Capítulo 17 de 25

El silencio después del aplauso

Alexandra tardó en quitarse el maquillaje. La presentación había terminado hacía cuarenta minutos, pero todavía escuchaba al público cantando con ella. Sentada frente al espejo del camerino, pasó un dedo por el borde de una pestaña postiza y sonrió.

Mauricio revisaba los compromisos del día siguiente.

—La entrevista de la mañana cambió de estudio.

Ella lo miró a través del espejo.

—¿Podemos ir más tarde?

—No. Es en directo.

Alexandra hizo un gesto de cansancio. Le gustaba estar otra vez allí, incluso agotada. Había olvidado la mezcla de olores del camerino, las voces en el pasillo y la rapidez con que alguien entraba para pedirle una decisión.

El teléfono vibró junto a sus pulseras. Raúl. Respondió enseguida.

—¿Me viste?

—Te vi.

La voz de él sonaba más suave que antes del viaje.

—Todo salió bien —dijo ella.

Raúl permaneció callado un instante.

—Cantaste muy bien.

Alexandra apoyó la cabeza contra el respaldo. Por unos segundos pudo disfrutar sin sentir que tenía que defender su deseo de haber regresado. Gerardo vio parte de la transmisión desde su despacho.

No le interesaba la canción. Observó el vestido, la forma de Alexandra de inclinarse hacia el público y el gesto con que rozó el anillo antes de responder una pregunta.

Apagó el televisor. Sobre el escritorio había una fotografía de su familia. Beatriz y sus hijos aparecían durante unas vacaciones en la playa.

Gerardo la apartó para abrir una carpeta. No pensó en el matrimonio que él mismo había mantenido mientras exigía fidelidad a Alexandra.

Pensó en la humillación. Un hombre al que antes habría podido ignorar se había convertido en alguien que otros mencionaban con cautela. Además, se había llevado a la mujer que Gerardo consideraba una prueba visible de su poder.

La había hecho famosa. La había vestido, alojado y presentado ante personas que antes no conocían su nombre. Todavía contaba los regalos como razones para exigir que regresara.

* * *

A la mañana siguiente, Alexandra despertó con mensajes de felicitación. Inés había escrito:

«Te escuché. Estuviste muy bien».

Ella respondió con un agradecimiento y una fotografía de la vista desde el hotel. No indicó dónde estaba. Inés ya no hacía preguntas sobre sus horarios.

Mauricio llamó minutos después. Había llegado abajo y la esperaba para salir. Alexandra se vistió con una blusa clara y pantalones oscuros. Guardó los pendientes de la noche anterior, tomó el teléfono y se miró una última vez. El anillo seguía en su mano.

Lo giró ligeramente para que la piedra quedara centrada. Antes de bajar escribió a Raúl:

«Entrevista, comida y regreso al hotel. Hoy me duermo temprano».

Él respondió:

«Llámame cuando termines».

* * *

La entrevista fue más larga de lo previsto. La conductora preguntó por su ausencia, por el matrimonio y por la posibilidad de hacer una gira.

Alexandra habló de proyectos sin comprometer fechas. Cuando mencionaron a su esposo, sonrió.

—Me ha apoyado mucho.

Mauricio, detrás de las cámaras, mantuvo la expresión inmóvil. Habían acordado no hablar de financiación. La conductora insistió en saber a qué se dedicaba.

—Tiene negocios —respondió Alexandra.

La frase salió con una facilidad que la inquietó. Durante años había escuchado lo mismo sobre Gerardo. Ahora la utilizaba ella.

Al terminar pidió agua y se quedó sentada unos segundos. Mauricio se acercó.

—Vamos. Tenemos que salir.

Ella asintió. No supo que sería la última conversación normal del día.

* * *

Después, Alexandra recordaría fragmentos. Una voz que pronunció su nombre. Mauricio dando un paso hacia ella. El sonido de una puerta golpeando contra una pared.

No hubo tiempo suficiente para comprender quién había entrado ni por qué las personas que la acompañaban dejaron de responder.

Alguien le sujetó el brazo. Ella intentó soltarse. Escuchó a Mauricio gritar y vio que caía junto a una silla. La obligaron a caminar.

Alexandra pidió ayuda una vez, con una voz que no se parecía a la suya. Luego sintió un golpe contra el costado y el aire le faltó.

Cuando volvió a respirar, ya la estaban sacando. Perdió uno de los zapatos. No lo buscó.

* * *

Raúl llamó dos horas después. La entrevista había terminado. Alexandra debía haber regresado al hotel. Nadie respondió. Intentó con Mauricio.

Tampoco. El teléfono de uno de los hombres que la acompañaban seguía sin conexión. Raúl se puso de pie. Verónica entró cuando él estaba llamando por cuarta vez.

—¿Qué pasa?

—No contestan.

Ella dejó de caminar. No le dijo que quizá estaban ocupados. Conocía demasiado bien aquel mundo para ofrecer tranquilidad sin información.

Raúl sostuvo el teléfono hasta que la llamada terminó. Después volvió a marcar. Era una acción inútil. Durante varios minutos fue la única que pudo hacer.

* * *

Alexandra despertó en una habitación que reconoció por las cortinas. Las había elegido años atrás. Al principio pensó que había soñado el estudio, la caída de Mauricio y las manos obligándola a subir a un vehículo.

Intentó incorporarse. Le dolió el costado. La certeza llegó antes de que se abriera la puerta. Gerardo entró sin prisa. Llevaba una camisa azul, como si acabara de volver de una comida.

Alexandra retrocedió hasta apoyar la espalda contra la cabecera. Él la observó.

—Ya estás despierta.

Ella buscó una salida. La puerta quedaba detrás de él. El teléfono no estaba sobre ninguna mesa. Las ventanas tenían las cortinas cerradas.

—¿Dónde está Mauricio?

Gerardo se acercó a una silla.

—Preocúpate por ti.

Alexandra sintió frío.

—Déjame ir.

Él se sentó.

—Tú te fuiste sin hablar conmigo.

* * *

La información llegó a Raúl en partes. Mauricio estaba en un hospital. Dos de los acompañantes habían muerto. Había otras personas heridas.

El edificio de la entrevista había cambiado la noche anterior. El coordinador de la producción confirmó que el nuevo lugar cumpliría lo acordado, aunque no había hecho la revisión. Después del ataque desapareció y dejó de responder.

Un empleado contó que reconoció a uno de los agresores porque había entrado durante el montaje con una acreditación. La protección se concentró en el trayecto y aceptó como segura una zona que no lo era. Verónica pidió que conservaran aquellas declaraciones. La explicación no devolvía a nadie, pero impedía llamar imprevisible a todo lo ocurrido.

Alexandra no había sido localizada. Raúl escuchó el informe con el teléfono apoyado contra el oído. Verónica permanecía frente a él.

Alguien siguió hablando, pero Raúl tuvo que pedir que repitiera la última frase.

—¿Mauricio está consciente?

—Por momentos.

—Quiero hablar con él.

La espera duró varios minutos. Cuando el representante respondió, respiraba con dificultad.

—Se la llevaron.

Raúl cerró los ojos. Ya lo sabía. Escucharlo en aquella voz volvió el hecho insoportable.

—¿Quiénes?

Mauricio intentó contestar. Una persona del hospital retiró el teléfono. Raúl se quedó mirando la pantalla.

* * *

Gerardo vio el anillo. Le tomó la mano sin pedir permiso. Alexandra tiró hacia atrás, pero él sostuvo la muñeca.

—Así que era verdad.

Ella lo miró.

—Estoy casada.

Gerardo soltó una risa breve.

—Aquí no.

Alexandra sintió que el miedo se convertía en rabia.

—No puedes decidir eso.

Él dejó de sonreír.

—Puedo decidir muchas cosas.

Ella retiró la mano cuando él aflojó los dedos. El anillo seguía allí. Lo cubrió con la otra palma.

—Raúl va a buscarme.

Gerardo se levantó.

—Eso espero.

Por primera vez, Alexandra comprendió que su regreso no era únicamente una represalia. También podía ser una forma de llamar a su esposo.

* * *

La noticia apareció en los medios antes del anochecer. Algunos hablaban de un incidente. Otros confirmaban la desaparición de la cantante.

Las imágenes de su llegada a México se repitieron junto a fotografías del edificio donde había dado la entrevista. Los comentarios aumentaron por miles.

Personas que nunca la habían escuchado preguntaban dónde estaba. Admiradores compartían canciones y pedían que regresara a salvo.

Aquella atención era real. Alexandra no podía verla. Estaba sentada en la cama, intentando recordar los nombres de quienes la acompañaban. No sabía quién había muerto ni si Mauricio volvería a caminar.

Había querido recuperar su público. Ahora deseaba escuchar una sola voz conocida al otro lado de la puerta.

* * *

Gerardo volvió cuando oscureció. Ordenó que dejaran comida y que nadie entrara sin su autorización. Alexandra permaneció lejos de él.

—No voy a quedarme contigo.

El hombre dejó unas llaves sobre la mesa.

—Ya estás aquí.

—Eso no significa que quiera estar.

Gerardo se acercó. Ella retrocedió. Durante años había confundido algunos de sus gestos con afecto. Había aceptado regalos, privilegios y una relación que creía poder sostener mientras le conviniera.

Ahora no había cortesía que ocultara lo que él entendía por pertenencia. Alexandra dijo que no. Lo repitió cuando él siguió acercándose.

Lo que ocurrió después fue una agresión. Gerardo ignoró su negativa y usó la fuerza para someterla. Ninguna promesa anterior, ningún regalo y ninguna relación pasada le daban derecho a hacerlo.

Cuando salió de la habitación, Alexandra permaneció inmóvil durante largo rato. Después se cubrió y buscó aire junto a la ventana cerrada.

* * *

Raúl recibió una llamada de un número desconocido. Verónica lo vio mirar la pantalla. Él respondió.

—¿Dónde está?

No necesitó escuchar un saludo para saber con quién hablaba. Gerardo tardó unos segundos.

—Conmigo.

Raúl sintió que se le tensaban los dedos.

—Déjala ir.

—Tú debiste haber pensado antes de llevártela.

—Ella decidió irse.

Gerardo respiró cerca del teléfono.

—Vamos a ver cuánto dura esa decisión.

Raúl miró a Verónica. La mujer levantó una mano, pidiéndole que esperara antes de hablar. Él no pudo hacerlo.

—Si le haces daño…

Gerardo lo interrumpió. Dijo algo sobre Alexandra, deliberadamente cruel, que convirtió el silencio de Raúl en una respiración entrecortada.

Después colgó.

* * *

Verónica se acercó.

—Raúl.

Él dejó el teléfono sobre la mesa. No respondió. La habitación parecía demasiado pequeña para el miedo, la culpa y la rabia que acababan de llegar al mismo tiempo.

Pensó en el camerino, en su sonrisa después de cantar y en el mensaje donde prometía dormir temprano. Pensó en que había aceptado el viaje creyendo que sus hombres bastarían. Dos estaban muertos.

Alexandra estaba cautiva.

—Tenemos que traerla —dijo finalmente.

Verónica asintió.

—Sí. Y tenemos que evitar que una decisión tomada ahora destruya cualquier posibilidad de hacerlo.

Raúl levantó la cabeza. En sus ojos había algo que ella no había visto durante meses. La pérdida de todo límite.

—Gerardo no va a conservar nada después de esto.

Verónica no retrocedió.

—Recuperarla y castigarlo no siempre van a pedirte lo mismo.

Raúl miró el teléfono. Esperó que volviera a sonar. Esta vez no quería una explicación. Quería escuchar a Alexandra respirar.

* * *

En la habitación, ella encontró su anillo junto a la cama. Gerardo se lo había quitado. Alexandra lo recogió y cerró la mano alrededor.

No podía prometerse que alguien llegaría a tiempo. No podía saber qué estaba ocurriendo afuera. Se concentró en respirar.

Una vez. Después otra. Cuando logró levantarse, se lavó la cara y bebió agua. Guardó el anillo donde podía sentirlo cerca. Luego se sentó frente a la puerta.

No estaba allí por una elección. No le pertenecía a Gerardo. Se repitió ambas cosas mientras esperaba, porque era lo único sobre lo que todavía podía decidir sin pedir permiso.