Capítulo 15 de 25

La casa al otro lado

La primera mañana en Colombia, Alexandra despertó sin recordar dónde estaba. Escuchó pájaros y el rumor de una puerta abriéndose. Durante un instante esperó la voz de Inés anunciando el primer compromiso del día.

Después vio a Raúl junto al ventanal. Llevaba una taza en cada mano.

—Buenos días.

Alexandra se incorporó. La habitación era amplia, con paredes claras y cortinas que se movían suavemente. Más allá del cristal había un jardín y montañas cubiertas de una neblina que empezaba a levantarse.

—¿Qué hora es?

—Casi las ocho.

Ella buscó el teléfono sobre la mesa. Raúl dejó las tazas.

—No tienes que levantarte todavía.

Aquella posibilidad le produjo una alegría sencilla. Se acomodó contra las almohadas. Por primera vez en años, nadie la esperaba en un estudio.

* * *

La casa estaba a las afueras de Medellín. No era la propiedad más grande de Raúl, pero había elegido aquella porque tenía luz, árboles y una terraza donde podían desayunar sin escuchar el tránsito.

Alexandra la recorrió descalza. Había una biblioteca pequeña y una habitación que Raúl había destinado para la música. El piano todavía no llegaba.

Ella se detuvo frente al espacio vacío.

—Te acordaste.

—Me lo pediste hace tres días.

Alexandra sonrió. Lo que la conmovía no era el piano. Era que algo pudiera ocurrir porque ella lo había deseado, sin tener que preguntar qué esperaba Gerardo a cambio.

Al salir al jardín vio a dos hombres junto a una entrada lateral. Dejó de caminar. Raúl siguió su mirada.

—Son de confianza.

Ella asintió. No le preguntó si podrían retirarse.

* * *

Gerardo supo de la ausencia antes del mediodía. Alexandra no respondió su primera llamada. Inés informó que había suspendido temporalmente sus compromisos y que necesitaba descansar.

La explicación duró menos de cinco minutos. Gerardo pidió hablar con Mauricio. El representante se presentó esa tarde. Llevaba una carpeta con contratos y parecía haber envejecido desde que recibió el mensaje de Alexandra.

—¿Dónde está? —preguntó Gerardo.

—No me dijo.

Era cierto. El hombre lo observó desde el otro lado del escritorio.

—Pero sabes con quién.

Mauricio guardó silencio. Gerardo dejó sobre la mesa una fotografía de Raúl.

—No necesito que me cuentes lo que ya sé.

El representante miró la imagen y después la puerta. Por primera vez comprendió que una ausencia profesional podía convertirse en una amenaza personal.

* * *

Inés dejó de acudir a la oficina. Había decidido pasar unas semanas con su hermana, fuera de la capital, y comunicó que trabajaría a distancia hasta nuevo aviso.

Alexandra la llamó desde la terraza.

—¿Estás bien?

—Por ahora.

—Raúl puede ayudarte.

Inés respiró despacio.

—No quiero entrar más adentro.

Alexandra miró hacia la puerta de la casa. Raúl hablaba por teléfono con un hombre al que ella no conocía.

—No te voy a dejar sola.

—Entonces escucha lo que te estoy pidiendo. No mandes a nadie a buscarme. No me cambies la vida para sentir que ya arreglaste lo que pasó.

Alexandra recibió aquellas palabras sin defenderse. Acordaron que hablarían con frecuencia y que ella seguiría pendiente de los compromisos profesionales que había dejado atrás.

Después de colgar, permaneció en la terraza. El aire era fresco. No volvió a disfrutar la vista aquella mañana.

* * *

Durante la primera semana, Raúl hizo todo lo posible por estar con ella. Desayunaban tarde y caminaban por el jardín. Alexandra cocinó una tarde, aunque se quemó parte del arroz y terminó riéndose mientras intentaba rescatarlo.

Raúl comió sin comentar el resultado.

—Está malísimo —admitió ella.

—He comido cosas peores.

Le habló de la casa compartida en California y de las comidas que preparaban entre todos. Alexandra lo escuchó sin interrumpir.

Había sabido que trabajaba en el campo. No había imaginado con claridad la litera, los zapatos húmedos ni las noches en que el dolor de espalda le impedía darse vuelta.

—¿Por qué nunca me lo contaste así?

Raúl apoyó el tenedor.

—No quería que te preocuparas.

Ella miró su plato. También había sido una forma de permitirle seguir soñando sin conocer el precio.

* * *

Una tarde, Alexandra abrió la caja de recuerdos. La había colocado en el armario, detrás de unas prendas nuevas que Raúl mandó traer.

Sacó la flor de papel. Él la encontró sentada en el suelo.

—Cada vez se parece menos a una flor —dijo.

—La hiciste con una hoja de matemáticas.

Raúl se sentó a su lado. Reconoció las líneas del cuaderno entre los dobleces. Había olvidado ese detalle. Alexandra buscó la pulsera y se la puso.

Después le tendió el anillo.

—No me lo has colocado.

Raúl lo recibió. Durante unos segundos, las tres cosas estuvieron juntas: el regalo del niño, el del joven rechazado y el del hombre que había regresado con una fortuna.

Le tomó la mano. El anillo entró con facilidad. Alexandra lo besó. Esta vez no tuvo que mirar hacia una puerta antes de hacerlo.

* * *

Se casaron un mes después de llegar a Colombia, en junio. Raúl tenía treinta y un años; Alexandra cumpliría esa edad en diciembre.

No hubo una celebración pública ni fotografías enviadas a revistas. La ceremonia civil fue breve y asistieron Verónica, dos personas cercanas a Raúl y Celia, una actriz con quien Alexandra había compartido su primera película importante. Habían mantenido el contacto lejos de los actos de publicidad. Celia sabía que la boda debía ser discreta; no conocía la actividad de Raúl.

Teresa no fue. Raúl la había llamado para invitarla. Su madre escuchó hasta el final.

—Quiero que seas feliz —dijo—. Pero no puedo sentarme a celebrar sin pensar en cómo llegaste ahí.

Él no discutió. Su padre envió un mensaje de voz felicitándolo. Habló de cuidar el matrimonio, de tener paciencia y de recordar que una casa no se sostenía únicamente con dinero.

Raúl lo escuchó antes de la ceremonia. Luego guardó el teléfono. Cuando Alexandra entró, él se puso de pie. Ella llevaba un vestido claro, sencillo, elegido por primera vez sin consultar a un diseñador.

Durante el intercambio de promesas, su voz tembló. Raúl le sostuvo la mano.

* * *

La cena fue en la terraza. Alexandra rio cuando una ráfaga de viento apagó dos velas y alguien tuvo que volver a encenderlas.

Verónica permanecía sentada cerca de Raúl. Lo observó durante la noche. Parecía más joven. No por el rostro, sino por la facilidad con que sonreía cuando Alexandra se inclinaba para decirle algo.

Al despedirse, la mujer lo llamó aparte.

—Disfruta esto.

Él la miró, sorprendido. Verónica no solía ofrecerle frases así.

—Pero mañana siguen existiendo los demás —añadió.

Raúl asintió. Desde la terraza, Alexandra lo llamó. Él volvió junto a ella.

* * *

Gerardo recibió la noticia del matrimonio días después. No supo la dirección de la casa. Tampoco consiguió que las personas cercanas a Alexandra confirmaran dónde estaba.

Pero el rumor llegó con suficiente certeza. Permaneció solo en su despacho durante una hora. Beatriz lo encontró más tarde en el comedor.

—Los niños preguntaron si ibas a cenar.

Él sirvió una bebida.

—Tuve trabajo.

Su esposa lo observó. Llevaba años reconociendo la diferencia entre el silencio del cansancio y el de la furia.

—¿Qué pasó?

Gerardo no respondió. Beatriz no insistió. Se levantó y dejó el plato intacto. Él miró la silla vacía. No pensó en la mujer que acababa de marcharse.

Pensó en la que se había ido sin pedirle permiso.

* * *

Las semanas se convirtieron en meses. Alexandra aprendió los nombres de quienes trabajaban en la casa. Compraba libros por recomendación de una empleada y pedía ingredientes para cocinar platos que recordaba de niña.

El piano llegó. Alexandra sacó los ejercicios de su antigua profesora. Había practicado durante su formación y entre rodajes, pero llevaba meses sin hacerlo con regularidad. Volvió a las escalas antes de intentar las canciones que recordaba.

La primera tarde tocó hasta que le dolieron los dedos. Raúl la escuchó desde el pasillo. Ella se detuvo.

—¿Estoy haciendo mucho ruido?

—No.

Él se acercó y se sentó junto a ella. Alexandra le enseñó una secuencia sencilla. Raúl falló varias veces. Se rio de sí mismo.

Aquella risa llenó la habitación de algo que ninguno había podido comprar. Esa noche, Alexandra pensó que quizá podía acostumbrarse a una vida sin escenarios.

Lo pensó con sinceridad. Todavía no sabía cuánto duraría.

* * *

Raúl empezó a ausentarse con más frecuencia. Primero unas horas. Después dos días. Había reuniones, conflictos y decisiones que Verónica no podía seguir resolviendo en su nombre.

Alexandra no preguntaba detalles. Cuando él regresaba, le hablaba de la casa, de lo que había leído y de alguna canción que intentaba terminar.

Raúl escuchaba con atención, aunque a veces ella lo descubría mirando hacia un lugar que no estaba en la habitación. Una noche se despertó y lo encontró sentado al borde de la cama.

—¿Qué tienes?

Él se volvió.

—Nada. No podía dormir.

Alexandra le acarició la espalda. Sintió una rigidez antigua bajo la camisa.

—Puedes hablar conmigo.

Raúl le tomó la mano.

—No quiero traer eso aquí.

Ella aceptó. Le resultaba cómodo creer que el mundo que pagaba aquella casa podía quedarse afuera. Mauricio le envió una grabación de su última película.

La habían invitado a una presentación especial y querían saber si podía mandar un saludo. Alexandra reprodujo el video en la sala.

Aparecieron imágenes de entrevistas, alfombras rojas y un público aplaudiendo. Luego una muchacha contó que su canción favorita de Alexandra la había acompañado durante una época difícil.

Ella repitió ese fragmento. Raúl llegó cuando lo veía por tercera vez.

—¿Qué es?

Alexandra le explicó. Él se sentó a su lado. En la pantalla, decenas de personas levantaban carteles con su nombre.

—Te extrañan —dijo.

Ella intentó sonreír.

—Puede ser.

Raúl la miró. Había oído aquella voz antes. Era la que usaba cuando quería pedir algo y todavía no se atrevía.

* * *

Alexandra tardó varios días en hablar. Mientras tanto, cantaba sola y grababa pequeños videos que no publicaba. Revisaba fotografías de su carrera. Leía comentarios antiguos. Imaginaba vestirse para salir a una entrevista y responder preguntas que nadie hacía en aquella casa.

No había dejado de amar a Raúl. Lo buscaba cuando llegaba y disfrutaba dormir junto a él. Pero comenzaba a sentir que una parte de su vida seguía ocurriendo en otro lugar.

Una noche, después de cenar, se acercó a la ventana.

—Quiero volver a trabajar.

Raúl dejó el vaso sobre la mesa.

—Puedes hacerlo aquí.

Alexandra tardó en volverse.

—No me refiero solo a grabar canciones.

Él comprendió antes de que continuara.

—Quiero volver a mi carrera. A las películas, a los escenarios.

Raúl miró el jardín donde sus hombres recorrían la entrada. Durante meses había conseguido mantener a Gerardo lejos de ella.

Ahora Alexandra le estaba pidiendo que abriera la puerta.

—¿A México? —preguntó.

Ella sostuvo su mirada.

—También.

Raúl no respondió enseguida. Alexandra se acercó y le tomó la mano, la misma que años atrás había puesto un anillo sobre la mesa de un hotel.

—No quiero perderme para poder estar contigo.

Él bajó los ojos hacia sus dedos entrelazados. Había alcanzado el lugar donde creyó que ya no tendría que demostrar nada.

Y acababa de descubrir que todavía podía sentir miedo de no ser suficiente.