Capítulo 12 de 25

La orden

Esteban Arce recibió a Raúl antes del amanecer. Había una taza de café junto a su mano sana y otra frente a la silla vacía. Desde el comedor se veía un jardín todavía oscuro.

—Siéntate.

Raúl obedeció. Arce lo observó mientras apartaba una carpeta.

—Verónica dice que sabes escuchar.

—Intento entender antes de decidir.

—Eso sirve mientras no lo uses para aplazar lo que no te gusta.

Raúl sostuvo la taza sin beber. Durante el último año había aprendido a esperar antes de responder. Algunos confundían aquella pausa con tranquilidad. Él sabía que a veces solo estaba buscando una frase que le permitiera aceptar sin escuchar su propia conciencia.

Arce empujó la carpeta hacia él.

—Vas a encargarte de la región.

Raúl levantó la mirada. No preguntó qué región. Había asistido a suficientes reuniones para entender el alcance de aquellas palabras.

Varios responsables pasarían a responder ante él.

Arce no tomó la decisión sin objeciones. Montenegro prefería a un hombre que llevaba quince años a su lado. Otro responsable recordó que Raúl había autorizado un pago sin confirmar quién debía recibirlo, y que el error dejó a varias familias esperando durante semanas.

Raúl no lo negó. Había devuelto el importe de sus propios ingresos y corregido el registro, pero tardó en admitir que su prisa había causado el daño.

—Por eso quiero que sigas revisando lo que firmas —le dijo Arce—. No porque seas incapaz de equivocarte.

El hombre necesitaba un administrador que no dependiera de las lealtades de Montenegro. Raúl reunía capacidad, ambición y pocos vínculos dentro de la vieja dirección. Arce veía en eso una ventaja para su sucesión; Raúl oyó, sobre todo, una oportunidad para él.

Habría más dinero. También decisiones que ya no podría atribuir a otros.

* * *

Verónica lo acompañó al salir. Caminaron por una galería donde dos empleados limpiaban el piso.

—No te felicito —dijo ella.

Raúl la miró.

—No lo esperaba.

—Entonces estamos entendiendo lo mismo.

Se detuvieron junto a una ventana. Verónica tenía una carpeta delgada bajo el brazo. A diferencia de los hombres que acumulaban papeles para parecer importantes, ella llevaba únicamente lo que necesitaba.

—Hay un conflicto en San Jerónimo —explicó—. Los encargados quieren una respuesta hoy.

Raúl conocía el nombre. Era una población pequeña donde la organización había impuesto su presencia tiempo atrás. Había resistencia, desacuerdos y personas que se negaban a cumplir exigencias que no tenían ninguna obligación legítima de aceptar.

—¿Qué proponen?

Verónica no apartó los ojos.

—Violencia.

Raúl miró hacia el jardín. Un empleado recogía hojas cerca de la fuente.

—¿Hay otra opción?

—Siempre puedes detenerlo.

Él comprendió lo que no necesitaba añadir. Detenerlo significaba comenzar su nueva responsabilidad enfrentándose a quienes esperaban una demostración de autoridad.

* * *

La reunión duró más de una hora. Uno de los encargados hablaba de desobediencia. Otro aseguraba que, si no actuaban, distintas poblaciones harían lo mismo.

Raúl escuchó cómo una comunidad entera se convertía en un problema de disciplina.

—No todos están involucrados —dijo.

El hombre frente a él abrió las manos.

—Nadie dijo que lo estuvieran.

—Están hablando de ir contra el pueblo.

—Estamos hablando de hacer que entiendan.

Raúl recordó a Abel en el suelo. La misma frase. La misma facilidad para convertir el dolor ajeno en una explicación breve.

Verónica permanecía sentada a un lado. No intervino. Raúl buscó en los rostros de los demás una duda parecida a la suya y no la encontró.

Quiso terminar la reunión sin decidir. Arce se lo había advertido: aplazar también podía ser una forma de aceptar.

—No quiero civiles afectados —dijo finalmente.

Uno de los hombres inclinó la cabeza.

—Entonces autoriza y nosotros nos ocupamos.

Raúl sostuvo el bolígrafo entre los dedos. Dio su aprobación.

* * *

La noticia llegó durante la noche. No por un informe interno. Por la televisión. Una reportera hablaba desde una carretera cerrada. Detrás de ella había familias cargando bolsas, niños envueltos en cobijas y una mujer que no dejaba de preguntar por su marido.

Había muertos. Los primeros datos eran incompletos. Entre las víctimas se mencionaba a un comerciante y a un muchacho que regresaba de visitar a un amigo.

Raúl subió el volumen. Reconoció San Jerónimo antes de que apareciera escrito en la pantalla. Se puso de pie. Llamó al responsable de la reunión.

—Me dijiste que no habría civiles afectados.

El hombre contestó con impaciencia.

—Las cosas se complicaron.

—¿Cuántos?

—Todavía estamos viendo.

Raúl miró a la mujer que lloraba frente a la cámara. No necesitaba el número para saber qué había hecho.

* * *

Verónica llegó poco después. Lo encontró de pie frente al televisor.

—Quiero saber qué pasó —dijo él.

Ella dejó la carpeta sobre una mesa.

—Ya lo estás viendo.

Raúl se volvió.

—Di una orden clara.

—Autorizaste que fueran.

—Con condiciones.

Verónica permaneció inmóvil.

—Sabías qué estaban proponiendo.

Él abrió la boca y la cerró. La reportera mencionó otro herido. Raúl volvió hacia la pantalla.

—Voy a hacer que paguen.

Verónica respiró despacio.

—Eso no va a convertirte en alguien que no estuvo involucrado.

Él sintió rabia. Durante un instante quiso que ella dejara de hablar, que saliera y le permitiera encontrar una explicación menos insoportable.

Pero había preguntado qué ocurrió. Y ella le estaba diciendo la parte que ningún informe escribiría por él.

* * *

No durmió. Al amanecer supo los nombres confirmados de las víctimas. Leyó cada uno. Un hombre de cincuenta y ocho años. Una mujer que atendía una tienda.

Un muchacho de diecisiete. Había más personas heridas y familias que abandonaron sus casas antes de que saliera el sol. Raúl se quedó mirando la edad del muchacho.

A los diecisiete, él todavía ayudaba a su madre a cargar las ollas de tamales. Alexandra trabajaba los sábados y guardaba dinero para dejar la casa de Ernesto.

Buscó una fotografía. Encontró al joven en una publicación de su escuela, sonriendo junto a otros estudiantes. Cerró la pantalla.

La volvió a abrir. Necesitaba verlo. También necesitaba dejar de verlo para continuar.

* * *

Arce lo llamó al mediodía. Escuchó su informe sin mostrar sorpresa.

—Debiste preverlo.

Raúl permaneció frente al escritorio.

—Quiero retirar a los responsables.

Arce asintió.

—Hazlo.

Raúl había esperado una discusión.

—No era lo que autoricé.

El hombre apoyó la mano sobre la carpeta.

—Era una consecuencia posible.

Raúl sintió que la habitación perdía aire.

—Había gente que no tenía nada que ver.

—Lo sé.

Arce no levantó la voz. Eso volvió la conversación más difícil.

—Si vas a dirigir, no esperes que tus decisiones lleguen limpias al final del día.

Raúl miró la puerta. Podía marcharse. La posibilidad seguía existiendo, aunque cada vez le pareciera más lejana.

—Voy a cambiar a los encargados —dijo. Arce volvió a sus papeles.

La reunión había terminado.

* * *

Alexandra supo de San Jerónimo mientras la maquillaban para una entrevista. La televisión del camerino mostraba imágenes de una escuela cerrada.

Pidió que subieran el volumen. Gerardo la llamó minutos después. Preguntó cómo iba el programa y si ya había recibido las prendas para una sesión de fotografías.

Alexandra respondió distraída.

—¿Qué tienes? —preguntó él.

—Estoy viendo las noticias.

Gerardo guardó silencio.

—No mires todo lo que pasan.

—Murió gente.

—Muere gente todos los días.

Alexandra observó a la maquillista por el espejo. La mujer fingía no escuchar.

—Tengo que prepararme —dijo.

Al colgar, buscó a Raúl. Había pasado varias semanas sin escribirle. No sabía por qué pensaba en él al ver aquellas imágenes. Quizá porque sus mensajes eran más breves, porque nunca decía dónde estaba o porque empezaba a entender que las promesas de poder tenían consecuencias fuera de la conversación donde se hacían.

Escribió:

«¿Estás bien?».

* * *

Raúl leyó el mensaje junto a una ventana. Durante horas había querido hablar con alguien que lo conociera antes. No con un subordinado.

No con Arce. Con alguien que pudiera recordar su nombre sin asociarlo a una orden. Llamó a Alexandra. Ella respondió enseguida.

—¿Qué pasó?

Él escuchó su respiración.

—¿Te acuerdas de la maestra de primaria?

La pregunta la desconcertó.

—¿Cuál?

—La que nos hizo plantar un árbol detrás del salón.

Alexandra sonrió apenas.

—Sí. Se secó.

—Porque no lo regamos.

Ella se sentó.

—Raúl, ¿por qué me preguntas eso?

Él miró el jardín oscuro. Recordaba la vergüenza que había sentido por no cuidar un árbol. Ahora buscaba aquella capacidad de arrepentirse de algo sencillo y repararlo al día siguiente.

—No sé.

Alexandra bajó la voz.

—Puedes decirme qué te está pasando.

Raúl estuvo a punto de hacerlo. Después pensó en la condición. En Gerardo. En todo lo que todavía no había conseguido.

—Estoy trabajando mucho —respondió.

* * *

Dos meses después, Teresa le avisó que su padre necesitaba una intervención. Raúl pagó los gastos sin pedir que aceptaran el dinero.

Lo hizo directamente. Cuando su madre se enteró, lo llamó.

—No puedo vigilar cada cosa que haces —dijo—. Pero no creas que esto borra lo demás.

Raúl estaba en un automóvil, rodeado de hombres que esperaban una decisión suya.

—Lo sé.

—¿Vas a venir?

Miró la agenda. Esta vez hizo una pausa más larga.

—Sí.

Viajó al día siguiente. En el hospital encontró a Teresa dormida en una silla. Se sentó a su lado sin despertarla. Su padre estaba detrás de una puerta cerrada, atendido por personas que no sabían quién pagaba ni de dónde venía el dinero.

Raúl observó sus manos. Había aprendido a dar órdenes. Allí no podía dar ninguna que le devolviera el tiempo que había faltado.

* * *

Su padre salió bien. Al despertar, lo reconoció y sonrió.

—¿Ya abriste el taller?

Teresa bajó la mirada. Raúl tardó en responder.

—Tengo varios.

El hombre pareció satisfecho.

—Mira nada más.

Raúl sintió que algo se le quebraba por dentro. No corrigió aquella alegría. Permaneció junto a la cama mientras su padre hablaba de herramientas, de empleados y de lo difícil que era empezar.

Por unos minutos pudo escuchar la vida que habría tenido. No era una vida pobre. No era una vida pequeña. Solo era una que había rechazado.

* * *

Al volver, encontró una invitación a otra reunión internacional. Su nombre aparecía entre los responsables. Verónica se la entregó sin comentario.

Raúl leyó la lista. Había avanzado. Había dejado atrás a Fabián, los talleres y las primeras cantidades que lo sorprendían. Ahora lo convocaban hombres que discutían asuntos en varios países.

Pensó en Alexandra. Podía imaginarse regresando, enseñándole lo que había conseguido. Entonces recordó la fotografía del muchacho de San Jerónimo.

Guardó la invitación en la misma carpeta. No porque hubiera olvidado. Porque estaba aprendiendo a continuar aun cuando recordaba.

Esa noche escribió a Alexandra: «Ya no estoy tan lejos». Ella miró el mensaje desde su dormitorio. Quiso preguntar lejos de qué.

No lo hizo. Raúl dejó el teléfono sobre la mesa y apagó la televisión antes de que comenzaran las noticias.