Capítulo 3 de 25

La distancia entre dos promesas

Durante el viaje, Raúl llevaba la fotografía de Alexandra dentro de la camisa. La sacaba cuando el autobús se detenía y los pasajeros bajaban a comprar comida. Volvía a leer las dos palabras del reverso, aunque ya conocía la inclinación de cada letra.

Te espero. Había llamado a Teresa antes de salir de la terminal. Le prometió avisarle en cuanto pudiera. No había podido prometerle que regresaría pronto.

Ahora miraba por la ventana los terrenos secos y las casas dispersas, tratando de calcular cuánto tiempo tardaría en volver convertido en el hombre que Alexandra deseaba.

Dos años, pensaba. Quizá tres. Todavía medía el futuro con la confianza de quien nunca había tenido que vivir lejos de todo lo que conocía.

* * *

Al llegar a la frontera, el hombre al que había pagado dejó de parecerle una solución. No era el mismo que había hablado con él por teléfono. Aquel tenía una cicatriz junto a la oreja y consultaba mensajes mientras recibía a los viajeros.

—Guarden sus cosas. Después les dicen qué sigue.

Raúl preguntó cuánto faltaba. El hombre lo miró sin responder. Los alojaron en una construcción donde las colchonetas estaban tendidas directamente sobre el suelo. Había familias, jóvenes solos y una mujer que sostenía una bolsa de medicamentos.

Raúl se sentó junto a un hombre de unos cincuenta años.

—¿Es la primera vez? —le preguntó este. Él asintió.

—Yo soy Efraín.

Se estrecharon la mano. Efraín llevaba años trabajando por temporadas en Estados Unidos. Había regresado a México para cuidar a su esposa durante una operación y ahora necesitaba volver a ganar dinero.

—Allá no te esperan con los brazos abiertos —dijo—. Pero a veces uno encuentra quién le eche la mano.

Raúl observó la puerta cerrada.

—¿Y si no encontramos?

Efraín acomodó una chamarra debajo de su cabeza.

—Entonces más te vale no andar solo.

* * *

Del cruce, Raúl conservaría recuerdos desordenados. El frío que no esperaba. El cansancio acumulado. Una mujer preguntando por su hermano. El miedo a que el grupo continuara sin quien se quedara atrás.

En algún momento perdió una de las bolsas que llevaba. No se detuvo a buscarla. Cuando finalmente llegó al lugar donde los recogieron, tenía los labios resecos y una ampolla abierta en el talón. Efraín caminaba a su lado, apoyándose por momentos en su hombro.

Nadie celebró. Solo pidieron agua. Raúl había imaginado que sentiría alivio al llegar a Estados Unidos. Lo primero que sintió fue vergüenza de necesitar que un desconocido le ayudara a subir a una camioneta.

Lo segundo fue la urgencia de llamar a su madre.

* * *

El teléfono prestado tenía la pantalla quebrada. Teresa respondió después del primer timbrazo.

—¿Raúl?

Al escucharla, él tuvo que apretar la mandíbula.

—Ya llegué, mamá.

Ella empezó a llorar. Su padre tomó el teléfono para preguntarle si estaba herido.

—Estoy bien —respondió—. Nomás cansado.

No les habló de la bolsa perdida ni de las horas en que había creído que no podría seguir. Después llamó a Alexandra. Ella estaba saliendo del trabajo.

—¡Llegaste! —exclamó—. Estaba preocupadísima.

Raúl cerró los ojos. Por unos segundos pudo imaginarla junto a él.

—¿Ya tienes dónde quedarte?

—Un señor me está ayudando.

—¿Y trabajo?

Miró a Efraín, que esperaba sentado al otro lado del cuarto.

—Lo estamos viendo.

Alexandra guardó silencio.

—Cuídate mucho —dijo después—. Y no te olvides de mí.

Raúl sonrió por primera vez en varios días.

—Por eso estoy aquí.

* * *

Efraín conocía a un trabajador agrícola llamado Tomás. Fue él quien consiguió que los recibieran en una vivienda compartida cerca de una zona de cultivos en California.

Raúl durmió en una litera, en un cuarto donde había otras cinco personas. El primer amanecer escuchó alarmas antes de las cuatro.

Nadie hablaba demasiado. Se vestían, calentaban café y preparaban comida para llevar. Tomás le prestó un sombrero.

—Hoy vas a sentir que no puedes —le advirtió—. Mañana también. Luego aprendes a moverte.

Raúl creyó que exageraba. Antes del mediodía tenía la espalda endurecida y las piernas temblorosas. Trabajaba con la vista fija en las manos de los demás para entender cómo completar la tarea sin retrasarse.

El sol no se parecía al que había conocido caminando hacia el restaurante. Allí no podía buscar sombra cuando quisiera. Durante el descanso, se sentó con dificultad.

Efraín le pasó una botella.

—No te acabes la comida tan rápido.

Raúl masticó despacio. A unos metros, una mujer hablaba por teléfono con su hija. Le preguntaba si había hecho la tarea y fingía no estar cansada.

Reconoció aquella forma de mentir. Era la misma que él había usado con Teresa.

* * *

El primer pago fue menor de lo que había imaginado. Entre el alojamiento, la comida, los traslados y una deuda pendiente del viaje, apenas conservó una parte.

Se quedó mirando los billetes extendidos sobre la cama. Efraín se sentó frente a él.

—Los primeros meses son para acomodarte.

—Necesito juntar.

—Todos necesitamos.

Raúl sacó su cuaderno. Las páginas estaban dobladas y una tenía una mancha de humedad. Anotó lo recibido y restó los gastos. Por primera vez, las cuentas le permitían ahorrar más que en México. Sin embargo, todavía estaba muy lejos de aquella fortuna que había prometido.

—¿Cuánto quieres llevarte? —preguntó Efraín.

Raúl mencionó una cantidad. El hombre levantó las cejas.

—¿Vas a comprar una casa o toda la calle?

Raúl cerró el cuaderno.

—Quiero que a alguien no le falte nada.

Efraín lo observó.

—Eso no tiene una cifra, muchacho.

* * *

Alexandra recibió el primer dinero que Raúl le envió un viernes. No era una cantidad grande. Él insistió en que comprara algo para ella.

«La casa va aparte», escribió.

Alexandra permaneció un rato frente a la pantalla. Le había prometido esperarlo, y cuando lo hizo había sentido ilusión. Podía imaginarlo regresando, comprando una vivienda y llevándola lejos de Los Sauces.

Pero la distancia tenía una forma incómoda de alargar las semanas. Su vida seguía transcurriendo entre el mostrador de la boutique y la habitación con cortinas amarillas.

Raúl hablaba de ahorros. Las clientas hablaban de temporadas en Europa. A veces, al escucharlas, Alexandra sentía que estaba desperdiciando algo que no podría conservar para siempre.

Su belleza llamaba la atención. Lo sabía por las miradas, por los cumplidos y por la facilidad con que ciertas puertas parecían entreabrirse cuando ella sonreía.

No quería llegar a los cuarenta contando historias sobre lo que habría podido hacer. Guardó la mayor parte del dinero y compró unos zapatos para una audición.

Todavía no se lo dijo a Raúl. La oportunidad llegó por medio de Inés, una clienta que organizaba eventos.

Inés había trabajado durante años para patrocinadores de espectáculos. Sabía reconocer el interés de un empresario en una artista y se había acostumbrado a no averiguar de dónde salía cada pago. Aquel hábito le daba trabajo; también le permitía decirse que no intervenía en nada más.

Necesitaba una joven que presentara una pequeña gala y cantara durante la recepción.

—Te he escuchado cuando acomodas ropa —le dijo—. Tienes buena voz.

Alexandra soltó una risa nerviosa.

—No he cantado frente a tanta gente.

—Entonces ya es hora.

La dueña de la boutique le permitió cambiar el turno. Durante varios días, Alexandra ensayó en su habitación con una pista musical que reproducía desde el teléfono. Grababa su voz, escuchaba los errores y volvía a empezar.

La tarde del evento se arregló frente al espejo pequeño del baño. Se recogió el cabello y luego volvió a soltarlo. Llevaba los zapatos nuevos y un vestido prestado.

Antes de salir encontró un mensaje de Raúl.

«Hoy trabajé más horas. Este mes voy a guardar un poco más».

Alexandra respondió:

«Qué bueno. Estoy orgullosa de ti».

Después apagó la pantalla. No quería pensar en cuánto tiempo seguiría diciéndole lo mismo.

* * *

En California, Raúl también había encontrado una oportunidad. Tomás lo recomendó para ayudar durante algunos fines de semana en otro cultivo. El trabajo adicional significaba menos descanso, pero él aceptó antes de preguntar cuánto pagarían.

Efraín lo encontró preparando su comida de madrugada.

—¿Cuándo vas a dormir?

—En diciembre, cuando haya menos trabajo.

—¿Y si te lastimas antes? Raúl ajustó la tapa del recipiente.

—No me voy a lastimar.

Efraín no discutió. Le acercó una naranja. Mientras esperaba el transporte, Raúl abrió la fotografía de Alexandra. Las esquinas comenzaban a gastarse.

Imaginó que ella estaría durmiendo, con la pulsera junto a la cama. Pensó en llamarla al terminar, contarle cuánto había juntado y preguntarle cómo quería la cocina de su casa.

Ese pensamiento le permitió levantarse cuando llegaron por él.

* * *

Alexandra terminó de cantar entre aplausos. Al principio había sentido las manos frías. Después encontró un rostro atento entre las mesas y cantó mirándolo, hasta olvidar que había otras personas.

Inés la recibió detrás de una cortina.

—¿Ves? Te dije.

Le entregó un sobre. Alexandra contó el dinero y levantó la cabeza, sorprendida. Por una sola noche había ganado una parte considerable de su sueldo mensual.

Quiso llamar a Raúl. Entonces Inés le tocó el brazo.

—Hay alguien que quiere saludarte.

La condujo hasta una terraza apartada. Un hombre de traje oscuro estaba junto a la baranda. No parecía necesitar que nadie lo presentara para sentirse dueño del lugar.

Cuando Alexandra se acercó, él guardó el teléfono.

—Cantas muy bien.

—Gracias.

—¿Te dedicas a esto?

—Trabajo en una boutique. Esto fue una oportunidad. El hombre la observó con atención.

—Las oportunidades tienen que repetirse para servir de algo.

Inés permanecía un paso detrás de Alexandra, sonriente y silenciosa.

—Conozco personas que podrían escucharte —continuó él—. Productores. Gente de cine.

Alexandra sintió que la terraza se volvía más pequeña.

—Siempre he querido actuar.

—Se te nota.

Él pidió a un empleado que les trajera algo de beber. Alexandra miró hacia el salón. Las mujeres llevaban joyas que nunca había visto de cerca; los hombres hablaban como si el dinero fuera un asunto que otros resolvían por ellos.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó.

El hombre extendió la mano.

—Gerardo.

Ella se la estrechó. En California, Raúl acababa de completar otra jornada. Sentado en el borde de su litera, escribió un mensaje antes de acostarse:

«Hoy pensé mucho en nosotros».

El teléfono de Alexandra vibró dentro de su bolso. Estuvo a punto de sacarlo. Gerardo le preguntó qué papel le gustaría interpretar en una película.

Alexandra dejó de buscar el teléfono y empezó a responder.