Capítulo 21 de 25
La mujer que firmaba
El comprador volvió a llamar dos días después.
Quería conocer las instalaciones de Nexo y revisar el prototipo del dispositivo de prueba que Ricardo había desarrollado con Ernesto. María Inés confirmó la visita para el martes. Después colgó y contempló la oficina. Una caja de refacciones bloqueaba parte del pasillo. Había una mancha de humedad cerca del baño y la puerta del armario donde guardaban documentos no cerraba bien.
No podían transformar el local en una semana. Tampoco necesitaban fingir que eran una empresa más grande. Se levantó, tomó una libreta y empezó una lista. Orden. Seguridad. Documentación. Cuando Ricardo llegó, la encontró arrodillada frente a una caja, separando manuales de herramientas.
—¿Qué haces?
Ella levantó un montón de hojas.
—Evitar que nuestro cliente encuentre la garantía del equipo entre los recibos del café.
Ricardo dejó la mochila.
Se arrodilló a su lado.
La visita duró dos horas. El comprador se llamaba Sergio Aranda y trabajaba para una empresa regional de autopartes. Lo acompañaba una ingeniera de calidad que hizo más preguntas que él. Ricardo explicó el funcionamiento del prototipo. Ernesto realizó la demostración. María Inés presentó costos, plazos y condiciones de soporte. Cuando terminaron, Aranda cruzó las manos sobre la mesa.
—Necesitaríamos tres equipos.
Ricardo estuvo a punto de sonreír. María Inés apoyó discretamente un dedo sobre la hoja del calendario. Él lo vio. Tres equipos significaban materiales, pruebas adicionales y horas que todavía no habían calculado por completo.
—Podemos preparar una propuesta —respondió.
Aranda asintió.
—Con entrega en seis semanas.
María Inés miró a Ricardo antes de hablar.
—Necesitamos confirmar el suministro de algunos componentes. Mañana tendrá un plazo que podamos cumplir.
El comprador pareció sorprendido.
—Otros proveedores ya me dijeron que sí.
Ella sostuvo su mirada.
—Prefiero que compare una fecha confirmada.
Al despedirse, no sabían si acababan de ganar una oportunidad o perderla.
Ricardo cerró la puerta cuando el automóvil salió.
—Seis semanas podría hacerse.
María Inés recogió las tazas.
—Podría.
Él la observó. Ella dejó la bandeja sobre el escritorio.
—También podría faltar una pieza importada, salir mal una prueba o enfermarse Ernesto. Ya estamos comprometidos con otros trabajos.
Ricardo se pasó una mano por el cabello. No estaba enojado con ella. Estaba cansado de que cada posibilidad importante llegara acompañada de una lista de cosas que podían fallar. María Inés lo conocía lo suficiente para advertirlo.
—Quiero ese contrato tanto como tú.
Él asintió.
—Lo sé.
—Entonces hagamos el plan.
Trabajaron hasta después de las nueve. Al día siguiente ofrecieron ocho semanas, con una entrega inicial de un equipo y dos posteriores. Aranda pidió una reducción de precio. María Inés negoció un anticipo mayor a cambio de un descuento limitado. La firma llegó el viernes.
Dos semanas después, María Inés descubrió un error suyo. Había aceptado un descuento del proveedor de sensores sin comprobar si el precio incluía el conector necesario. La diferencia consumía parte del margen, y pedir las piezas correctas por el canal habitual añadiría nueve días. Llevó el cálculo a Ricardo antes de intentar ocultarlo entre otros costos.
—Lo autoricé yo. Vi el descuento y dejé de revisar el alcance.
Él examinó la ficha. Podía reprocharle todas las advertencias que ella le había hecho sobre sus compras. En cambio pidió el plano y llamó a Ernesto.
Encontraron un distribuidor con unidades disponibles y ajustaron el montaje sin alterar la función del equipo. Costaba más; el gasto saldría del margen de Nexo, no de una factura sorpresiva al cliente. María Inés habló con Aranda y confirmó que la entrega comprometida seguía siendo viable. Después incorporó una segunda revisión técnica antes de autorizar componentes nuevos. Esa noche siguió repasando el error en casa.
—Puedo acompañarte mientras lo revisas —le dijo Ricardo—. Pero no voy a quedarme oyendo cómo te llamas inútil por un pedido.
Ella cerró la computadora. Todavía le molestaba lo ocurrido, aunque haberlo contado ya no le parecía una forma de perder su lugar.
Los meses siguientes cambiaron el ritmo del local. Contrataron a otra técnica y a una auxiliar administrativa de medio tiempo. Ricardo dejó de hacer todas las visitas. María Inés empezó a reservar una mañana a la semana para revisar números sin interrupciones. No siempre lo conseguía.
Había clientes que querían hablar con ella a las siete de la noche y proveedores que solo respondían cuando amenazaba con buscar otra opción. Aprendió a decir que no sin explicar demasiado. También aprendió a preguntar.
Cuando una propuesta no funcionaba, pedía al cliente que le dijera qué necesitaba en realidad. A veces el problema era el precio. Otras, el plazo o la desconfianza que producía una empresa pequeña. No podía corregirlo todo.
Pero dejó de interpretar cada rechazo como una prueba de que no merecía estar allí.
Una mañana, Sergio Aranda llegó sin cita. María Inés estaba revisando un contrato con la contadora. La auxiliar le avisó y ella pidió diez minutos. Cuando salió, encontró al comprador observando uno de los equipos terminados.
—Funcionaron bien —dijo él.
María Inés sintió alivio, aunque los reportes ya eran favorables.
—Me alegra.
Aranda tomó una carpeta de su maletín.
—Van a abrir una convocatoria para proveedores de un grupo más grande. Quiero que se presenten.
Ella recibió la información. No era una orden de compra. Era un proceso que exigiría documentación, capacidad financiera y un sistema de trabajo más sólido del que todavía tenían. Aranda pareció leerle el pensamiento.
—No les estoy prometiendo que ganen.
María Inés sonrió.
—Con que nos dejen competir es suficiente.
Preparar la propuesta les tomó seis semanas. Hubo noches de revisión, presupuestos que cambiaban al conseguir nuevas cotizaciones y una discusión seria sobre cuánto podían crecer sin poner en riesgo lo que ya pagaba las cuentas. Ricardo quería participar. María Inés también. Lo que no quería era ganar un contrato que pudiera hundirlos. Una madrugada cerró la computadora con más fuerza de la necesaria.
—No podemos seguir suponiendo que el próximo pago va a llegar antes que el siguiente gasto.
Ricardo levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos.
—Estoy buscando soluciones.
—Yo también.
El silencio se volvió incómodo. Desde el dormitorio se escuchó el teléfono de Ricardo: una alarma que había programado para recordar una prueba. Eran las cinco y media de la mañana. Ambos miraron el reloj. María Inés se cubrió el rostro. Ricardo se levantó y abrió una ventana. Entró aire frío.
—No vamos a resolverlo sin dormir —dijo.
Ella asintió. Aquella vez dejaron el problema sobre la mesa y se fueron a la cama.
Por la tarde encontraron una alternativa que no habían visto durante la noche.
La convocatoria no la ganaron solos. Se asociaron para ese proyecto con un taller especializado que podía fabricar parte de los componentes. Nexo conservaría el diseño, las pruebas y la atención técnica. María Inés revisó el acuerdo con asesoría externa. Ricardo pasó varios días comprobando la capacidad del taller. El expediente final llevaba cientos de páginas. Lo enviaron una hora antes del cierre.
Después salieron a comprar comida y regresaron sin ganas de hablar de cifras. La respuesta tardó dos meses. Durante ese tiempo siguieron trabajando. Cuando llegó la confirmación de que habían sido seleccionados para una primera etapa, María Inés leyó el correo en silencio. Ricardo estaba al otro lado del escritorio.
—¿Qué pasó?
Ella levantó los ojos. Intentó responder, pero la sonrisa apareció antes. Fue a buscar el teléfono antes de que Ricardo terminara de rodear el escritorio. Quería contárselo a Julia, que acababa de alquilar un pequeño espacio compartido para sus pedidos. Habían pasado de acompañarse en los rechazos a reservar una tarde para celebrar los dos proyectos. Él cruzó la oficina en dos pasos.
La abrazó con tanta fuerza que le hizo reír. Ernesto asomó la cabeza desde el área técnica.
—¿Se descompuso algo o salió bien?
María Inés se separó apenas.
—Salió bien.
Al terminar el segundo año de Nexo, dejaron el local detrás del taller. El nuevo espacio no era enorme, pero tenía un área de pruebas separada, oficinas pequeñas y sitio para almacenar materiales sin bloquear los pasillos. La mudanza duró un fin de semana. María Inés llevó personalmente la placa de la entrada. Ricardo quiso reemplazarla por una más grande. Ella negó.
—Esta se queda adentro.
La colocaron en la sala de reuniones. Todavía tenía una marca junto a una esquina, del día en que se les había resbalado mientras intentaban nivelarla.
No la repararon.
La invitación al encuentro de proveedores llegó en octubre. María Inés debía presentar el caso de crecimiento de Nexo junto con otros directivos. Leyó el programa varias veces. Su nombre aparecía acompañado de una fotografía reciente. Llevaba el cabello suelto, un traje azul y los lentes que utilizaba para trabajar. La primera reacción fue pedir otra imagen. Después cerró el correo.
No había nada malo en aquella. La noche anterior al evento eligió un vestido sobrio y una chaqueta. Dejó unos zapatos de tacón junto a la cama y guardó otros más cómodos en el bolso. Ricardo la observó desde la puerta.
—¿Nerviosa?
—Mucho.
—Lo vas a hacer bien.
Ella siguió acomodando sus cosas.
—Eso dices porque me quieres.
Ricardo se acercó.
—Y porque he tenido que negociar contigo.
María Inés sonrió.
Él la besó en la frente.
En el evento había más personas de las que esperaba. María Inés se colocó el gafete y buscó su mesa. Reconoció a varios compradores y a dos antiguos compañeros de Grupo Mendiola. Uno se acercó a saludarla. Tardó un segundo en identificarla.
—María Inés.
Ella sonrió.
—Hola.
El hombre miró su gafete.
—No sabía que Nexo era de ustedes.
—La fundamos Ricardo y yo.
Se sorprendió de lo fácil que resultaba decirlo. Años atrás habría buscado una manera de decirlo que no pareciera presunción.
Ahora era un dato.
Arturo estaba junto al acceso principal cuando la vio. Había envejecido. María Inés lo notó en la forma de sostener los hombros y en la pausa que hizo antes de acercarse. Él miró el gafete. Después el programa que llevaba en la mano.
—Va a participar.
—Sí.
Arturo asintió. Pareció buscar algo más que decir.
—Me han hablado de sus equipos.
María Inés sostuvo su mirada.
—Estamos trabajando para mejorarlos.
Él observó la sala.
—¿Ricardo vino?
—Está terminando una entrega. Llegará después.
Arturo volvió a mirarla. No había rencor en su rostro, pero tampoco una bienvenida. Ella no intentó llenar el silencio. Una coordinadora se acercó para avisarle que faltaban diez minutos. María Inés se despidió.
Caminó hacia el escenario sin volverse.
Ricardo llegó cuando ella ya estaba hablando. Se quedó junto a una pared, al fondo. María Inés explicaba cómo habían aprendido a rechazar trabajos que no podían cumplir y a calcular el costo de prometer demasiado. Alguien le preguntó cuál había sido su mayor dificultad. Ella apoyó las manos junto al micrófono.
—Dejar de confundir crecer con aceptar todo.
Ricardo sonrió. Después vio a su padre sentado tres filas más adelante. Arturo escuchaba con el programa doblado entre las manos. Al terminar, la sala aplaudió. María Inés buscó a Ricardo y lo encontró al fondo. Su sonrisa cambió. Él levantó una mano. Arturo siguió la dirección de aquella mirada.
Por primera vez vio a su hijo esperando que una mujer terminara de hablar, orgulloso de ella y sin necesidad de ocupar el centro. No se acercó. Se quedó sentado hasta que casi todos abandonaron la sala.
En sus manos, el programa conservaba abierto el nombre de María Inés Salgado.