Capítulo 18 de 25

Lo que empezó aquella noche

La primera orden de Raúl después de la llamada fue detener todas las reuniones. La segunda, reunir a los responsables que estaban cerca.

Verónica permaneció junto al escritorio. Lo observó llamar, escuchar y colgar sin sentarse. Había dejado de preguntar si Alexandra estaba herida. Ahora preguntaba quién sabía dónde podía encontrarse.

No había respuestas suficientes. Cada silencio parecía aumentarle la rabia.

—Raúl —dijo Verónica—. Necesitamos distinguir lo que sabemos de lo que estamos suponiendo.

Él dejó el teléfono.

—Sabemos que la tiene.

—Sí.

—Sabemos lo que le hizo.

Verónica sostuvo su mirada.

—Y sabemos que quiere que pierdas la cabeza.

Raúl se volvió hacia la ventana. No respondió. La advertencia le parecía una ofensa mientras Alexandra seguía encerrada en alguna parte. Al amanecer, la casa estaba llena de personas.

Había hombres a quienes Raúl no veía desde hacía meses. Llegaron con expresiones graves y la disposición inmediata que acompañaba las crisis.

Escucharon lo sucedido. Uno habló de responder sin demora. Raúl llevaba menos de dos años al frente de la Unión del Sur. Los dirigentes que habían aceptado su mando observaban si sería capaz de sostenerlo. Aquel juicio pesó en la reunión tanto como la ausencia de Alexandra.

Otro pidió confirmar la situación antes de comprometer a toda la organización. Raúl oyó la palabra comprometer como si se refirieran a un asunto lejano.

—Es mi esposa.

Nadie discutió. Verónica apoyó las manos sobre la mesa.

—Precisamente por eso hay que traerla viva. Cada decisión debe servir para eso.

El hombre que había pedido una respuesta inmediata se inclinó hacia Raúl.

—Si no hacemos nada, van a creer que pueden ir contra cualquiera de nosotros.

Aquella frase cambió el centro de la reunión. Alexandra dejó de ser únicamente una mujer cautiva. Su secuestro se convirtió también en una prueba de autoridad.

Raúl no corrigió ese cambio.

* * *

Mauricio despertó en una habitación de hospital. Le habían inmovilizado un brazo y tenía dificultades para respirar sin dolor.

Una enfermera le preguntó si sabía dónde estaba. Él asintió. Después preguntó por Alexandra. La mujer bajó la mirada antes de responder que todavía no tenían noticias.

Mauricio cerró los ojos. Recordó el camerino, el programa y las carpetas donde había organizado su regreso. Había discutido fechas, vestuario y compromisos. No había conseguido protegerla.

Su teléfono estaba dentro de una bolsa con sus pertenencias. Pidió que llamaran a Inés. Cuando escuchó su voz, no encontró ninguna frase profesional que pudiera sostenerlo.

—Se la llevaron —dijo.

Al otro lado, Inés empezó a llorar en silencio.

* * *

Alexandra oyó pasos antes de que abrieran. Se puso de pie. Una mujer entró con ropa limpia, comida y un pequeño botiquín. Tendría unos cincuenta años y evitaba mirar directamente hacia la cama.

—Me llamo Marta.

Alexandra la observó.

—Necesito un teléfono.

La mujer negó con la cabeza.

—No puedo.

—Necesito que sepan que estoy viva.

Marta dejó la bandeja. Tenía las manos ásperas y una quemadura antigua cerca de la muñeca.

—Voy a traerle agua caliente.

Alexandra se acercó un paso.

—Mírame.

La mujer levantó los ojos.

—No estoy aquí porque quiero.

Marta apretó los labios.

—Lo sé.

Fue la primera persona en aquella casa que lo dijo. Alexandra tuvo que apoyarse en una silla para no perder el equilibrio.

* * *

Gerardo la visitó después del mediodía. Miró la comida sin tocar.

—Tienes que comer.

Alexandra permaneció junto a la ventana. Había aprendido que podía hablarle desde cierta distancia antes de que él decidiera acercarse.

—Necesito un médico.

Gerardo la observó.

—Ya van a venir a revisarte.

—Un médico que yo elija.

Él soltó el aire por la nariz.

—No estás en condiciones de elegir demasiado.

Alexandra sintió que se le tensaba el cuerpo. No discutió. Guardó la petición para otro momento y preguntó por Mauricio.

Gerardo se impacientó.

—Tu representante está vivo.

Aquella noticia le produjo un alivio doloroso.

—Quiero hablar con él.

—No.

El hombre caminó hasta la puerta. Antes de salir, añadió:

—Tu esposo está haciendo ruido.

Alexandra sintió miedo por primera vez desde el amanecer. No por el regreso de Raúl. Por lo que podía hacer para conseguirlo.

* * *

Raúl recibió el primer informe de violencia durante la tarde. Había muertos entre hombres vinculados a Gerardo y a la Unión del Sur. El enfrentamiento se había extendido a una zona donde vivían familias.

Verónica leyó el reporte sin apartar ningún dato. Raúl escuchó.

—¿La encontraron?

—No.

La respuesta vació todo lo demás. Él se pasó una mano por la cara.

—Entonces no sirvió.

Verónica lo miró.

—Hubo personas que no tenían nada que ver.

Raúl mantuvo la vista fija en la mesa. San Jerónimo regresó a su memoria. El comerciante. La mujer de la tienda. El estudiante.

Esta vez no había una autorización vaga detrás de lo ocurrido. Había una crisis que él estaba convirtiendo en una guerra.

—Quiero saber dónde está —dijo.

Verónica cerró el informe.

—Yo también. Pero no voy a dejar de decirte lo otro.

* * *

Teresa se enteró por la televisión. Al principio reconoció el rostro de Alexandra y pensó que anunciaban otra entrevista. Después escuchó la palabra desaparición.

Su marido se acercó despacio. Ambos permanecieron frente a la pantalla mientras una periodista hablaba de rumores, posibles vínculos y hechos que todavía no podían confirmar.

Teresa llamó a Raúl. Él respondió tarde.

—¿Es verdad?

—Sí.

Su madre se sentó.

—Dios mío.

Raúl escuchó la respiración de su padre cerca del teléfono. Durante unos segundos quiso volver a ser el hijo que podía pedir ayuda sin que nadie esperara una orden.

—La voy a traer —dijo.

Teresa cerró los ojos.

—Tráela. Pero no hagas que otras madres tengan que buscar a sus hijos por lo mismo.

Él no respondió. La llamada terminó sin una promesa.

* * *

Gerardo también recibía informes. Había perdido hombres, recursos y apoyo de personas que preferían no enfrentarse a la Unión del Sur.

Por primera vez desde que ordenó llevarse a Alexandra, comprendió que Raúl no era únicamente un rival sentimental con dinero.

Tenía una organización capaz de sostener una confrontación prolongada. Un colaborador se lo dijo con claridad.

—Esto va a costar más de lo que pensamos.

Gerardo lo miró.

—Entonces deja de pensar poco.

El hombre no se movió.

—Necesitamos apoyo.

Gerardo permaneció sentado. Pedirlo implicaba reconocer un límite. Durante varios minutos examinó nombres que llevaba años pronunciando como adversarios.

Después pidió que hicieran llamadas.

* * *

Las primeras conversaciones no fueron fáciles. Algunos dirigentes se negaron a recibirlo. Otros escucharon y pidieron tiempo.

Gerardo no habló de amor. Tampoco de la mujer a la que mantenía cautiva. Habló de influencia extranjera, de cambios en el equilibrio de poder y de la posibilidad de que Raúl empezara a decidir en territorios donde otros habían mandado durante años.

Convirtió una represalia personal en una amenaza compartida. Era una versión útil. Permitía que hombres con conflictos antiguos se sentaran a la misma mesa sin admitir que estaban defendiendo su orgullo.

Uno de ellos lo interrumpió.

—Todo esto empezó por Alexandra.

Gerardo sostuvo su mirada.

—Y puede terminar con cualquiera de nosotros.

El hombre se reclinó en la silla. La conversación continuó.

* * *

Inés llegó al hospital dos días después.

Para entonces ya había dado su declaración sobre la desaparición. Entregó las llamadas y los cambios de agenda que conservaba. Mauricio declaró cuando pudo hacerlo. La investigación existía desde aquellos primeros días, aunque ellos no sabían qué información quedaba detenida entre los funcionarios que la recibían.

Mauricio parecía más pequeño entre las sábanas. Ella dejó una bolsa junto a la silla.

—Te traje ropa.

Él intentó sonreír. No pudo. Hablaron de Alexandra sin encontrar una noticia nueva. Inés había recibido llamadas de periodistas y las había rechazado todas.

Mauricio miró el brazo inmovilizado.

—Debí decir que no.

—Ella habría buscado otra forma de volver.

—No lo sé.

Inés guardó silencio. Tampoco lo sabía. Había muchas decisiones posibles antes de aquel día y ninguna podía tomarse ahora.

Mauricio se volvió hacia ella.

—No quiero que su nombre se quede en una nota de espectáculos.

Inés asintió. Por primera vez hablaron de Alexandra como una persona cuya vida necesitaba ayuda, sin pensar en su imagen pública.

* * *

En la habitación, Alexandra pidió papel. Marta volvió con un cuaderno pequeño y un bolígrafo.

—No diga que se lo traje yo.

Ella los recibió. Durante un rato miró la página vacía. Había escrito canciones, dedicatorias y mensajes cuidadosamente pensados para no revelar demasiado.

Ahora necesitaba una frase que dijera exactamente lo que estaba ocurriendo. Escribió su nombre. Debajo puso la fecha que creía correcta.

Después: Estoy aquí contra mi voluntad. Quiero salir. Leyó las palabras. Le temblaba la mano. Añadió el nombre de Raúl y se detuvo.

No sabía si una nota podría llegar a él. Tampoco sabía si leerla lo ayudaría a pensar o lo empujaría más lejos. Arrancó la hoja, la dobló y la guardó junto al anillo.

* * *

Verónica encontró a Raúl frente a un mapa. No había cambiado de ropa desde la noche anterior.

—Gerardo está buscando alianzas.

Él se volvió.

—¿Con quiénes?

Ella le dio los nombres. Raúl escuchó hasta el final. Las posibilidades que había imaginado se redujeron. Una liberación rápida.

Una conversación. Una presión suficiente para que Gerardo cediera. Ahora había más hombres dispuestos a participar y más razones para que ninguno quisiera retroceder.

—Quieren guerra —dijo.

Verónica se acercó.

—Algunos la quieren. Otros solo quieren lo que puedan sacar de ella.

Raúl miró los nombres.

—No voy a dejarla allí.

—No te estoy pidiendo eso.

Ella esperó hasta que él volvió hacia ella.

—Te estoy pidiendo que no conviertas cada obstáculo en una sentencia para alguien más.

* * *

La primera familia que abandonó su casa aquella semana no sabía quién era Raúl. Tampoco había escuchado el nombre de Gerardo.

Un hombre cargó a su hijo menor y su esposa guardó documentos dentro de una bolsa. Salieron cuando todavía no amanecía porque durante la noche habían oído disparos cerca.

La mujer quiso llevar una cobija. El marido le dijo que no había tiempo. En otra calle, una tienda permaneció cerrada. Una maestra avisó que las clases se suspendían. Un hospital pidió sangre para personas cuyos nombres no aparecieron en los primeros reportes.

Los hombres que discutían la guerra hablaban de fuerza y de pérdidas. En el refugio preguntaban si había un lugar donde dormir con los niños.

* * *

Esa noche, Marta encontró a Alexandra junto a la puerta.

—¿Puedo saber qué pasa afuera? —preguntó ella.

La mujer dejó la bandeja.

—Dicen que hay problemas.

—¿Por mí?

Marta no respondió. Alexandra miró el plato. Tenía hambre, pero la idea de comer mientras otros podían estar muriendo por aquel conflicto le produjo náuseas.

Después recordó que dejar de alimentarse no ayudaría a nadie. Tomó la cuchara. Comió despacio. Necesitaba seguir viva. En Colombia, Raúl escuchaba los nombres de los hombres que habían muerto durante el día.

Al terminar, nadie habló. Él apoyó las manos sobre la mesa.

—Mañana continuamos.

Verónica lo miró sin bajar los ojos. Raúl no pudo sostenerle la mirada mucho tiempo. Aun así, nadie retiró la orden. Y en distintos lugares, personas que jamás habían visto a Alexandra comenzaron a pagar por una historia que no habían elegido.