Capítulo 4 de 25

Lo que no estaba en el contrato

Alexandra respondió el mensaje de Raúl pasada la medianoche.

«Yo también pensé en ti».

Antes de enviarlo, lo leyó dos veces. Había pasado las últimas horas conversando con Gerardo en la terraza del hotel. Él le preguntó por sus estudios, por su trabajo y por las canciones que le gustaban. La escuchaba sin consultar el teléfono y sin intentar impresionar a nadie.

No necesitaba hacerlo. Los empleados se acercaban a su mesa antes de que levantara la mano. Inés medía sus palabras al hablarle. Incluso los invitados que parecían importantes aguardaban un momento oportuno para saludarlo.

Cuando Alexandra mencionó que tenía que irse, Gerardo pidió que la llevaran. El automóvil se detuvo frente a su edificio. El conductor esperó hasta verla entrar.

En la habitación, ella se quitó los zapatos nuevos y encontró una pequeña herida en el talón. Sobre la mesa seguía el sobre del pago.

Lo abrió otra vez. Después miró las cortinas amarillas, la humedad junto al techo y el cable que sostenía una de las puertas del armario.

Aquella noche había descubierto que podía ganar más. También había conocido a alguien capaz de decidir cuánto.

* * *

Gerardo llamó tres días después.

—Hay un productor que puede escucharte.

Alexandra se sentó en la cama.

—¿De verdad?

—El jueves. Si te interesa.

—Tengo trabajo.

—Puedes pedir permiso.

Lo dijo con tanta naturalidad que ella sintió vergüenza de haber mencionado el problema. En la boutique, la dueña torció la boca al escucharla.

—Ya te cambié un turno la semana pasada.

—Puedo reponerlo el domingo.

—Todas quieren ser actrices, Alexandra. Luego regresan buscando el empleo que dejaron.

Ella sostuvo la mirada.

—Todavía no lo he dejado.

La mujer terminó aceptando. El jueves, Alexandra llegó a un estudio en la capital acompañada por Inés. Había viajado temprano, con un vestido doblado dentro de una bolsa para que no se arrugara.

El productor se llamaba Darío Beltrán. La hizo cantar, leer una escena y repetirla con distintas intenciones. Alexandra salió convencida de que había cometido demasiados errores.

Gerardo la esperaba en una oficina.

—¿Cómo te fue?

—No sé.

Darío entró detrás de ella.

—Tiene presencia. Le falta preparación, pero puede trabajar.

Gerardo sonrió.

—Entonces que se prepare.

Alexandra miró a uno y a otro. Habían hablado de su futuro en menos de un minuto.

* * *

Durante los meses siguientes, la vida comenzó a cambiar con una velocidad que Alexandra no sabía explicar. Primero llegaron las clases de canto. Después, actuación, dicción, piano y sesiones de fotografía. El instrumento le costaba más que cantar: durante meses tuvo que practicar escalas antes de acompañarse con una melodía sencilla.

Gerardo pagaba. Cuando ella preguntó cómo iba a devolverle el dinero, él respondió:

—No te preocupes por eso ahora.

Inés se convirtió en su acompañante habitual. Organizaba horarios, recogía llamadas y le recordaba que una oportunidad podía perderse por llegar cinco minutos tarde.

Alexandra trabajaba en la boutique durante la semana y viajaba cuando conseguía permiso. Dormía poco. En las clases descubrió que ser hermosa no bastaba. Su voz se quebraba al intentar ciertas notas. En actuación exageraba los gestos y necesitaba repetir una escena hasta veinte veces.

Una profesora la detuvo frente al resto del grupo.

—Deja de mirarte desde afuera. Escucha a la persona que tienes enfrente.

Aquella observación le molestó durante días. Después empezó a servirle. Por primera vez, Alexandra tenía algo concreto que aprender para acercarse a la vida que quería.

* * *

Raúl la llamaba los domingos. Ella le contaba parte de lo que hacía.

—Estoy tomando clases.

—Qué bueno. Siempre dijiste que querías cantar.

—También de actuación.

Raúl sonrió al otro lado de la línea.

—¿Te acuerdas de la obra de las estrellas?

Alexandra se quedó callada un instante.

—Sí.

—Yo voy a comprar el primer boleto cuando salgas en una película.

Ella soltó una risa.

—Te lo voy a regalar.

No le habló de Gerardo. Al principio se dijo que todavía no había nada que explicar. Luego pensó que Raúl se preocuparía sin necesidad. Finalmente dejó de buscar una razón.

Simplemente omitía el nombre. Raúl hablaba de las temporadas de trabajo, de Efraín y de cuánto había logrado ahorrar. Seguía enviando dinero a Teresa y guardaba el resto.

—Ya pagué la deuda del viaje —le anunció una tarde.

Alexandra lo felicitó. Él parecía feliz. Ella se alegró por él y, al mismo tiempo, sintió una impaciencia que prefirió no examinar.

* * *

Gerardo le pidió que cenaran a solas después de una sesión de fotografías. El restaurante tenía una entrada lateral. No hubo espera ni preguntas.

Alexandra llevaba un vestido que él le había enviado esa mañana. La tela caía con precisión sobre su cuerpo adulto y le permitía moverse sin acomodarla constantemente.

Gerardo la observó al sentarse.

—Te queda mejor de lo que imaginaba.

—Gracias.

Durante la cena hablaron de una audición para un papel pequeño en una película. Después, él colocó sobre la mesa una caja.

Alexandra no la abrió.

—¿Qué es?

—Un regalo.

Dentro había un reloj. Ella lo reconoció por haberlo visto en una revista que una clienta dejó en la boutique. Cerró la caja despacio.

—No puedo aceptarlo.

—Ya has aceptado otras cosas.

La frase hizo que levantara la mirada. Gerardo bebió un poco de agua.

—Tenemos que hablar con claridad.

Alexandra apoyó las manos sobre el regazo. Él le contó que estaba casado. Su esposa se llamaba Beatriz. Tenían dos hijos y no pensaba abandonar a su familia.

—Entonces, ¿qué quieres de mí?

—Que estés conmigo.

Alexandra miró hacia la puerta. Hasta ese momento había permitido que la relación permaneciera sin nombre. Las atenciones podían parecer generosidad. Los regalos, apoyo. Las invitaciones, interés profesional.

Gerardo acababa de quitarle esas explicaciones.

—No sería una relación pública —añadió—. Tú tendrías tu carrera. Yo me ocuparía de que llegara lejos.

—¿Y qué esperas a cambio?

—Fidelidad. Discreción.

Ella rozó la caja con un dedo.

—No quiero vivir escondida.

—Vas a aparecer en todas partes. Lo que nadie tiene que saber es quién está contigo cuando se apagan las cámaras.

* * *

Aquella noche, Alexandra pidió tiempo. Gerardo no se molestó.

—Piénsalo bien —respondió—. No quiero que después digas que no entendiste.

Durante el trayecto de regreso, ella llamó a Inés.

—¿Tú sabías?

La mujer tardó en contestar.

—Sabía que le gustabas.

—Está casado.

—Nunca te dijo que no lo estuviera.

Alexandra sintió ganas de arrojar el teléfono.

—¿A qué se dedica realmente? Hubo otro silencio.

—Tiene empresas.

—Eso ya lo sé.

Inés bajó la voz.

—También tiene gente a la que no conviene contrariar.

Al día siguiente, Alexandra insistió hasta obtener una respuesta más precisa. Gerardo dirigía una organización criminal.

La revelación no llegó acompañada de un expediente ni de una confesión. Llegó en frases incompletas, en advertencias y en el miedo con que Inés miró alrededor antes de hablar.

—Puedes volver a tu trabajo —le dijo—. Todavía puedes.

Alexandra quiso creer que aquella frase no llevaba urgencia.

* * *

Dejó pasar una semana. Volvió a la boutique, donde una clienta le pidió otra talla sin apartar los ojos del teléfono. La dueña le recordó que no podía seguir faltando. Esa noche encontró un aumento en el recibo de la electricidad y calculó qué tendría que dejar de comprar.

Raúl llamó. Le contó que Efraín estaba enfermo y que entre varios compañeros habían reunido dinero para ayudarlo.

—¿Sacaste de tus ahorros? —preguntó ella.

—Un poco.

—Raúl, tú también los necesitas.

—Él me ayudó cuando llegué.

Alexandra miró el reloj que todavía estaba dentro de su caja.

—¿Cuánto tiempo crees que falta para regresar?

Él respiró antes de responder.

—Más del que pensé.

Ella cerró los ojos.

—Entiendo.

No era completamente cierto. Comprendía las cuentas. Lo que no soportaba era que las cuentas siguieran decidiendo su vida.

* * *

Se encontró con Gerardo una tarde en una casa a las afueras de la capital. Pidió hablar antes de aceptar cualquier cosa.

—Sé a qué te dedicas.

Él no intentó negarlo.

—Entonces ya no tenemos que fingir.

Alexandra sintió frío en las manos.

—¿Mi carrera sería de verdad?

—Vas a estudiar, trabajar y hacer lo que te pidan los directores. Yo puedo conseguir que te escuchen. Después tendrás que sostenerte frente a una cámara.

—¿Y el dinero?

—No tendrás que preocuparte por el dinero.

—No quiero que parezca que alguien me mantiene.

Gerardo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—La gente verá tus contratos, tus películas y tus discos.

Alexandra imaginó ese nombre en una marquesina.

—Pero nadie puede saber de nosotros —continuó él—. Ni tus amigas. Ni alguien de tu pasado.

Ella pensó en Raúl. Gerardo advirtió la vacilación.

—¿Hay alguien?

Alexandra tardó demasiado en responder.

—Un amigo de la infancia.

—¿Solo un amigo? Podía contarle la verdad. Podía decir que un hombre estaba trabajando lejos porque ella le había prometido casarse con él.

Miró el jardín detrás del cristal.

—Sí.

Gerardo se reclinó en la silla.

—Entonces no habrá problemas.

* * *

Alexandra aceptó dos días después. Todavía no habían transcurrido seis meses desde la llegada de Raúl a California. Ella conocía el origen del apoyo de Gerardo y sabía que aceptar significaba ocultárselo al hombre que seguía ahorrando para casarse con ella.

No lo hizo sin miedo. Lo hizo repasando todo lo que ganaría hasta que el miedo pareció un gasto más que estaba dispuesta a asumir.

Gerardo le sostuvo la mano.

—A partir de ahora, estamos juntos.

Ella asintió. Antes de marcharse, él le entregó las llaves de un departamento y le presentó a la persona que coordinaría sus compromisos profesionales.

Sobre el escritorio había una carpeta con su nombre completo. Alexandra abrió la primera página. Era la propuesta para su debut.

Esa noche volvió por última vez a la habitación de las cortinas amarillas. Guardó su ropa, los documentos de su madre y la flor de papel.

La pulsera de Raúl se le enganchó en una manga. La desabrochó y la dejó dentro de la caja de recuerdos. Después le escribió:

«Por ahora no me mandes más dinero. Me está saliendo trabajo y quiero que ahorres para ti».

Raúl respondió casi de inmediato.

«Todo lo que estoy juntando es para nosotros».

Alexandra sostuvo el teléfono hasta que la pantalla se oscureció. No corrigió aquella frase. Guardó el aparato y cerró la maleta.