Capítulo 10 de 25

La primera mancha

Salcedo dejó que Raúl hablara hasta el final. Escuchó sus peticiones sin interrumpirlo: más responsabilidad, más trabajo, la posibilidad de avanzar dentro de la organización.

No le habló de Alexandra. Tampoco mencionó a Gerardo. Cuando terminó, Salcedo abrió un cajón, sacó una carpeta y la puso frente a él.

—Todo el mundo llega diciendo que quiere subir.

Raúl mantuvo las manos sobre las rodillas.

—Yo no tengo miedo de trabajar.

—No estamos hablando de trabajo.

Salcedo lo observó durante unos segundos.

—Afuera puedes romper una pieza y pagarla. Aquí hay errores que alguien paga con la vida. A veces quien los comete. A veces otro.

Raúl sintió una presión en el pecho. Pensó en decir que había entendido. La mirada de Salcedo le impidió fingir tan fácilmente.

—Todavía puedes salir —añadió el hombre—. Fabián te paga lo pendiente y terminamos.

Raúl miró la carpeta cerrada. Había una puerta detrás de él. Podía levantarse, atravesarla y volver con Teresa.

—Quiero quedarme.

Salcedo retiró la carpeta.

—Entonces deja de pedir un puesto. Primero demuestra que podemos confiar en ti.

* * *

El cambio fue pequeño al principio. Le permitieron entrar a reuniones donde antes esperaba afuera. Algunos hombres dejaron de llamarlo muchacho. Fabián empezó a consultarlo sobre problemas en los vehículos y en los talleres que utilizaban.

Raúl encontró alivio en esas tareas. Podía reconocerlas. Una pieza dañada seguía siendo una pieza dañada, aunque perteneciera a alguien que llevaba una pistola bajo la camisa.

Trabajaba con precisión y evitaba preguntar adónde iban después los automóviles. Le parecía una forma de conservar cierta distancia.

Un mecánico más joven, llamado Iván, lo ayudaba algunas tardes. Tenía una niña de tres años y enseñaba fotografías de ella a cualquiera que aceptara mirarlas.

—Quiero comprarle una bicicleta —contó mientras buscaban una herramienta.

Raúl recordó a Julián, a Efraín y a los hombres con quienes había trabajado en el campo. Durante unos minutos, el taller pudo haber sido cualquier taller.

Después entró un hombre armado y pidió las llaves. Iván dejó de sonreír.

* * *

Alexandra llamó dos veces aquella semana. Raúl no respondió. Había aprendido a interpretar cada palabra suya como una posibilidad, y temía que otra conversación lo devolviera al lugar donde ella podía decirle que todavía no era suficiente.

En cambio, escuchaba su música durante el trayecto al trabajo. No encontraba ninguna contradicción en evitar su voz por teléfono y buscarla en las canciones.

Fabián lo descubrió una mañana. Reconoció el nombre en la pantalla y levantó una ceja.

—¿Te gusta Alexandra?

Raúl apagó el teléfono.

—Canta bien.

Fabián lo observó más tiempo del necesario.

—Hay gustos que salen caros.

Raúl no contestó. Cuando el hombre se alejó, borró las canciones del aparato. Esa noche las buscó de nuevo.

* * *

Teresa supo que algo había cambiado cuando encontró un sobre con dinero en la mesa. Raúl había llegado tarde y todavía llevaba las botas puestas.

—Para la casa —dijo.

Ella no tocó el sobre.

—¿De dónde salió?

—De mi trabajo.

—Eso ya me lo dijiste. Ahora dime cuál.

Raúl se quitó la chamarra.

—Ayudo en unos talleres.

Su padre estaba sentado junto a la ventana. Había apagado la radio al escucharlos.

—¿Y por ayudar en un taller te pagan esto? —preguntó Teresa.

Raúl sintió que se le endurecía la voz.

—Sé hacer más cosas que antes.

Su madre lo miró. No había sorpresa en sus ojos. Había miedo.

—No nos traigas dinero que no podamos mirar tranquilos.

Raúl retiró el sobre con demasiada rapidez.

—Está bien. Me lo llevo.

Teresa dio un paso hacia él.

—No te estoy echando. Te estoy pidiendo que me digas la verdad.

Él la dejó hablando. Desde el patio escuchó a su padre pronunciar su nombre. No regresó a la cocina.

* * *

Dos días después, Salcedo lo llamó a la oficina. Fabián esperaba junto a la puerta.

—Vas a acompañarlo —dijo Salcedo.

Raúl miró de uno a otro.

—¿Adónde?

—A hablar con alguien que lleva tiempo incumpliendo. Fabián recogió unas llaves.

—Nada complicado, si entiende.

Raúl había escuchado frases parecidas antes. Hasta entonces siempre habían sido asunto de otras personas. Preguntó qué debía hacer.

—Quedarte —respondió Salcedo—. Escuchar. Y no estorbar.

Durante el trayecto, Raúl observó las calles. Pasaron frente a una escuela. Una mujer vendía fruta en bolsas junto a la entrada. Más adelante, un hombre cargaba un cilindro de gas sobre el hombro.

La ciudad continuaba con sus problemas habituales. Raúl sintió el impulso de pedir que se detuvieran. Se acomodó en el asiento.

* * *

El hombre se llamaba Abel. Tenía un negocio pequeño y los esperaba detrás de un escritorio donde se acumulaban facturas.

Se puso de pie al ver a Fabián. No saludó a Raúl. Sus ojos bajaron hacia las manos de los visitantes y volvieron al rostro del que parecía mandar.

—Necesito unos días más.

Fabián se sentó sin permiso.

—Eso dijiste la semana pasada.

Abel habló de pérdidas, de clientes que no habían pagado y de una hija enferma. Se esforzaba por ordenar las explicaciones como si una secuencia razonable pudiera protegerlo.

Raúl permaneció junto a la puerta. En la pared había una fotografía de una adolescente con uniforme escolar. Abel siguió la dirección de su mirada.

—Por favor —dijo.

No quedó claro a cuál de los dos se lo pedía. Fabián dejó de escucharlo. Todo sucedió más rápido de lo que Raúl habría imaginado y más lentamente de lo que pudo soportar.

Una orden. Un movimiento brusco. Abel terminó en el suelo. Raúl dio un paso. Fabián volvió hacia él.

—Te dijeron que no estorbaras.

* * *

Cuando salieron, Raúl tenía las manos heladas. No había golpeado a Abel. Se aferró a ese dato durante el trayecto. Miró sus dedos, buscando una prueba de que seguían siendo los mismos.

Fabián conducía con una mano.

—Si vas a ponerte así cada vez, mejor lo dices ahora.

Raúl tragó saliva.

—Pudiste darle tiempo.

—No sabes cuánto tiempo tuvo.

—No hacía falta.

Fabián frenó ante un semáforo.

—¿Quieres decidir? Primero acepta lo que cuesta llegar al lugar donde se decide.

Raúl miró por la ventana. Un niño reía mientras su padre trataba de cerrar un paraguas. El semáforo cambió. Durante el resto del viaje no habló.

* * *

Esa noche intentó comer. El olor de la carne le revolvió el estómago. Dejó el plato, fue al baño y se apoyó sobre el lavabo. Recordó el rostro de Abel cuando había mirado la fotografía de su hija.

Después recordó que él se había quedado en la puerta. Había podido decir algo antes. Había podido negarse a ir. Había podido salir cuando Salcedo se lo ofreció.

Recordó el momento en que Salcedo le señaló la salida. Raúl abrió el grifo y se lavó las manos. Lo hizo aunque no estaban sucias.

Al volver al cuarto encontró un pago que Fabián había dejado para él. No era una fortuna. Era suficiente para que su presencia en aquel lugar adquiriera un precio.

* * *

A la mañana siguiente buscó a Iván. El joven estaba debajo de un automóvil.

—¿Conoces a un hombre llamado Abel? —preguntó Raúl.

Iván dejó de trabajar. Salió despacio y se limpió las manos.

—No te metas.

—Solo pregunté.

El muchacho miró hacia la entrada.

—Aquí preguntar ya es meterse.

Raúl quiso insistir, pero vio el miedo en su cara. Horas después, Fabián le informó que Abel estaba hospitalizado. Lo dijo mientras revisaba un mensaje.

—Ya entendió.

Raúl sintió un alivio vergonzoso. Estaba vivo. Durante unos segundos permitió que aquello se pareciera a una absolución.

Después pensó en la adolescente de la fotografía, esperando noticias. Guardó el dinero en un cajón. No lo gastó ese día.

* * *

Alexandra consiguió que respondiera al cuarto intento.

—Necesito hablar contigo —dijo.

Raúl estaba sentado junto a una ventana.

—Ya hablamos.

—No puedes hacer de aquello una promesa nueva.

Él cerró los ojos.

—Tú pusiste la condición.

Alexandra respiró con dificultad.

—Dije algo que no debí decir.

—¿Entonces mentiste otra vez?

Ella guardó silencio. Raúl escuchó el murmullo de una televisión al fondo. Imaginó una sala elegante, flores frescas y un automóvil esperando afuera.

—No quiero que te lastimen —añadió ella.

Él recordó a Abel.

—Hay gente que no quiere que la lastimen y de todos modos pasa.

Alexandra percibió algo en su voz.

—¿Qué hiciste?

Raúl abrió los ojos.

—Todavía nada que no pueda arreglar.

Colgó antes de escuchar una respuesta. La mentira le dejó un sabor amargo.

* * *

Salcedo lo recibió al terminar la semana. Fabián había informado que Raúl se puso nervioso, pero obedeció. El hombre le entregó unas llaves.

Fabián había defendido que le confiaran el taller. Raúl no ocultaba pérdidas ni abandonaba a los empleados cuando un vehículo fallaba. Para Fabián, que llevaba años cargando con los errores ajenos, aquel orden valía más que una demostración de dureza. Su apoyo empezó por conveniencia y se convirtió en una lealtad que ninguno llamó amistad.

—Vas a encargarte de otro taller. Tendrás gente a tu cargo.

Raúl las recibió. Era lo que había pedido: confianza, responsabilidad, un lugar más alto. No sintió orgullo.

—¿Y Abel? —preguntó.

Salcedo apoyó las manos sobre el escritorio.

—Tiene sus problemas. Tú tienes los tuyos.

Raúl miró las llaves. Pensó en el local que había rechazado, donde habría podido trabajar junto a su padre. Este taller era más grande.

También tenía una puerta metálica y un piso de cemento. La diferencia no podía verse desde la calle.

* * *

Aquella noche volvió a casa. Teresa abrió y se apartó para dejarlo entrar. Raúl no llevaba dinero. Se sentó a la mesa mientras ella calentaba comida. Quiso contarle lo sucedido.

La vio servirle como cuando regresaba de la escuela y sintió que decirlo haría irreversible algo que todavía intentaba esconderse.

—¿Estás bien? —preguntó.

Raúl sostuvo la cuchara.

—Estoy cansado.

Teresa le puso una mano sobre el hombro. Él casi empezó a llorar. Al marcharse, su madre lo acompañó hasta la puerta.

—Puedes volver antes de que sea demasiado tarde.

Raúl miró hacia la calle. En el bolsillo llevaba las llaves del nuevo taller. Las apretó con fuerza.

—Mañana tengo que trabajar.

Se alejó sin volverse. Aún conservaba suficiente conciencia para saber que estaba eligiendo. Lo que empezaba a perder era la voluntad de elegir otra cosa.