Capítulo 20 de 25
El nombre en la puerta
María Inés escribió cinco nombres en una hoja.
Ricardo rechazó tres por parecerle demasiado largos y uno porque sonaba a aseguradora. El último quedó encerrado en un círculo. Nexo Ingeniería y Movilidad.
—¿Por qué Nexo? —preguntó él.
María Inés dejó el bolígrafo.
—Porque vamos a conectar lo que un taller sabe fabricar con lo que necesita demostrar para crecer.
Ricardo miró la hoja. Debajo del nombre había anotaciones sobre servicios, clientes y costos. No aparecía su apellido. Imaginó cómo habría reaccionado meses atrás. Probablemente habría propuesto algo más grandioso, acompañado de un logotipo que pudiera verse desde una carretera. Ahora necesitaban un nombre que cupiera en una factura y un negocio capaz de cobrarla.
—Nexo —repitió.
María Inés asintió.
Él tomó el bolígrafo y trazó otra línea bajo las palabras.
Los siguientes meses tuvieron menos romanticismo del que ambos habían imaginado. Hubo trámites, cotizaciones, reuniones con una contadora y una larga discusión sobre las participaciones de cada uno. Ricardo consideraba que debían dividirlo todo por mitades. María Inés pidió revisar primero las aportaciones, las funciones y el trabajo que ya habían realizado.
—No quiero que me regales una parte para demostrar que me quieres —dijo.
Él dejó de mirar el documento.
—No es un regalo.
—Entonces hay que poder explicarlo sin hablar de nuestra relación.
Lo hicieron. Pusieron por escrito lo que aportaba cada uno, cómo se pagarían y qué decisiones requerirían el acuerdo de ambos. Separaron el dinero de la empresa del que utilizaban para la casa. También acordaron qué ocurriría si alguno quisiera salir.
La distribución quedó en cincuenta y cinco por ciento para Ricardo y cuarenta y cinco para María Inés. La diferencia correspondía al equipo y al negocio que él aportaba, valorados junto con los ahorros de ella y el trabajo de organización ya realizado. Ambos recibirían una remuneración por sus funciones; los beneficios y las pérdidas se distribuirían según su participación.
El endeudamiento por encima del límite anual, la entrada de nuevos socios y la venta de activos esenciales necesitarían la aprobación de ambos. María Inés revisó las condiciones con una asesora independiente antes de firmar. No quería una igualdad declarada en la cena que desapareciera al abrir una cuenta bancaria. Fue la conversación más incómoda de aquella semana. Al terminar, Ricardo sintió una tranquilidad inesperada.
No tenían que adivinar qué sería justo cuando llegara un problema.
Ya habían empezado a hablarlo.
María Inés conservó su empleo. Se levantaba temprano, iba a Planeación y regresaba para revisar presupuestos durante un par de horas. Los sábados los dedicaban a visitas que no coincidieran con las actividades de Grupo Mendiola. La contadora les había pedido prudencia. María Inés fue más lejos.
Informó a Laura y a Gabriel que participaba en un proyecto propio. Explicó su alcance y solicitó que revisaran cualquier posible conflicto con sus funciones. No llevó documentos de la empresa a casa. No utilizó listas de clientes ni información interna. Ricardo tampoco ofreció contactos que no podía justificar fuera de su antiguo cargo. Eso hizo que avanzaran más despacio.
También los obligó a aprender cómo conseguir trabajo sin abrir una agenda que otro había construido. Durante varias semanas enviaron propuestas que nadie respondió. Después un cliente llamó.
Luego otro.
El primer espacio de Nexo estaba detrás de un taller de reparación de maquinaria. Tenía una oficina pequeña, un baño que necesitaba pintura y un área donde cabían dos mesas de trabajo. Ricardo lo recorrió con las manos en los bolsillos. El propietario hablaba de la instalación eléctrica y de una filtración que ya había reparado. María Inés miraba las paredes, calculando.
—Aquí puede estar el escritorio —dijo—. Y los equipos, del otro lado.
Ricardo observó el techo. No era una planta. Ni siquiera se parecía a una. Pero podían pagarlo sin comprometer el dinero de tres meses de operación. Pidieron un segundo recorrido. Revisaron las condiciones con calma. Una semana después firmaron. Esa tarde se quedaron solos dentro del local vacío. El eco devolvía cada paso. Ricardo abrazó a María Inés por la cintura.
—Tenemos oficina.
Ella miró la puerta despintada.
—Tenemos una renta.
Él se rio contra su cabello.
—Déjame disfrutarlo un minuto.
María Inés se volvió para besarlo.
Le concedió dos.
El letrero llegó un viernes. Era sencillo: letras oscuras sobre una placa clara. Lo colocaron junto a la entrada, después de discutir dos veces si estaba derecho. Debajo del nombre aparecían los de ambos. Ricardo Mendiola. Dirección técnica. María Inés Salgado. Administración y desarrollo. Ella se quedó mirándolo mientras Ricardo recogía las herramientas.
Su nombre no estaba debajo de una firma ajena ni en la esquina de un informe. Tampoco era una identidad que pudiera quitarse al volver a casa. Ricardo se acercó.
—¿Está torcido?
María Inés negó. Se quitó los lentes para limpiarlos. Él fingió no advertir las lágrimas.
Le pasó un pañuelo y esperó a su lado.
El primer empleado fue un técnico llamado Ernesto. Tenía cuarenta y seis años, dos hijos y suficiente experiencia para hacer preguntas que Ricardo todavía no había pensado. Durante la entrevista miró los equipos.
—¿Quién valida los procedimientos?
Ricardo le explicó cómo estaban trabajando. Ernesto escuchó y señaló una carencia en el registro de las mediciones. María Inés tomó nota.
—¿Podría ayudarnos a corregirlo?
El hombre levantó la vista, sorprendido. Había trabajado en lugares donde señalar un problema equivalía a discutir con el jefe.
—Sí.
Lo contrataron después de comprobar sus referencias y revisar cuánto podían sostener aquel sueldo. Esa noche cenaron tarde. Ricardo tenía las manos todavía marcadas por el trabajo.
—Ahora alguien cuenta con que hagamos bien las cosas para llevar dinero a su casa —dijo.
María Inés asintió. Apartó su plato y abrió el calendario de pagos.
Añadió el sueldo de Ernesto a los vencimientos que no podían aplazarse.
La primera crisis llegó antes de cumplir seis meses en el local. Un cliente retrasó el pago de dos facturas. Al mismo tiempo, uno de los equipos necesitó una reparación que no podían aplazar. Ricardo propuso utilizar parte del ahorro destinado a su siguiente sueldo. María Inés revisó los números.
—Podemos posponer el nuestro. El de Ernesto no.
Él asintió. Durante dos semanas redujeron gastos y llamaron al cliente todos los días hábiles, sin gritos ni amenazas que no pudieran sostener. María Inés dejó de aceptar trabajos nuevos sin revisar anticipos y condiciones de pago. Ricardo aprendió a incluir el tiempo de seguimiento en los presupuestos. Cuando el depósito llegó, ninguno celebró demasiado. Pagaron. Guardaron la reserva.
Después compraron pan en el camino a casa.
Una noche de diciembre, María Inés se arregló mientras Ricardo terminaba un informe. Eligió un vestido azul oscuro y una peluca larga, de ondas suaves. Cuando salió del dormitorio, él levantó la cabeza. Durante un instante recordó Umbral. Ella lo notó.
—¿Demasiado?
Ricardo dejó el bolígrafo.
—No.
María Inés se acercó a la mesa.
—Quiero salir a bailar.
Él miró el informe abierto. Tenía trabajo pendiente. También llevaba semanas esperando que llegara una noche perfecta para descansar. Cerró la computadora.
—Dame diez minutos.
En el bar, María Inés bailó sola un rato. Ricardo la observó desde la mesa sin confundir aquella mirada con un derecho sobre ella. Cuando regresó, él le ofreció agua.
—¿No vas a preguntarme quién me estaba mirando? —dijo ella, medio en broma.
Ricardo sostuvo el vaso antes de entregárselo.
—Los vi.
María Inés esperó. Él sonrió.
—También vi que volviste porque quisiste.
Ella dejó el agua sobre la mesa y le ofreció la mano.
Esta vez lo llevó a bailar.
Al cumplirse un año desde la renuncia de Ricardo, y después de varios meses de actividad bajo el nombre de Nexo, tenían cuatro clientes recurrentes y otros trabajos que llegaban por recomendación. No era un imperio. Había meses buenos y semanas en las que ambos revisaban la cuenta bancaria antes de autorizar una compra.
Pero podían pagar el local, los gastos y el trabajo de Ernesto. También empezaron a desarrollar un dispositivo de prueba para pequeños proveedores que no podían adquirir equipos importados de alto costo. Ricardo dedicaba las tardes al diseño. María Inés preparó un análisis de demanda y habló con posibles compradores antes de permitir que fabricaran más de un prototipo.
—Primero tiene que funcionar —decía él.
—Y después alguien tiene que querer pagarlo —respondía ella.
Aprendieron a necesitar ambas respuestas.
La decisión de María Inés llegó una mañana de enero. Habían firmado un contrato de acompañamiento técnico por doce meses. El ingreso no resolvía todo, pero daba una base que antes no tenían. Ella llevó a casa dos documentos. Uno era la proyección financiera de Nexo. El otro, una carta de renuncia. Ricardo los miró sin tocarlos.
—¿Estás segura?
María Inés se sentó frente a él.
—La reserva está completa. Tenemos trabajo contratado y mi puesto ya exige más horas de las que puedo darle.
Él asintió.
—No quiero que lo hagas por mí.
Ella sostuvo su mirada.
—Quiero dirigir lo que también estoy construyendo.
Ricardo bajó los ojos a la firma. Después acercó la proyección.
Revisaron las cifras una vez más.
Gabriel recibió la noticia con pesar.
—Me habría gustado conservarte más tiempo.
María Inés sonrió.
—A mí me gustó trabajar aquí.
Hablaron de la entrega y del plazo necesario para cerrar sus proyectos. Él no intentó disminuir lo que iba a hacer. Antes de despedirla, señaló el primer análisis que había presentado al departamento.
—Seguiste buscando después de encontrar el error. Eso hace falta en muchos lugares.
María Inés salió con la garganta apretada. En el pasillo se cruzó con Arturo. El hombre se detuvo al reconocerla.
—Me dijeron que se marcha.
—Sí, señor Mendiola.
Arturo la observó.
—Espero que tenga un puesto estable al que ir.
María Inés sostuvo la carpeta contra su cuerpo, aunque ya no necesitaba esconderse detrás.
—Tengo trabajo que hacer.
Él no preguntó más.
Ella se despidió y siguió caminando.
Su primer lunes completo en Nexo llegó con lluvia. María Inés abrió el local antes que Ricardo y Ernesto. Encendió las luces, dejó el bolso y puso a calentar agua. Llevaba un traje que había elegido por gusto, el cabello suelto y sus lentes habituales. Sobre el escritorio había tres presupuestos pendientes. El teléfono empezó a sonar antes de las ocho. Ella respondió:
—Nexo Ingeniería y Movilidad. Habla María Inés Salgado.
Al otro lado, un comprador pidió comunicarse con la persona responsable de negociar un contrato. María Inés tomó un bolígrafo.
—Puede hablar conmigo.
Y empezó a trabajar. Aquella tarde llamó a su madre desde la oficina. Le habló del contrato, de Ernesto y de la gotera que el propietario todavía debía reparar.
—¿Estás contenta? —preguntó la mujer.
María Inés miró su nombre en la puerta.
—Sí. También estoy asustada.
Su madre no le pidió que volviera. Preguntó qué podía hacer para acompañarla desde lejos. María Inés le contó de verdad cómo había sido el día.