Capítulo 19 de 25
Una llave para los dos
La primera discusión de aquella nueva etapa no tuvo que ver con Rebeca.
Tampoco con un bar ni con los celos. Empezó por una factura. María Inés la encontró un domingo, mientras revisaba con Ricardo los gastos del segundo proyecto. Habían acordado que ella dedicaría cuatro horas a la semana a organizar la administración, con un pago modesto que él debía registrar como cualquier otro costo. El acuerdo funcionaba.
Lo habían hablado después de casi tres meses de acercamiento. También habían decidido volver a ser pareja y mantener una relación exclusiva, sin confundir ese acuerdo con una autorización para revisar el teléfono del otro. María Inés había podido decir que aún necesitaba tiempo para algunas cosas y quererlo al mismo tiempo. Hasta aquella mañana.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
Ricardo miró el documento.
—Un anticipo por equipo de medición.
María Inés volvió a leer la cantidad.
—Es casi todo lo que cobraste del primer trabajo.
—Lo necesitamos para aceptar proyectos más grandes.
Ella dejó la factura sobre la mesa.
—¿Comparaste opciones?
—Sí.
—¿Calculaste cuánto tiempo va a tardar en pagarse?
Ricardo guardó silencio. María Inés apoyó los codos con cuidado para no mover la mesa.
—Ricardo.
—No puedo pedir prestado todo para siempre.
—No te estoy diciendo que lo hagas. Te estoy preguntando si puedes pagarlo sin quedarte sin dinero para trabajar.
Él apartó la mirada. Había escuchado aquella cautela demasiadas veces en voz de su padre. La diferencia era que María Inés no lo estaba llamando incapaz. Aun así, respondió antes de pensar.
—Sé comprar equipo.
Ella se quedó quieta. Después cerró la libreta.
—Entonces no necesitas que revise esta parte.
Ricardo la vio recoger sus cosas y comprendió que acababa de discutir contra alguien que no estaba en la habitación.
—Espera —dijo.
María Inés se detuvo junto a la silla. Él señaló la factura.
—No hice la proyección completa.
Ella lo miró sin sentarse. Ricardo respiró hondo.
—Me molestó sentir que tenía que pedir permiso.
—No tienes que pedírmelo. El negocio es tuyo.
La frase, dicha con calma, le produjo más inquietud que un reproche. María Inés continuó:
—Pero si me contratas para ordenar tus cuentas, necesito poder decirte cuando algo las pone en riesgo. Si no quieres escuchar eso, terminamos el acuerdo y seguimos siendo pareja.
Ricardo bajó los ojos. Había querido que ella estuviera a su lado. Todavía estaba aprendiendo a no confundir esa cercanía con tenerla siempre de acuerdo.
—Quiero que sigas —dijo.
María Inés dejó el bolso en la silla. No abrió enseguida la libreta.
—Entonces revisemos si el anticipo puede convertirse en una renta con opción de compra.
Ricardo acercó la factura.
Esta vez preguntó antes de defenderse.
Tres semanas después consiguieron el tercer cliente. Fue Óscar quien los recomendó. Un fabricante de soportes metálicos necesitaba reducir retrasos para conservar un contrato. Ricardo visitó la planta, revisó el problema y preparó una propuesta por etapas. María Inés encontró que el presupuesto olvidaba incluir dos traslados y varias horas de seguimiento. Él lo corrigió sin discutir.
Cuando llegó la aceptación, la imprimió y la pegó sobre la pared del departamento. Había otras dos hojas junto a ella. No eran diplomas ni fotografías de automóviles. Eran pedidos. María Inés los miró mientras él preparaba café.
—Vas a quedarte sin pared.
Ricardo sonrió.
—Ese sería un buen problema.
Ella sostuvo la taza con ambas manos. El departamento seguía siendo pequeño. El sillón conservaba una marca que ninguno había logrado quitar y la mesa todavía necesitaba el cartón bajo una pata. Pero ya había una planta junto a la ventana.
La había llevado ella.
El primer indicio de que vivían juntos a medias fue un frasco de crema. Ricardo lo encontró en el baño, al lado de su cepillo de dientes. Después apareció una blusa colgada detrás de la puerta y unos zapatos bajos junto al sillón. María Inés los recogía cada vez que iba a marcharse. Él nunca le pidió que lo hiciera.
Una noche, mientras ella buscaba una liga para el cabello dentro del bolso, Ricardo abrió un cajón vacío de la cómoda.
—Puedes dejar cosas aquí.
María Inés lo miró.
—Ya estoy dejando demasiadas.
—No me molestan.
Ella observó el cajón.
Miró el espacio libre sin saber todavía qué quería guardar allí.
Guardó la liga.
No puso nada en el cajón aquella noche.
La conversación llegó el sábado siguiente. Estaban comprando verduras cuando Ricardo preguntó cuánto le faltaba para renovar su contrato de arrendamiento. María Inés dejó un tomate en la bolsa.
—Dos meses.
Él asintió. Ella lo observó.
—¿Por qué?
Ricardo sostuvo la bolsa de cebollas como si necesitara algo que hacer con las manos.
—Porque quiero proponerte que vivamos juntos.
María Inés miró alrededor. Un hombre intentaba pasar con una caja. Se apartaron para dejarlo cruzar.
—¿Aquí? —preguntó ella.
Ricardo bajó la vista a las verduras.
—Podría haber escogido mejor el momento.
María Inés empezó a reírse. Él también. La risa les permitió continuar cuando llegaron a la calle.
—No quiero que lo hagamos para ahorrar renta —dijo ella.
—Nos ayudaría.
—Ricardo.
Él dejó de sonreír.
—Quiero levantarme contigo aunque no tengamos nada especial que hacer. Quiero que sepas dónde están las tazas sin tener que preguntarme y discutir contigo cuando compre algo que no alcanza a pagarse.
María Inés lo miró largamente.
—Eso último ya lo hacemos.
—Estoy intentando ser realista.
Ella sostuvo su bolsa contra el cuerpo. No respondió de inmediato.
Ricardo no volvió a preguntarlo durante el camino.
Hablaron durante dos semanas. De dinero. De horarios. Del espacio que cada uno necesitaba cuando estaba molesto. María Inés fue clara respecto a sus salidas.
—No voy a dejar de bailar porque vivamos juntos.
Ricardo asintió.
—Puedes ir.
Ella levantó una ceja. Él se corrigió antes de que tuviera que hacerlo.
—Quiero decir que lo entiendo. No me corresponde autorizarte.
María Inés lo observó unos segundos. Después siguió:
—Si salgo, te avisaré cuando sepa que voy a llegar tarde. Espero lo mismo de ti.
Él aceptó. Volvieron a hablar del acuerdo de exclusividad que ya habían elegido. Vivir juntos no iba a convertirlo en un derecho a controlar horarios ni amistades. María Inés quiso decirlo antes de repartir las llaves.
—Quiero estar contigo —dijo ella—. Solo contigo. Pero quiero que sea algo que elijamos los dos.
Ricardo tomó su mano.
—Eso quiero yo también.
No hubo una promesa de no sentir celos jamás.
Hubo un compromiso más concreto: hablar antes de convertir el miedo en vigilancia.
María Inés habló con su madre antes de la mudanza. Le preocupaba que María Inés mezclara casa, amor y dinero; no le gustó todo lo que escuchó. Su hija le explicó las precauciones y dejó de corregir los detalles de su vida para tranquilizarla. Al terminar la llamada se quedó triste, pero no había tenido que inventar otra versión de sí misma.
Julia los ayudó con la mudanza. Llegó con cinta adhesiva, un marcador y la disposición de quien no pensaba dejar que una pareja enamorada guardara platos debajo de los libros.
—Esto pesa demasiado —declaró al levantar una caja.
Ricardo se acercó.
—Yo la llevo.
Julia no se la entregó enseguida.
—Dice “ropa”.
María Inés apartó la mirada. Ricardo abrió las solapas. Encontró zapatos. Muchos zapatos. La miró. Ella se cruzó de brazos.
—Estaban en oferta.
Julia soltó una carcajada. Por primera vez, Ricardo vio a María Inés defender una compra con la misma expresión que él había utilizado frente a la factura del equipo. No dijo nada. La sonrisa lo delató. Ella lo señaló con un dedo.
—Ni una palabra.
La última caja contenía las pelucas. María Inés la llevó personalmente. Al llegar al departamento la dejó sobre la cama y abrió el armario. Habían redistribuido los estantes, comprado dos repisas y vaciado una cómoda. Ricardo se quedó en la puerta.
—¿Quieres que te ayude?
Ella sacó la base de la peluca cobriza. Durante un instante recordó el cajón de su antiguo departamento. La manera de cerrarlo antes de ponerse los lentes y salir a trabajar. Miró las repisas vacías.
—Sí —respondió—. Pásame la otra base.
Colocó las pelucas junto a los bolsos. Después colgó las blusas de oficina. Nada quedó escondido debajo de otra cosa. Ricardo no hizo un comentario solemne. Le pasó las perchas y preguntó dónde quería guardar la plancha del cabello.
María Inés tuvo que darle la espalda un momento para que no la viera llorar.
La primera noche hubo comida comprada, cajas sin abrir y una discusión sobre qué lado de la cama ocupaba cada uno. María Inés afirmó que siempre dormía cerca de la puerta. Ricardo sostuvo que ese había sido su lado desde que se mudó. Lo resolvieron cambiando la cama de posición. A las once estaban agotados.
Ella se sentó en el borde del colchón, se quitó los lentes y los dejó junto a una lámpara. Ricardo la miró desde la puerta del baño.
—¿Qué? —preguntó María Inés.
Él negó.
—Nada.
Ella entrecerró los ojos.
—Ya conozco esa respuesta.
Ricardo se acercó.
—Estoy contento.
María Inés dejó que le acariciara el rostro. Lo besó sin levantarse. Aquella noche no hubo que calcular a qué hora marcharse ni recoger la ropa antes de que amaneciera. El despertador de ambos estaba programado para el lunes.
Eso, de una manera inesperada, le pareció íntimo.
Un mes después, el trabajo empezó a desbordar la mesa plegable. Ricardo regresaba de las visitas con planos y mediciones. María Inés revisaba presupuestos por las noches, pero sus cuatro horas semanales ya no alcanzaban. Hablaron un domingo. Ella había llevado una propuesta escrita. Ricardo la leyó despacio. No pedía un aumento de sueldo.
Proponía crear una empresa en la que ambos participaran: él al frente de la ingeniería y el desarrollo técnico; ella, de administración, planeación y crecimiento comercial.
Incluía una aportación de sus ahorros.
También condiciones para protegerlos si la relación terminaba. Ricardo levantó la vista. María Inés se adelantó:
—No voy a renunciar mañana. Primero necesitamos ingresos constantes, una reserva y asesoría para formalizarlo.
Él volvió al documento. Al final había una pregunta.
¿Qué estamos construyendo y qué aporta cada uno?
Ricardo tomó un bolígrafo. No escribió enseguida.
—Quiero que esto sea justo contigo —dijo.
María Inés acercó su silla.
—Entonces empecemos por las cifras.
Trabajaron hasta que oscureció. Cuando recogieron la mesa, ella encontró entre las hojas una llave recién hecha. La sostuvo en la palma. Ricardo la miró.
—La tuya se atora.
María Inés sonrió. A veces el futuro tenía la forma de una empresa todavía sin nombre.
Aquella noche también tenía la de una llave que abría bien.