Capítulo 8 de 25
La puerta que había cerrado
Raúl pasó tres días sin volver al local. El dueño llamó dos veces para preguntarle si todavía estaba interesado. En la segunda, le explicó que había otra persona dispuesta a rentarlo.
—Necesito saber hoy.
Raúl miró las fotografías del espacio. Había dibujado dónde colocaría las herramientas y cuánto cobraría por algunos servicios. Su padre había ofrecido ayudarle con la pintura.
—Déjelo —respondió—. No voy a tomarlo.
Colgó antes de que el hombre pudiera preguntar por qué. Aquella tarde, su padre lo encontró guardando los papeles del taller.
—¿Salió algo mal?
—Todavía no quiero comprometer el dinero.
El hombre acercó una silla.
—Para eso lo juntaste.
Raúl sujetó la carpeta.
—Pensé que iba a alcanzar para más.
Su padre observó las hojas sin pedirlas.
—Puede alcanzar para una vida entera, si dejas de compararla con otra.
Raúl metió la carpeta en un cajón. No quería escuchar algo que podía ser cierto.
* * *
Alexandra le escribió al cuarto día.
«Quiero saber si estás bien».
Raúl leyó el mensaje desde el patio. Teresa estaba preparando masa en la cocina. Su padre escuchaba un partido por la radio. Una vecina había ido a pedir prestado un recipiente y permanecía junto a la puerta contando un problema con sus hijos.
Todo era conocido. Todo le pareció insuficiente. Respondió:
«Estoy bien».
Alexandra empezó a escribir. Los puntos aparecieron y desaparecieron varias veces. Finalmente llegó otra frase.
«Nunca quise lastimarte».
Raúl dejó el teléfono sobre sus piernas. Recordó el anillo sobre la mesa, la mirada hacia la puerta y las cosas que ella decía que él no conocía. Escribió una pregunta.
«¿Qué tenía que haber hecho para que fuera suficiente?»
No recibió respuesta.
* * *
Buscó los precios de las propiedades donde vivían algunas celebridades. Después consultó automóviles, viajes y negocios que produjeran ganancias rápidas.
Las cantidades le resultaban difíciles de imaginar incluso después de haber trabajado durante años en dólares. Había regresado con ahorros que muchos vecinos no reunirían jamás. Sin embargo, al compararlos con lo que veía alrededor de Alexandra, sintió que seguía siendo el muchacho de la cancha.
No sabía cuánto de aquella riqueza le pertenecía. Tampoco sabía cuánto costaba mantenerla. Suponía. Y cada suposición lo alejaba un poco más de las posibilidades que realmente tenía.
Una noche hizo cuentas hasta que Teresa apagó la televisión.
—¿Vas a volver a Estados Unidos?
Raúl negó con la cabeza.
—No serviría.
—Serviría para trabajar.
—No para juntar lo que necesito.
Su madre se quedó frente a él.
—Entonces cambia lo que necesitas.
Raúl cerró el cuaderno.
* * *
Julián lo reconoció cuando fue a buscar trabajo a una bodega de la capital. Se habían conocido descargando cajas antes del viaje. Ahora el hombre llevaba más canas y una rodillera debajo del pantalón.
—¡El de la casa! —exclamó.
Raúl lo abrazó. Compartieron comida durante el descanso. Julián escuchó lo de Estados Unidos, los ahorros y el regreso. No necesitó demasiadas preguntas para comprender el resto.
—¿La muchacha se casó con otro?
—No.
—¿Entonces?
Raúl movió el tenedor sobre el plato.
—Ahora es actriz.
Julián lo miró con atención.
—¿Alexandra?
Él asintió.
—La he visto en anuncios.
Raúl sintió un orgullo que le duró poco.
—No quiso casarse conmigo.
Julián dejó el recipiente sobre la mesa.
—Te lo dije una vez. Primero había que saber si quería.
Raúl apretó la mandíbula.
—Sí quería.
—Pues cambió de opinión.
La sencillez de aquella respuesta lo irritó. Julián continuó:
—Puede dolerte todo lo que quieras. Pero no puedes trabajar hasta convertir un no en un sí.
Raúl terminó de comer sin contestar. No volvió a la bodega al día siguiente. Encontró la tarjeta de Fabián entre los recuerdos que había conservado de la capital.
No era la tarjeta original. Aquella la había roto antes de viajar. Pero el número había quedado guardado en un mensaje que el hombre le envió durante sus últimas semanas en el restaurante.
Raúl lo buscó una madrugada. Leyó:
«Si cambias de idea, avísame».
Habían pasado años. Pensó que el número ya no funcionaría. Eso le permitió escribir sin sentirse del todo responsable de lo que estaba haciendo.
«Soy Raúl. El que trabajaba en el restaurante».
La respuesta llegó pocos minutos después.
«Me acuerdo».
Raúl se quedó mirando la pantalla. Luego escribió:
«Quiero hablar del trabajo que me ofreciste».
* * *
Fabián lo citó en una cafetería. Llegó con una camisa clara y el mismo aire tranquilo que Raúl recordaba. Se sentó sin preguntar cómo había sido el viaje.
—Te fue bien —dijo, observando su ropa.
—Trabajé mucho.
—Eso ya lo sabía.
Raúl mantuvo las manos debajo de la mesa.
—Quiero ganar más.
Fabián sonrió apenas.
—La gente siempre quiere ganar más.
—Yo puedo trabajar.
—El problema nunca fue que no pudieras.
Le hizo preguntas sobre el taller, su experiencia y el dinero que había ahorrado. Raúl respondió sin entender por qué le interesaban sus recursos.
Cuando Fabián habló de las personas para quienes trabajaba, dejó de fingir que se trataba de un empleo corriente. No dio nombres.
Tampoco ofreció garantías.
—Si entras, hay decisiones que después no podrás deshacer con una renuncia.
Raúl miró hacia la ventana. Una mujer cruzaba la calle llevando de la mano a un niño. Se detuvo para acomodarle el cuello de la chamarra.
Por un momento pensó en Teresa.
—¿Tengo que lastimar a alguien?
Fabián tomó su taza.
—No puedo prometerte lo que todavía no te han pedido.
Era una respuesta suficiente para levantarse. Raúl permaneció sentado.
* * *
Volvió a casa antes del anochecer. Su padre estaba lijando una puerta. Había recuperado algunas tareas sencillas y se empeñaba en hacerlas sin ayuda.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Conseguiste algo?
Raúl tardó en contestar.
—Puede ser.
Teresa apareció detrás de él. Lo observó con una atención que le recordó todas las veces que había intentado ocultarle algo de niño.
—¿Qué trabajo?
—En unos negocios. Todavía no sé.
—¿Negocios de qué?
Raúl dejó las llaves sobre la mesa.
—Cuando sepa, te digo.
Su madre no insistió. Esa noche, mientras él guardaba documentos en una mochila, la escuchó detenerse junto a su puerta.
—No tienes que demostrarle nada a esa muchacha —dijo.
Raúl no se volvió.
—No se trata solo de ella.
No quiso mirarla al cerrar la mochila.
* * *
Al día siguiente llamó a Efraín. El hombre contestó durante un descanso. Raúl preguntó por su salud, por Tomás y por la casa donde habían vivido.
Escuchar aquellas voces le devolvió un orden que había perdido desde el encuentro con Alexandra.
—¿Ya abriste el taller? —preguntó Efraín.
—Todavía no.
—¿Y la boda?
Raúl miró el suelo.
—No va a haber boda.
Efraín guardó silencio.
—Lo siento, muchacho.
Raúl quiso hablar de Fabián. Abrió la boca y preguntó otra cosa.
—¿Nunca te arrepentiste de trabajar tantos años?
—Sí. A veces.
—¿Y no pensaste en conseguir dinero de otra forma?
Efraín respondió despacio.
—Pensé en muchas cosas cuando tenía hambre o miedo. Por eso no decidía en esos momentos.
Raúl apretó el teléfono. Al despedirse, el hombre añadió:
—No te vayas a castigar por lo que otra persona eligió.
La llamada terminó. Raúl se quedó sentado hasta que llegó un mensaje de Fabián.
* * *
Lo llevaron a unas oficinas instaladas sobre un almacén. Desde abajo se escuchaban motores, conversaciones y el golpe de una puerta metálica.
Un hombre llamado Salcedo revisó sus documentos.
Salcedo dirigía los talleres de una red subordinada a Esteban Arce. Fabián reclutaba personal para él. La organización de Gerardo era distinta: coincidían en negocios y contactos, y por entonces mantenían un acuerdo que ninguno confundía con amistad. Raúl conoció esos nombres por separado y todavía no entendía cómo se relacionaban.
Tenía una cicatriz vieja en una ceja y hablaba con una cortesía que no invitaba a confiar.
—Fabián dice que sabes trabajar.
—Sí.
—También dice que tienes dinero.
Raúl miró hacia él.
—Unos ahorros.
Salcedo dejó los documentos sobre el escritorio.
—Entonces todavía tienes opciones.
La frase lo desconcertó. Hasta ese momento había esperado presión, entusiasmo o alguna promesa. Encontró a alguien que parecía dispuesto a dejarlo ir.
—Quiero quedarme —dijo. Salcedo lo observó unos segundos.
Después llamó a otra persona. No hubo ceremonia. Le indicaron dónde debía presentarse a la mañana siguiente y quién le diría qué hacer.
Raúl salió con la sensación de que había conseguido algo. Solo al llegar a la calle comprendió que no sabía nombrarlo.
* * *
Durante las primeras semanas fue útil por las mismas razones que lo habían sostenido en Estados Unidos. Llegaba temprano. Recordaba instrucciones. No bebía durante el trabajo. Sabía distinguir una avería de una excusa y podía pasar horas resolviendo un problema sin quejarse.
Recibió dinero. Más del que había ganado durante varias jornadas en el campo. Lo contó en una habitación prestada y pensó en las manos agrietadas de Efraín.
Guardó los billetes sin celebrarlo. El viernes, dos hombres discutían mientras esperaban a Salcedo. Uno miraba un video en el teléfono.
Raúl reconoció la voz antes de ver la pantalla. Alexandra cantaba durante una premiación.
—A esta ya la pusieron hasta en París —comentó el hombre.
El otro soltó una risa.
—Con Gerardo atrás, hasta donde quiera.
Raúl levantó la cabeza.
—¿Qué Gerardo?
Los hombres se volvieron hacia él.
—¿No sabes?
Raúl permaneció quieto. Uno bajó el volumen.
—Gerardo, el jefe del otro grupo. El que tiene acuerdos con Salcedo. Está con ella desde antes de que fuera famosa.
El otro hizo un gesto hacia la pantalla.
—Todo eso se lo puso él. La carrera, las casas. Es su mujer.
Raúl sintió el mismo frío que había tenido al cruzar la frontera. Miró otra vez el video. Alexandra sonreía bajo las luces, rodeada de aplausos.
Ahora recordó la puerta del hotel, la llamada interrumpida en París y todas las respuestas que nunca le había dado. Los hombres siguieron hablando.
Él ya no los escuchaba. Había entrado buscando dinero suficiente para alcanzarla. Ahora comprendía que sus nuevos superiores hacían negocios con el hombre que la mantenía cerca. Para enfrentarlo tendría que romper también aquella conveniencia.