Capítulo 11 de 25

Aprender a dar órdenes

La primera vez que alguien llamó jefe a Raúl, él miró detrás de sí. Iván estaba junto a un automóvil, con una pieza entre las manos.

—Le estoy hablando a usted.

Raúl tardó un momento en responder.

—¿Qué pasó?

El muchacho le explicó una avería. Raúl se agachó para revisarla, hizo dos preguntas y señaló lo que debían cambiar. Hasta allí, nada era distinto de los talleres donde había trabajado antes.

La diferencia apareció cuando otro hombre entró y pidió que dejaran aquel automóvil para ocuparse del suyo. Iván se volvió hacia Raúl.

Esperaba una decisión.

—Primero terminamos esto —dijo él.

El recién llegado soltó una risa.

—No sabes de quién es el mío.

Raúl se incorporó.

—Sé cuál llegó primero.

El hombre dio un paso hacia él. Antes de que continuara, Fabián apareció en la entrada.

—Aquí decide Raúl.

Nadie discutió después. Durante unos segundos, Raúl sintió una satisfacción limpia, casi antigua. Había evitado una injusticia pequeña.

Eso le permitió olvidar las otras.

* * *

Los meses siguientes le enseñaron a reconocer el poder en cosas que antes parecían insignificantes. Una conversación interrumpida cuando entraba.

Una silla que quedaba libre. Una pregunta formulada con cuidado. Al principio le incomodaban aquellos gestos. Después empezó a notarlos cuando faltaban.

Salcedo le encargó supervisar otros talleres y resolver conflictos entre quienes trabajaban allí. Raúl era ordenado, recordaba nombres y cumplía lo que prometía.

Los hombres confiaban en que no les retrasaría un pago. Los superiores apreciaban que los problemas llegaran resueltos. Raúl se decía que todavía podía hacer las cosas mejor que los demás.

Cada pago a tiempo le ayudaba a posponer las preguntas que no quería hacerse.

* * *

Iván dejó de llevar fotografías de su hija. Raúl se dio cuenta una tarde, cuando el muchacho revisaba el teléfono durante el descanso y lo guardó apenas alguien se acercó.

—¿Cómo está la niña?

—Bien.

—¿Ya le compraste la bicicleta?

Iván negó con la cabeza.

—Estoy juntando para otra cosa.

Raúl esperó. El joven miró hacia la oficina.

—Quiero irme.

La frase le produjo una molestia inesperada.

—¿No estás bien aquí?

—Me pagan bien.

—Entonces…

Iván se frotó las manos.

—El otro día vino mi esposa. Vio a los hombres de la entrada. No quiere que siga.

Raúl recordó a Teresa frente al sobre de dinero.

—Puedes buscar otro trabajo —dijo.

Iván levantó los ojos, sorprendido.

—¿De verdad?

Raúl asintió. La gratitud del muchacho le produjo alivio. Hasta que Fabián supo lo ocurrido.

* * *

—No puedes dejar que cada quien entre y salga cuando se le antoje —le dijo en la oficina.

Raúl cerró la puerta.

—Es un mecánico.

—Es alguien que ha estado aquí meses.

—No sabe nada.

Fabián lo miró.

—Tú tampoco sabías nada cuando llegaste.

Raúl permaneció callado. El hombre se acercó al escritorio.

—Habla con Salcedo antes de hacer promesas.

Raúl consiguió que Iván se marchara después de varios días de discusiones. No supo qué advertencias le hicieron ni qué tuvo que aceptar.

Cuando el muchacho pasó a despedirse, ya no sonreía.

—Gracias por ayudarme —dijo.

Raúl quiso preguntarle qué había sucedido. Se detuvo. Había logrado que saliera. Decidió quedarse con esa parte.

* * *

Alexandra dejó de llamar. Sus mensajes se volvieron breves y espaciados. A veces enviaba una fotografía o preguntaba por Teresa, pero nunca volvió a mencionar la condición que había puesto.

Raúl conservaba cada mensaje. No necesitaba leerlos continuamente. Le bastaba con saber que estaban allí. Durante una entrega de premios, Alexandra apareció con un vestido rojo y una sonrisa que parecía ensayada para cada cámara.

Raúl vio la transmisión desde una habitación de hotel. Al terminar, escribió:

«Cada vez estás más cerca de lo que querías».

Ella respondió:

«¿Y tú?».

Raúl observó la pregunta. Pensó en los hombres que ahora esperaban sus decisiones, en el dinero y en las puertas que le abrían.

«También».

Alexandra no volvió a escribir aquella noche.

* * *

Gerardo empezó a preguntar por Raúl. La primera vez lo hizo durante una comida.

—¿Qué fue de tu amigo?

Alexandra dejó el vaso sobre la mesa.

—No sé mucho.

—¿Ya regresó a Estados Unidos?

—No.

Gerardo la miró con atención.

—¿Sigue buscándote?

—No como antes.

Era una respuesta demasiado precisa para alguien que decía no saber mucho. Él continuó comiendo. Alexandra sintió el impulso de explicarse y comprendió que hacerlo podía empeorar las cosas.

Más tarde, Inés la encontró sentada frente al tocador.

—¿Qué pasa?

—Me preguntó por Raúl.

La mujer apoyó una mano sobre el respaldo.

—Entonces deja de darle motivos para seguir preguntando.

Alexandra pensó en borrar la conversación. No lo hizo.

* * *

Un año después de hacerse cargo del primer taller, Raúl acompañó a Salcedo a una reunión fuera de la ciudad. No lo habían llevado para conducir ni para esperar junto a la puerta.

Se sentó a la mesa. Frente a ellos había una mujer de cabello corto y un hombre mayor que escuchaba con los ojos entrecerrados.

La mujer se presentó como Verónica.

Arce le había confiado la administración después de que muriera el socio con quien ella había empezado. Su parte de los ingresos sostenía a una hermana enferma y a dos sobrinos. Tenía también propiedades y una posición que no pensaba perder. No permanecía por necesidad únicamente: llevaba años llamando prudencia a la decisión de conservar sus privilegios.

Hablaba de pérdidas, desacuerdos y compromisos incumplidos. No levantaba la voz, pero nadie la interrumpía. Raúl reconoció nombres de distintas organizaciones.

Por primera vez comprendió que el mundo al que había entrado no terminaba en Salcedo. Había otras regiones, otras jerarquías y personas capaces de decidir sobre hombres a quienes él consideraba intocables.

Verónica le hizo una pregunta sobre los talleres. Raúl respondió con claridad. Ella pidió detalles. Él conocía los problemas y no intentó adornarlos.

Al salir, Salcedo caminó a su lado.

—Te estuvieron mirando.

Raúl no preguntó quiénes. Lo había sentido. Verónica volvió a buscarlo meses después.

Antes de recomendarlo, había visto lo que hizo durante una disputa entre tres encargados. Raúl comprobó que uno retenía pagos para culpar a los otros y pidió que lo apartaran. Salcedo quiso resolverlo con un castigo ejemplar; Raúl insistió en devolver primero lo retenido y escuchar a los empleados.

La decisión no lo hizo inocente ni cambió la actividad de aquellos talleres. Sí mostró que podía sostener una conversación frente a hombres con más antigüedad y conseguir un acuerdo que evitara una nueva disputa. Verónica llevó ese resultado a Arce.

Quería que se trasladara temporalmente al sur para hacerse cargo de una parte de los negocios de la organización. Salcedo se lo comunicó sin entusiasmo.

—No es un premio.

Raúl permaneció frente al escritorio.

—¿Por qué me eligieron?

—Porque trabajas. Porque todavía escuchas. Y porque creen que puedes servirles.

Raúl oyó solo una parte. Lo habían elegido. Era una posibilidad de avanzar más allá de aquel lugar, de acercarse al poder que Alexandra había descrito como imposible.

—¿Cuánto tiempo?

Salcedo se encogió de hombros.

—El que haga falta.

* * *

Teresa supo del viaje cuando Raúl fue a despedirse. Su padre estaba dormido. Había tenido una semana de dolores fuertes y los medicamentos lo dejaban agotado.

Ella escuchó desde la cocina.

—¿Otra vez te vas?

—Es por trabajo.

Teresa no preguntó qué trabajo. Ya no aceptaba aquella palabra como explicación.

—Tu papá necesita ayuda.

—Voy a mandar para todo.

Su madre dejó el trapo sobre la mesa.

—A veces hace falta una persona, Raúl.

Él miró hacia la puerta del dormitorio.

—No puedo quedarme ahora.

Teresa se sentó. Parecía haber envejecido desde su regreso.

—Antes tampoco podías. Siempre faltaba algo.

Raúl quiso decirle que esta vez estaba cerca. No sabía cerca de qué. Su madre lo abrazó al despedirse, pero no le pidió que prometiera volver pronto.

Aquello le dolió más que una discusión.

* * *

En el sur conoció a Esteban Arce. Era un hombre mayor, con una mano rígida y una forma pausada de hablar. Verónica se sentaba a su lado en las reuniones y corregía datos sin pedir permiso.

Raúl tardó varios días en comprender que aquel hombre encabezaba la organización.

Arce mandaba sobre Salcedo y sobre responsables de otros países. Gerardo había sido un socio externo útil, pero los desacuerdos crecían. Raúl no estaba ascendiendo dentro de la estructura de su rival: estaba acercándose al mando de la organización que pronto competiría con ella.

No tenía nada de la imagen que había imaginado. Vestía camisas sencillas. Comía poco. Preguntaba por los hijos de sus colaboradores y recordaba quién tenía un padre enfermo.

También recibía informes de violencia sin cambiar la expresión. Raúl observaba esa convivencia entre la cortesía y el daño.

Le resultaba inquietante. Le resultaba familiar. Arce lo llamó después de una reunión.

—Salcedo dice que quieres subir.

Raúl mantuvo la mirada.

—Quiero hacer más.

—Eso no es lo mismo. El hombre apoyó la mano sana sobre la mesa.

—Aquí cada decisión tiene un apellido detrás. Si no puedes recordarlo, terminarás creyendo que solo mueves números.

* * *

Raúl empezó a recibir informes donde las consecuencias estaban escritas con palabras breves. Un herido. Un detenido. Una familia desplazada.

Una pérdida. Al principio preguntaba quiénes eran. Después las preguntas comenzaron a retrasar las reuniones y a incomodar a los demás.

Verónica lo observó una tarde.

—No vas a arreglar todo después de aceptar que siga ocurriendo.

Raúl cerró una carpeta.

—Puedo evitar algunas cosas.

—Sí.

Ella dejó que el silencio completara lo que no había dicho. Raúl comprendió. Evitar algunas cosas no cancelaba las que permitía.

Aun así, continuó.

* * *

Una noche recibió una llamada de Teresa. Su padre había sufrido una caída. No estaba en peligro inmediato, pero necesitaba estudios y varios días de reposo.

Raúl ofreció pagar una clínica.

—Ya lo atendieron —respondió ella.

—Voy a mandar dinero.

—Haz lo que quieras.

Su madre nunca le había hablado así. Raúl se quedó escuchando su respiración.

—¿Quieres que vaya?

Teresa tardó en contestar.

—Quiero que cuando lo digas, lo decidas tú.

Él miró el calendario. A la mañana siguiente tenía una reunión con Arce y representantes de otros países. Era la primera vez que lo incluirían en algo de esa importancia.

—Voy a intentar mover unas cosas.

Teresa se despidió. Raúl permaneció con el teléfono en la mano. No movió la reunión.

* * *

Días después, Verónica lo encontró trabajando tarde. Sobre el escritorio había una fotografía de Alexandra que él no había alcanzado a guardar.

La mujer la reconoció.

—¿Es ella?

Raúl no respondió. Verónica tomó una silla.

—Arce quiere hablar contigo mañana. Va a darte más responsabilidades.

Él levantó los ojos. Aquella noticia debía haberlo alegrado. La mirada de Verónica lo mantuvo inmóvil.

—Antes de aceptar —añadió—, piensa si estás buscando un lugar dentro de esto o una respuesta de alguien que está afuera.

Raúl guardó la fotografía.

—Sé lo que quiero.

Verónica se levantó.

—Entonces procura no olvidar quién lo va a pagar.

Cuando quedó solo, Raúl abrió el cuaderno que había traído desde California. Las primeras páginas contenían precios de casas y herramientas.

Encontró el nombre de Gerardo escrito al final. Durante mucho tiempo lo había mirado como una meta. Aquella noche, por primera vez, vio alrededor de ese nombre el espacio donde ya no estaba escribiendo todo lo que perdía.