Capítulo 22 de 25

El apellido en los números rojos

La primera vez que Ricardo escuchó que Grupo Mendiola tenía problemas, no quiso creerlo.

Habían pasado casi tres años desde su renuncia. Nexo ocupaba ya una nave pequeña y tenía dieciocho empleados. No podían compararse con el grupo fundado por Arturo, pero habían conseguido una base estable de clientes, un equipo propio y una línea de dispositivos que comenzaba a venderse fuera del estado. Ricardo seguía recordando la empresa de su padre como un lugar demasiado grande para tambalearse.

Por eso, cuando Ernesto mencionó el retraso en los pagos a un proveedor común, respondió:

—Debe ser un problema administrativo.

El técnico dejó unas piezas sobre la mesa.

—Puede ser.

No discutió. Una semana después llegaron noticias de otro proveedor.

Y luego de un tercero.

María Inés no preguntó en la empresa donde había trabajado. No llamó a sus antiguos compañeros para pedir cifras ni utilizó conversaciones personales para averiguar lo que nadie había publicado. Escuchó lo que llegaba por los canales comerciales y esperó. Ricardo no tuvo la misma paciencia.

Una tarde encontró en una publicación del sector una nota sobre la pérdida de un contrato importante de Grupo Mendiola. La leyó de pie, junto al área de pruebas. Reconocía al cliente. Había participado en las primeras negociaciones años atrás. Buscó otra noticia. Después otra. Cuando María Inés entró, él tenía abiertas varias páginas.

—¿Ya viste esto?

Ella se acercó. Leyó sin tocar la computadora.

—Sí.

Ricardo giró hacia ella.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana.

La respuesta lo irritó más de lo que debía.

—Pudiste decírmelo.

María Inés sostuvo su mirada.

—No sabía si querías que fuera yo quien te trajera cada noticia de tu padre.

Él volvió a mirar la pantalla. La rabia se le deshizo lentamente.

—No sé qué quiero saber —admitió.

Arturo había contratado a un director externo después de asumir la transición. Al principio, los resultados parecieron darle la razón. Se anunciaron nuevos contratos, se ampliaron instalaciones y se compraron equipos para una demanda que todavía no estaba asegurada. El hombre hablaba con seguridad. Arturo, cansado de discutir cada decisión, empezó a delegar más. Los problemas aparecieron en los detalles.

Entregas aceptadas con plazos imposibles. Mantenimiento aplazado. Descuentos que mejoraban las ventas del trimestre y debilitaban los márgenes del siguiente. Cuando se perdió un cliente, el director propuso compensarlo con otro proyecto. Para entonces ya había pagos comprometidos y deudas garantizadas con activos que no podían venderse sin afectar la operación. Nada ocurrió de golpe.

Después de perder la inversión de Alcázar, Arturo había mantenido una expansión demasiado grande para el financiamiento que consiguió en reemplazo. El director externo no creó todas las dificultades: heredó esa exposición y la agravó al vender crecimiento donde faltaban márgenes. Arturo había aprobado los compromisos y tardado en pedir una revisión independiente. Durante meses, cada decisión pareció permitirles llegar a la siguiente semana.

Hasta que dejó de hacerlo.

La llamada de Arturo llegó un martes, después de las nueve de la noche. Ricardo estaba en la cocina cortando verduras mientras María Inés revisaba un libro en el sillón. Vio el nombre en la pantalla. Dejó el cuchillo.

—¿Bueno?

Su padre tardó un momento en responder.

—Necesito hablar contigo.

Ricardo miró hacia la sala. María Inés levantó los ojos.

—Dime.

—En persona.

No había una orden en su voz. Eso lo inquietó más. Acordaron verse el jueves. Cuando terminó la llamada, Ricardo permaneció junto a la mesa.

—Quiere verme.

María Inés cerró el libro, dejando un dedo entre las páginas.

—¿Tú quieres ir?

Él tardó en contestar.

—Sí.

Ella asintió. No preguntó qué esperaba encontrar.

Ricardo todavía no lo sabía.

Eligieron un restaurante tranquilo. Arturo llegó con un maletín que parecía demasiado pesado para su brazo. Ricardo se levantó al verlo. Se saludaron con un apretón de manos. Hacía meses que no estaban solos. El último encuentro había sido breve, durante una comida familiar a la que ambos acudieron por compromiso. Hablaron del clima y de un primo enfermo.

Ahora Arturo dejó el maletín en el suelo y pidió agua. Ricardo esperó.

—La empresa necesita liquidez —dijo su padre.

No hubo un preámbulo. Ricardo apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Cuánta?

Arturo mencionó una cifra. Él no pudo evitar el gesto. Era mucho más de lo que Nexo tenía disponible. Arturo había hablado de dieciocho millones de pesos para cubrir necesidades inmediatas del grupo. La cifra superaba no solo el efectivo disponible: comprometerla habría puesto en riesgo los sueldos y los contratos de Nexo. Ricardo dejó claro que cualquier operación tendría que tener un alcance diferente.

—No puedo prestarte eso.

Su padre bajó los ojos.

—No te estoy pidiendo un préstamo personal.

Sacó una carpeta. La deslizó hacia él. Ricardo no la abrió de inmediato.

—¿Qué es?

—Un resumen de la situación y algunas alternativas.

La carpeta no contenía una instrucción para Ricardo. Su padre esperaba que la abriera.

Había pérdidas, obligaciones próximas y activos que podían venderse. También divisiones rentables arrastradas por otras que consumían recursos. Ricardo reconoció dos errores de los que había advertido antes de marcharse. La satisfacción duró apenas un segundo. Después vio la cantidad de empleos vinculados a aquellas instalaciones. Pensó en los operarios que lo habían acompañado durante sus primeras visitas de planta.

En la mujer que le enseñó a detectar una vibración irregular apoyando los dedos sobre una carcasa. Cerró la carpeta.

—Necesito revisarlo con María Inés.

Arturo se quedó inmóvil. Ricardo lo observó.

—Es mi socia.

—Lo sé.

—Entonces entiendes que no puedo comprometer nada sin ella.

Su padre asintió lentamente.

No era la respuesta que habría dado años atrás.

María Inés leyó el resumen esa misma noche. Ricardo caminaba por la sala mientras ella tomaba notas. No lo interrumpió hasta terminar la última página.

—Con esto no podemos decidir nada.

Él se detuvo.

—Mi padre dice que los números están actualizados.

—Pueden estarlo. Pero necesitamos revisar deudas, garantías, contratos y cuánto dinero exige mantener funcionando lo que compremos.

Ricardo se sentó frente a ella. María Inés dejó el bolígrafo.

—¿Qué estás pensando?

Él miró la carpeta.

—Que podríamos quedarnos con la división de componentes de precisión.

Ella conocía aquella operación. Era una de las partes técnicamente más sólidas del grupo. También necesitaba inversión.

La división tenía veinticuatro trabajadores, dos líneas principales y un inmueble arrendado que no formaría parte de la compra. La propuesta tendría que concentrarse en maquinaria, inventario útil y contratos que pudieran continuar, con las condiciones de empleo y las obligaciones revisadas por los asesores. No estarían adquiriendo un grupo de cuarenta años, sino una operación delimitada que Nexo pudiera integrar.

—¿Para ayudarlo o porque le conviene a Nexo?

Ricardo se pasó una mano por el rostro.

—Todavía no consigo separarlo.

María Inés asintió.

—Entonces empecemos por ahí.

Durante las siguientes semanas trabajaron con asesores financieros y legales. No utilizaron dinero de operación para adelantar pagos. Tampoco prometieron una compra antes de entender qué estarían asumiendo. Arturo permitió revisar la información. Hubo documentos que tardaron en aparecer, contratos con condiciones difíciles y equipos cuyo estado era peor de lo que indicaban los reportes. Ricardo regresó de una visita con el rostro endurecido.

María Inés lo encontró sentado en la sala de reuniones.

—¿Qué pasó?

Él dejó unas fotografías sobre la mesa.

—Cancelaron mantenimiento para mostrar mejores resultados. Ahora dos líneas necesitan reparaciones importantes.

Ella observó las imágenes.

—Eso cambia la valoración.

—Mi padre no quiere aceptarlo.

María Inés tomó asiento.

—Entonces todavía no tenemos un acuerdo.

Ricardo cerró los ojos. La posibilidad de retirarse le dolía.

La de comprometer Nexo por no soportar ese dolor le daba miedo.

La discusión con Arturo llegó el viernes. Se reunieron en las antiguas oficinas de Grupo Mendiola. Ricardo volvió a entrar al despacho donde había trabajado años atrás. Habían cambiado el escritorio, pero conservaban la vista hacia el mismo estacionamiento. María Inés se sentó junto a él. Arturo recibió la propuesta y leyó la primera página. Después levantó el rostro.

—Esto está muy por debajo de lo que vale.

Ricardo respondió con calma.

—Incluye la inversión que tendríamos que hacer y las obligaciones que asumiríamos.

Arturo pasó a la siguiente hoja. Su expresión se endureció.

—Quieren que les entregue lo que construí.

María Inés dejó que terminara. Luego abrió su carpeta.

—Queremos comprar una operación que podamos sostener. No podemos pagar por una capacidad que hoy no está funcionando.

Arturo la miró. Durante un segundo, Ricardo volvió a ver al hombre que había considerado perfecta a una candidata porque pensó que su hijo nunca la desearía. Pero María Inés no bajó los ojos.

—Si encontramos otra estructura viable, la revisaremos —añadió—. Esta es la que podemos respaldar con los números actuales.

Arturo cerró la carpeta.

—Necesito tiempo.

Ricardo sintió el impulso de insistir. María Inés recogió sus documentos.

—Por supuesto. La propuesta tiene una vigencia indicada al final.

Se levantaron.

Esta vez fue ella quien marcó el término de la reunión.

Al llegar al automóvil, Ricardo permaneció unos segundos sin abrir la puerta.

—Odié estar ahí —dijo.

María Inés se quedó a su lado.

—Lo sé.

Él miró el edificio.

—Parte de mí quería firmar cualquier cosa para terminar con su cara de decepción.

Ella tomó su mano.

—Y no lo hiciste.

Ricardo entrelazó los dedos con los suyos. No se sintió vencedor. Sintió cansancio.

También gratitud por no tener que decidir solo.

Arturo llamó seis días después. Esta vez pidió hablar con los dos. Se reunieron en Nexo. El hombre llegó antes de la hora y recorrió el área de producción acompañado por Ernesto. Observó las estaciones ordenadas, los registros de prueba y a una ingeniera explicándole un ajuste a un operario. No encontró lujo. Encontró trabajo que alguien estaba cuidando.

María Inés los esperaba en la sala de reuniones. Sobre la pared conservaban la primera placa del negocio. Arturo se detuvo al verla. Leyó los nombres. Después tomó asiento.

—Quiero revisar su propuesta —dijo.

María Inés abrió la carpeta. Ricardo se sentó a su lado. Su padre apoyó las manos sobre la mesa.

—Esta vez voy a escucharla completa.

Ninguno respondió enseguida.

María Inés acercó el documento y empezó por la primera cifra.