. Pero no era algo que tuvieras que resolver por teléfono a medianoche.
Ella no lo felicitó. Siguió contándole la noche, menos pendiente de medir cada detalle.
El domingo, María Inés llegó con el cabello suelto y sin maquillaje. Ricardo abrió la puerta y sonrió. Ella lo miró unos segundos antes de entrar.
—¿Qué? —preguntó él.
María Inés negó. No quiso explicar que todavía estaba aprendiendo a creer en aquella sonrisa cuando llevaba su propio cabello. Había sido más fácil desnudarse ante él que llegar así, con una marca de la almohada todavía tenue junto a la mejilla y los lentes que se resbalaban por la nariz. Ricardo la besó con suavidad. Después se apartó para dejarla pasar.
La tarde transcurrió entre café, papeles y una película que ninguno terminó de ver. Cuando María Inés se quedó dormida apoyada en su hombro, él permaneció quieto aunque se le entumeció un brazo. Al despertar, ella se incorporó, avergonzada.
—Me quedé dormida.
—Lo noté.
María Inés miró la hora. Luego volvió hacia él. Esta vez fue ella quien lo besó. No hubo disfraces ni una puerta de hotel al fondo del pasillo. Más tarde permanecieron juntos, escuchando el ruido de un vecino que arrastraba muebles sobre sus cabezas. María Inés se rio contra su pecho.
Ricardo la abrazó sin hacer promesas.
El primer pago llegó diecinueve días después de la visita al taller. Óscar había reducido los rechazos y autorizado una segunda etapa. Ricardo envió la factura, revisó la cuenta bancaria y se quedó mirando el depósito. No era una fortuna. Era dinero que alguien había decidido pagar por un problema que él ayudó a resolver. Llamó a María Inés.
—Me pagaron.
Ella estaba saliendo de la empresa. Se detuvo junto a una columna del vestíbulo.
—¿Ya revisaste cuánto debes separar para gastos e impuestos?
Ricardo soltó una carcajada.
—Cinco segundos de celebración. Te pido cinco.
María Inés sonrió.
—Está bien. Empieza.
Él levantó una mano en su departamento vacío, como si ella pudiera verla. Después se quedó callado.
—Ricardo.
—Aquí estoy.
—Me alegra mucho.
La sinceridad de su voz lo dejó sin una respuesta rápida.
Se sentó en la silla de plástico.
—¿Podemos cenar?
—Sí.
—Nada caro.
—Mejor. Ya sé dónde hacen unos tacos buenísimos.
Esa noche brindaron con refrescos en una mesa de metal. Ricardo sacó una libreta de la mochila.
—Necesito organizar mejor lo que entra y lo que sale.
María Inés la abrió. Había gastos mezclados, horas sin registrar y un presupuesto escrito al margen. Tomó el bolígrafo que él le ofrecía. Antes de escribir, lo miró.
—Puedo ayudarte a preparar un sistema. Pero no voy a llevarte gratis un negocio entero mientras trabajo en otro sitio.
Ricardo asintió.
—No te lo pediría.
Ella esperó. Él corrigió:
—Y si alguna vez lo hago, recuérdame esta conversación.
María Inés sonrió. Trazó tres columnas en una página nueva. Ingresos. Costos. Pendientes. Ricardo observó su mano moverse sobre el papel. No tenía una empresa que ofrecerle ni un automóvil esperando junto a la acera. Tenía un cliente, un segundo trabajo por entregar y espacio en la mesa para escucharla.
Por aquella noche, era un comienzo suficiente.
La semana siguiente, Ricardo le preguntó por la consulta de su madre. María Inés se había preocupado por unas molestias de rodilla que dificultaban a la mujer subir las escaleras de su casa en Morelia.
—Quiere que vaya y me quede unos días, pero salgo de una entrega —explicó.
Ricardo buscó con ella un horario de autobús compatible con el trabajo y se ofreció a acompañarla hasta la terminal. No podía resolver la consulta ni decidir cuánto debía quedarse. La llevó el sábado, cargó la bolsa que ella le señaló y no convirtió el viaje en una pregunta sobre cuándo regresaría.
María Inés volvió dos días después. Su madre seguiría un tratamiento y ella tendría que llamar con más frecuencia. Durante el viaje de regreso pensó que había agradecido hablar de algo que le dolía sin acabar organizando la vida de Ricardo.