Capítulo 16 de 25

Volver a las luces

Raúl no respondió aquella noche. Alexandra permaneció junto a él, esperando, hasta que retiró la mano y volvió a sentarse.

—No quiero irme de esta casa —dijo—. Quiero trabajar. Él miró el jardín.

Habían elegido aquella propiedad para mantenerse lejos de Gerardo. Durante meses, cada desayuno compartido le había parecido una prueba de que lo había conseguido.

Ahora el piano, los libros y la terraza empezaban a parecerle cosas que no habían bastado.

—Podemos producir un disco aquí.

Alexandra apoyó los brazos sobre la mesa.

—Y después tendría que presentarlo. Dar entrevistas. Cantar frente a personas.

—Hay escenarios en Colombia.

—Lo sé.

Raúl se volvió.

—Pero quieres México.

Ella sostuvo su mirada.

—Allí está buena parte de mi carrera.

Raúl se levantó para recoger los platos, aunque ambos habían terminado de cenar hacía rato. No encontró una respuesta que pudiera pronunciar sin pedirle que siguiera renunciando.

* * *

Durante los días siguientes, Alexandra preparó canciones. No lo hizo para convencerlo únicamente. Trabajar le devolvía un orden que las semanas sin compromisos habían ido deshaciendo.

Ensayaba por las mañanas y anotaba ideas después de comer. Una profesora de canto comenzó a visitarla dos veces por semana.

Raúl la escuchaba desde el despacho. La voz atravesaba el pasillo, a veces firme, a veces detenida en una misma frase hasta que conseguía resolverla.

Le gustaba oírla. Le dolía saber que él era parte de la razón por la que aquella voz no salía de la casa. Una tarde entró en la sala de música.

Alexandra dejó de tocar.

—No pares —dijo él.

Ella cantó hasta terminar. Raúl permaneció sentado junto a la ventana. Al finalizar, no habló de protección ni de México.

—Esa es mejor que las anteriores.

Alexandra sonrió. Era la primera vez que él opinaba sobre su trabajo sin intentar resolver su vida.

* * *

Mauricio aceptó viajar. Alexandra lo había llamado para pedirle que revisaran los contratos pendientes. Él respondió que iría si podía hablar con ella sin recibir instrucciones de Raúl.

Llegó con una maleta pequeña y varias carpetas que dejó cerradas durante la primera conversación. Había mantenido distancia desde la desaparición de Alexandra. Gerardo lo había llamado en dos ocasiones más y algunas propuestas de trabajo habían dejado de llegar sin explicación.

Raúl le agradeció que hubiera venido. Mauricio no respondió con una sonrisa.

—Quiero hablar con Alexandra primero.

Ella lo condujo a la terraza.

—No voy a preguntarte dónde estuviste estos meses —dijo él—. Ya lo veo. Voy a preguntarte qué quieres hacer ahora.

—Volver.

—¿Volver para una canción o volver de verdad?

Alexandra miró hacia el jardín.

—De verdad.

Mauricio abrió la primera carpeta. Había mensajes de productores, invitaciones vencidas y propuestas todavía vigentes. También compromisos que su ausencia había perjudicado.

—Entonces vamos a empezar por lo que quedó sin resolver. Las reuniones duraron tres días.

Alexandra llamó personalmente a personas a quienes había dejado esperando. Se disculpó con un director y aceptó que otra actriz conservara un papel que originalmente le ofrecieron a ella.

No todo podía recuperarse con dinero. Aquello le molestó al principio. Después le dio una extraña tranquilidad. Por lo menos algunas decisiones no dependían de quién estuviera detrás.

Mauricio propuso un regreso gradual: un sencillo, entrevistas desde Colombia y una presentación local antes de considerar otros países.

Raúl escuchó desde el extremo de la mesa.

—¿Y el presupuesto? —preguntó.

Mauricio mencionó una cantidad. Él asintió. Alexandra sintió alivio. La conversación se parecía demasiado a otras que había tenido años atrás, pero prefirió detenerse en una diferencia: ahora el hombre que pagaba era su esposo.

* * *

Verónica llegó al día siguiente. Encontró las carpetas sobre la mesa y supo que la decisión estaba avanzada. Pidió hablar con Raúl a solas.

—Vas a financiarla.

—Es su trabajo.

—Sí. Y tú tienes derecho a querer que lo haga. Pero no te confundas con lo que eres capaz de comprar.

Raúl cerró una carpeta.

—No necesito otra advertencia sobre Gerardo.

Verónica se sentó.

—Entonces escucha una sobre ti. Cada vez que tengas miedo, vas a querer mandar. Ella va a pedir libertad y tú vas a responder con más hombres alrededor.

Raúl miró hacia la puerta. Alexandra ensayaba en otra habitación.

—No quiero encerrarla.

—Procura recordarlo cuando no esté de acuerdo contigo.

La frase le incomodó porque todavía no había pasado. También porque podía imaginarlo.

* * *

Alexandra llamó a Inés después de casi dos semanas sin hablar. La mujer había conseguido trabajo con una pequeña productora y vivía todavía cerca de su hermana.

—Mauricio está aquí —le contó.

Inés permaneció callada un momento.

—Entonces vas a volver.

—Estamos preparando algo.

—¿Qué piensa Raúl?

Alexandra miró el anillo.

—Me está apoyando.

—Espero que siga haciéndolo cuando empiecen las preguntas.

Ella dejó el teléfono apoyado contra el hombro.

—Quiero que vengas.

Inés respiró despacio.

—Puedo visitarte. No voy a regresar al mismo puesto.

Alexandra sintió una decepción que intentó esconder.

—Sería diferente.

—Para ti ya es diferente. Yo necesito decidir qué es distinto para mí. Esta vez Alexandra no insistió.

Acordaron verse cuando terminara el rodaje en el que Inés trabajaba. Al colgar, comprendió que alguien podía quererla y aun así negarse a organizar toda su vida alrededor de ella.

* * *

La grabación del sencillo comenzó un mes después. Alexandra llegó temprano, como en su primer día de cine. Llevaba una libreta y una botella de agua.

El productor escuchó dos tomas antes de detenerla.

—No necesito que cantes cada palabra como si fuera el final de la canción.

Ella se quitó los audífonos.

—Así la ensayé.

—Entonces vamos a desensayarla.

Raúl estaba detrás del cristal. Vio cómo Alexandra apretaba los labios y volvía a colocarse los audífonos. Durante horas repitió frases, aceptó correcciones y discutió otras.

No parecía una mujer esperando que alguien le regalara una carrera. Raúl sintió orgullo. También necesitó reconocer algo que antes había preferido ignorar: el apoyo de Gerardo no significaba que todo lo que ella había hecho careciera de esfuerzo.

Raúl siguió escuchando. El trabajo de ella había sido real, igual que el engaño que le permitió continuarlo.

* * *

La canción se publicó con una fotografía nueva. Alexandra aparecía sentada al piano, mirando hacia un ventanal. El anuncio de su regreso despertó preguntas inmediatas.

Dónde había estado. Por qué suspendió sus compromisos. Si tenía una nueva relación. Mauricio organizó una entrevista desde un estudio colombiano. Alexandra habló de descanso, aprendizaje y trabajo.

Cuando la presentadora preguntó por el anillo, ella miró hacia la cámara.

—Me casé.

Raúl escuchó desde una sala contigua. Durante un instante sonrió. La presentadora abrió los ojos.

—¿Podemos saber con quién?

Alexandra había acordado una respuesta con Mauricio.

—Con alguien a quien conozco desde niña. Mi vida personal va a seguir siendo privada.

La entrevista continuó. En México, Gerardo apagó el televisor antes de que terminara.

* * *

No hubo una amenaza inmediata. Eso tranquilizó a Raúl más de lo que admitía. La canción funcionó. La presentación en Medellín reunió a un público que cantó parte del estribillo y pidió otra canción cuando Alexandra se despidió.

Ella regresó al camerino llorando. Raúl la recibió junto a la puerta.

—¿Qué pasó?

Alexandra lo abrazó.

—Me acordaba de cómo era. Pero no de cómo se sentía.

Él le acarició el cabello. Quiso conservar aquel momento sin añadir nada. Después entró Mauricio con una llamada. Una empresa mexicana quería contratarla para una presentación televisada y una serie de entrevistas. Alexandra se apartó apenas de Raúl.

Él notó la pregunta antes de escucharla.

* * *

La discusión ocurrió en casa. Raúl apoyó el contrato sobre la mesa.

—Es demasiado pronto.

—Mauricio dice que es una buena oportunidad.

—Mauricio no tiene que responder si pasa algo.

Alexandra se puso de pie.

—Yo sí voy a estar allí.

—Precisamente.

Ella caminó hasta la ventana. Durante meses había intentado no comparar a Raúl con Gerardo. Había diferencias suficientes para evitarlo.

Pero algunas palabras tenían una forma conocida.

—No quiero que mi carrera dependa de cuánto miedo tengas.

Raúl se quedó inmóvil.

—Tengo razones.

Alexandra volvió hacia él.

—Lo sé. Por eso no te estoy pidiendo que finjamos que no existen.

La conversación duró hasta tarde. Mauricio participó por teléfono. Verónica habló con ambos al día siguiente. El proyecto se redujo a una visita breve.

El viaje quedó fijado para noviembre, cinco meses después de la boda. Alexandra tendría tiempo de cumplir tres compromisos y regresar. Mauricio advirtió que el cambio de estudio anunciado por la producción debía confirmarse con las personas que coordinaban su seguridad. Verónica pidió esa confirmación y la recibió. Más tarde supieron que la había firmado alguien dispuesto a mentir.

Raúl terminó aceptando. No porque estuviera tranquilo. Porque volvió a imaginar el rostro de Alexandra cuando alguien le decía que no podía tener lo que deseaba. Gerardo recibió la fecha de la presentación por medio de uno de sus colaboradores.

La información era pública. No había necesitado localizar la casa ni interrogar a nadie. Observó el anuncio impreso. Alexandra aparecía sonriendo bajo una frase que celebraba su regreso a México.

—Ahora sí quiere que la vean —dijo.

El hombre frente al escritorio esperó. Gerardo preguntó por la nueva producción. Escuchó nombres de empresas y profesionales. Al final llegó el dato que buscaba: el respaldo de Raúl.

No hizo ningún comentario durante unos segundos. Después apartó el anuncio.

—Quiero saber cuándo llegue.

El colaborador asintió.

* * *

Antes del viaje, Alexandra preparó su equipaje junto a Raúl. Le pidió opinión sobre dos vestidos. Él eligió uno sin entusiasmo.

Ella lo dejó sobre la cama y se acercó.

—Voy a volver.

Raúl le sostuvo las manos. La frase les resultó familiar. Años atrás él la había pronunciado antes de irse al norte. Alexandra había respondido con una promesa.

Ahora los lugares estaban cambiados.

—No quiero que tengas que demostrarme nada —dijo ella. Raúl miró el equipaje.

Había pasado demasiado tiempo demostrando para saber cómo detenerse. Esa noche esperó hasta que Alexandra se durmiera y llamó a Verónica.

—¿Está todo confirmado?

La mujer respondió que sí. Él hizo otra pregunta. Después otra. Verónica lo dejó terminar.

—No existe una confirmación que quite todo el riesgo, Raúl.

Él miró a Alexandra, dormida junto a la almohada. Lo sabía. Aun así, al colgar, quiso creer que esta vez el poder alcanzaría.

* * *

Las cámaras la esperaban a su llegada. Alexandra sonrió y levantó la mano mientras escuchaba su nombre desde distintos lugares.

Respondió unas preguntas breves y siguió caminando junto a Mauricio. Había regresado. El sonido de las voces, los flashes y los teléfonos levantados le devolvió una parte de sí misma que creyó perdida.

Antes de subir al automóvil miró hacia los periodistas una vez más. En Colombia, Raúl recibió una fotografía. Ella aparecía rodeada de personas, bajo las luces de la entrada.

En otra casa, Gerardo recibió la misma imagen. La observó hasta que la pantalla se apagó. Después llamó a uno de sus hombres.

Alexandra seguía siendo la mujer que todos querían ver. Y acababa de volver al país del hombre que nunca había aceptado perderla.