Capítulo 2 de 25

Las cuentas del amor

El cuarto que Raúl rentó al llegar a la capital tenía una ventana que daba a una pared. La dueña lo llamó habitación interior. Él pensó que era una forma amable de decir que allí nunca entraba el sol.

Había una cama individual, una silla de plástico y un armario cuyo espejo estaba partido en una esquina. Para bañarse debía cruzar un patio y esperar a que alguno de los otros huéspedes desocupara el baño.

Dejó su mochila sobre el colchón. Había llevado tres mudas de ropa, los documentos de la escuela y una fotografía de sus padres. En el bolsillo de su pantalón todavía estaba la caja vacía de la pulsera.

La puso sobre el armario. Luego salió a buscar trabajo.

* * *

Durante la primera semana, Raúl aprendió a reconocer una negativa antes de escucharla. La mirada que bajaba hasta sus zapatos. La pausa al llegar al apartado de estudios. El cambio de tono cuando explicaba que había dejado la preparatoria.

—Buscamos a alguien con experiencia.

—La vacante ya se cubrió.

—Déjanos tu número.

En una tienda de electrodomésticos le ofrecieron vender a comisión. En un almacén le exigieron disponibilidad completa para un sueldo que apenas cubriría el cuarto y la comida.

Terminó en la cocina de un restaurante, lavando platos. El encargado, un hombre llamado Óscar, lo vio trabajar durante una hora antes de aceptarlo.

—Aquí se viene a aguantar —le advirtió—. Si faltas el sábado, el lunes ya tengo a otro.

Raúl asintió. Al terminar su primer turno tenía los dedos arrugados y la camisa húmeda. Caminó hasta el cuarto porque el dinero del transporte podía servirle para desayunar.

Llamó a Teresa desde la cama.

—Ya conseguí trabajo.

—¿Te tratan bien?

—Sí, mamá.

—¿Y estás comiendo?

Miró la bolsa de pan que había comprado.

—También.

Teresa guardó silencio un momento.

—No tienes que resolver la vida en una semana.

Raúl sonrió, aunque ella no podía verlo.

—Voy a estar bien.

Después buscó el nombre de Alexandra en el teléfono. La conversación seguía donde la habían dejado: un mensaje de ella preguntándole si había llegado y una respuesta suya diciendo que sí.

Escribió: «Ya estoy trabajando». Antes de enviarlo añadió: «Esto apenas empieza».

* * *

Consiguió un segundo empleo limpiando un taller mecánico antes del amanecer. El propietario necesitaba que alguien barriera, acomodara herramientas y retirara los trapos sucios. Cuando supo que Raúl había trabajado en un taller, empezó a dejarle tareas de ayudante.

De cinco a nueve estaba allí. A las diez entraba al restaurante. Al principio, el cansancio le pareció una prueba que podía superar con voluntad. Se levantaba al primer sonido de la alarma y pensaba en Alexandra entrando en una casa con jardín.

Imaginaba una cocina donde nunca faltara comida, un dormitorio amplio y un automóvil que no se descompusiera. Cada objeto tenía un precio.

Cada precio, una cantidad de jornadas. Compró un cuaderno para hacer las cuentas. En la primera página escribió cuánto ganaba. Debajo restó renta, comida, transporte y lo que enviaría a su madre.

El resultado lo dejó inmóvil. Revisó las operaciones. No había ningún error. Incluso trabajando los siete días de la semana, tendría que ahorrar durante años para comprar una vivienda modesta. Y aquella vivienda seguía estando muy lejos de las que Alexandra miraba en las revistas de la boutique.

Dobló la esquina de la página. Decidió que todavía le faltaba trabajar más.

* * *

Los domingos ayudaba en una bodega a descargar cajas. Fue allí donde conoció a Julián, un hombre que tenía un ojo ligeramente desviado y llevaba fotografías de sus hijos dentro de la funda del teléfono.

Compartían el descanso sentados en unos escalones.

—¿Para qué estás juntando? —preguntó Julián.

—Para una casa.

—Buena meta.

Raúl dudó antes de añadir:

—Y para casarme.

Julián le mostró la fotografía de una niña sin los dos dientes delanteros.

—Yo me casé debiendo la cama. Todavía la estábamos pagando cuando nació esta.

Raúl miró la imagen.

—Ella quiere otra cosa.

—¿Tu novia?

—Todavía no es mi novia.

Julián guardó el teléfono.

—Entonces primero averigua si quiere casarse contigo. Raúl se levantó al escuchar que llegaba otro camión.

—Ya sé lo que quiere.

Durante toda la tarde evitó volver a sentarse junto a él.

* * *

Alexandra respondía sus mensajes con cariño. Le preguntaba por Teresa, por el cuarto, por sus trabajos. A veces enviaba una fotografía desde la boutique, mostrando un vestido que le habían permitido probarse.

Raúl las miraba al terminar la jornada. Una noche recibió una en la que ella llevaba un vestido verde y estaba frente a un espejo de cuerpo entero.

«¿Cómo me veo?»

Él escribió: «Hermosa». Alexandra contestó con una sonrisa. Raúl volvió a abrir el cuaderno. Había comenzado a consultar precios de coches, departamentos y viajes. No porque pudiera comprarlos, sino porque necesitaba saber qué debía alcanzar.

Encontró el costo aproximado de una semana en París. Lo comparó con sus ahorros. Después cerró el teléfono y se quedó mirando el techo hasta que sonó la alarma.

* * *

A los cuatro meses en la capital, el cuerpo comenzó a cobrarle lo que él se negaba a reconocer. Se quedó dormido en el transporte y llegó tarde al restaurante. Se cortó un dedo al lavar un cuchillo. Una mañana perdió fuerza en los brazos mientras levantaba una caja y tuvo que apoyarla en el suelo.

Óscar lo encontró sentado junto a los fregaderos.

—¿Estás enfermo?

—No. Ya sigo.

—Así no me sirves.

Raúl se levantó demasiado rápido. El piso pareció inclinarse. El encargado lo sostuvo del hombro. Le permitieron salir antes, descontándole las horas.

En el consultorio de una farmacia le recomendaron comer mejor y descansar. Raúl pagó la consulta con el dinero que había apartado para ahorrar esa semana.

Regresó al cuarto antes del anochecer. Era la primera vez en meses que estaba allí a esa hora. Escuchó a una pareja discutir al otro lado de la pared por una cuenta de electricidad. Más lejos, alguien calentaba aceite y sonaba una televisión.

Había dejado Los Sauces para escapar de una vida que parecía haberse mudado con él. Abrió su cuaderno y tachó la cantidad prevista para aquel mes.

* * *

La oferta llegó una noche en el restaurante. Un cliente habitual lo encontró sacando bolsas de basura por la puerta trasera. Se llamaba Fabián y siempre pagaba con billetes nuevos.

—Tú trabajas demasiado —le dijo.

Raúl acomodó una bolsa dentro del contenedor.

—Hace falta.

—Yo podría conseguirte algo mejor.

Fabián mencionó un sueldo que superaba lo que Raúl ganaba con sus tres empleos. No explicó con claridad las tareas. Habló de acompañar personas, estar disponible y no hacer preguntas innecesarias.

—¿Qué negocio es? —preguntó Raúl.

Fabián sonrió.

—Uno donde se paga bien.

Le entregó una tarjeta con un número escrito a mano. Raúl la guardó. Esa noche la dejó junto al cuaderno y pasó casi una hora mirándola. Recordó a su padre devolviendo una cartera encontrada en una obra. Adentro había dinero suficiente para pagar varias deudas.

También recordó a Alexandra diciendo que él nunca dejaría de ser pobre. Tomó la tarjeta. La rompió en cuatro pedazos. A la mañana siguiente llegó al taller antes que todos.

* * *

Fue el dueño del taller quien le habló de Estados Unidos. Su hermano había regresado después de varios años trabajando en el campo. Había comprado un terreno y estaba construyendo una casa para sus hijos.

—Allá también se sufre —aclaró—. Pero si consigues trabajo y te administras, puedes juntar más.

Raúl empezó a preguntar. Escuchó historias de jornadas agotadoras, sueldos retenidos, habitaciones compartidas y personas que no habían podido volver para despedir a sus padres. Otros hablaban de ahorros, negocios pequeños y casas terminadas.

Nada se parecía a las películas. Aun así, por primera vez las cuentas mostraban una diferencia. No una fortuna inmediata. Una posibilidad.

Consiguió el contacto de un hombre que cobraba por llevar personas al otro lado de la frontera. Cuando escuchó el precio, sintió que le vaciaban los bolsillos antes de empezar.

Pasó semanas reuniendo lo que faltaba. Vendió su teléfono, conservó uno usado y renunció al cuarto para dormir unos días en un espacio que le prestaron en el taller.

Antes de viajar, volvió a Los Sauces.

* * *

Teresa lloró cuando se lo dijo. No intentó impedirle salir. Le pidió que comprendiera lo que estaba arriesgando.

—No sabes quiénes son esas personas, Raúl.

—Conozco a alguien que llegó con ellos.

—Eso no significa que tú vayas a llegar.

Él sostuvo las manos de su madre.

—Aquí no estoy avanzando.

—Sí estás avanzando. Estás vivo. Tienes trabajo. Puedes estudiar después.

Raúl miró hacia el patio. Teresa no necesitó que pronunciara el nombre.

—¿Todavía es por Alexandra?

—También quiero ayudarlos a ustedes.

—Yo no te pedí que pusieras tu vida en peligro.

Aquella frase lo acompañó cuando salió a buscar a su amiga.

* * *

Alexandra lo recibió en la habitación que rentaba cerca de la boutique. Tenía unas cortinas amarillas, una mesa pequeña y un florero sin flores. Raúl sintió alivio al comprobar que ya no debía escuchar la llave de Ernesto.

Ella le sirvió café.

—Estás más delgado.

—He trabajado mucho.

Le explicó que se iría a Estados Unidos, que tenía una posibilidad de trabajar en el campo y que pensaba ahorrar durante varios años.

Alexandra dejó la taza sobre la mesa.

—¿De verdad te vas?

—Sí.

—¿Y vas a regresar?

Raúl la miró.

—Quiero regresar por ti.

Ella se quedó callada. Él sacó del bolsillo una hoja con las cuentas que había hecho. No se la mostró. La mantuvo doblada entre las manos.

—Aquí no pude juntar lo que necesitaba. Allá puedo hacerlo. No será rápido, pero voy a volver con dinero para comprarnos una casa. Para darte una vida buena.

Alexandra se acercó a la ventana. Pensó en las clientas que llegaban a la boutique acompañadas de hombres capaces de resolver cualquier gasto. Pensó también en Raúl, trabajando hasta enfermarse, y sintió una ternura que se parecía demasiado a la culpa.

—No quiero que me prometas algo imposible —dijo.

—No lo haría.

Ella volvió hacia él.

—Entonces te voy a esperar.

Raúl levantó la cabeza.

—¿Y te casarías conmigo?

Alexandra sostuvo su mirada.

—Sí. Cuando regreses y podamos vivir como siempre hemos querido.

Lo abrazó. Él cerró los ojos y apoyó la cara en su cabello. Había imaginado aquel abrazo durante meses, pero nunca había pensado que necesitaría despedirse para conseguirlo.

Antes de irse, vio la pulsera en la muñeca de Alexandra. La esperanza le impidió preguntar por qué su promesa de matrimonio empezaba con una condición.

Dos días después subió a otro autobús. Esta vez llevaba menos ropa y casi ningún dinero. Habían pasado siete meses desde su salida de Los Sauces. Seguía teniendo veinte años y calculaba que regresaría antes de cumplir veintitrés.

En el bolsillo guardaba una fotografía que Alexandra le había dado. Detrás, ella había escrito: Te espero. Raúl pasó el pulgar sobre las dos palabras.

Por primera vez desde la cancha, creyó que ya no estaba huyendo de un rechazo. Creyó que iba camino a una vida que ambos habían elegido.