Capítulo 19 de 25

Los nombres que no salían en las canciones

La alianza se confirmó durante la tercera semana del cautiverio. Era diciembre. Alexandra cumplió treinta y un años sin que nadie en aquella habitación lo mencionara. Raúl recibió la noticia de la alianza el mismo día en que había pensado llevarle flores.

Verónica llevó la noticia a Raúl después de una reunión que había terminado sin acuerdos. Tres organizaciones mexicanas aceptaban apoyar a Gerardo. Una cuarta seguía negociando las condiciones.

Raúl escuchó los nombres. Conocía a dos dirigentes. Había conversado con uno durante la época de Arce y con otro después de asumir la dirección.

Ninguno había mencionado jamás a Alexandra. Ahora estaban dispuestos a entrar en una guerra que había comenzado por su secuestro.

—No están defendiéndolo por ella —dijo Verónica.

Raúl se acercó a la mesa.

—Me da igual por qué.

—Debería importarte. Si no entiendes lo que quieren, vas a seguir respondiendo como si todos fueran Gerardo.

Él levantó la mirada. No había dormido más de tres horas.

—Lo único que quiero entender es dónde está.

Verónica dejó una fotografía entre ambos. Alexandra aparecía sentada en una silla, mirando hacia la cámara. Estaba viva.

* * *

Raúl tomó la imagen con ambas manos. La habían enviado sin explicación. Su esposa llevaba una blusa que él no conocía. Tenía el cabello recogido y las manos juntas sobre el regazo.

Buscó heridas visibles. Después miró sus ojos. No supo qué hacer con lo que encontró allí. Era miedo, pero también una atención fija, como si Alexandra intentara decir algo que la fotografía no podía contener.

—¿Cuándo la tomaron?

—No sabemos.

—¿Dónde?

Verónica negó con la cabeza. Raúl dejó escapar el aire. Durante semanas había imaginado lo peor. Verla viva le produjo un alivio tan intenso que tuvo que sentarse.

Luego llegó otra emoción. La rabia de que alguien hubiera podido colocarla frente a una cámara y decidir que él recibiría únicamente aquello. Alexandra había rechazado la primera fotografía.

Gerardo ordenó que se sentara y ella permaneció de pie.

—No voy a ayudarte.

El hombre guardó silencio unos segundos. Después señaló la silla.

—No te estoy preguntando.

Alexandra miró al empleado que sostenía el teléfono. Él evitó sus ojos. Comprendió que no conseguiría salir discutiendo en aquella habitación. Se sentó, acomodó las manos y buscó la cámara.

No sonrió. Cuando terminaron, preguntó:

—¿Raúl la va a ver?

Gerardo no respondió. Ella mantuvo la mirada.

—Si la ve, dile que estoy viva.

Él se acercó.

—Lo que voy a decirle lo decido yo.

Alexandra sintió el impulso de gritar. Se lo guardó para cuando pudiera servirle.

* * *

El médico llegó dos días después. Gerardo permaneció cerca de la puerta durante los primeros minutos, hasta que el hombre pidió revisar a Alexandra en privado.

La discusión fue breve. Finalmente salió. Alexandra observó al médico mientras él dejaba los instrumentos sobre una mesa.

—Necesito que escuche lo que voy a decir.

El hombre levantó los ojos. Ella habló sin rodeos. Dijo que estaba secuestrada. Dijo que Gerardo la había agredido sexualmente. Dijo que necesitaba atención y una forma de ponerse a salvo.

El médico dejó de escribir.

—Voy a atenderla.

—También necesito que no finja que esto es una visita normal.

Él miró hacia la puerta. Alexandra siguió la dirección de sus ojos. No sabía si estaba frente a alguien dispuesto a ayudarla o frente a otro hombre que tendría miedo suficiente para callar.

Aun así, volvió a decirlo. No quería que el silencio de los demás reemplazara su propia versión.

* * *

Durante aquel mes, Raúl perdió la cuenta de las llamadas que recibía de madrugada. Algunos informes llegaban ordenados. Otros eran voces agitadas, frases incompletas y nombres repetidos para confirmar que habían escuchado bien.

La violencia alcanzó ciudades donde la Unión del Sur tenía presencia y regiones donde los aliados de Gerardo ejercían su poder.

Cada grupo respondía a una pérdida con otra. Raúl intentó imponer límites. En algunas ocasiones lo obedecieron. En otras, sus instrucciones llegaron después de los hechos.

Lo que había empezado con la idea de recuperar a Alexandra ya tenía intereses propios. Hombres que buscaban venganza. Dirigentes que querían territorio. Subordinados que aprovechaban el desorden para resolver enemistades.

Raúl seguía ocupando el centro de aquella estructura. No podía atribuirle todo a los demás. Pero empezó a hacerlo para conseguir dormir.

* * *

La familia de una mujer llamada Elena llegó a un refugio después de cuatro días cambiando de lugar. Ella llevaba a dos niños y una bolsa con ropa.

Su esposo, Daniel, se había quedado para cuidar el taller donde trabajaba. Prometió alcanzarlos. Todavía no llegaba. Una voluntaria le preguntó qué necesitaban.

Elena pidió un cargador para el teléfono. No comida. No cobijas. Primero quería batería suficiente para seguir llamándolo.

Al fondo del salón, alguien tenía una televisión encendida. Un programa hablaba de Alexandra y mostraba imágenes de sus películas.

Elena observó la pantalla sin comprender por qué aquella mujer aparecía tantas veces entre noticias de violencia. Después su teléfono vibró.

No era su esposo. Era una compañera que preguntaba si tenía noticias. Elena contestó que no.

* * *

Mauricio salió del hospital con ayuda de Inés. Seguía utilizando un soporte para el brazo y caminaba despacio. En el automóvil, la mujer le entregó una carpeta. Contenía compromisos cancelados, comunicaciones de empresas y mensajes de personas que querían saber cómo podían ayudar.

Mauricio la abrió. Después volvió a cerrarla.

—No puedo pensar en esto ahora.

Inés asintió.

—Por eso lo guardé.

Él miró por la ventana. Había pasado años organizando el mundo alrededor de Alexandra para que nada se detuviera. Ahora no existía una agenda capaz de traerla de vuelta.

—Quiero hablar con Raúl —dijo.

Inés apretó el volante.

—¿Para decirle qué?

Mauricio tardó en responder.

—Que todavía es una persona. Que no se le olvide entre todo lo demás.

* * *

Raúl recibió la llamada al anochecer. Mauricio habló de Alexandra trabajando durante las grabaciones, de su miedo antes de cantar y de la forma en que pedía repetir una escena cuando sabía que podía hacerla mejor.

Raúl escuchó sin interrumpir. No entendía al principio por qué le contaba aquello. Después comprendió. El representante no estaba defendiendo la carrera.

Le estaba recordando a la mujer que existía fuera de la disputa.

—No necesita que alguien gane por ella —dijo Mauricio—. Necesita salir.

Raúl miró la fotografía sobre el escritorio.

—Es lo que estoy intentando.

—Entonces no pierdas eso de vista.

La llamada terminó con un silencio largo. Raúl permaneció sentado. Por primera vez en días, no ordenó nada inmediatamente después.

* * *

Gerardo convocó a los nuevos aliados en una casa que no utilizaba desde hacía años. Alexandra no estaba allí. Uno de los dirigentes preguntó por ella.

—No es asunto de esta reunión —respondió Gerardo.

El hombre apoyó los brazos sobre la mesa.

—Es el motivo de esta reunión.

Nadie se rio. Gerardo sostuvo su mirada. La alianza había aumentado su fuerza, pero también había reducido su libertad. Ahora debía explicar pérdidas y aceptar condiciones de hombres que antes prefería mantener lejos.

Otro dirigente pidió terminar con el problema.

—Déjala ir. Conservamos lo que ya acordamos y buscamos una salida.

Gerardo sintió que la mandíbula se le endurecía.

—No.

El hombre lo observó con cansancio.

—Entonces deja de decir que esto no es por ella.

* * *

Alexandra empezó a contar los días sobre una hoja del cuaderno. No sabía si llevaba exactamente los mismos que habían pasado afuera.

Marta le ayudaba a confirmar algunas fechas. Hablaban poco, pero la mujer ya no dejaba las bandejas y salía de inmediato. A veces se quedaba mientras Alexandra comía.

Una tarde le contó que tenía una hija. Después pareció arrepentirse de haberlo dicho. Alexandra no preguntó dónde vivía.

Comprendía por qué ciertas respuestas podían convertirse en miedo.

—¿Cómo se llama? —preguntó únicamente.

Marta respondió. Alexandra repitió el nombre. Quiso recordar que todavía existían personas capaces de hablar de sus hijos sin convertirlos en una amenaza.

* * *

La nota llegó a Verónica por medio de una persona que pidió no ser identificada. Era una fotografía de la hoja que Alexandra había escrito.

Su nombre. La fecha. La declaración de que estaba allí contra su voluntad. Había una línea nueva: No quiero que nadie más muera. Quiero volver a casa.

Verónica la mostró a Raúl. Él reconoció la letra. No necesitó confirmaciones. Pasó el dedo sobre la pantalla, siguiendo la inclinación de una palabra.

Era la misma letra que había llevado dentro de la camisa al cruzar la frontera. Durante años, una nota de Alexandra le había servido para continuar.

Esta le pedía que encontrara otra forma.

—¿Quién la consiguió? —preguntó.

—No puedo decírtelo.

—La mujer que la atiende se llama Marta. Nos pidieron no acercarnos a su familia ni hacer público su nombre. La nota pasó por alguien fuera de la casa; no podemos utilizar a Marta como si nos debiera otra ayuda.

Raúl miró a Verónica.

—¿Sabemos dónde está?

—Tenemos información nueva. Todavía hay que comprobarla.

Él volvió a leer. No quiero que nadie más muera.

* * *

La reunión de esa noche terminó con una discusión. Un responsable propuso intensificar las represalias. Raúl se negó. El hombre lo miró, sorprendido.

—Ellos no se están deteniendo.

—Eso no hace útil todo lo que podamos hacer.

—Están diciendo que dudamos.

Raúl apoyó la hoja impresa sobre la mesa. Nadie se acercó a leerla.

—No estamos aquí para responder cada cosa que digan.

El responsable insistió. Verónica observó cómo Raúl apretaba los dedos contra el borde del escritorio. Finalmente el hombre se calló.

La represalia propuesta no se autorizó. Esa misma noche llegaron informes de otros ataques que la decisión no había detenido.

Raúl lo supo cuando llegaron nuevos informes.

* * *

Teresa dejó un mensaje que él escuchó después de medianoche. Su padre estaba estable. Ella había hablado con una vecina cuyo sobrino murió durante un enfrentamiento.

No pertenecía a ningún grupo. Era conductor y había salido a trabajar. Teresa dijo su nombre completo. Lo repitió antes de despedirse.

Raúl abrió un cuaderno nuevo. No era el de las cuentas. Escribió el nombre del conductor. Debajo añadió los de San Jerónimo que todavía recordaba.

Se quedó mirando la página. Había más. Muchos más. No sabía todos los nombres, y esa ignorancia dejó de parecerle una distancia que pudiera protegerlo.

* * *

En su habitación, Alexandra dobló la cobija y la colocó sobre la silla. Había conseguido que Marta se llevara la nota sin saber si llegaría a alguien.

No pidió otra confirmación. Tenía miedo de que insistir pusiera a la mujer en peligro. Se sentó frente a la puerta y sostuvo el anillo dentro de la mano.

Pensó en Raúl antes de que fuera alguien a quien temían. En el niño que había hablado con Teresa porque ella tenía una marca en el brazo.

No había necesitado dinero ni hombres armados para entender que debía ayudarla. Alexandra cerró los ojos. Quería que llegara.

También quería que, cuando lo hiciera, quedara algo de aquel niño capaz de reconocer el dolor sin pedirle que demostrara cuánto valía.