Capítulo 25 de 25

La mujer completa

María Inés despertó antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Después vio el vestido junto a la ventana y escuchó a Julia moverse en la habitación contigua. Se quedó boca arriba, mirando el techo. Había llegado el día.

No sintió una felicidad perfecta. Tenía nervios, la boca seca y una lista de detalles que intentó abrirse paso en su cabeza: las flores, los invitados, las llaves que había dejado en otro bolso. Entonces sonrió. Por una mañana, otras personas se ocuparían de resolver cosas. Se levantó.

En el espejo del baño encontró su rostro recién despierto, el cabello desordenado y una pequeña marca de la almohada sobre la mejilla. Durante años había mirado aquella imagen como algo que debía corregir antes de permitir que alguien la viera. Esta vez se lavó la cara y abrió la puerta.

—¿Hay café?

Julia apareció con una taza. Su madre llegó poco después con una bolsa de pan y el bolso que pensaba llevar a la iglesia. Se abrazaron en la entrada. La mujer le apartó del rostro un mechón y retiró la mano antes de decidir cómo debía peinarse.

—Tu papá habría querido estar aquí —dijo.

—Ya sé.

No intentaron convertir la falta en otra cosa. Desayunaron juntas hasta que Julia anunció que la maquillista estaba por llegar.

—He previsto lo indispensable.

Ricardo llevaba diez minutos peleándose con la corbata cuando Arturo llegó. Su padre observó el nudo, dejó una caja sobre la mesa y se acercó.

—Así vas a terminar estrangulándote.

Ricardo bajó las manos. Arturo deshizo el nudo con paciencia. Durante un momento volvieron a ser dos personas que se conocían desde antes de aprender a hacerse daño.

—¿Dormiste? —preguntó el hombre.

—Poco.

—Todavía puedes llegar con sueño. Con esa corbata, no.

Ricardo se rio. Arturo terminó y dio un paso atrás. Luego abrió la caja del reloj que Ricardo había dejado preparada sobre la mesa desde la noche anterior. Su hijo se lo colocó en la muñeca. Ricardo le dio cuerda antes de ajustar la correa. El mecanismo marcó los segundos con un sonido tenue.

—Mi padre lo usaba para ir a la fábrica —dijo Arturo—. Se lo quitaba antes de acercarse a las máquinas.

Ricardo observó el cristal gastado.

—Voy a cuidarlo.

Arturo asintió.

Había muchas cosas que ya no podía entregarle sin condiciones escritas. Aquel reloj, por fortuna, era una de las pocas que todavía podían pasar de una mano a otra sin convertirse en una deuda.

A media mañana, María Inés se sentó frente al espejo. La maquillista le preguntó qué quería. Ella miró los colores extendidos sobre la mesa.

—Que se me vea a mí.

Eligieron tonos suaves. El cabello quedó suelto, recogido apenas a los lados, sin una peluca debajo del velo. Cuando se puso el vestido, Julia dejó de dar instrucciones. Se acercó para abrochar los últimos botones y luego apoyó las manos sobre los hombros de su amiga. María Inés levantó los ojos. No necesitó preguntar. Julia ya estaba llorando.

—Todavía no —dijo María Inés, aunque también se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Voy a estar así todo el día. Organízate.

Se abrazaron con cuidado de no arrugar demasiado la tela.

Después Julia le entregó el ramo.

Arturo la esperaba en la entrada de la iglesia. Al verla bajar del automóvil, se enderezó. María Inés caminó hacia él acompañada de Julia. Llevaba el velo recogido y una mano apoyada sobre la falda. El hombre la miró con una emoción que ya no intentó disimular.

—Estás hermosa.

Ella sonrió.

—Gracias.

Arturo le ofreció el brazo, pero esperó a que fuera ella quien lo tomara. Caminaron unos pasos hasta el pórtico. Ricardo estaba allí. Habían decidido entrar juntos. Cuando la vio, dejó de mirar todo lo demás. María Inés se detuvo frente a él.

—Hola.

Ricardo soltó una risa que se le quebró un poco.

—Hola.

Arturo se apartó lo suficiente para dejarlos acercarse. Su hijo le puso una mano en el hombro. Ricardo le apretó el hombro antes de dejarlo pasar. El hombre entró primero para ocupar su lugar. Ricardo ofreció el brazo a María Inés.

Ella lo aceptó.

Caminaron despacio. A los lados estaban las personas que habían elegido acompañarlos: Julia, familiares, amigos y compañeros que conocían el negocio desde sus primeras facturas. Ernesto se había puesto un traje que no parecía permitirle respirar. Patricia sonreía desde una de las bancas. María Inés vio aquellos rostros y sintió que la iglesia se hacía menos grande.

Su madre estaba junto a Julia. Al cruzarse sus miradas, levantó un poco la mano. María Inés le respondió sin soltar el brazo de Ricardo. Ricardo se inclinó apenas.

—¿Estás bien?

Ella asintió. Esa pregunta todavía podía recordarle otras épocas. La diferencia estaba en que él esperaba su respuesta y no pretendía conocerla de antemano.

—Sí —susurró—. Ahora sí.

Llegaron juntos al altar.

María Inés escuchó su nombre completo durante la ceremonia. Lo había oído en entrevistas, reuniones y documentos. Esa mañana tenía otro peso. Ricardo pronunció sus votos con la voz firme al principio. Se le quebró al mirarla. Ella sostuvo sus manos. Cuando llegó su turno, respiró hondo antes de hablar.

No pensó en la mujer de los bares ni en la secretaria que escondía el rostro detrás de unos lentes. Recordó mañanas concretas. Ricardo inclinándose sobre una máquina. Una mesa sostenida con cartón. La primera vez que le había permitido estar enojada sin intentar convertirlo todo en un beso. Recordó también lo difícil. No lo apartó.

Aquello formaba parte del camino que los había llevado hasta allí, aunque no tuviera que dirigir el resto de sus vidas. Terminó sus votos sin soltarle las manos. Después intercambiaron los anillos. Al salir, la luz le hizo entrecerrar los ojos. Julia le acomodó el velo mientras los invitados se acercaban. Hubo abrazos, fotografías y una niña que preguntó si podía tocar la falda.

María Inés se agachó un poco para permitírselo. Ricardo la observó desde unos pasos de distancia. Arturo estaba a su lado.

—La quieres mucho —dijo su padre.

Ricardo no apartó los ojos de ella.

—Sí.

Arturo tardó unos segundos en continuar.

—Me alegra que no hayas esperado mi aprobación para vivir.

Su hijo volvió hacia él. El hombre sostuvo su mirada.

Ricardo lo abrazó antes de responder.

La recepción se celebró en un jardín. Había mesas bajo una cubierta clara, flores de temporada y espacio suficiente para bailar sin que nadie tuviera que moverse entre las sillas. María Inés había rechazado tres propuestas de decoración porque no quería gastar el equivalente a varios meses de sueldo en algo que se desmontaría antes del amanecer. Ricardo la apoyó.

Luego discutieron veinte minutos por una pista de baile un poco más grande. Ella ganó. Al llegar y verla llena de amigos, él admitió que había sido una buena inversión.

—Puedes ponerlo por escrito —respondió María Inés.

Ricardo levantó su copa.

—Hay demasiados testigos.

Arturo pidió la palabra después de comer. Se levantó con un vaso de agua. Ricardo sintió una tensión inmediata. Su padre lo vio y sonrió apenas.

—Voy a ser breve.

Las conversaciones fueron apagándose. Arturo miró a los dos.

—Durante mucho tiempo confundí cuidar a mi hijo con decidir por él.

No elevó la voz. Tampoco contó detalles que no pertenecían a los invitados.

—Hoy les agradezco que me hayan permitido volver a acercarme. Y les deseo una vida en la que sepan escucharse, sobre todo cuando resulte difícil.

Levantó el vaso. María Inés sintió que Ricardo buscaba su mano bajo la mesa.

Ella entrelazó los dedos con los suyos.

Julia habló después. Sacó una hoja doblada y la miró. Luego volvió a guardarla.

—Había escrito algo precioso, pero Inés va a notar que lo practiqué.

Los invitados se rieron. María Inés se cubrió el rostro.

—Mi amiga lleva años resolviendo cosas —continuó Julia—. Problemas, cuentas, errores ajenos. Me alegra verla hoy acompañada de alguien que está aprendiendo a no dejarle todo ese trabajo.

Ricardo asintió entre las risas. Julia levantó la copa.

—Por ustedes. Y porque sigan teniendo ganas de volver a la misma casa después de discutir.

María Inés la abrazó antes de que pudiera sentarse.

Cuando empezó la música, Ricardo se levantó y le ofreció la mano. Ella dejó la servilleta.

—¿Ya?

—La pista fue idea tuya.

María Inés se puso de pie. Bailaron despacio al principio. El vestido se movía alrededor de sus piernas. Ricardo le sostenía una mano y apoyaba la otra en su espalda.

—¿Qué estás pensando? —preguntó él.

Ella lo miró.

—Que mañana alguien va a llamarnos por una entrega.

Ricardo soltó una carcajada.

—El teléfono estará apagado.

—Lo voy a comprobar.

Él la acercó un poco. María Inés descansó la mejilla junto a su rostro.

Se quedaron así hasta que Julia los interrumpió para llevarse a la novia y la música cambió.

Horas después, María Inés había dejado los zapatos debajo de su silla. Bailó con Julia, con Ernesto y con Arturo, que al principio negó saber hacerlo y después mostró una seguridad que Ricardo aseguró no haber heredado. Se rio hasta que le dolió la cara. Cuando fue al baño a acomodarse el cabello, encontró el estuche de sus lentes dentro del bolso.

Los lentes de contacto empezaban a molestarle. Se lavó las manos, se los quitó y los guardó en su estuche antes de ponerse los lentes graduados. Al regresar al jardín, Ricardo la vio acercarse.

—Mucho mejor —dijo ella, acomodándose el armazón.

Él sonrió.

—¿Ahora sí me ves bien?

María Inés lo observó de arriba abajo. La corbata estaba floja. El cabello, despeinado. Tenía una pequeña mancha de salsa en el puño.

—Perfectamente.

Lo besó antes de que pudiera arreglarse.

Se marcharon cuando el jardín empezaba a vaciarse. No los esperaba un automóvil distinto al que utilizaban cualquier semana. Habían elegido comprarlo cuando Nexo pudo sostenerlo sin comprometer nada importante. Ricardo abrió la puerta. María Inés recogió la falda y se sentó. Antes de arrancar, él la miró.

—¿A dónde quiere ir, señora Salgado?

Ella levantó una ceja.

—A dormir. Suena poco misterioso, pero estoy agotada.

Ricardo se rio. Salieron con las ventanillas un poco abiertas. María Inés apoyó la cabeza en el asiento y extendió la mano entre ambos.

Él la tomó mientras esperaban en un semáforo.

Años después, la fotografía de aquella mañana seguiría en una repisa de su casa. Nexo crecería con nuevos contratos, errores costosos y decisiones que no siempre saldrían como esperaban. La división adquirida a Grupo Mendiola terminaría integrada bajo su dirección, y el apellido del fundador dejaría de figurar sobre la entrada de la planta. Arturo seguiría visitándolos algunos domingos. Aprendería a preguntar antes de aconsejar.

María Inés conservaría sus lentes, sus vestidos y algunas pelucas que utilizaría cuando le diera la gana. Habría noches de baile y otras en las que se quedaría dormida con un informe abierto sobre las piernas. Ricardo seguiría encontrándola distinta de vez en cuando. Ya no porque necesitara descubrir un secreto. Porque vivir con alguien también consistía en prestarle atención. Pero todo eso vendría después.

Aquella primera mañana de casados, María Inés despertó con el cabello extendido sobre la almohada. Ricardo seguía dormido. Se levantó para beber agua y volvió unos minutos más tarde, llevando los lentes puestos y una camisa de él. Cuando se metió en la cama, Ricardo abrió los ojos.

—Pensé que te habías ido.

María Inés sonrió.

—Fui a la cocina.

Él le apartó un mechón del rostro. Sobre la mesa de noche estaban el anillo, el reloj antiguo y dos teléfonos apagados. Ella se acomodó a su lado. No tenía que salir antes del amanecer. Tampoco vestirse para convertirse en otra. Ricardo le besó la frente y volvió a cerrar los ojos. María Inés miró la luz que entraba entre las cortinas. Después lo abrazó.

Tenían tiempo para el desayuno.

Fin.