Capítulo 7 de 25

El hombre que volvió

Raúl compró el boleto después de hablar con Efraín. Lo había tenido abierto en el teléfono durante tres noches, cambiando la fecha y revisando el precio como si alguna diferencia pequeña pudiera resolver lo que sentía.

Efraín se sentó junto a él.

—¿Qué estás esperando?

—Quiero estar seguro.

—De que quieres volver, sí puedes estar seguro. De lo que encuentres allá, no.

Raúl miró la fotografía de Alexandra pegada en la pared junto a su cama. Había envejecido menos que las imágenes recientes de ella. En aquella todavía llevaba la blusa de la boutique y sonreía sin mirar hacia alguien que le indicara cómo hacerlo.

—Le prometí regresar.

Efraín asintió.

—Entonces vuelve. Pero acuérdate de que tú también tienes una vida que decidir.

Raúl terminó la compra. Después dobló el cuaderno de sus cuentas y lo guardó en la mochila. Teresa quiso ir a recibirlo, pero él le pidió que esperara en casa.

—Ya conozco el camino, mamá.

Al llegar a la terminal, Raúl permaneció unos momentos junto a su maleta. Había vivido tres años y cuatro meses en California. Alexandra cumpliría veinticuatro en diciembre. En las llamadas, ambos habían seguido tratándose como si el tiempo transcurrido no exigiera revisar lo que se prometieron.

Había imaginado aquel regreso tantas veces que le sorprendió la sencillez con que sucedía. Nadie sabía cuántos días de trabajo había detrás de su equipaje. Nadie veía las jornadas bajo el sol, las llamadas interrumpidas ni el dolor que aún le aparecía en la espalda cuando pasaba demasiado tiempo sentado.

Compró una botella de agua y tomó un taxi. En una avenida encontró el rostro de Alexandra sobre un anuncio. Promocionaba una marca de perfume.

Raúl giró la cabeza hasta perder la imagen de vista. El conductor lo vio por el espejo.

—Está guapa, ¿verdad?

Raúl apoyó la mano sobre la maleta.

—Sí.

No dijo que la conocía.

* * *

Teresa lo abrazó antes de dejarlo entrar. Le sostuvo la cara entre las manos y lo miró como si necesitara comprobar que cada parte seguía en su sitio.

—Estás muy flaco.

—Allá también me decías eso por teléfono.

Ella se rio y volvió a abrazarlo. Su padre esperaba junto a la mesa. Caminaba con dificultad, pero se había levantado para recibirlo.

Raúl estrechó su mano y luego lo rodeó con los brazos. La casa tenía algunos cambios: una estufa nueva, el techo reparado y una ventana que ya cerraba bien. Reconoció en ellos el dinero que había enviado.

Eso le produjo una satisfacción tranquila, distinta de todo lo que había imaginado al pensar en Alexandra. Se sentaron a comer.

Teresa había preparado pollo, arroz y las tortillas que él llevaba años extrañando. Por primera vez en mucho tiempo, Raúl no miró la hora.

* * *

Durante los días siguientes buscó una casa y un local para instalar un taller. Un antiguo compañero le habló de maquinaria usada. El dueño de un terreno le permitió revisar los papeles sin exigir una respuesta inmediata.

Raúl hacía preguntas, tomaba notas y regresaba a casa con precios. Su padre lo acompañó a ver un local.

—Aquí podrías empezar con dos lugares para coches.

Raúl recorrió el piso de cemento. Había una oficina pequeña y espacio suficiente para guardar herramientas. Se quedó mirando una pared donde imaginó un letrero con su nombre.

Pidió una copia de las condiciones de renta y anotó el teléfono del dueño. Sin embargo, cada vez que el teléfono vibraba, dejaba de pensar en el taller.

Alexandra sabía que había vuelto. Él le había escrito desde la terminal. La respuesta llegó horas después.

«Qué bueno que ya estás con tu familia. Esta semana estoy llena de trabajo».

Después de eso habían intercambiado mensajes breves. Todavía no habían acordado verse.

* * *

Teresa lo encontró una tarde sentado en el patio.

—¿Ya hablaste con ella? Raúl guardó el teléfono.

—Está ocupada.

Su madre acomodó una toalla sobre el tendedero.

—Vino a visitarnos hace tiempo.

Él levantó la cabeza.

—No me dijo.

—Trajo algunas cosas. Se quedó un rato.

—¿Y qué hablaron?

Teresa tardó en responder.

—De ustedes también.

Raúl esperó.

—Le pregunté si todavía te estaba esperando.

—¿Qué dijo?

Su madre sujetó otra prenda con dos pinzas.

—Que su vida había cambiado.

Él miró hacia el suelo.

—Claro que cambió. Ahora es famosa.

Teresa se volvió hacia él.

—No quería que regresaras pensando que una promesa de hace años puede responder todas las preguntas de hoy.

Raúl se levantó.

—Voy a hablar con ella.

Esta vez no añadió que sabía lo que Alexandra quería.

* * *

Mauricio organizó el encuentro. Raúl recibió una dirección, una hora y la indicación de llevar identificación. Pensó que vería a Alexandra en su departamento. La dirección correspondía a un hotel donde ella estaba alojada durante unas grabaciones.

Llegó veinte minutos antes. Vestía una camisa nueva y llevaba una caja pequeña en el bolsillo interior de la chaqueta. El recepcionista hizo una llamada.

Después un hombre lo condujo hasta un salón apartado. Había flores sobre una mesa y dos sillones frente a un ventanal. Raúl se sentó sin apoyar la espalda.

Cuando Alexandra entró, se puso de pie. Durante un instante ninguno habló. Ella llevaba pantalones claros, una blusa sencilla y el cabello recogido. No estaba vestida como en las fotografías, pero aun así parecía venir de un lugar al que él no conocía el camino.

—Raúl.

Se acercó a abrazarlo. Él cerró los ojos. Reconoció su voz, la forma de decir su nombre y el gesto de apoyar la mano entre sus hombros.

Todo lo demás podía esperar.

* * *

Alexandra le preguntó por el viaje, por Teresa y por su padre. Raúl contestaba mirándola.

—Te vi en el anuncio de un perfume.

Ella sonrió.

—Hay varios por la ciudad.

—Y vi tu última película.

—¿Te gustó?

—Mucho. Le habló de una escena. Alexandra se sorprendió al escuchar detalles que otros habían pasado por alto.

Entonces la conversación recuperó una facilidad antigua. Recordaron al maestro que perdía los lentes y al vecino que aseguraba haber jugado fútbol profesional. Alexandra rio con una libertad que Raúl no había encontrado en sus entrevistas.

Él comenzó a relajarse. Pensó que seguía estando allí. Que solo hacía falta darle tiempo para salir de entre todas las personas que la rodeaban.

* * *

Alexandra miró la hora. Raúl lo notó.

—¿Tienes que irte?

—En un rato.

Él respiró despacio.

—Quiero contarte lo que hice.

Le habló de sus ahorros, de la casa que había visto y del local donde podía abrir un taller. No mencionó la cantidad al principio. Después la dijo, porque había regresado creyendo que ese dato era importante.

Alexandra escuchó sin interrumpir.

—Es muchísimo esfuerzo —respondió.

Raúl sintió orgullo.

—Ya no estoy empezando de cero.

Sacó la caja. La colocó sobre la mesa y la abrió. Dentro había un anillo sencillo, elegido después de visitar tres joyerías.

Alexandra dejó de mirar el dinero que él describía y miró aquel objeto.

—Quiero casarme contigo —dijo Raúl—. Como hablamos antes de que me fuera.

Ella apretó las manos. En la puerta había alguien esperando. Gerardo sabía del encuentro. Había permitido que ocurriera después de decirle que terminara de una vez con cualquier confusión.

Alexandra había pensado en distintas respuestas durante toda la mañana. Ninguna parecía menos cruel ahora que tenía a Raúl enfrente.

—No puedo.

Él permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

—Mi vida ya es distinta.

Raúl miró el anillo.

—Podemos vivir donde necesites. Si tienes que viajar, yo…

—No se trata de la casa.

—Entonces dime de qué se trata.

Alexandra quiso hablar de Gerardo. La palabra le llegó hasta la boca y se detuvo allí.

—No quiero casarme contigo.

* * *

Raúl la observó como si hubiera escuchado mal.

—Me dijiste que me esperarías.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé.

—Yo estaba allá pensando en eso.

—Debí hablar contigo antes.

—Sí.

La respuesta fue tan seca que Alexandra levantó los ojos. Raúl tenía las manos apoyadas en las rodillas.

—Cada vez que podía regresar, pensaba que todavía faltaba. Que si aguantaba otro año… Se detuvo para respirar.

Alexandra sintió ganas de tocarlo. Él vio el movimiento y apartó la mano.

—¿Hay alguien?

Ella miró hacia la puerta. Fue apenas un instante, pero Raúl lo siguió.

—¿Alexandra?

—Hay muchas cosas de mi vida que no conoces.

—Entonces cuéntamelas.

Ella negó con la cabeza.

—No cambiaría lo que te estoy diciendo.

Raúl cerró la caja. El pequeño ruido del broche los hizo callar.

* * *

Alexandra quiso que se quedara unos minutos más. No sabía para qué. Tal vez esperaba encontrar una frase que le permitiera conservar algo de aquella amistad.

—Me importas mucho.

Raúl guardó el anillo.

—Pero no lo suficiente para decirme la verdad cuando estaba allá.

Ella recibió la frase sin defenderse. Él se puso de pie.

—¿Lo que junté ya no te alcanza?

Alexandra también se levantó.

—Raúl, no hagas esto.

—La primera vez me dijiste que era por dinero.

—Han pasado años.

—Y ahora tú tienes más.

Ella guardó silencio. Negarlo no habría sido completamente honesto. El dinero, la carrera y los lugares a los que podía entrar seguían pesando sobre sus decisiones. También pesaba Gerardo, pero no se atrevía a nombrarlo.

Raúl interpretó el silencio como una respuesta.

—Está bien.

No lo estaba. Alexandra lo supo por la forma en que evitó mirarla al caminar hacia la puerta.

* * *

El hombre que lo había acompañado al salón esperaba afuera. Raúl no aceptó que lo guiara. Encontró el ascensor y bajó solo.

En la recepción, dos muchachas sostenían fotografías de Alexandra. Una preguntaba si podían esperar a que saliera. Raúl pasó junto a ellas.

Afuera comenzaba a llover. Se quedó bajo el techo de la entrada hasta que un automóvil se acercó. El conductor le preguntó adónde quería ir.

Raúl dio la dirección de su casa. Durante el trayecto sacó el teléfono y buscó las fotografías del local que había visitado con su padre.

El espacio le había parecido suficiente aquella mañana. Ahora observó el cemento manchado, la oficina pequeña y la puerta metálica.

Luego apareció una notificación con Alexandra en París. Raúl dejó de mirar el taller.

* * *

Teresa abrió antes de que él sacara las llaves. No preguntó al verlo. Raúl dejó la chaqueta sobre una silla y se sentó frente a la mesa.

La caja del anillo quedó junto a su mano. Su madre acercó una taza de café.

—No quiso —dijo él.

Teresa se sentó a su lado. Durante un rato solo escucharon la lluvia. Después Raúl abrió su cuaderno de cuentas. Buscó la última página, donde había escrito la fecha del regreso.

Debajo anotó cuánto tenía. Teresa puso la mano sobre el papel.

—Eso ya es suficiente para empezar tu vida.

Raúl no respondió. Miraba la cifra como si pudiera hacerla crecer por la fuerza. Aquel dinero había dejado de representar años de trabajo, una casa y un taller.

Ahora le parecía otra medida de todo lo que le faltaba.