Capítulo 6 de 25

La mujer que todos conocían

El primer desconocido que llamó a Alexandra por su nombre en una cafetería le pidió permiso antes de acercarse.

—¿Puedo tomarme una fotografía contigo?

Ella miró a Mauricio, sentado enfrente. Él asintió. Alexandra dejó la taza sobre el plato y sonrió junto al muchacho. Después firmó una servilleta porque ninguno llevaba papel. Cuando él se alejó, ella todavía estaba sonriendo.

—Ahora sí —dijo.

Mauricio revisó su teléfono.

—Ahora empieza otra clase de trabajo.

Alexandra no quiso preguntarle qué significaba. Durante mucho tiempo había deseado entrar en un lugar y que alguien supiera quién era. Aquella mañana le bastó con verlo suceder.

* * *

El éxito de la película le consiguió entrevistas y una invitación a cantar en un programa nocturno. La canción que había grabado meses antes empezó a escucharse fuera de los espacios donde su equipo la promovía. Un conductor la tarareó durante una entrevista. Una actriz compartió el video. Llegaron invitaciones desde otras ciudades.

Alexandra trabajaba más que nunca. A veces salía de una sesión de fotografías para entrar a un ensayo y terminaba el día aprendiendo las escenas de la mañana siguiente.

Le gustaba estar cansada por aquello. El cansancio de la boutique le había parecido siempre una repetición. Este venía acompañado de lugares nuevos, aplausos y personas que necesitaban su presencia.

Un día, frente al espejo del camerino, descubrió que ya no ensayaba la expresión con la que respondería a las cámaras. Le salía sola.

* * *

Gerardo se acostumbró a recibir noticias de ella por medio de otras personas. Sabía cuándo terminaba una grabación, quiénes asistían a una cena y qué compañero de reparto le había enviado flores.

Alexandra comprendió que aquellos detalles no llegaban por casualidad.

—Si quieres saber algo, puedes preguntármelo —le dijo una noche.

Él se quitó el reloj y lo dejó sobre una mesa.

—No te estoy ocultando que me gusta cuidarte.

—No necesito que te cuenten cada conversación.

Gerardo la miró.

—Tienes mucha gente cerca. No todos se acercan por buenas razones.

—¿Y tú?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Él permaneció callado. Alexandra sostuvo la mirada unos segundos y después volvió hacia la ventana.

Gerardo se acercó sin tocarla.

—Yo nunca te prometí algo que no te haya dado.

Era verdad. Alexandra recordó la discreción y la fidelidad que él había exigido.

* * *

El tercer año de Raúl en Estados Unidos comenzó con una lesión. Durante aquel tercer año cumpliría veintitrés. Las temporadas de trabajo y los meses sin Alexandra habían dejado de parecerle una ausencia provisional.

Una tarde sintió una punzada en la espalda al levantar una caja. Terminó la jornada convencido de que el dolor desaparecería al dormir.

A la mañana siguiente no pudo incorporarse sin ayuda. Efraín lo llevó a una clínica. Raúl regresó con medicamentos, indicaciones de reposo y una cuenta que lo obligó a retirar parte de sus ahorros.

Durante varios días se quedó en la casa mientras los demás salían antes del amanecer. El silencio le resultó insoportable.

Para distraerse, buscó entrevistas de Alexandra. La vio sentada en un estudio de televisión, con el cabello cayéndole sobre un hombro. Hablaba con seguridad, se reía cuando el conductor hacía una broma y respondía preguntas que Raúl jamás habría imaginado escuchar dirigidas a su amiga.

—¿Hay alguien especial en tu vida? —preguntó el conductor.

Alexandra sonrió.

—Ahora mismo estoy concentrada en mi carrera. Raúl detuvo el video.

Lo reprodujo otra vez. Efraín llegó y lo encontró mirando la misma escena.

—No va a contar todo en televisión —dijo Raúl, antes de que el hombre preguntara.

Efraín dejó las bolsas del mercado sobre la mesa.

—¿Y contigo qué cuenta?

Raúl apagó la pantalla.

* * *

Alexandra había decidido llevar a Teresa una despensa y algunos medicamentos para su esposo. No se lo dijo a Gerardo. Lo organizó con Inés durante una mañana libre y viajó a Los Sauces en un automóvil discreto.

El barrio le pareció más pequeño. Reconoció la tienda, la cancha y el terreno donde había construido ciudades con tapas de refresco. Ahora había una casa sin terminar.

Teresa abrió la puerta con un mandil puesto. Durante unos segundos miró a Alexandra como si tuviera que acomodar dos imágenes distintas.

Después la abrazó.

—Qué bonita estás, hija.

Alexandra apoyó la cara en su hombro. Dentro olía a frijoles y jabón. Teresa rechazó el sobre que ella quiso dejarle junto a la despensa.

—Raúl nos manda. Estamos saliendo adelante.

—Es para lo que haga falta.

—Entonces dime para qué quieres que lo usemos. Pero no me lo dejes como si vinieras a pagar una visita.

Alexandra retiró el sobre. Se sentaron en la cocina. Hablaron del barrio y de conocidos. El padre de Raúl salió a saludarla y bromeó con pedirle un autógrafo para demostrar que la conocía desde niña.

Por un rato, Alexandra pudo respirar sin vigilar sus palabras. Hasta que Teresa preguntó:

—¿Todavía lo estás esperando?

Ella bajó la vista hacia su taza.

—Seguimos hablando.

—No te pregunté eso.

Alexandra sintió el peso de la mirada.

—Mi vida ha cambiado mucho.

Teresa asintió despacio.

—La de él también. Solo que él sigue creyendo que van hacia el mismo lugar.

* * *

Antes de marcharse, Alexandra pasó frente a la casa de su padre. Había una silla vacía junto a la entrada y ropa tendida en un alambre. No se detuvo.

Años atrás habría imaginado su regreso como una victoria: el coche, los zapatos, el dinero suficiente para que Ernesto no pudiera quitarle nada.

Ahora descubría que no tenía ninguna frase que quisiera decirle. Inés la observó desde el asiento del acompañante.

—¿Quieres bajar?

Alexandra negó con la cabeza. Al salir de Los Sauces, abrió la conversación con Raúl. Escribió:

«Tenemos que hablar de nosotros».

Se quedó mirando el mensaje. Después lo borró. No sabía cómo admitir que había permitido que un hombre trabajara durante años para cumplir una promesa que ella ya no podía sostener. Guardó el teléfono y pidió que encendieran la radio.

* * *

La invitación a París llegó meses después. Una firma de moda quería que Alexandra asistiera a una presentación y posara con algunas de sus prendas. No desfilaría como modelo profesional; ocuparía un lugar entre las celebridades invitadas.

Para ella, la diferencia apenas importaba. Tenía la carta impresa sobre la mesa cuando Gerardo llegó.

—Voy a ir a París.

Él leyó el documento.

—Lo sé.

Alexandra levantó la mirada.

—¿Tú lo conseguiste?

—Tu equipo hizo el trabajo.

—Eso no responde.

Gerardo le devolvió la hoja.

—Había otras personas interesadas. A veces hace falta ayudar a que elijan bien.

Ella miró su nombre escrito junto al de la firma. Quiso sentir decepción. Lo que sintió fue alivio de que la hubieran elegido.

—No vas a ir sola —añadió él.

Alexandra dejó la carta sobre la mesa.

—Mauricio e Inés van conmigo.

—También irán dos personas de confianza.

No preguntó de quién debían protegerla.

* * *

Raúl volvió a trabajar antes de que desapareciera por completo el dolor. Tomás procuró darle tareas menos pesadas. Efraín lo reprendía cuando lo veía cargar más de lo que debía.

Él agradecía la ayuda y seguía contando. Había ahorrado una cantidad que, en Los Sauces, habría parecido enorme. Podía comprar una casa modesta y abrir un pequeño taller si elegía bien.

Su madre decía que ya era suficiente.

—Regresa, hijo. Aquí también puedes trabajar.

Raúl miró la página donde había anotado gastos y ahorros.

—Un poco más.

Esa noche Alexandra le envió una fotografía desde París. Estaba frente a un edificio iluminado, envuelta en un abrigo que él no sabía cuánto costaba.

«Al fin vine», escribió.

Raúl respondió con una felicitación. Luego recordó las primeras cuentas del cuarto sin ventanas, cuando había calculado cuánto necesitaría para llevarla allí.

Alexandra ya había hecho el viaje. Él todavía seguía pagándose la distancia.

* * *

En París, Alexandra asistió a cenas donde escuchaba idiomas que apenas entendía y aprendió a dejar que otros completaran las conversaciones.

La fotografiaron entrando a hoteles, saliendo de automóviles y saludando a diseñadores. Durante una presentación, una mujer le preguntó qué había estudiado.

Alexandra respondió que se había formado con distintos maestros. Era cierto. Otra preguntó por su familia. Ella habló de su madre y cambió de tema antes de mencionar a su padre.

Al regresar al hotel se quitó los pendientes frente al espejo. Tenía mensajes de felicitación, solicitudes de entrevistas y fotografías donde aparecía rodeada de personas que antes solo conocía por las revistas. También había una llamada perdida de Raúl.

La devolvió. Él tardó en contestar.

—¿Estabas dormido?

—No. Estaba pensando.

Alexandra se sentó en la cama.

—¿En qué?

Raúl miró el cuaderno abierto frente a él.

—En regresar.

Ella apretó el teléfono. Por la ventana se veían tejados oscuros y algunas luces encendidas.

—¿Ya?

—Llevo años aquí, Alexandra.

Ella no respondió.

—Ya junté para la casa. Para empezar algo allá. No voy a llegar sin nada.

En su voz había orgullo y un cansancio que ella nunca había escuchado con tanta claridad.

—Podemos hablar cuando vuelva —añadió.

Alexandra cerró los ojos. En ese momento golpearon la puerta de su habitación. Era uno de los hombres enviados por Gerardo.

—Señorita, el señor quiere que le llame —anunció desde afuera.

Raúl alcanzó a oír una voz.

—¿Quién es?

Ella se puso de pie.

—Del equipo. Tenemos pendientes de mañana.

—Te dejo trabajar, entonces.

—Raúl…

—Voy a avisarte cuando compre el boleto.

La llamada terminó. Alexandra abrió la puerta y recibió el teléfono que el hombre le ofrecía. Gerardo preguntó cómo había sido la presentación.

Ella respondió mirando su propio aparato, donde todavía aparecía el nombre de Raúl. A miles de kilómetros, él trazó una línea debajo de la última cifra de sus ahorros.

Esta vez no escribió cuánto le faltaba. Escribió una fecha para volver. El boleto sería para marzo, después de cumplir veinticuatro. Sus ahorros alcanzaban para una casa y un taller, aunque ya no alcanzaban para la vida que imaginaba alrededor de ella.