Capítulo 24 de 25

Con mi nombre verdadero

Ricardo no abrió el cajón al día siguiente.

Tampoco el miércoles. El jueves por la noche, María Inés dejó un libro sobre la cama y lo observó mientras él buscaba una camisa limpia.

—Si esperas encontrar un momento sin trabajo pendiente, vamos a envejecer aquí.

Ricardo se volvió. Ella tenía los lentes puestos y una sonrisa apenas contenida.

—No estaba esperando eso.

—Entonces deja de revisar ese cajón cuando crees que no te veo.

Él miró hacia la mesa de noche. Después se sentó junto a ella. Giró la caja entre los dedos antes de hablar. María Inés cerró el libro.

La broma había terminado.

Ricardo sacó una caja pequeña. No la abrió enseguida.

—Lo compré hace dos meses —admitió.

Ella bajó la mirada hacia sus manos.

—¿Antes de terminar la operación?

—Sí.

María Inés sintió una emoción cálida, seguida de un nerviosismo que le resultó casi juvenil. Habían compartido deudas, cansancio, contratos y una casa. Sabía cómo reaccionaba Ricardo cuando un cliente cancelaba y cuánto tardaba en hablar después de una discusión. Aun así, aquella caja cambiaba el peso del silencio.

—¿Por qué esperaste?

Él la miró.

—Al principio pensé que debía tener todo resuelto. La compra, la integración, las cuentas.

María Inés sonrió suavemente. Ricardo continuó:

—Después me di cuenta de que podía pasarme la vida preparando una ocasión en la que nada pudiera salir mal.

Ella le tomó una mano. Él abrió la caja. El anillo era sencillo. Una piedra pequeña, sostenida por un aro sin adornos excesivos. María Inés lo observó sin tocarlo.

—Quiero casarme contigo —dijo Ricardo—. Si tú también quieres.

Ella levantó los ojos. No había padres esperando una respuesta ni una empresa que conservar.

Solo él.

María Inés respiró hondo. Había imaginado una propuesta semejante antes de conocer a Ricardo, cuando el amor todavía le parecía algo que podía mantenerse lejos de sus problemas. Luego había llegado aquella historia con sus noches, sus secretos y el daño que ambos tuvieron que aprender a mirar. No todo estaba olvidado.

Había días en que una pregunta sobre sus horarios le provocaba una tensión que debía explicar. A veces Ricardo se impacientaba y ella confundía el enojo con una retirada. Lo hablaban. Algunas veces mal. Volvían a intentarlo. María Inés miró el anillo.

—Sí —respondió.

Ricardo dejó salir el aire con una risa nerviosa. Ella le sostuvo el rostro antes de que intentara sacar la joya.

—Pero no quiero una boda que tenga que agradecerle a nadie.

Él asintió.

—La pagaremos nosotros.

—Ni decisiones tomadas porque alguien diga que así se ve mejor.

—De acuerdo.

Ella sonrió.

—Y quiero probarme ese anillo antes de que sigas prometiendo cosas.

Ricardo se rio.

Le temblaron un poco los dedos al colocárselo.

Julia recibió la noticia en una videollamada. María Inés levantó la mano frente a la cámara. Su amiga guardó silencio durante un segundo. Después gritó tan fuerte que Ricardo apareció en la puerta.

—¿Pasó algo?

—Nada —respondió María Inés, riéndose—. Creo que aprobó.

Julia se limpió una lágrima y señaló la pantalla.

—Más te vale no hacerla organizar sola la boda.

Ricardo levantó ambas manos.

—Lo escuché.

—Era la intención.

Cuando él se retiró, Julia se quedó mirando a su amiga.

—¿Estás feliz?

María Inés bajó los ojos al anillo. Se tomó tiempo para responder.

—Sí.

Julia sonrió.

María Inés acercó la mano a la cámara para enseñarle mejor el anillo.

Arturo recibió la noticia durante una comida de domingo. Ricardo la dijo sin preparar un discurso. Su padre miró la mano de María Inés y se levantó. Esta vez esperó antes de acercarse. Ella abrió los brazos. Arturo la abrazó con cuidado.

—Me alegra mucho —dijo.

Después abrazó a su hijo. Volvieron a sentarse. Durante el café, ofreció ayudarlos con los gastos. Ricardo miró a María Inés. Ella dejó la taza.

—Gracias. Ya estamos preparando un presupuesto.

Arturo asintió. No insistió. Unos minutos después preguntó si podía regalarles la comida de una de las reuniones familiares previas. María Inés sonrió.

—Eso sí podemos aceptarlo.

La conversación siguió.

El ofrecimiento no volvió a convertirse en una forma de participar en cada decisión.

Eligieron una parroquia distinta de aquella donde Ricardo había iniciado los trámites con Rebeca. María Inés había sido clara desde el principio. No quería caminar por un lugar organizado alrededor de un compromiso anterior ni sentir que estaba ocupando el sitio de otra mujer. Ricardo estuvo de acuerdo. Acudieron juntos a la oficina parroquial, pidieron la información necesaria y empezaron a reunir los documentos.

Durante la preparación matrimonial tuvieron conversaciones menos agradables que elegir flores. Hablaron de dinero, hijos, fidelidad y de lo que cada uno entendía por acompañar al otro. Una noche salieron de una sesión discutiendo sobre los horarios de trabajo. Ricardo consideraba normal responder a ciertos clientes durante la cena. María Inés recordó tres comidas interrumpidas en una semana. Llegaron a casa todavía molestos.

El anillo no los volvió pacientes de inmediato. Terminaron sentados en la cocina, acordando qué llamadas podían esperar y qué harían cuando alguno necesitara una excepción.

Al acostarse, María Inés miró su mano sobre la almohada.

La boda tendría ciento cuarenta invitados. A María Inés le pareció una multitud. A Ricardo, una lista sorprendentemente breve. La diferencia les costó una tarde de discusión y dos hojas tachadas. Invitaron a familiares, amigos y compañeros cercanos. Algunos empleados de Nexo asistirían con sus parejas; otros preferían no mezclar trabajo y celebraciones. Nadie recibió la invitación como una obligación.

María Inés revisó los nombres con Julia. Su madre estaría en la primera fila. Habían hablado de la entrada a la iglesia y de la ausencia de su padre sin fingir que otra persona podía ocupar su lugar.

—Yo quiero verte entrar como tú decidas —le dijo por teléfono—. No tienes que hacerme una ceremonia para demostrar que me quieres.

María Inés lloró después de colgar. No habían dejado de discutir; estaban aprendiendo a reconocerse sin exigir una obediencia como prueba de cariño.

—Antes habría querido que fueran todos los que alguna vez me miraron por encima del hombro —admitió.

Su amiga levantó la vista.

—¿Y ahora?

María Inés tomó una tarjeta. En el centro aparecían los nombres de ambos.

—Ahora me preocupa pagar comida para gente que no quiero ver.

Julia se rio.

Eliminaron a otras seis personas.

La elección del vestido fue más difícil. La primera tienda tenía espejos tan grandes que María Inés sintió que había entrado a una habitación llena de versiones de sí misma. La asesora empezó a explicarle qué modelos ocultaban mejor ciertas partes del cuerpo. Julia abrió la boca, pero María Inés se adelantó.

—No quiero empezar por lo que debo ocultar.

La mujer se detuvo. Después asintió y cambió la pregunta.

—¿Qué le gustaría ponerse?

María Inés miró los vestidos. Tardó en responder. Estaba acostumbrada a vestirse para pasar inadvertida o para atraer miradas. Elegir sin obedecer a ninguno de esos extremos exigía una atención nueva. Probó varios modelos. Descartó uno porque no podía sentarse cómoda y otro porque el peso le cansaba los hombros.

El que eligió tenía una caída suave, la cintura definida y un escote delicado. Podía caminar sin recoger toda la falda. Cuando salió del probador, Julia dejó de hablar. María Inés se volvió hacia el espejo. No imaginó lo que dirían los demás.

Se quedó observándose hasta sonreír.

La fotografía de su compromiso apareció en una publicación empresarial. Ellos no la habían enviado, pero un conocido la compartió después de felicitarlos y terminó acompañando una nota sobre Nexo. María Inés recibió el enlace en su teléfono. En la imagen llevaba una blusa roja, el cabello suelto y los lentes graduados de armazón oscuro y fino que había comprado meses atrás.

Ricardo tenía una mano apoyada en su espalda. Debajo había comentarios amables y algunas preguntas. Uno mencionaba a Rebeca. María Inés cerró la página. Ricardo la encontró seria durante la cena. Ella le mostró el enlace. Él leyó en silencio.

—Lamento que esto vuelva a alcanzarte.

María Inés dejó el teléfono.

—No quiero pasarme la vida discutiendo con desconocidos para demostrar que tengo derecho a estar contigo.

Ricardo asintió. No publicaron una explicación. Pidieron que corrigieran un dato comercial equivocado en la nota y continuaron con su noche. Aun así, María Inés tardó en dormirse. Había cosas que podía elegir no alimentar sin que dejaran de dolerle. Rebeca se enteró por la misma fotografía. La observó sentada en la terraza de su departamento. Reconoció a María Inés antes de leer el nombre.

La secretaria. Durante un momento recordó los cafés, la agenda y las llamadas para fijar citas con la organizadora. Sintió rabia. Después cansancio. Habían pasado años. Su vida había seguido, aunque no del modo que esperaba cuando devolvió aquel anillo. Abrió la conversación con Ricardo. No escribían desde los últimos trámites de cancelación. Empezó una frase, la borró y dejó el teléfono sobre la mesa.

No necesitaba ofrecerles su aprobación. Tampoco quería volver a entrar en aquella historia. Se levantó para atender una llamada de trabajo.

La fotografía quedó atrás, apagada en la pantalla.

Faltando una semana para la boda, Arturo llevó a Nexo una caja de madera. Dentro había un reloj antiguo.

—Era de mi padre —le explicó a Ricardo—. Me gustaría que lo usaras ese día.

Su hijo lo tomó con cuidado. El cristal tenía una marca pequeña cerca del borde.

—Gracias.

Arturo lo observó unos segundos. Después miró a María Inés.

—Quería preguntarte algo.

Ella dejó el documento que revisaba.

—Dígame.

El hombre respiró hondo.

—Si te parece bien, quisiera acompañarte hasta la entrada de la iglesia. Solo hasta donde tú quieras.

María Inés sintió un nudo en la garganta. No tenía por qué responder enseguida. Arturo pareció comprenderlo.

—Puedes pensarlo.

Ella miró a Ricardo y luego volvió hacia él.

—Me gustaría que nos acompañara a los dos.

Arturo bajó los ojos.

Asintió antes de poder hablar.

La víspera de la boda, María Inés se quedó con Julia. No por una obligación, sino porque deseaba compartir aquella noche con la amiga que había escuchado todas sus versiones. El vestido colgaba cerca de la ventana. Sobre una mesa estaban los pendientes, los zapatos y un estuche de lentes de contacto. Julia lo señaló.

—¿Te vas a quitar los lentes?

María Inés asintió.

—Quiero ver bien sin estar limpiándolos cada vez que llore.

Su amiga sonrió.

—Suena prudente.

María Inés guardó también sus lentes en el bolso. No pensaba pasar el resto de su vida sin ellos. Solo había elegido cómo quería verse aquella mañana. El teléfono vibró. Un mensaje de Ricardo.

¿Puedo preguntarte algo?

Ella sonrió. Depende. La respuesta llegó enseguida.

¿Mañana me vas a decir tu nombre?

María Inés soltó una carcajada que hizo volverse a Julia. Después escribió:

María Inés Salgado. Procura recordarlo. Vas a escucharlo en la iglesia.

Ricardo respondió:

Es mi parte favorita.

Ella dejó el teléfono junto a la cama. Durante un rato contempló el vestido. Por primera vez no necesitaba imaginarse distinta para creer que alguien podía elegirla. Apagó la luz y cerró los ojos. Al día siguiente acudiría con su propio nombre.

Y pensaba quedarse hasta después del desayuno.