Capítulo 5 de 25

El nombre en las marquesinas

El departamento tenía una habitación que Alexandra no necesitaba. La descubrió después de recorrer la cocina, la sala y el dormitorio principal. Abrió la puerta y encontró una cama tendida, un escritorio y un ventanal desde el que se veía una hilera de edificios.

Permaneció en el umbral. Durante años había deseado una puerta que pudiera cerrar para sentirse a salvo. Ahora tenía varias y no sabía qué hacer con todas.

Su maleta estaba junto al sofá. Dentro llevaba casi todo lo que le pertenecía antes de conocer a Gerardo. Casi todo cabía allí.

Sobre la barra de la cocina encontró un teléfono nuevo y una tarjeta con el nombre de su representante. Mauricio Ledesma.

Había representado a artistas con carreras interrumpidas por falta de dinero. Gerardo le ofrecía un presupuesto estable y libertad para escoger profesores y proyectos. Mauricio sospechaba que algunas empresas patrocinadoras existían para poner nombres presentables a otros intereses. Aceptó porque creyó que podría limitarse al trabajo artístico. Esa frontera no quedó escrita en ningún contrato.

Lo llamó esa misma tarde.

—Mañana empezamos temprano —le dijo él—. Tenemos mucho que hacer.

Alexandra miró el ventanal.

—Estoy lista.

* * *

Mauricio hablaba sin desperdiciar palabras. Tenía cuarenta y tantos años, una carpeta siempre bajo el brazo y la costumbre de escuchar mirando fijamente a quien tenía enfrente.

Durante su primera reunión puso varias fotografías sobre la mesa.

—Necesitamos decidir cómo vas a presentarte. Alexandra escogió una donde aparecía sonriendo.

Él la apartó.

—Demasiado parecida a cualquier anuncio.

Señaló otra. Ella miraba directamente a la cámara, con el cabello suelto y una expresión seria.

—Esta obliga a detenerse.

—¿Y si yo no soy así?

Mauricio levantó la vista.

—Entonces habrá que encontrar una forma de que puedas serlo sin actuar todo el tiempo.

Le explicó que usaría su nombre de pila como nombre artístico. Alexandra, sin apellidos. Después hablaron de clases, audiciones y horarios.

—No vas a conseguir una carrera solo por tener a alguien pagando —advirtió—. Vas a llegar preparada.

Ella reconoció aquella exigencia. Le agradó más que los cumplidos.

* * *

El primer papel fue pequeño. Interpretaba a una recepcionista que daba información equivocada y provocaba una discusión entre los protagonistas de una comedia.

Tenía siete intervenciones. Alexandra las aprendió hasta poder recitarlas mientras se bañaba. El día del rodaje llegó antes de que abrieran el camerino. Llevaba su comida en un recipiente y una libreta donde había anotado las recomendaciones de su profesora.

La actriz principal la saludó con un movimiento de cabeza. El director apenas la miró. Cuando comenzó la escena, Alexandra habló demasiado rápido.

—Otra vez.

En la segunda toma olvidó dónde debía colocar las manos.

—Otra vez.

En la cuarta, escuchó a un técnico suspirar. Sintió que se le calentaba la cara. Pidió un minuto, entró al baño y apoyó las manos en el lavabo. Había imaginado aplausos, entrevistas, vestidos. No había pensado en la humillación de fallar delante de veinte personas que querían terminar e irse a casa.

Volvió al set. La sexta toma funcionó. Al finalizar, el director dijo:

—Ahí está. Eso era.

Alexandra guardó aquellas palabras con más cuidado que cualquier joya.

* * *

Gerardo pidió ver la escena antes del estreno. La miró dos veces en el teléfono.

—Te ves muy bien.

—No se trata solo de cómo me veo.

Él levantó la cabeza. Alexandra se dio cuenta de que lo había interrumpido.

—Quiero decir que me costó hacerlo.

Gerardo sonrió.

—Por eso te puse con gente que sabe.

Ella no respondió. Se encontraba en una de las casas donde se veían. Nunca iba cuando Beatriz o los hijos estaban allí. Los encuentros dependían de llamadas y cambios de horario que Alexandra debía aceptar sin preguntas.

A veces Gerardo era atento. Recordaba el nombre de sus profesores, escuchaba sus preocupaciones y mandaba resolver problemas antes de que ella los mencionara por segunda vez.

Otras veces desaparecía durante días. Alexandra descubrió pronto que no podía reclamarle esa ausencia. Una noche intentó hacerlo.

—Yo también tengo compromisos.

Gerardo dejó los cubiertos sobre el plato.

—Por eso hay personas organizándolos.

La conversación terminó allí.

* * *

Raúl vio su primera fotografía profesional desde una mesa de plástico. Tomás se la mostró durante la cena.

—¿Esta es tu muchacha?

Alexandra aparecía en una nota sobre nuevos rostros del cine. Raúl acercó el teléfono. Leyó su nombre tres veces.

—Sí.

Tomás sonrió.

—Pues mira nada más.

Raúl llamó después del trabajo. Ella tardó en contestar, pero cuando lo hizo él estaba tan emocionado que no notó el ruido de una reunión al fondo.

—Ya vi la foto.

—¿Cuál?

—La de la película. Te dije que ibas a lograrlo.

Alexandra se apartó del grupo con el que estaba.

—Es un papel chiquito.

—Es el primero.

Ella apoyó una mano contra la pared. Raúl le habló de aquella obra escolar, de la flor y de los boletos que había prometido vender. Alexandra sonrió.

Durante unos minutos volvió a escuchar al niño que la dejaba sentarse a su lado cuando los demás se reían de sus zapatos.

—Me da gusto que estés cumpliendo tus sueños —dijo él.

Ella quiso decirle algo verdadero.

—Todavía me asusta fallar.

—Pues falla. Y luego lo haces otra vez.

Alexandra cerró los ojos. Aquella respuesta sencilla le hizo más bien que todo lo que había escuchado durante la semana.

* * *

Su primera canción comenzó a sonar meses después. No fue un éxito inmediato. Hubo una presentación ante un público que apenas prestó atención, una entrevista breve y una actuación en televisión donde Alexandra perdió una nota.

Mauricio la obligó a ver la grabación.

—Aquí te quedaste sin aire.

—Ya lo escuché.

—Entonces corrígelo.

Ella trabajó. Ensayaba hasta quedar afónica si nadie la detenía. Aprendió a respirar antes de una frase difícil, a moverse sin perder el ritmo y a responder preguntas sin contar demasiado.

Mientras tanto, otras personas trabajaban sobre una parte de su carrera que ella no veía. Su nombre empezó a repetirse en publicaciones. Surgieron cuentas de admiradores, páginas que compartían sus fotografías y comentarios entusiastas bajo cada video.

Al principio, Alexandra los leía todos. Una tarde entró en una oficina buscando a Mauricio y encontró varias pantallas abiertas con su rostro.

Un empleado cambió de ventana demasiado tarde.

—¿Qué están haciendo? —preguntó.

Mauricio salió de una sala contigua.

—Promoción.

Ella señaló la pantalla.

—Ese es un club de fans.

Él sostuvo su mirada.

—También hay personas contratadas para mantener actividad.

Alexandra sintió que el entusiasmo se le desinflaba.

—¿Entonces no les gusto?

—Hay gente a la que sí. Hay gente que todavía no te conoce. Estamos consiguiendo que te vean.

Esa noche dejó de leer los comentarios. Al día siguiente volvió a hacerlo. Necesitaba creer que algunos eran ciertos.

* * *

El primer admirador que la esperó fuera de un estudio llevaba un cuaderno escolar. Era una muchacha que quería que Alexandra firmara una fotografía.

No había cámaras cerca. No había personal de publicidad indicándole dónde colocarse.

—Tu canción me gusta mucho —dijo la joven—. La pongo cuando regreso de trabajar.

Alexandra tomó el bolígrafo. Preguntó su nombre y escribió una dedicatoria larga. Dentro del automóvil siguió mirando por la ventana hasta perderla de vista.

Aquella tarde cantó mejor. A partir de entonces, comenzó a distinguir entre lo que podía aprender y lo que Gerardo podía comprar. Sin embargo, cuando las dos cosas se mezclaban, prefería no detenerse a separarlas. La distancia con Raúl creció mediante cambios pequeños.

Una llamada aplazada. Un mensaje contestado al día siguiente. Un domingo en que él se quedó esperando mientras Alexandra viajaba a una sesión de fotografías.

No dejaron de hablar. Ella sabía cómo estaba Teresa y que el padre de Raúl caminaba mejor. Él conocía los títulos de sus canciones y los nombres de los personajes que interpretaba.

Lo que ya no conocía era la vida que había entre esos datos. Raúl imaginaba que ella vivía de sus primeros contratos. Alexandra permitía que lo imaginara.

Cuando él preguntó quién la había recomendado, respondió:

—Una señora que conocí en la boutique.

Era cierto. Raúl no preguntó quién había pagado el resto.

* * *

Casi dos años después de la partida de Raúl, Alexandra asistió al estreno de la película donde había conseguido su primer papel importante.

Ya no interpretaba a una recepcionista. Su personaje tenía historia, conflictos y un desenlace que la había obligado a llorar durante varias jornadas de rodaje.

Mauricio la esperaba junto al automóvil.

—Despacio en la alfombra. Mira hacia donde te llamen. No respondas preguntas sobre tu vida sentimental.

Alexandra acomodó el vestido.

—Ya sé.

Había un pequeño grupo gritando su nombre. Esta vez no preguntó quién les había avisado. Sonrió, posó y caminó hacia las puertas del cine. Sobre ellas, una fotografía enorme anunciaba la película.

Su rostro estaba junto al de los protagonistas. Alexandra se detuvo apenas un segundo. Recordó la boutique, la habitación rentada y a su padre revisándole los bolsillos.

Después escuchó que alguien volvía a llamarla y giró hacia las cámaras.

* * *

Gerardo no apareció en las fotografías. La esperaba más tarde, en una casa donde habían preparado una cena. Sobre la mesa había flores y una caja.

—Ya eres actriz —dijo.

Alexandra se acercó a besarlo en la mejilla.

—Desde antes.

Él sonrió, aunque sus ojos no acompañaron del todo el gesto. Dentro de la caja estaban las llaves de un automóvil. Ella las sostuvo.

—Es demasiado.

—Te acostumbrarás.

Su teléfono vibró dentro del bolso. Gerardo extendió la mano.

—¿Quién es?

Alexandra sintió un golpe breve en el pecho.

—Mi amigo. El que te conté.

Él no retiró la mano. Ella le entregó el aparato. En la pantalla aparecía una fotografía de Raúl en el campo. Estaba bronceado, más delgado y sostenía un papel donde había escrito: Estoy orgulloso de ti.

Gerardo leyó el mensaje siguiente.

«Cada día falta menos para volver».

Dejó el teléfono boca abajo.

—Procura que entienda cuál es su lugar.

Alexandra miró las llaves del automóvil, todavía atrapadas entre sus dedos.

—Lo entiende.

Gerardo le sostuvo la mirada hasta que ella bajó los ojos. Al regresar al departamento, Alexandra abrió la fotografía de Raúl.

Buscó qué responder. Finalmente escribió:

«Gracias por estar siempre».

Él envió un corazón. Ella dejó el teléfono junto a las llaves y apagó la luz. En el silencio, comprendió que Raúl seguía ahorrando para una promesa que ella no había tenido el valor de romper.

También comprendió que, mientras él contaba los días para regresar, Gerardo ya había empezado a decidir quién podía acercarse a ella.