Capítulo 1 de 25
La casa donde nunca amanecía
La primera vez que Raúl vio a Alexandra, ella llevaba un zapato negro y otro café. Estaba junto al escritorio de la maestra, con las manos sujetando una mochila demasiado grande. Tenía siete años y observaba el salón como si necesitara encontrar una salida antes de decidir dónde sentarse.
Raúl tenía la misma edad. Su cumpleaños había sido en marzo; el de ella sería al comenzar diciembre.
—Ella es Alexandra —anunció la profesora—. Quiero que la hagan sentir bienvenida.
Un niño señaló sus zapatos. Dos compañeros rieron. Raúl apartó del pupitre la bolsa donde llevaba su desayuno.
—Aquí hay lugar.
Alexandra caminó hasta él sin levantar la cabeza. Cuando se sentó, acomodó los pies debajo de la silla. Raúl abrió su cuaderno.
—A mí se me rompió la suela ayer —dijo—. Mi mamá la pegó, pero dice que no corra.
Ella lo miró por primera vez.
—¿Y no corres?
—Cuando me ve, no.
Alexandra sonrió. Aquel gesto pequeño fue el principio de una amistad que, durante años, ninguno de los dos supo cuánto iba a necesitar.
* * *
Vivían en Los Sauces, una colonia en las afueras de una ciudad del centro de México. El nombre prometía árboles que casi nadie había visto. Había calles sin pavimentar, techos de lámina y una zanja que se desbordaba durante las lluvias.
La madre de Raúl, Teresa, lavaba ropa ajena y vendía tamales los domingos. Su padre trabajaba como ayudante de albañil cuando conseguía obra. En su casa el dinero alcanzaba unas veces para carne y otras para frijoles, pero siempre había alguien que preguntara cómo le había ido en la escuela. Alexandra vivía tres calles más abajo, detrás de una tienda con anuncios desteñidos.
Su madre había muerto unos meses antes de que ella cambiara de primaria. Al principio, cuando alguien preguntaba, respondía que estaba en el cielo. Después dejó de responder. Le molestaba que los adultos dijeran que desde allá la cuidaba: si podía verla, ¿por qué no regresaba cuando su padre llegaba borracho?
Ernesto había sido cargador en el mercado. Tras la muerte de su esposa faltó cada vez más al trabajo, hasta que dejaron de llamarlo. Bebía desde la mañana y responsabilizaba a todo el mundo de su desgracia.
A Alexandra le correspondía adivinar su humor por el sonido de la llave. Si tardaba en abrir, venía demasiado ebrio. Si golpeaba la puerta antes de buscarla, venía furioso.
Si entraba callado, ella no sabía qué esperar, y eso era todavía peor. Raúl tardó en comprenderlo. Solo notaba que su amiga nunca quería ir a casa después de clases.
—Vamos a buscar piedras para la carretera —proponía ella.
Su carretera era una línea trazada con un palo en un terreno baldío. Ponían cajas de cartón como casas y tapas de refresco como coches. A veces construían una ciudad entera antes de que una pelota o un perro la destruyeran.
Alexandra siempre hacía la misma casa: grande, con jardín y una puerta pequeña dibujada en el frente.
—¿Por qué tan chiquita? —preguntó Raúl.
—Para que no entre cualquiera.
—¿Yo puedo?
Ella puso una tapa azul junto a la entrada.
—Tú tienes llave.
* * *
Una tarde, Alexandra llegó al terreno con la manga del uniforme estirada hasta los dedos. Raúl quiso darle una piedra lisa que había encontrado.
Ella levantó la mano para recibirla y él vio la marca.
—¿Te caíste?
Alexandra bajó el brazo.
—Sí.
—¿Dónde?
—En mi casa.
Raúl tenía ocho años. No entendía por qué ella había bajado el brazo.
—¿Contra qué?
Ella lo miró con una expresión que él recordaría mucho tiempo después.
—No le digas a nadie.
No prometió nada. Salió corriendo a buscar a su madre. Teresa escuchó sin interrumpirlo. Después fue a la casa de Ernesto.
Raúl esperó sentado en la banqueta de enfrente. Alcanzó a oír voces, una silla arrastrándose y a su madre diciendo:
—Es una niña.
Aquella noche Alexandra cenó con ellos. Se quedó mirando el plato de sopa hasta que Teresa le acercó una cuchara.
—Come, hija. Se enfría.
Antes de dormir, Alexandra le preguntó a Raúl por qué había hablado. Él estaba acostado en un colchón junto a la cama que le habían prestado.
—Porque te dolía.
—Ahora se va a enojar más.
Raúl no encontró respuesta. Al día siguiente, Teresa acudió a la escuela y pidió ayuda. Hubo entrevistas, una visita al domicilio y unos días en casa de una tía materna. Los adultos hablaban en voz baja de trámites, de responsabilidades y de quién podía hacerse cargo.
La tía tenía cuatro hijos, un cuarto disponible y un marido que pronto empezó a protestar. Ernesto apareció sobrio, con una bolsa de pan. Prometió dejar de beber. Alexandra regresó con él.
Durante unas semanas, la promesa pareció verdadera. Luego Raúl volvió a verla esperando en el terreno baldío hasta que oscurecía.
* * *
A los doce años, Alexandra había aprendido a llevar una vida que sus compañeros apenas imaginaban. Sabía limpiar una herida, ocultar unas monedas y calcular cuánto tiempo podía durar un kilo de arroz. Reconocía los pasos de su padre desde el extremo de la calle.
También sabía reír. Con Raúl corría detrás del camión de los helados aunque no tuvieran dinero. Inventaban historias sobre los vecinos y competían para ver quién resolvía primero las multiplicaciones. A ella se le daban mejor las palabras; a él, las cuentas.
En la escuela, Alexandra participaba en todas las representaciones. Una vez interpretó a una niña que buscaba a su madre entre las estrellas. Había olvidado parte del texto, pero improvisó una pregunta que dejó callado el salón:
—Si me quieres tanto, ¿por qué tengo que buscarte yo?
La maestra aplaudió primero. Raúl la esperó detrás del escenario con una flor hecha de papel.
—Parecías de la televisión.
Alexandra tomó la flor.
—Algún día voy a salir ahí.
—¿En una novela?
—En películas. Y voy a cantar.
—Entonces necesitarás alguien que venda los boletos.
—Tú los vendes.
Él aceptó con la solemnidad de quien acababa de conseguir su primer empleo.
* * *
Durante la adolescencia, Alexandra comenzó a recibir una atención que no había pedido. Las compañeras admiraban su cabello y le preguntaban qué usaba para cuidarse la piel. Muchachos de otros grupos buscaban cualquier pretexto para hablarle. Algunos hombres mayores la miraban de una manera que la hacía acelerar el paso.
Teresa le enseñó que no tenía obligación de sonreírles.
—Que alguien te mire no le da derecho a nada.
Alexandra asentía, aunque empezaba a descubrir otra cosa: una sonrisa podía conseguirle un trato distinto. En la papelería le perdonaban unas monedas. En las fiestas siempre encontraba quien quisiera invitarle un refresco. La dueña de una boutique del centro le ofreció trabajo los sábados, acomodando ropa y mostrando vestidos a las clientas.
Allí conoció un mundo que hasta entonces solo había visto en anuncios. Mujeres que elegían prendas sin revisar el precio. Bolsas que costaban más que varios meses de comida. Conversaciones sobre viajes, restaurantes y casas donde cada hija tenía su propia habitación.
Una clienta devolvió un vestido porque el tono no combinaba con los asientos de su automóvil. Alexandra pasó el resto de la tarde pensando en aquella frase.
Esa noche encontró a su padre dormido junto a una botella vacía. Había gastado parte del dinero que ella guardaba para sus útiles.
No lloró. Se sentó en la orilla de su cama y escribió en la última página de un cuaderno: Me voy a ir de aquí. Debajo añadió:
Y nunca voy a volver a vivir así.
* * *
Raúl dejó la preparatoria durante el segundo semestre. Su padre se había lesionado la espalda y Teresa ya no podía sostener sola la casa. Entró a trabajar en un taller y por las noches ayudaba a descargar mercancía.
Alexandra lo veía pasar con las manos lastimadas y manchas de aceite en la ropa.
—Vas a enfermarte —le decía.
—Cuando junte un poco, regreso a estudiar. Ella quería creerle. Sin embargo, había escuchado aquella promesa en demasiadas casas del barrio.
A los dieciocho años consiguió empleo de tiempo completo en la boutique y empezó a ahorrar para rentar una habitación. Su padre intentó quitarle el sueldo una noche. Alexandra salió antes de que pudiera alcanzarla y se refugió con Teresa.
Esta vez no regresó a vivir con él. Raúl la ayudó a trasladar sus cosas: dos bolsas de ropa, los documentos de su madre y una caja de zapatos llena de recuerdos.
Dentro estaba la flor de papel. Él la reconoció.
—Todavía la tienes.
—Claro.
Raúl sostuvo la caja con más cuidado. Durante el camino sintió que algo podía comenzar. Alexandra era adulta, había conseguido salir de aquella casa y él llevaba meses preparando unas palabras que nunca se atrevía a decir.
Esperó hasta cumplir veinte años, en marzo.
* * *
La invitó a caminar hasta la cancha donde habían jugado de niños. Llevaba dos refrescos y una cajita de cartón. Alexandra había salido del trabajo. Se sentó en las gradas, se quitó un zapato y estiró el pie dolorido.
—Hoy una señora compró ropa para ir a París —contó—. Gastó en una hora lo que yo gano en medio año.
Raúl dejó los refrescos entre ambos.
—Algún día podrás ir.
—Eso espero.
Él le entregó la caja. Dentro había una pulsera sencilla. Alexandra sonrió y le pidió que la ayudara a ponérsela. Raúl cerró el broche. Después mantuvo las manos sobre sus propias rodillas para ocultar que temblaban.
—Estoy enamorado de ti.
Ella dejó de mirar la pulsera.
—Raúl…
—No tienes que contestarme ahorita. Solo quería que lo supieras. Quiero estar contigo. Trabajar, conseguir una casa. Casarnos algún día, si tú quieres.
Alexandra contempló la cancha vacía. Había imaginado aquella conversación. También había ensayado una respuesta menos dolorosa que la que terminó dando.
—Te quiero muchísimo.
Él esperó.
—Pero como amigo.
Raúl bajó la mirada.
—Podríamos intentarlo.
—No sería justo.
—¿Por qué?
Alexandra apretó los labios.
—Porque yo quiero otra vida.
—Yo también.
—Una vida con dinero, Raúl. Con mucho dinero. Estoy cansada de contar monedas, de tener miedo cuando se descompone algo, de trabajar todo el día para seguir sin nada.
—Podemos salir adelante.
Ella lo miró con ternura. Raúl esperó el resto de la respuesta.
—Tú eres bueno. Siempre has sido bueno conmigo. Pero no quiero casarme para seguir viviendo igual que mi madre.
—Yo nunca te trataría como tu padre la trató.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero seguiríamos siendo pobres.
Raúl apartó uno de los refrescos para que ella no lo viera temblar. Alexandra quiso terminar pronto. Al buscar una frase definitiva, encontró la más cruel.
—Yo merezco un hombre que me saque de aquí. Tú nunca vas a dejar de ser un muerto de hambre.
En cuanto lo dijo, quiso recoger las palabras.
—Perdón. No debí…
Raúl se puso de pie. Ella intentó devolverle la pulsera.
—Quédatela —respondió él.
No discutió. Tampoco le preguntó cuánto dinero hacía falta para merecerla. Caminó hasta su casa con la cajita vacía en el bolsillo.
Dos semanas después se fue del barrio. Teresa lo abrazó en la terminal y le acomodó el cuello de la camisa.
—Busca una vida buena, hijo.
Raúl prometió llamarla al llegar. Cuando el autobús arrancó, vio alejarse las calles donde había aprendido a jugar, trabajar y querer a Alexandra.
Imaginó su regreso: un coche frente a la boutique, ropa nueva, dinero suficiente para que ella no tuviera miedo del futuro.
Todavía podía escucharla diciendo que lo quería. Se aferró a esa parte. La otra, la que debía haberlo hecho detenerse, la convirtió en una promesa.
Volvería rico. Y entonces, pensó, Alexandra ya no tendría ninguna razón para rechazarlo.