Capítulo 23 de 25

Lo que quedaba por reparar

La reunión terminó tres horas después.

Arturo salió de Nexo con una copia de la propuesta y varias preguntas anotadas al margen. No aceptó todas las condiciones. Tampoco volvió a decir que pretendían arrebatarle lo que había construido. Antes de marcharse se detuvo junto a la puerta de la sala.

—Necesito hablar con ustedes de algo más.

Ricardo levantó la mirada. María Inés permaneció sentada. Arturo sostuvo el portafolio con ambas manos. Parecía buscar una forma de empezar que no lo dejara demasiado expuesto.

—Otro día —dijo al fin—. Cuando esto esté más claro.

Ricardo sintió una decepción que no esperaba. Había pasado años deseando que su padre comprendiera lo ocurrido. Ahora que parecía acercarse, descubría que todavía podía dolerle verlo retroceder. María Inés cerró su carpeta.

—Cuando quiera hablar, puede llamarnos.

Arturo asintió y salió.

La operación tardó cinco meses en concretarse. No bastaba con firmar entre ellos. Había acreedores, contratos que necesitaban autorización para continuar y trabajadores que llevaban semanas escuchando rumores contradictorios. Nexo no podía comprar todo el grupo sin poner en peligro su propia estabilidad. María Inés lo repitió en cada reunión donde alguien propuso ampliar la adquisición antes de tener recursos.

Finalmente, el acuerdo se concentró en la división de componentes de precisión y ciertos activos vinculados a ella. Dos áreas más pequeñas serían vendidas por separado; otras operaciones cerrarían de manera ordenada. El antiguo grupo dejaría de funcionar como una sola empresa. A Arturo le costó aceptar esa parte. A Ricardo también.

Pero conservar el nombre en una puerta no pagaría a los proveedores ni repararía las máquinas.

El precio final de los activos y del inventario útil quedó en seis millones de pesos. Nexo aportaría un millón y medio de sus reservas; el crédito autorizado cubriría tres millones, y el millón y medio restante se pagaría al vendedor durante dos años. El acuerdo separaba el destino del precio de las obligaciones que debían atenderse antes de transmitir los activos.

Además del precio, el plan reservaba novecientos mil pesos para mantenimiento y puesta en marcha, con un calendario que no exigía detener las dos líneas al mismo tiempo. La financiación se apoyaba en el equipo valorado por un tercero y en dos contratos de suministro que habían superado la revisión de los clientes y daban carga inicial a la operación. Uno duraba dieciocho meses; el otro, dos años, con volúmenes mínimos y condiciones de revisión. Ninguno garantizaba que todo saliera bien, pero permitían calcular una capacidad de pago sin depender de ventas imaginarias.

María Inés exigió conservar fuera de la compra una reserva equivalente a cuatro meses de los gastos fijos de Nexo. Si los anticipos o las reparaciones consumían ese dinero, tendrían que reducir el alcance o abandonar la operación. No utilizaron todo lo que tenían. María Inés se negó a dejar a los empleados de Nexo dependiendo de que la operación saliera perfecta.

También pidieron una revisión independiente de los equipos y del costo de ponerlos al día. Hubo una semana en la que pensaron que no llegarían a un acuerdo. Un acreedor exigía condiciones que consumían el margen previsto para mantenimiento. Ricardo volvió a casa con el saco sobre el brazo y el rostro cerrado. María Inés lo encontró sentado en la cocina, sin encender la luz.

—¿Lo dejamos? —preguntó él.

Ella se sentó enfrente. No respondió enseguida. Habían trabajado demasiado para llegar hasta allí. Precisamente por eso necesitaban poder retirarse.

—Si cambia la condición que nos permite pagar sueldos y mantener las líneas, sí.

Ricardo miró la mesa. Luego asintió. Al día siguiente presentaron su última propuesta.

Fue aceptada cuatro días después.

La firma se celebró un martes. No hubo fotografías frente a un logotipo ni una comida para anunciar que todos habían ganado. Había personas perdiendo puestos, proveedores esperando recuperar dinero y un hombre obligado a despedirse de una parte de su vida. María Inés firmó después de Ricardo. Arturo observó su nombre avanzar sobre el papel.

Recordó la carpeta que había abierto durante aquella primera entrevista. La factura duplicada. El anexo sobre las penalizaciones, impreso al reverso de la hoja. La cláusula de aumento de precios que ella encontró después, en otra carpeta. Entonces había visto su capacidad. También había decidido que su apariencia la hacía conveniente. La vergüenza llegó sin darle espacio para apartarla.

Cuando terminaron, los asesores recogieron los documentos. Ricardo se levantó. Su padre tardó un poco más.

—Ya está —dijo Arturo.

Nadie intentó convertir la frase en una celebración.

La primera reunión con los trabajadores fue al día siguiente. Algunos reconocieron a Ricardo en cuanto entró en la planta. Un operario se acercó para saludarlo. Otro permaneció junto a su estación, con los brazos cruzados. María Inés observó los rostros. Había cansancio y una desconfianza que no desaparecería con un discurso.

Ricardo explicó qué parte de la operación continuaría, cuáles eran las prioridades y qué cambios podían confirmar en ese momento. Cuando terminó, María Inés tomó la palabra. Habló de fechas de pago, canales para presentar dudas y revisión de necesidades por turno. No prometió que nadie volvería a pasar dificultades. Prometió algo que podía cumplir:

—Cuando tengamos una decisión que afecte su trabajo, se enterarán por nosotros antes de verla convertida en un rumor.

Un hombre levantó la mano. Preguntó por una máquina que llevaba meses funcionando con un ajuste provisional. Ricardo miró hacia la línea. Sacó una libreta.

La reunión empezó de verdad.

Arturo no conservó un puesto de dirección. El acuerdo le permitió cerrar obligaciones y mantener recursos personales suficientes para vivir sin depender de su hijo. Ricardo se lo había dicho con claridad antes de firmar: no quería verlo desamparado, pero tampoco iba a darle autoridad sobre una empresa que dirigían Ricardo y María Inés, con obligaciones que no dependían de los vínculos familiares.

Su padre aceptó. Lo más difícil vino después. Durante años había organizado sus días alrededor de llamadas, reuniones y problemas que exigían su opinión. Ahora se despertaba temprano sin que nadie lo esperara. Intentó llamar a antiguos colaboradores. Algunos respondieron con afecto. Otros con distancia. Escuchó conversaciones que antes habría interrumpido para atender una llamada.

No siempre le gustó.

La invitación a comer llegó un domingo por la mañana. Arturo llamó a Ricardo.

—Quisiera que vinieran los dos.

Él miró a María Inés, que preparaba café.

—Se lo pregunto.

Su padre guardó silencio un instante.

—Está bien.

Ricardo cubrió el teléfono con la mano. Ella lo observó. No necesitó que explicara de quién se trataba.

—¿Tú quieres ir?

Él asintió. María Inés dejó la taza.

—Entonces vamos.

No lo hizo porque el acuerdo estuviera firmado ni porque Arturo hubiera empezado a tratarla con corrección. Quería escuchar lo que llevaba meses aplazando.

Y quería decidir qué lugar darle sin seguir imaginando la conversación.

La casa parecía más grande con menos gente dentro. Arturo los recibió en la entrada. María Inés llevaba un vestido verde, zapatos bajos y el cabello suelto. No había elegido la ropa para impresionarlo. Ese detalle le dio una tranquilidad que no esperaba. Comieron en una mesa pequeña del comedor.

Al principio hablaron de asuntos sencillos. Una reparación de la casa, el tráfico, un libro que Arturo había empezado y no conseguía terminar. Ricardo respondió con cautela. Después del café, su padre dejó la taza sobre el plato.

—Les debo una disculpa.

María Inés sintió que Ricardo se quedaba quieto a su lado. Arturo miró primero a su hijo.

—Usé la empresa para intentar decidir tu vida. Te amenacé porque estaba convencido de que, si perdías lo que yo te daba, ibas a volver.

Ricardo bajó los ojos. Llevaba años esperando escuchar algo parecido. Ahora no encontraba una respuesta preparada. Su padre continuó:

—Y cuando no volviste, me enojé más. Me resultó más fácil decir que eras un ingrato que preguntarme por qué preferías marcharte.

Ricardo respiró hondo.

—Yo también hice muchas cosas mal.

Arturo levantó una mano, sin imponerse.

—Eso tendrás que decirlo tú cuando corresponda. Hoy me toca a mí.

Después miró a María Inés. Ella dejó las manos sobre el regazo.

—La contraté porque vi que era inteligente —dijo Arturo—. Pero también porque supuse que mi hijo nunca se interesaría en usted.

María Inés sostuvo su mirada. No era una revelación. Escucharlo de su boca, sin embargo, le devolvió de golpe la sala de aquella entrevista.

—Creí que eso me permitía evitar problemas —continuó él—. Nunca pensé en lo que estaba diciendo de usted al hacerlo.

María Inés tardó unos segundos.

—Estaba decidiendo lo que yo valía antes de conocerme.

Arturo bajó la cabeza.

—Sí.

Ella miró la taza. Había deseado que aquel hombre se avergonzara. Ahora que lo veía hacerlo, no sintió el triunfo que había imaginado. Sintió cansancio. Y una tristeza antigua que por fin tenía un lugar donde decirse.

—Me alegra que lo reconozca —respondió—. Pero no me gustaría que pensara que ahora merezco respeto porque la empresa salió bien.

Arturo levantó los ojos. María Inés continuó:

—Lo merecía cuando era su secretaria.

Arturo sostuvo el silencio hasta que ella terminó. María Inés pensó en su madre, que había aprendido a escuchar decisiones que no compartía sin pedirle que regresara a casa. Le costaba menos creer en cambios pequeños que en una declaración perfecta. Él asintió.

—Tiene razón.

Ricardo extendió la mano debajo de la mesa.

Ella la tomó.

No se abrazaron todos al mismo tiempo. Arturo no pidió que olvidaran nada ni llamó a María Inés hija para dar por resuelta una historia. Les preguntó si podría invitarlos otra vez. Ricardo miró a su padre.

—Podemos empezar por eso.

Al despedirse, Arturo acompañó a María Inés hasta la puerta mientras Ricardo recogía un paraguas que había dejado en el estudio.

—Espero poder demostrarle que la escuché —dijo.

Ella lo observó.

—Habrá ocasiones.

Él aceptó la respuesta sin exigir una más cálida. Cuando Ricardo regresó, su padre le puso una mano en el hombro. Le apretó el hombro antes de apartar la mano. Ricardo lo abrazó. Arturo tardó un segundo en responder.

Después lo sostuvo con una fuerza que ya no tenía nada que ver con retenerlo.

Aquella noche, María Inés se sentó en el borde de la cama para quitarse los pendientes. Ricardo apareció detrás de ella con dos vasos de agua. Dejó uno sobre la mesa.

—Gracias por ir.

Ella lo miró a través del espejo.

—También necesitaba decir algunas cosas.

Él asintió. María Inés se quitó los lentes y los dejó junto al vaso. Ricardo se sentó a su lado. Permanecieron un rato sin hablar. Luego él tomó su mano.

—Quiero preguntarte algo. Pero no hoy.

Ella giró hacia él.

—Eso es una manera terrible de empezar.

Ricardo sonrió, nervioso. María Inés lo observó unos segundos. Después miró el cajón de su mesa de noche. Él siguió la dirección de sus ojos y soltó una risa de derrota.

—No sabes disimular —dijo ella.

—Antes creía que sí.

María Inés acarició sus dedos. No abrió el cajón. Lo besó y apoyó la cabeza en su hombro.

Por una vez, dejaron una conversación para otro día sin que ninguno estuviera huyendo de ella.