Capítulo 22 de 25

Lo que quedaba de la casa

Alexandra regresó a Colombia diez días después. El viaje se hizo cuando la médica consideró que podía realizarlo. Ella pidió saber quién la acompañaría y cuánto tardarían. Nadie le dijo que no se preocupara por detalles. Raúl le mostró lo acordado.

Durante los diez días posteriores al rescate, Alexandra había recibido atención y declarado lo que podía recordar. El cuaderno quedó en sus manos; autorizó que se hiciera una copia para la investigación. No aceptó entrevistas. Las declaraciones de Marta y del médico se solicitarían por separado, sin obligarla a reconstruir otra vez lo sucedido ante cada persona.

Alexandra leyó hasta el final. Necesitaba volver a decidir cosas pequeñas antes de aceptar que podía decidir las grandes.

Al llegar a la casa, se detuvo frente al jardín. Los árboles eran los mismos. La terraza conservaba las sillas de la boda.

Una empleada abrió la puerta y empezó a llorar al verla. Alexandra la abrazó. Después entró y preguntó si podían cambiar las cortinas del dormitorio.

Raúl respondió que sí. Ella no explicó que las cortinas cerradas de otra habitación seguían apareciendo cuando intentaba dormir.

Todavía no podía decirlo todo.

* * *

Durante la primera semana comieron en horarios distintos. Raúl despertaba temprano y pasaba horas en el despacho. Alexandra dormía mal durante la noche y conseguía descansar después del amanecer.

No se alejaban deliberadamente. Todavía no encontraban un horario en el que ambos estuvieran descansados. Una tarde ella lo encontró leyendo en la terraza.

—¿Son los informes?

Raúl cerró la carpeta.

—Sí.

Alexandra se sentó frente a él.

—No tienes que esconderlos cada vez que aparezco.

Él sostuvo la carpeta entre las manos. Había pasado años separando la casa de aquello que la pagaba. Ahora la separación le parecía una forma de mentira que ya no conseguía proteger a nadie.

—No quería que tuvieras que verlos.

—Ya estuve adentro, Raúl.

Ella no lo dijo con reproche. Eso hizo más difícil responder.

* * *

Mauricio llamó desde México. Seguía recuperando movilidad en el brazo y había pospuesto trabajos que antes habría aceptado sin consultar su cansancio.

Alexandra le agradeció que hubiera permanecido pendiente. Él escuchó en silencio.

—No tienes que agradecerme por querer que siguieras viva.

Ella empezó a llorar. Mauricio no cambió de tema para aliviarla. Cuando pudo hablar, Alexandra preguntó por las personas que murieron durante el secuestro.

Él le dijo los nombres. También lo que sabía de sus familias. Alexandra los anotó.

—Quiero ayudarlas.

—Puedes ofrecerlo. Ellas van a decidir si lo aceptan.

Era una respuesta sencilla. Antes habría enviado a alguien a resolverlo. Esta vez pidió que preguntaran primero.

* * *

Inés llegó dos semanas más tarde. Trajo ropa cómoda, un libro y una bolsa de dulces que compró sin saber si Alexandra tendría ganas de comerlos.

Se abrazaron en el vestíbulo. Raúl se retiró para dejarlas solas. Durante la tarde hablaron poco del cautiverio. Alexandra contó que la nueva terapeuta no le exigía ordenar los recuerdos antes de empezar.

—Me pregunta qué necesito hoy —dijo.

Inés dejó el libro sobre la mesa.

—¿Y sabes?

Alexandra miró el jardín.

—Algunos días.

Más tarde le mostró el cuaderno. Inés pidió permiso antes de abrirlo. Leyó una página y lo cerró.

—Puedes conservarlo sin decidir todavía quién tiene que leerlo.

Alexandra asintió. No quería que una experiencia tan suya regresara convertida en un documento administrado por otros.

* * *

Marta aceptó recibir una llamada. Verónica había preguntado por medio de la persona que la acompañaba. No envió hombres ni prometió una protección que la mujer no había solicitado.

Alexandra habló desde la sala de música. Al escuchar la voz, tuvo que sentarse.

—Pensé que te habían matado.

Marta respondió después de una pausa.

—Yo pensé que no iba a sacarla nunca de allí.

Alexandra apoyó una mano sobre el piano.

—Me ayudaste a seguir siendo yo.

La mujer lloró sin ruido. Su hija estaba cerca y tomó el teléfono al final. Quería que dejaran de llamarlas durante un tiempo. Alexandra aceptó.

Al despedirse no prometió ir a verlas. Había aprendido que el afecto también podía exigir distancia.

* * *

La Unión del Sur empezó a discutir el futuro antes de que Raúl pudiera imaginar el suyo. Los responsables hablaban de acuerdos pendientes, personas que no habían recibido pagos y territorios donde seguían actuando grupos separados de sus antiguas alianzas.

Todos lo trataban como vencedor. Raúl escuchaba aquella palabra sin reconocer una emoción que le correspondiera.

—Necesito que Verónica se encargue de las reuniones durante un tiempo —anunció.

Un hombre preguntó si estaba enfermo.

—Estoy aquí —respondió él.

No añadió nada. Verónica aceptó coordinar las decisiones habituales, pero se negó a convertirse en una autorización invisible.

—Lo que firmes sigue siendo tuyo. Lo que permitas también.

Salcedo no participó en aquella reunión. Había sido detenido durante los últimos meses de la confrontación y seguía bajo investigación. Fabián asumió los pagos de sus antiguos talleres. No podía prometer una salida fácil a los empleados, pero mantuvo los salarios pendientes para que sus familias no dependieran de otra disputa por el mando.

Cuando Raúl le pidió un informe, Fabián lo llevó completo. Había dejado de ser el hombre que lo reclutó y ahora necesitaba saber si el jefe iba a conservar la estructura que los sostenía.

Raúl asintió. Aquella advertencia ya no le parecía una discusión. Le parecía una descripción.

* * *

Alexandra empezó a participar por una razón que ninguno llamó ambición al principio. Había recibido noticias de empleados sin sueldo, familias que preguntaban por desaparecidos y personas que habían trabajado en su producción antes del secuestro.

Quería saber qué podía responder sin prometer algo falso. Verónica le explicó qué empresas estaban a su nombre, cuáles recibían dinero de la estructura de Raúl y cuáles tenían ingresos provenientes de contratos reales.

Alexandra escuchó con el cuaderno abierto.

—Pensé que estaba más separado.

—A veces estaba separado en los documentos. No en el dinero.

Verónica extendió tres carpetas. Las productoras y las cuentas de los contratos artísticos figuraban a nombre de Alexandra desde antes de la boda. Una parte de las propiedades había sido transferida durante el matrimonio; otras pertenecían a sociedades en las que Raúl conservaba participación. Ella disponía de autorizaciones para administrarlas, no de un título personal sobre todo.

Los ingresos de la organización sostenían a las empresas mediante aportaciones que sus asesores presentaban como inversión. Alexandra había visto esos documentos sin seguir el dinero hasta su origen.

—Puedes ser dueña de una productora —dijo Verónica—. No puedes heredar la obediencia de estos hombres como heredas una cuenta.

Alexandra pidió que dejara las carpetas. Empezó a comprender qué podía conservar y qué tendría que negociar. Durante años, Alexandra había visto una cantidad depositada y decidido que procedía de su trabajo porque resultaba más fácil creerlo.

Ahora las cifras tenían un recorrido que no desaparecía cuando ella cerraba la carpeta.

—Quiero aprenderlo —dijo.

Verónica la observó.

—¿Para salir o para quedarte?

Alexandra tardó demasiado.

—Todavía no lo sé.

* * *

Raúl la autorizó a organizar pagos relacionados con la casa y sus empresas. Después permitió que estuviera presente en reuniones sobre compromisos que había dejado desatendidos. Alexandra recordaba nombres, preguntaba por diferencias y no aceptaba respuestas destinadas únicamente a tranquilizarla.

Algunos hombres empezaron a buscarla cuando no conseguían hablar con él. Ella los enviaba primero con Verónica. Luego comenzó a responder ciertas preguntas por su cuenta.

Raúl lo vio ocurrir. Le parecía justo que conociera el mundo en el que la había instalado. También sintió alivio de no tener que sostener solo conversaciones que empezaban a resultarle insoportables.

Confundió ese alivio con una decisión responsable. Una tarde, delante de varios encargados, dijo:

—Mientras yo no atienda estos asuntos, pueden escucharla a ella.

No la nombró jefa de la Unión del Sur.

La autorización se limitaba a las empresas, los pagos y la casa. Las decisiones sobre los responsables de la organización seguían pasando por Verónica y por él. Alexandra podía exigir información, pero todavía no sabía sostener un desacuerdo entre dirigentes ni valorar lo que una promesa les permitía reclamar después.

Pero puso su autoridad detrás de su voz. Los hombres lo recordaron.

* * *

Teresa aceptó hablar con Alexandra. No preguntó por los detalles de la agresión. Le dijo que lamentaba lo ocurrido y que podía llamarla si necesitaba escuchar a alguien del barrio.

Alexandra apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Raúl me trajo de vuelta.

Teresa guardó silencio.

—Me alegra que estés viva —respondió finalmente.

Alexandra comprendió la diferencia. Quiso hablar de la guerra, explicar que nunca había pedido que murieran personas. Se detuvo.

Teresa lo sabía. La conversación no necesitaba convertirse en una defensa de cada decisión anterior. Antes de despedirse, la mujer preguntó si estaba comiendo.

Alexandra volvió a llorar. Había olvidado cuánto podía doler una pregunta amable.

* * *

Gerardo pasó aquellas semanas cambiando de lugar. No conservaba una organización capaz de enfrentarse a la Unión del Sur. Sus antiguos aliados evitaban recibirlo y varios hombres que antes obedecían habían encontrado otros jefes.

Lo que conservaba era menos visible. Personas a las que había pagado durante años. Funcionarios que temían lo que él sabía.

Deudas que no habían terminado con la guerra. Beatriz envió un mensaje anunciando que se había marchado con sus hijos. No indicó dónde.

Gerardo intentó llamarla. Después abandonó el intento para responder a un hombre que le ofrecía información sobre Raúl. Todavía elegía de qué pérdida ocuparse.

* * *

Seis semanas después del regreso, Alexandra tocó el piano con la puerta abierta.

Raúl llevaba varios días redactando una declaración. Al principio había anotado fechas y cargos; después añadió órdenes, personas y hechos que prefería recordar sin su nombre. Guardaba las páginas en una carpeta, lejos del cuaderno de víctimas. Todavía no había decidido cuándo entregarlas, pero ya sabía que no estaba preparando otro informe de trabajo.

Una semana antes, Alexandra lo había besado mientras esperaban el desayuno. Él respondió y luego se apartó, avergonzado. Dijo que necesitaba dormir. Ella no insistió. Aquella noche Raúl permaneció despierto y añadió a su declaración el nombre de San Jerónimo.

Raúl se acercó y permaneció en el umbral. Ella terminó una canción sin detenerse al verlo.

—Hoy pude cantar —dijo.

Él sonrió. Una alegría breve, que no necesitó un informe ni una reunión. Alexandra le hizo lugar en el banco. Raúl se sentó.

Ella apoyó la cabeza en su hombro y él le tomó la mano. Durante un rato no buscaron palabras. Alexandra creyó que podían empezar a recuperar su matrimonio.

Raúl quiso creerlo también. Esa noche, cuando ella se durmió, él regresó al despacho. El cuaderno de nombres estaba sobre la mesa.

Lo abrió. Algunas páginas nuevas contenían edades, lugares y fotografías impresas. Entre ellas encontró a Daniel, el esposo de Elena, identificado por una organización que acompañaba a las familias desplazadas.

Había sido mecánico. Raúl permaneció mirando sus manos en la fotografía. Por primera vez no pudo cerrar la carpeta para seguir escuchando la música de otra habitación.