Capítulo 9 de 25

Lo que valía una promesa

Raúl no preguntó nada más. Se quedó junto a la mesa mientras los dos hombres seguían hablando de Alexandra con una familiaridad que le revolvía el estómago.

Uno mencionó un automóvil. El otro, una casa. No parecían contar un secreto. Para ellos era información corriente, algo que cualquiera debía saber.

Raúl miró la pantalla. El video había terminado y comenzaba otro donde Alexandra recibía un reconocimiento. Llevaba un vestido azul y agradecía a sus maestros, a su equipo y a las personas que habían creído en ella.

Él recordaba haber visto aquella transmisión desde California. Había enviado un mensaje. «Te lo mereces». Ahora la frase le dolía por motivos que todavía no sabía ordenar.

Salió del edificio sin esperar a que llegara Salcedo. Fabián lo encontró junto a su automóvil.

—¿Adónde vas?

—Necesito hacer una llamada.

—Aquí todos necesitan algo. Primero terminas.

Raúl sostuvo su mirada. Fabián señaló la puerta.

—No confundas que te paguen bien con que puedas hacer lo que quieras.

Raúl volvió a entrar. Fue la primera vez que sintió con claridad que había llegado a un lugar del que no podía salir simplemente porque se encontraba mal.

* * *

Llamó a Alexandra esa noche. Ella respondió después de varios intentos.

—Estoy trabajando.

—Ya sé lo de Gerardo.

Al otro lado dejó de escucharse el movimiento de personas. Raúl imaginó que Alexandra se había apartado, como hacía siempre cuando hablaban.

—¿Quién te dijo eso?

—¿Es verdad?

Ella tardó en contestar.

—No podemos hablar por teléfono.

—Entonces nos vemos.

—Raúl…

—Me debes una conversación sin mentiras. Alexandra cerró los ojos.

Estaba en un pasillo del estudio. A unos metros, Inés esperaba con su bolso y una botella de agua.

—Mañana —respondió—. Voy a decirte dónde.

Él colgó. Alexandra permaneció mirando el teléfono. Inés se acercó.

—¿Qué pasó?

—Ya sabe.

La mujer no preguntó quién.

* * *

Se encontraron en una sala de ensayo que Alexandra utilizaba ocasionalmente. Había pedido que no programaran actividades durante una hora. Inés se quedó afuera, cerca de la entrada.

Raúl llegó con la ropa que llevaba desde la mañana. Alexandra lo observó antes de saludarlo. Había algo nuevo en la forma en que miraba alrededor, una atención dura que ella no recordaba.

—¿Cómo te enteraste?

Él dejó el teléfono sobre una silla.

—¿Por qué importa más eso que lo que hiciste?

Alexandra recibió el golpe sin apartarse.

—Porque puede ser peligroso.

—También era peligroso dejarme trabajando años para volver por ti.

Ella bajó la mirada. Raúl se acercó un paso.

—Dime que es mentira.

Alexandra apretó los dedos contra la palma.

—No lo es. El silencio que siguió tuvo el peso de una puerta cerrándose.

* * *

Raúl había imaginado muchas explicaciones durante la noche. Que Gerardo fuera un socio. Que los hombres exageraran. Que Alexandra hubiera recibido apoyo sin comprender quién lo ofrecía.

Había preparado preguntas para esas posibilidades. No sabía qué hacer con una aceptación tan sencilla.

—¿Desde cuándo?

Ella le dijo cuándo había conocido a Gerardo. Raúl calculó. El primer dinero que había enviado. Las clases. Las llamadas de los domingos. La fotografía de París.

—Yo todavía estaba pagando el viaje —dijo.

Alexandra asintió.

—Debí decirte que no me esperaras.

—No eras tú la que estaba esperando.

Ella levantó los ojos. Él estaba más pálido que al entrar.

—Yo estaba contando los meses, Alexandra.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Raúl tomó una silla y se sentó porque las piernas empezaban a temblarle. Ella permaneció de pie frente a él. Por primera vez, no había una cámara ni un representante entre ambos. Tampoco había una mentira capaz de hacer más soportable la conversación.

* * *

Alexandra le contó la propuesta de Gerardo. No intentó convertirla en un encuentro inocente. Habló del departamento, las clases y las oportunidades. Admitió que había sabido de sus actividades antes de aceptar la relación.

Raúl escuchaba con la vista fija en el suelo.

—Entonces lo elegiste.

—Sí.

La palabra le exigió más esfuerzo que todo lo anterior.

—¿Porque tenía dinero?

—Porque podía darme la vida que quería.

Raúl soltó una risa breve, sin alegría.

—Es lo mismo.

Alexandra se sentó a cierta distancia.

—Para ti, tal vez.

—¿Qué diferencia hay?

Ella pensó antes de responder.

—Yo no quería solo dejar de pasar hambre. Quería actuar, cantar, viajar. Quería que alguien me viera y supiera quién era.

Raúl volvió hacia ella.

—Yo sabía quién eras.

Alexandra sintió que aquella respuesta le rozaba un lugar que llevaba años protegiendo.

—Tú me conocías.

—Te conozco.

Ella no se atrevió a discutirlo.

* * *

Raúl le preguntó si Gerardo la obligaba a permanecer con él. Alexandra tardó en responder.

—No puedo terminarlo como cualquier relación.

—Eso no responde.

—Se lo prometí. Y él no acepta que las cosas dejen de ser como las decidió.

Raúl recordó las palabras de los hombres.

«Es su mujer».

—No eres una cosa suya.

—Yo lo sé.

—Entonces sal de ahí.

Alexandra miró hacia la puerta.

—No es tan fácil.

Raúl se inclinó hacia ella.

—Podemos irnos. Tengo dinero. Hay lugares donde nadie nos conoce.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Ahora sé más que antes.

Algo en su voz hizo que Alexandra lo examinara con atención.

—¿Dónde estás trabajando?

Raúl apartó la mirada. Ella se puso de pie.

—¿Cómo te enteraste, Raúl?

—Dentro.

Alexandra sintió que se le vaciaban los pulmones.

—¿Dentro de qué?

Él la miró.

—Con Salcedo. No trabajo para Gerardo, pero hacen negocios entre ellos. Por eso escuché su nombre.

* * *

Durante unos segundos Alexandra fue incapaz de moverse. Había conocido a Raúl siendo un niño que no soportaba ver a un animal herido. Recordaba la cartera que su padre devolvió y las discusiones sobre lo que estaba bien aunque nadie estuviera mirando.

—Tienes que salirte —dijo.

Raúl negó con la cabeza.

—Acabo de empezar.

—Precisamente.

—No me digas lo que tengo que hacer después de todo esto.

Ella se quedó quieta. La frase era injusta en una parte y merecida en otra. Alexandra lo comprendió, pero no encontró cómo separarlas sin que él creyera que pretendía librarse de su responsabilidad.

—No quiero que te pase algo.

Raúl la observó.

—¿Todavía me quieres?

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla. Había deseado evitar esa pregunta desde que él regresó.

—Sí —respondió finalmente.

Raúl sintió que algo se encendía entre las ruinas de la conversación. Alexandra advirtió el cambio. Debió detenerlo. En cambio, permitió que se acercara.

* * *

Él le tomó las manos.

—Entonces ven conmigo.

Alexandra miró sus dedos. Tenían pequeñas cicatrices y la piel endurecida. Recordó las piedras del terreno baldío.

—No puedo regresar a aquella vida.

Raúl soltó sus manos despacio.

—No te estoy ofreciendo volver a pasar hambre.

—Lo sé.

—Tengo para una casa. Para trabajar por mi cuenta. No seríamos pobres como antes.

Alexandra caminó hasta el espejo de la sala. Había una marca en el suelo donde acostumbraba colocarse durante los ensayos.

Se detuvo encima.

—¿Y mi carrera?

—Puedes seguir cantando.

—¿Quién va a contratarme cuando Gerardo decida que ya no?

Raúl no respondió.

—¿Quién va a proteger a mi equipo? ¿Quién va a conseguir que una productora se arriesgue?

—Podemos empezar de otra forma.

Alexandra lo miró a través del espejo.

—Ya empecé de otra forma una vez. No quiero perder lo que tengo.

Raúl sintió que la esperanza retrocedía.

—Te estoy ofreciendo amor.

Ella bajó la vista.

—También necesito una vida que quiera vivir.

* * *

Raúl se puso de pie.

—Entonces no es solo que no puedas dejarlo.

Alexandra permaneció frente al espejo.

—No.

La respuesta le costó, pero la pronunció.

—Tampoco quieres.

Ella giró hacia él.

—No quiero que te vayas pensando que bastaría con sacarme de una casa. Yo elegí esto. Hay cosas que me asustan, pero hay muchas que disfruto. Raúl apretó la mandíbula.

—¿Lo amas?

—No como…

Se detuvo. Él esperó. Alexandra terminó la frase en voz baja.

—No como te quiero a ti.

Raúl cerró los ojos un momento. Raúl se acercó otra vez.

—¿Qué tendría que hacer?

Ella negó con la cabeza.

—No sigas.

—Dímelo.

Alexandra vio que todavía buscaba una cifra, un trabajo, un plazo. Algo que pudiera escribir en su cuaderno y cumplir. Y cometió otra vez el error de convertir su deseo en una condición.

* * *

—Gerardo no es un hombre rico cualquiera —dijo—. Tiene poder. Personas que obedecen aunque no estén de acuerdo. Puede arruinar a alguien sin acercarse.

—Ya lo entendí.

—No, Raúl. Estás hablando de llevarme contigo porque juntaste dinero y conoces a unos hombres. Eso no alcanza.

Él sostuvo su mirada.

—¿Qué alcanzaría?

Alexandra respiró despacio.

—Alguien más poderoso que él.

Raúl no se movió. Ella continuó, empujada por una mezcla de miedo, orgullo y ambición que no quiso nombrar.

—No alguien que trabaje para una organización. Su jefe. Alguien con poder fuera de México, que Gerardo no pudiera aplastar.

Las palabras quedaron entre ellos. Alexandra escuchó lo que acababa de decir y sintió vergüenza. Pero también imaginó, fugazmente, una vida con Raúl donde no tuviera que renunciar a nada.

No retiró la condición.

* * *

—Si yo consiguiera eso —preguntó él—, ¿te casarías conmigo?

Alexandra debió decir que estaba pidiendo algo terrible. Debió señalar la puerta y exigirle que regresara con sus padres.

En lugar de hacerlo, miró al hombre que había cruzado una frontera por ella y pensó que aquella nueva frontera era imposible.

—Sí —respondió—. Pero no lo vas a conseguir.

Raúl recogió el teléfono. El movimiento fue tan tranquilo que ella sintió miedo.

—Voy a volver a buscarte.

Alexandra lo siguió hasta la puerta.

—No te estoy pidiendo que hagas esto.

Él se volvió.

—Me acabas de decir lo que necesitas.

Antes de que pudiera responder, Raúl salió. Inés se apartó para dejarlo pasar. Alexandra permaneció en el umbral, incapaz de llamarlo otra vez.

* * *

Aquella noche, Raúl abrió su cuaderno. La última cifra seguía debajo de la fecha del regreso. Pasó una página. Recordó a Teresa diciéndole que cambiara lo que necesitaba. Recordó a Efraín advirtiéndole que no decidiera cuando tuviera miedo.

También recordó la voz de Alexandra.

«No como te quiero a ti».

Se quedó con esas palabras. Las otras las convirtió en una tarea. Cuando Fabián llamó para saber por qué había faltado durante la tarde, Raúl no ofreció una excusa.

—Quiero hablar con Salcedo.

—¿Para qué?

Raúl contempló la página vacía.

—No quiero quedarme donde estoy.

Al colgar, dejó el cuaderno abierto. Por primera vez no anotó una cantidad. Escribió un nombre. Gerardo.