Capítulo 14 de 25

La promesa cobrada

Alexandra llegó con la certeza de que alguien terminaría enterándose. Durante años había aprendido a moverse dentro de una vida organizada por otros: horarios, conductores, llamadas y personas que sabían dónde estaba incluso cuando ella no lo recordaba.

Aquella tarde había pedido unas horas para descansar después de una sesión de fotografías. Inés era la única persona de su equipo que conocía el encuentro.

No le preguntó si estaba segura. Le preguntó si comprendía lo que podía pasar. Alexandra respondió que sí. Ahora, sentada frente a una puerta cerrada, se dio cuenta de que comprender una posibilidad no era lo mismo que verla acercarse.

La puerta se abrió. Raúl entró solo. Ella se puso de pie.

* * *

Durante unos segundos se miraron sin hablar. Había cambios que Alexandra esperaba: la ropa, el reloj, la seguridad con que los hombres se apartaban para dejarlo pasar.

Otros la sorprendieron. Raúl ya no buscaba inmediatamente una sonrisa en su rostro. Parecía capaz de soportar el silencio sin llenarlo con explicaciones.

—Gracias por venir —dijo.

Su voz seguía siendo reconocible. Eso le produjo un alivio que casi la hizo llorar. Se acercó y lo abrazó. Raúl tardó un instante en rodearla con los brazos. Había imaginado aquel momento tantas veces que necesitó comprobar que ocurría sin una pantalla ni una despedida entre ellos.

Alexandra apoyó la frente en su hombro.

—Has cambiado mucho.

—Han pasado años.

Ella se separó despacio.

—No me refería a eso.

Raúl señaló las sillas junto a la ventana. Se sentaron.

* * *

Alexandra había buscado información durante la noche. No necesitó demasiado para confirmar que el nombre de Raúl aparecía en conversaciones donde antes solo se mencionaba a Arce. Inés había preguntado lo indispensable y regresó con una expresión que no intentó ocultar.

Gerardo también había hablado de él. No directamente. Había dicho que ciertas personas confundían crecer con tener derecho a invadir lo ajeno.

Alexandra comprendió a quién se refería y evitó hacer preguntas. Ahora miró a Raúl.

—¿Todo lo que dicen es cierto?

Él apoyó las manos sobre los brazos de la silla.

—Depende de lo que hayas escuchado.

—Que tú diriges la Unión del Sur.

—Sí.

Alexandra sintió que la habitación se volvía más pequeña. Era la palabra que había esperado. También era una que ya no podía devolverle. Raúl no le mostró propiedades ni cifras.

No necesitaba hacerlo. Alexandra sabía que las personas que lo acompañaban no estaban allí para representar una fortuna. Estaban allí porque él podía dar órdenes.

—Lo conseguí —dijo.

Ella bajó la mirada. Había imaginado que se sentiría únicamente feliz cuando llegara aquel día. Ahora encontraba una inquietud que los regalos y las fotografías no podían apartar.

—Nunca pensé que llegarías tan lejos.

Raúl sostuvo su mirada.

—Eso me dijiste la última vez.

Alexandra recordó la sala de ensayo y su respuesta: sí, pero no lo vas a conseguir. Había pronunciado una promesa creyendo que nunca tendría que cumplirla.

—Fui cruel contigo.

—Más de una vez.

Ella aceptó la frase. No había una forma honesta de discutirla.

* * *

Raúl sacó la caja del anillo. Alexandra la reconoció antes de que la abriera.

—¿Es el mismo?

—Sí.

Él lo colocó sobre la mesa.

—No quiero preguntártelo de otra forma.

Alexandra miró el anillo y después su rostro. Por un momento vio al muchacho de la cancha, al hombre que había regresado del campo y al que ahora se sentaba frente a ella. Los tres habían pedido lo mismo.

La diferencia era todo lo que había sucedido entre una petición y otra.

—¿Todavía quieres casarte conmigo? —preguntó.

Raúl tardó en responder. Había querido durante tantos años que nunca se había permitido examinar el deseo una vez alcanzada la posibilidad.

—Sí.

Alexandra tomó aire.

—Yo también.

Él cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, ella estaba llorando.

* * *

Se acercaron sin prisa. Alexandra le sostuvo la cara con ambas manos y lo besó. No había cámaras, música ni alguien esperando que repitieran el gesto.

Raúl reconoció la cercanía que había deseado desde antes de saber cómo nombrarla. Durante unos segundos, todo lo demás quedó lejos.

Ella se apartó apenas.

—Te quiero.

Él apoyó la frente contra la suya.

—Dímelo otra vez.

Alexandra obedeció. Raúl sonrió con una vulnerabilidad que ella creyó perdida. El hombre poderoso había desaparecido por un momento.

Eso hizo que Alexandra lo amara con una claridad inesperada.

Había querido a Raúl cuando no podía ofrecerle nada, pero había negado la posibilidad de vivir con él. La distancia le enseñó a buscar su voz cuando todo lo demás exigía una imagen. Gerardo nunca le preguntaba por una canción sin terminar; Raúl recordaba las letras que ella inventaba de niña.

Ahora el afecto, el deseo y la seguridad económica coincidían por primera vez. Alexandra quiso llamarlo amor sin condiciones. Sabía que no era tan sencillo: si él hubiera vuelto a ofrecerle únicamente el taller, no habría tomado la misma decisión. Lo besó otra vez, consciente de aquella parte de sí que todavía no estaba dispuesta a cambiar.

También le permitió no pensar en cómo había llegado hasta allí.

* * *

Hablaron de una casa en otro país. Raúl podía ofrecerle una vida cómoda en Colombia, lejos de los lugares donde Gerardo esperaba encontrarla. No le describió el lugar como una prisión ni como un escondite permanente.

Le habló de jardines, de habitaciones y de una terraza desde la que podía verse la montaña. Alexandra preguntó si habría espacio para un piano.

—El que tú quieras —respondió él.

Ella sonrió. Después se quedó mirando el anillo.

—Tengo que hablar con Gerardo.

La expresión de Raúl cambió.

—No.

Alexandra levantó la cabeza.

—No puedo desaparecer sin decirle nada.

—Puedes.

—Le debo una explicación.

Raúl se separó de ella.

—¿Le debes una explicación o tienes miedo de irte sin permiso?

Alexandra guardó silencio. La pregunta había encontrado algo que no quería reconocer.

* * *

Gerardo había empezado a vigilarla con más atención desde que conoció la identidad del nuevo dirigente. La llamaba durante comidas donde antes no intervenía. Preguntaba quién estaba con ella. Pedía que cambiara compromisos por encuentros que luego cancelaba.

No había pronunciado el nombre de Raúl. Eso la asustaba más. Alexandra se lo contó. Raúl escuchó sin moverse.

—Entonces no vas a verlo para terminar la relación.

—No quiero que esto se convierta en una guerra.

Él miró el anillo. Durante años había creído que, si conseguía suficiente poder, podría resolver sin dificultad lo que antes le resultaba imposible.

Ahora tenía ese poder y seguía sin encontrar una respuesta limpia.

—Si le anuncias que te vas conmigo, va a intentar impedirlo —dijo.

Alexandra pensó en los hombres que esperaban afuera.

—¿Y tú vas a impedir que él lo impida?

Raúl sostuvo su mirada.

—Voy a protegerte.

Ella quería creer que aquella frase lo resolvía todo.

* * *

Inés los encontró hablando cuando terminó la hora acordada. Se detuvo en la entrada. Alexandra se volvió hacia ella.

—Me voy con Raúl.

La mujer no mostró sorpresa. Se acercó y dejó el bolso sobre una silla.

—¿Cuándo?

Raúl respondió:

—Pronto.

Inés miró a Alexandra.

—Hay contratos, entrevistas y una película pendiente de promoción.

—Mauricio puede reorganizar.

—Mauricio puede explicar una ausencia de unos días. Después tendrá que mentir.

Alexandra apretó los labios. Alexandra pensó en las llamadas que Mauricio tendría que responder sin ella.

—Voy a hablar con él —dijo.

Raúl intervino:

—No le cuentes todo.

Inés lo observó.

—Alguien va a tener que quedarse aquí cuando ustedes se marchen.

La frase dejó el cuarto en silencio.

* * *

Raúl pidió que Inés y Mauricio recibieran apoyo si Gerardo intentaba presionarlos. Ella aceptó escuchar, pero no permitió que lo trataran como una solución automática.

—No quiero que decidan por mí dónde voy a vivir.

Alexandra se acercó.

—No quiero ponerte en peligro.

Inés la miró con afecto y cansancio.

—Entonces empieza por admitir que ya existe.

Había ayudado a construir su carrera. También había participado en las omisiones que permitieron que Gerardo pareciera un benefactor discreto.

No era ajena a aquello. Tampoco quería seguir siendo la persona encargada de convertir las decisiones de Alexandra en explicaciones para los demás.

Acordaron que ella hablaría únicamente de una pausa profesional mientras decidía qué hacer con su propia vida. Cuando salió, Alexandra permaneció junto a la puerta.

—Le debo mucho.

Raúl miró hacia el pasillo.

—Procura no prometerle algo que luego no puedas cumplir.

Ella recibió la frase sin volverse. Esa noche, Alexandra regresó a la casa que Gerardo le había regalado. Recorrió las habitaciones.

Había cuadros escogidos por un decorador, ropa organizada por color y fotografías de actos públicos donde aparecía rodeada de personas importantes.

Abrió la caja de sus recuerdos. La flor de papel se había deformado un poco. La pulsera seguía intacta. Las sostuvo sobre la palma.

Después guardó el anillo junto a ellas. Gerardo llamó. Alexandra sintió el impulso de contarlo todo, como si pronunciar la decisión pudiera darle una forma legítima.

Recordó la pregunta de Raúl. ¿Una explicación o permiso? Contestó.

—Estoy cansada —dijo.

Gerardo escuchó el ruido de un cajón.

—¿Qué haces?

Alexandra miró los recuerdos.

—Ordeno unas cosas.

* * *

Raúl visitó a Verónica antes de marcharse. Ella supo de inmediato que no venía a hablar de una reunión.

—Aceptó —dijo él.

Verónica dejó los documentos.

—¿Y ahora?

—Va a vivir conmigo.

—Gerardo no lo va a dejar pasar.

Raúl se acercó a la ventana.

—No es asunto suyo.

—Para ti puede ser una decisión de pareja. Para él va a ser una pérdida de autoridad.

Raúl guardó silencio. Verónica continuó:

—Hay hombres que van a intentar convertir esto en una oportunidad. Y otros que morirán sin haber conocido a Alexandra.

Él se volvió.

—No voy a buscar un conflicto.

—Los acuerdos entre las organizaciones ya se rompieron —añadió—. No voy a fingir que se rompieron por ella. Pero tampoco voy a utilizarla como una razón para agravar lo que existe.

—Entonces acepta límites antes de que tengas que inventarlos en medio de uno.

Raúl pensó en San Jerónimo. Por primera vez desde el beso, recordó que su felicidad no ocurría fuera de todo lo demás.

—La voy a mantener lejos —respondió.

Verónica lo observó. No parecía convencida.

* * *

La noche anterior a su partida, Alexandra envió un mensaje a Mauricio. Necesitaba una pausa. No sabía cuánto duraría. Él respondió con una llamada que ella dejó sonar hasta el final.

Después escribió:

«Hablemos mañana».

En otra casa, Raúl guardaba el cuaderno de sus cuentas. Lo colocó en un cajón y encontró la fotografía que había llevado dentro de la camisa al cruzar la frontera.

Detrás todavía podía leerse: Te espero. La miró durante largo rato. Ya no tenía que volver pobre ni rico para pedir que lo eligieran.

Alexandra había dicho que sí. Sin embargo, antes de apagar la luz, llamó para confirmar que sus hombres seguirían disponibles durante el viaje.

La promesa al fin estaba cumplida. El miedo acababa de encontrar una razón nueva para quedarse.