Capítulo 21 de 25

La puerta abierta

Verónica esperó a que Raúl terminara de leer antes de hablar. El informe ocupaba una página. Había una fecha, el nombre de una propiedad y una declaración escrita por un hombre que había decidido abandonar a Gerardo. Al final, una frase confirmaba que había visto a Alexandra con vida dos días antes.

Raúl volvió al principio.

—¿Puede ser una trampa?

—Sí.

La respuesta le hizo levantar la cabeza. Verónica se sentó frente a él.

—También puede ser la oportunidad que estamos esperando. Por eso necesitamos comprobarla.

Raúl apoyó el papel junto al cuaderno de nombres. Durante meses había exigido certeza a personas que solo podían entregarle fragmentos. Esta vez quiso aceptar el primero como si fuera suficiente.

Miró la fotografía de la nota.

—Compruébenlo —dijo.

Verónica asintió. Él añadió antes de que saliera:

—Y averigua qué pasó con Marta.

La mujer se detuvo. Verónica le había comunicado aquel nombre al entregarle la fotografía de la nota. Hasta entonces siempre había preguntado primero por Alexandra.

—Voy a hacerlo. Gerardo recibió a dos de sus aliados aquella tarde.

Uno no se quitó la chaqueta. El otro dejó el teléfono sobre la mesa y anunció que disponía de media hora. Habían llegado a pedir una respuesta que ya no podían aplazar.

La guerra había consumido recursos, desplazado acuerdos y dejado abiertos conflictos que ninguno esperaba. La Unión del Sur conservaba capacidad para continuar. Ellos habían empezado a discutir quién estaba pagando demasiado.

—Nos retiramos —dijo el hombre del teléfono.

Gerardo lo observó.

—Tenemos un compromiso.

—Teníamos una expectativa.

El otro intervino sin sentarse.

—Puedes terminar esto todavía.

Gerardo no preguntó cómo. Llevaba semanas escuchando la misma propuesta y convirtiéndola en una ofensa.

—La mujer se queda.

Su aliado recogió el teléfono.

—Entonces vas a quedarte tú también.

Salieron sin despedirse. Gerardo permaneció frente a los vasos que nadie había tocado. Intentó llamar a otro dirigente. Después a un colaborador que le debía favores antiguos.

La primera llamada no fue respondida. La segunda terminó con una excusa. Por primera vez, el silencio no parecía obediencia.

* * *

Alexandra había llenado casi todo el cuaderno. En las últimas páginas, la letra se apretaba para aprovechar el espacio. Escribía incluso lo que podía parecer insignificante: una petición de jabón, el cambio de una sábana, un día sin visita de Gerardo. Necesitaba que el tiempo conservara diferencias.

Aquella mañana, el hombre del desayuno llegó sin bandeja. Dejó una bolsa sobre la silla.

—Prepare sus cosas.

Alexandra sintió que el cuerpo se le endurecía.

—¿Vamos a otro lugar?

—Todavía no.

Él salió sin explicar más. Ella guardó el cuaderno dentro de la bolsa. Debajo puso una blusa y la ropa interior limpia que había recibido dos días antes. El anillo seguía envuelto en un trozo de tela, dentro del bolsillo de una prenda.

Se sentó a esperar. No rezó por una victoria. Pidió no desaparecer durante otro traslado.

* * *

La comprobación tardó varios días.

Una segunda persona confirmó que Alexandra seguía en la propiedad indicada y describió la habitación donde la mantenían. Los datos coincidían con el relato del hombre que había abandonado a Gerardo. Verónica no consideró suficiente ninguna declaración por separado.

La información dejó de ser solo una dirección cuando supieron que varios empleados habían sido enviados a sus casas y que los antiguos aliados ya no prestarían ayuda para otro traslado. Gerardo perdía capacidad para mantener el encierro. Raúl pidió que cualquier intervención buscara liberar a Alexandra y permitiera salir a quienes no estaban participando en su cautiverio. No autorizó perseguir a Gerardo si eso retrasaba la salida de ella.

Raúl apenas dormía. Cuando despertaba, buscaba a Verónica antes de recordar si había recibido noticias durante la noche.

Cárdenas confirmó que los antiguos aliados de Gerardo se estaban apartando. Algunas personas pretendían negociar su propia seguridad; otras ofrecían información para no quedar del lado que perdía.

Raúl escuchó los informes con una inquietud distinta. La derrota de Gerardo comenzaba a parecer posible. Alexandra seguía encerrada.

—No confundan una cosa con la otra —dijo durante una reunión.

Uno de los responsables aseguró que acabarían pronto. Raúl lo miró.

—Eso dijimos al principio.

Nadie respondió. Raúl apartó el informe y pidió que confirmaran primero dónde estaba Alexandra.

* * *

Marta apareció en un hospital de otra ciudad. Había sido golpeada e interrogada después de que Gerardo descubriera la salida de la nota. La dejaron marcharse cuando alguien intervino en su favor, con la advertencia de no volver a mencionar a Alexandra.

Su hija la encontró por medio de una conocida. Verónica recibió la confirmación de que ambas estaban juntas. No les pidió ayuda para localizar la nueva casa. Marta ya había hecho lo que pudo y pagado por ello.

Raúl escuchó la noticia de pie.

—¿Qué necesitan?

—Que no volvamos a acercarles este conflicto.

Él bajó la mirada. Le resultó difícil aceptar una necesidad que su dinero no podía satisfacer por sí solo. Pidió que se respetara.

Después escribió el nombre de Marta en una página distinta del cuaderno. No era una muerta. Tampoco era una deuda que pudiera considerar saldada porque seguía viva.

* * *

Las últimas semanas de enfrentamientos fueron las que Raúl recordaría con menos orden. Había reuniones superpuestas, hombres que llegaban para anunciar pérdidas y otros que celebraban avances. La alianza de Gerardo se deshacía, pero cada ruptura producía nuevas disputas.

La Unión del Sur terminó imponiéndose. Conservó acuerdos, hombres y una autoridad que sus adversarios ya no podían sostener. Algunos dirigentes huyeron. Otros fueron detenidos. Muchos no sobrevivieron.

Las noticias reunían los muertos de los meses anteriores y los de aquellos días. Los recuentos, todavía incompletos, hablaban de miles de víctimas entre muertos, heridos, desaparecidos y desplazados en los distintos lugares arrastrados a la violencia. Las muertes se contaban por centenares. No existía una cifra única aceptada, pero la falta de precisión no hacía menor el daño. Raúl escuchó las cifras en una radio. Eran personas, no una medida de cuánto faltaba para ganar. Dejó el bolígrafo sobre la mesa.

El cuaderno abierto contenía apenas unas cuantas decenas de nombres. Sintió vergüenza de haber pensado alguna vez que recordar algunos le permitiría comprender el tamaño de lo ocurrido.

* * *

Gerardo llegó a la habitación después de medianoche. No llevaba la tranquilidad de otras visitas. Tenía la camisa húmeda junto al cuello y miraba el teléfono entre una frase y otra.

Alexandra permaneció junto a la bolsa.

—¿Vamos a irnos?

Él la miró con furia.

—Tú no vas a ninguna parte.

Después salió. Alexandra escuchó una discusión en el pasillo. Reconoció una voz que pedía esperar y otra que insistía en que ya no había tiempo.

Un motor se encendió. Más tarde hubo gritos y un ruido que la hizo agacharse junto a la cama. No supo cuánto permaneció allí.

Cuando alguien golpeó la puerta, se cubrió la cabeza con los brazos.

—Alexandra.

No reconoció la voz. La cerradura cedió. Un hombre entró, vio su postura y dejó de avanzar.

—Venimos de parte de Raúl. Podemos sacarte.

Ella no se movió. Había esperado aquellas palabras durante tantos días que ahora necesitaba algo más que escucharlas. El hombre sacó un teléfono.

Verónica apareció en la pantalla.

—Soy yo. No tienes que acercarte todavía. Mírame.

Alexandra levantó la cabeza.

—¿Está vivo?

—Raúl está vivo. Te está esperando.

Se incorporó apoyándose en la cama. Antes de salir, recogió la bolsa. No iba a dejar el cuaderno allí.

* * *

La llevaron primero a recibir atención médica. Raúl había viajado a México cuando se confirmó la información sobre la propiedad. Esperó lejos de la casa donde estaba Alexandra y acudió al centro médico después de recibir la noticia de su salida. Verónica llegó con ella.

Raúl la vio en una sala donde no había flores, música ni personas buscando una fotografía. Alexandra estaba sentada con una cobija alrededor de los hombros.

Él se detuvo en la entrada. Durante meses había imaginado que correría hacia ella. Ahora tuvo miedo de tocarla sin saber si lo necesitaba.

Alexandra lo reconoció. Dejó la bolsa en el suelo y extendió una mano. Raúl se acercó. Se abrazaron despacio. Ella empezó a llorar contra su pecho y él sintió que le temblaban las piernas.

—Pensé que no ibas a llegar —dijo Alexandra.

Raúl cerró los ojos.

—Perdóname.

Ella no sabía a cuál de todas las cosas respondía aquella palabra. Tampoco tenía fuerzas para preguntarlo. Permaneció junto a él hasta que una médica pidió hablar con ella a solas. Raúl se apartó de inmediato. Era la primera puerta que cerraban entre ambos desde el rescate.

Por primera vez, no quiso impedirlo.

* * *

Verónica lo encontró en el pasillo.

—Gerardo salió antes de que llegaran —informó.

Raúl miró hacia la habitación.

—¿Está confirmado?

—Sí. Perdió el respaldo de la alianza y buena parte de su estructura. Pero está vivo.

El deseo de perseguirlo apareció con una fuerza conocida. Raúl sostuvo las manos una contra otra. Desde adentro llegó la voz de Alexandra haciendo una pregunta a la médica.

Era una voz débil. Era suya.

—Que nadie siga matando en nombre de traerla —dijo.

Verónica lo observó.

—Habrá quienes quieran continuar por otras razones.

—Entonces que dejen de usar la mía.

No bastaba para terminar todas las violencias. Ambos lo sabían. Pero aquella vez Raúl no confundió el límite de una orden con una excusa para no darla.

Se sentó frente a la puerta. Alexandra había salido viva. Era abril. Había permanecido cautiva casi cinco meses. El alivio no podía borrar aquel tiempo ni devolver a quienes murieron mientras ella esperaba.

Alrededor de esa certeza, todo lo demás seguía esperando un nombre.