Capítulo 20 de 25
Nadie estaba ganando
La fotografía de la nota permaneció sobre el escritorio de Raúl durante tres días. La leyó al despertar, antes de cada reunión y cuando terminaban las llamadas.
No quiero que nadie más muera. Quiero volver a casa. A veces lograba escuchar la voz de Alexandra diciendo aquellas palabras.
Otras veces solo veía la letra. Verónica había comprobado parte de la información recibida, pero todavía no podían confirmar dónde estaba. La habían trasladado después de que Gerardo sospechara que alguien hablaba fuera de la casa.
Raúl recibió la noticia de pie.
—¿Sospecha de quién?
Verónica negó con la cabeza.
—No lo sabemos.
Él miró la nota. Había sentido esperanza al recibirla. Ahora pensó en la persona que la había sacado y en el peligro que podía haberle costado hacerlo.
* * *
Marta no volvió. Alexandra preguntó por ella al hombre que dejó el desayuno. Él apoyó la bandeja y se dirigió a la puerta.
—¿Dónde está Marta?
—Ya no trabaja aquí.
La respuesta fue demasiado rápida. Alexandra se levantó.
—¿Está bien? El hombre salió sin contestar.
Ella permaneció en medio de la habitación. Quiso recordar la última conversación, buscar en cada frase alguna señal de que Marta sabía lo que podía pasar.
No encontró ninguna. Solo recordó el nombre de su hija. Lo repitió en voz baja. Aquella mujer le había llevado agua, papel y la posibilidad de decir que seguía viva.
Alexandra se sentó en el borde de la cama y empezó a llorar por alguien cuya suerte no podía conocer.
* * *
La nueva habitación no tenía recuerdos suyos. Las cortinas eran oscuras, el armario estaba vacío y en el baño había una toalla doblada sobre un banco.
Durante el traslado no había podido saber adónde la llevaban. Ahora escuchaba motores a ciertas horas y un perro que ladraba después del anochecer.
No intentó convertir esos sonidos en una certeza. Había aprendido que imaginar una salida podía aliviarla unos minutos y hacer más insoportable la siguiente puerta cerrada.
Gerardo llegó esa tarde. La encontró junto a la ventana.
—Mandaste un mensaje.
Alexandra sintió que se le secaba la boca. No preguntó cómo lo sabía.
—Quiero salir.
Gerardo dejó el teléfono sobre una mesa.
—Ya lo dijiste muchas veces.
—Porque no has querido escucharlo. Él la miró con una atención que la obligó a mantenerse inmóvil.
—Escuchar no significa obedecer.
* * *
Raúl pidió hablar con un intermediario que había trabajado con Arce. Se llamaba Cárdenas y llevaba años apartándose de las disputas sin terminar de salir de aquel mundo.
Aceptó recibirlo en una oficina discreta. Raúl acudió con Verónica. Cárdenas escuchó las condiciones que estaba dispuesto a ofrecer para que Alexandra regresara.
No respondió inmediatamente.
—¿Qué quieres conservar? —preguntó.
Raúl frunció el ceño.
—A mi esposa viva.
—Te estoy preguntando qué más.
Verónica lo observó. Raúl tardó en comprender que la pregunta no era una provocación. Había hombres a su alrededor que hablaban de rescate y al mismo tiempo exigían derrotar a Gerardo, asegurar acuerdos y demostrar que nadie podía desafiarlo.
Todas esas cosas habían quedado juntas.
—Si la devuelve, podemos detener esto —dijo.
Cárdenas apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces espero que puedas hacer que los tuyos lo acepten.
* * *
No pudo hacerlo fácilmente. Cuando informó que intentaría una conversación, varios responsables reaccionaron con indignación.
Habían perdido hombres. También habían conseguido posiciones que no querían abandonar. Uno mencionó a un hermano muerto durante las últimas semanas.
Otro preguntó qué garantías habría después. Raúl escuchó las razones y reconoció en ellas algo que él mismo había alimentado.
La guerra ya no dependía de una sola voluntad. Verónica intervino cuando la discusión empezó a repetirse.
—Cada día que esto continúa añade otra familia que va a pedir venganza después.
El hombre que había perdido a su hermano se volvió hacia ella.
—Qué fácil decirlo cuando no fue uno de los tuyos.
Verónica lo miró sin bajar los ojos.
—También fueron míos.
No explicó más. La sala quedó callada unos segundos.
* * *
Inés consiguió hablar con un investigador que seguía la desaparición de Alexandra. Mauricio la acompañó. El hombre revisó los datos y preguntó por los vínculos de la cantante.
Ellos respondieron con cuidado, pero esta vez no para proteger una imagen pública. Temían por su vida. El investigador escuchó el nombre de Gerardo sin mostrar sorpresa.
Un teléfono sonó sobre la mesa. El hombre respondió a un superior llamado Valdés y confirmó que le enviaría los registros recibidos antes de continuar. Inés preguntó si aquello retrasaría la búsqueda. El investigador aseguró que era una revisión necesaria. Ella anotó el nombre en el margen de su copia.
Cuando mencionaron a Raúl, cambió de postura.
—Hay cosas que no van a poder resolverse únicamente como una denuncia de secuestro.
Mauricio apoyó la mano sana sobre la mesa.
—Ella sigue secuestrada aunque su esposo sea quien sea.
El hombre asintió.
—Eso no está en discusión. Inés recordó aquella respuesta durante el regreso.
No sabía si era una garantía. Necesitaba que al menos quedara escrita en algún lugar.
* * *
Gerardo recibió la propuesta de conversación a través de Cárdenas. No respondió ese día. Tampoco al siguiente. Reunió a sus aliados y preguntó cuánto podían seguir sosteniendo.
Uno de los dirigentes había perdido apoyos. Otro enfrentaba problemas dentro de su propia organización. La Unión del Sur también estaba golpeada, pero conservaba más recursos y una presencia que ninguno de ellos podía ignorar.
—Devuelve a la mujer —dijo uno.
Gerardo permaneció sentado.
—No va a terminar ahí.
—Quizá no. Pero ya no sabemos qué estás intentando conseguir.
El hombre apoyó un informe sobre la mesa. Gerardo no lo abrió. Reconocía las cifras. Prefería no escuchar los nombres.
* * *
Aquella semana, Elena recibió noticias de su esposo. No llegó al refugio. Lo encontraron días después de que ella dejara de recibir llamadas.
Se llamaba Daniel. La voluntaria tuvo que decir el nombre dos veces antes de que Elena comprendiera que ya no estaban preguntándole por un desaparecido.
Una voluntaria la acompañó cuando se lo dijeron. Elena permaneció sentada con las manos sobre las rodillas. Preguntó quién debía firmar. Después preguntó dónde podía verlo.
No lloró hasta que su hijo menor se acercó y pidió que llamaran otra vez a su papá. Los responsables de la guerra nunca supieron de aquella conversación.
En un informe, el hombre apareció como una víctima civil más. En una casa que ya no podían habitar, había dejado una camisa tendida, herramientas y una promesa de alcanzar a su familia.
* * *
Raúl escuchó un resumen de las noticias antes de salir. Los enfrentamientos se habían extendido durante meses.
Habían empezado en noviembre y era marzo. Las disputas alcanzaron regiones mexicanas donde ya existían grupos enfrentados y lugares de Colombia donde la Unión del Sur tenía intereses. No todos los hechos de violencia obedecían a una orden de Raúl o de Gerardo; la confrontación había permitido que otros reabrieran conflictos y los presentaran como parte de la misma guerra.
Hubo investigaciones, detenciones y reuniones públicas en las que las autoridades prometieron recuperar la seguridad. En algunos lugares disminuyeron los ataques. En otros, funcionarios protegieron a quienes debían investigar. Las escuelas cerradas y las familias en refugios ocuparon más espacio que Alexandra en las noticias. Su desaparición seguía abierta, pero ya no explicaba por sí sola el desastre. Los recuentos reunían víctimas de distintos lugares y admitían que las cifras seguían siendo incompletas.
Había muertos, desaparecidos y familias desplazadas. Los especialistas discutían causas y alianzas. Él reconocía su parte.
No en todo lo que ocurría. En lo que había decidido continuar aun sabiendo que cada respuesta añadía otra. Apagó el aparato.
Sobre la mesa estaba el cuaderno donde empezaba a reunir nombres. Lo abrió y encontró una página casi vacía. Había demasiados que todavía no conocía.
Por primera vez, la idea de no saber dejó de parecerle una limitación inevitable. Le pareció una comodidad de la que se había beneficiado.
* * *
Alexandra recibió a Gerardo sin levantarse. Él observó la silla, el plato vacío y el libro que alguien había llevado por orden suya.
—Estás mejor.
Ella sostuvo su mirada.
—Estoy comiendo. No es lo mismo. Gerardo caminó hasta la ventana.
Durante un momento pareció cansado. Alexandra vio una posibilidad.
—Puedes terminar con esto.
—Tu esposo puede retirarse.
—No le estás devolviendo nada. Me estás dejando ir.
Gerardo se volvió. La distinción lo enfurecía porque negaba la historia que se contaba a sí mismo. Alexandra continuó antes de perder el valor.
—No soy una casa, Gerardo. No soy un automóvil que pagaste.
Él se acercó. Ella se puso de pie, pero no retrocedió.
—Ya lo sé —dijo él.
Su expresión decía lo contrario.
* * *
Raúl supo que Gerardo había rechazado la propuesta durante una reunión. Cárdenas no había conseguido una respuesta clara sobre Alexandra.
Solo exigencias que dejaban a la Unión del Sur expuesta y no garantizaban que la liberaran. Verónica escuchó el informe completo.
—Podemos volver a intentarlo.
Raúl miró la fotografía sobre la mesa.
—Mientras tanto, ella sigue allí.
—Sí.
—Y él sabe que puede hacerme esperar.
Verónica no negó nada. A veces decir la verdad no servía para tranquilizar. Servía para impedir que una decisión se apoyara en una mentira.
Raúl se levantó. Durante varios segundos nadie habló. Después autorizó que continuaran las acciones contra la organización de Gerardo.
Verónica cerró los ojos un instante. Él lo vio. No retiró la orden.
* * *
Teresa fue a ver a la familia del conductor muerto. Llevó comida y se quedó poco tiempo. No dijo quién era su hijo. La hermana del hombre agradeció la visita y le contó que estaban reuniendo dinero para los gastos pendientes.
Teresa regresó a casa con una presión en el pecho. Su marido la escuchó en silencio.
—Raúl puede ayudar —dijo finalmente.
Ella negó con la cabeza.
—No es esa la ayuda que hace falta.
Esa noche llamó a su hijo. No le pidió dinero. Le contó cómo era la casa, quién abrió la puerta y qué habían dejado los niños sobre la mesa.
Raúl escuchó hasta el final. Cuando Teresa se despidió, él siguió con el teléfono contra el oído.
* * *
En la nueva casa, Alexandra empezó otra hoja. No escribió una canción. Escribió lo que recordaba de cada día: visitas, palabras, peticiones de atención y las ocasiones en que había dicho que no.
Lo hizo sin saber si aquel cuaderno saldría alguna vez. Necesitaba conservar una versión que no dependiera de Gerardo. Al llegar al nombre de Marta, se detuvo.
Debajo escribió el nombre de su hija. Luego cerró el cuaderno. Afuera alguien encendió un motor. Alexandra se acercó a la puerta y escuchó voces que no pudo distinguir.
Pensó en Raúl. No lo imaginó llegando con hombres ni venciendo a nadie. Lo imaginó abriendo la puerta y diciendo que podían irse.
* * *
Esa noche llegó una llamada a Verónica. Escuchó sin interrumpir y pidió que confirmaran un dato antes de continuar. Después buscó a Raúl.
Lo encontró dormido en una silla, con la cabeza inclinada y el cuaderno abierto sobre las piernas. Lo llamó por su nombre.
Él despertó de inmediato.
—Tenemos una noticia.
Raúl se puso de pie. Verónica no sonreía. No quería prometerle lo que todavía podía perderse.
—Hay alguien que ha visto a Alexandra en la casa donde está ahora.
Él dejó el cuaderno sobre la mesa. La hoja cayó abierta en una página donde había escrito tres nombres. Durante unos segundos, Raúl la miró.
Después volvió hacia Verónica.
—Dime.
La esperanza regresó. Esta vez tenía detrás demasiadas ausencias para parecerse a una victoria.