Capítulo 13 de 25
La silla vacía
Esteban Arce comenzó a faltar a las reuniones durante la temporada de lluvias. Al principio enviaba instrucciones por medio de Verónica. Después pedía que lo llamaran al terminar para escuchar los acuerdos.
Una mañana no respondió. Raúl estaba sentado frente a seis hombres cuando Verónica entró y cerró la puerta.
—Continuamos sin él.
Nadie preguntó por qué. Pero uno de los presentes, un hombre de barba gris llamado Montenegro, dejó la carpeta sobre la mesa.
—Hay decisiones que no nos corresponden.
Verónica lo miró.
—Entonces hablemos de las que sí.
La reunión siguió. Raúl ocupaba su lugar habitual, a dos sillas del asiento vacío de Arce. Durante meses había observado aquel espacio como el centro alrededor del cual se acomodaban los demás.
Ahora descubría cuánto podía pesar una ausencia.
* * *
Arce lo recibió tres días después. Estaba sentado en un dormitorio, con una manta sobre las piernas. Había medicamentos junto a un vaso de agua.
Raúl se detuvo cerca de la puerta.
—No pongas esa cara —dijo el hombre—. Todavía puedo conversar.
Él se acercó. Arce había adelgazado. Su voz conservaba la calma, pero necesitaba respirar entre algunas frases.
—Van a empezar a buscar un reemplazo.
Raúl miró la silla frente a la cama.
—Verónica puede encargarse.
—Verónica ya se encarga de muchas cosas.
Arce hizo una pausa.
—Quiero saber si tú puedes sostener una decisión cuando todos intenten hacerte cambiarla.
Raúl pensó en San Jerónimo. Había retirado a los responsables, pero no había conseguido borrar la orden que les permitió actuar.
—Puedo asumirla —respondió.
Arce lo observó.
—Asumir no es decir que fue culpa tuya y seguir igual.
Raúl bajó la mirada. El hombre señaló la silla.
—Siéntate. Todavía tienes mucho que escuchar.
* * *
Durante las semanas siguientes hablaron casi todos los días. Arce le contó cómo había conocido a algunos de los hombres que ahora lo rodeaban. Recordaba deudas, enemistades y promesas que otros trataban como asuntos olvidados.
Raúl escuchaba. Comprendió que la organización no era una estructura firme. Era un conjunto de acuerdos sostenidos por miedo, dinero y conveniencias que podían cambiar.
Arce conservaba la autoridad porque conocía lo que cada uno quería ocultar. Raúl todavía no tenía ese conocimiento. Lo que tenía era una reputación creciente: trabajaba, cumplía los pagos y no humillaba a los subordinados para entretenerse.
También había demostrado que, llegado el momento, podía autorizar violencia. Esa parte de su reputación se mencionaba con respeto.
A él le producía vergüenza. Después dejó de mostrarla.
* * *
Montenegro pidió hablar a solas. Raúl lo recibió en una oficina donde el ruido de la lluvia golpeaba los cristales. El hombre no se sentó.
—Arce está enfermo. Eso no significa que todo lo que construimos tenga que quedar en manos de un recién llegado.
Raúl apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—No he pedido nada.
—No hace falta pedir cuando alguien más lo está preparando.
Raúl pensó en Verónica.
—Si tienes un problema con ella, háblalo con ella.
Montenegro sonrió sin alegría.
—Tengo un problema contigo.
Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia.
—Entonces ya lo dijiste —respondió Raúl.
El hombre avanzó hasta el escritorio.
—No te confundas. Que yo siga sentado a la mesa no quiere decir que vaya a obedecerte.
Cuando salió, Raúl se quedó mirando la puerta. Antes habría buscado una forma de agradarle. Ahora pensó cuánto tiempo podía permitir aquella amenaza.
* * *
Alexandra cumplió veintinueve años durante ese invierno. Raúl tenía la misma edad. Había ingresado con Salcedo a comienzos del año en que ambos cumplieron veinticinco. Ahora estaba por completar cinco años dentro de aquella estructura.
Mauricio organizó una celebración con fotografías, invitados y un pastel que nadie tocó hasta que terminaron las tomas. Ella sonrió junto a personas que conocía poco.
Su carrera había crecido. Tenía películas, canciones y una agenda que su equipo llenaba con meses de anticipación. También tenía pausas que Gerardo imponía sin consultar.
Una vez canceló una entrevista porque él quería verla. Otra, abandonó una cena antes del postre cuando recibió una llamada.
La gente lo atribuía al cansancio. Alexandra dejaba que lo hicieran. Gerardo le regaló una casa por su cumpleaños. Ella recorrió los dormitorios con Inés.
Había un jardín, una piscina y una sala donde cabrían varias veces los muebles de la habitación de las cortinas amarillas.
—Es preciosa —dijo.
Inés la observó.
—¿Vas a vivir aquí?
Alexandra miró las ventanas. No sabía si aquella pregunta le correspondía responderla.
* * *
Raúl envió flores. No llevaban una firma visible. En la tarjeta había una frase que Alexandra reconoció: Tú tienes llave. La leyó dos veces.
Recordó las cajas de cartón, las tapas de refresco y la casa donde solo él podía entrar. Llamó a Raúl desde el automóvil.
—Gracias.
Él estaba en una terraza, esperando noticias de Arce.
—Feliz cumpleaños.
Alexandra apoyó la cabeza contra el asiento. Durante un momento escucharon sus respiraciones.
—¿Cómo estás? —preguntó ella.
—Han cambiado muchas cosas.
—Eso me dices siempre.
Raúl miró a los hombres que esperaban a cierta distancia.
—Ahora es verdad de otra manera.
Alexandra quiso preguntar más. Gerardo la llamó en ese instante. La pantalla mostró su nombre.
—Tengo que irme —dijo.
Raúl conocía aquella frase.
—Claro.
Antes de colgar, ella añadió:
—Todavía guardo la flor de papel.
Él permaneció con el teléfono junto al oído después de que terminara la llamada.
* * *
Arce murió a comienzos de la primavera. Verónica avisó antes del amanecer. Raúl llegó y encontró el dormitorio vacío de visitas. La manta seguía doblada sobre una silla. Se quedó junto a la cama.
No sabía si sentía tristeza por el hombre o miedo por lo que vendría. Arce le había enseñado a dirigir. También había hecho posible que continuara.
Ambas cosas eran ciertas. Verónica entró detrás de él.
—Van a reunirse hoy.
Raúl no se volvió.
—¿Ya decidieron?
—Van a intentar decidir.
Ella esperó.
—Arce dejó clara su preferencia. Eso ayuda. No obliga a nadie.
Raúl miró la silla donde habían conversado durante semanas. Aún podía negarse. Recordó el local que había visitado con su padre. Podía buscar otro, trabajar allí y aceptar que Alexandra no lo eligiera.
Después recordó a Alexandra diciendo que todavía guardaba la flor. Se volvió hacia Verónica.
—Voy a ir.
* * *
La reunión no se pareció a una ceremonia. Hubo preguntas, reproches y silencios largos. Montenegro habló de experiencia. Otro hombre exigió garantías. Dos responsables de otros países querían saber si los acuerdos seguirían vigentes.
Raúl escuchó. Cuando le correspondió responder, no prometió cosas que no pudiera sostener. Reconoció problemas que los demás preferían mencionar como rumores.
Verónica permaneció a su lado. Había trabajado con él durante más de tres años. Conocía su capacidad de ordenar y sus vacilaciones. También sabía cuánto podía arriesgar por Alexandra.
Por eso, antes de la reunión, le había hecho una advertencia.
—Si conviertes a todos en herramientas de un asunto tuyo, esto va a terminar mal.
Raúl había dicho que entendía. Ahora, sentado frente a los demás, trató de creerlo. Al terminar, varios aceptaron que asumiera la dirección.
Montenegro no.
* * *
La disputa continuó durante meses. Algunos se apartaron. Otros cambiaron de postura después de perder apoyos. Hubo detenciones, desapariciones y muertes que Raúl recibió primero como noticias y después como decisiones que exigían una respuesta.
Cada vez le resultaba más fácil hablar con frialdad. Eso preocupó a Verónica más que sus primeros titubeos. Una tarde encontró un informe sin abrir sobre el escritorio.
—Hay tres muertos.
Raúl siguió leyendo otro documento.
—Ya me avisaron.
—Uno era empleado de un restaurante.
Él levantó la mirada. La frase alcanzó un recuerdo. Un fregadero, una camisa húmeda, Óscar diciéndole que tenía que aguantar.
Raúl tomó el informe. Leyó el nombre. Después pidió que atendieran a la familia.
Verónica no lo felicitó. Montenegro murió antes de terminar aquel año. Un hombre de su propio grupo lo atacó después de una disputa por pagos y promesas incumplidas. Dos testigos dieron versiones distintas sobre lo ocurrido; ambos coincidían en que Montenegro había perdido el control de sus colaboradores.
Raúl recibió la noticia y pidió a Verónica que comprobara si alguien había actuado en su nombre. Ella no encontró una orden suya ni una conexión demostrable con los responsables que lo apoyaban.
—Eso es lo que puedo decirte —advirtió—. No que todos los que te rodean hayan sido ajenos.
El agresor huyó. Los hombres de Montenegro se dividieron y algunos solicitaron volver a la mesa. Raúl los aceptó bajo condiciones que reforzaban su autoridad. No había ordenado aquella muerte, pero utilizó el resultado para cerrar la disputa. Durante semanas evitó preguntar más de lo que Verónica había conseguido averiguar.
Los hombres que antes discutían sus decisiones empezaron a llamarlo para pedir autorización. Algunos lo hicieron con alivio; otros, con una prudencia nueva.
La organización recibió el nombre de Unión del Sur entre quienes necesitaban distinguirla de otras. Sus vínculos alcanzaban varios países.
Los acuerdos comerciales con Gerardo habían terminado meses antes. Hubo deudas sin resolver y colaboradores que cambiaron de grupo. Cuando Raúl tomó el mando, la antigua conveniencia ya se había convertido en rivalidad. Su interés en Alexandra encontró un conflicto que existía también por otras razones.
Raúl había heredado parte de la estructura de Arce y ampliado su autoridad sobre ella mediante acuerdos, conflictos y decisiones que ya no cabían en la historia del mecánico que buscaba ganar más.
Fabián fue a visitarlo. Se detuvo frente al escritorio.
—Quién iba a decirlo.
Raúl recordó la cafetería donde había pedido trabajo.
—Yo —respondió.
Fabián sonrió. Raúl no.
* * *
Gerardo escuchó su nombre durante una cena de negocios. Un colaborador mencionó cambios en el sur y habló del hombre que había reemplazado a Arce.
—Se llama Raúl.
Gerardo dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Raúl qué?
Escuchó el apellido. Después pidió una fotografía. La recibió al día siguiente. Miró el rostro durante largo rato. Reconoció al amigo de infancia de Alexandra, aunque nunca lo había visto personalmente. Había solicitado información sobre él años atrás, cuando todavía parecía un problema sentimental fácil de terminar.
Ahora la información tenía otro peso. Gerardo llamó a Alexandra. Ella respondió desde una grabación.
—Esta noche quiero verte.
—Termino tarde.
—Entonces vienes cuando termines.
Alexandra miró a Inés. No preguntó qué había pasado.
* * *
Raúl visitó a Teresa cuando el calor empezaba a sentirse de nuevo. Habían transcurrido seis años desde su entrada en la organización. Raúl acababa de cumplir treinta y uno; Alexandra tenía treinta.
Su madre abrió la puerta y lo miró detrás de los hombres que lo acompañaban.
—Que esperen afuera.
Raúl obedeció. Su padre dormía en un sillón. Teresa lo condujo a la cocina.
—Ya sé quién eres ahora.
Él bajó la mirada. No podía esconderse detrás de los talleres.
—Sigo siendo tu hijo.
Ella se sentó frente a él.
—Por eso todavía te abro.
Raúl sintió que la frase le quitaba cualquier defensa. Teresa le sirvió café.
—¿Ya conseguiste lo que querías?
Él pensó en la reunión, en los hombres que obedecían y en Gerardo recibiendo informes sobre él.
—Casi.
Su madre cerró los ojos. Cuando volvió a mirarlo, tenía lágrimas.
—Entonces todavía no has terminado de perder.
* * *
Esa noche, en la casa que utilizaba como residencia, Raúl abrió el cajón donde guardaba el anillo. La caja seguía intacta.
Lo había comprado para un hombre que quería abrir un taller. Ahora lo sostenía alguien a quien otros temían. Se sentó frente a la ventana y llamó a Alexandra.
Ella respondió en voz baja.
—No puedo hablar mucho.
Raúl observó el anillo.
—Ya cumplí lo que me pediste.
Al otro lado se hizo un silencio. Él continuó:
—Quiero verte.
Alexandra apoyó una mano sobre el borde del tocador. La flor de papel estaba guardada en una caja, junto a la pulsera de su juventud.
Raúl esperó. Esta vez no habló de ahorros ni de casas. Y Alexandra comprendió, con una mezcla de ilusión y miedo, que la condición imposible acababa de dejar de serlo.