Capítulo 23 de 25
La cuenta que no podía pagarse
Alexandra preparó la cena un viernes. Era junio. Habían pasado casi ocho semanas desde su regreso a Colombia. Su primer aniversario de boda se acercaba y ella quería que la casa volviera a contener algo distinto de una espera.
No había una fecha que celebrar. Quería una noche que no girara alrededor de lo ocurrido y preguntó a Raúl si podía dejar libre la tarde. Él respondió que sí.
Ella escogió el menú con la cocinera y pidió que después los dejaran solos. En la terraza colocaron velas dentro de recipientes de cristal para que el viento no las apagara.
La luna empezó a verse antes de que terminara de arreglarse. Alexandra llevaba un vestido de tela suave, con el cabello suelto y los pendientes que había usado durante la boda. Se miró un momento sin buscar las marcas que ya conocía.
Aquella noche quería reconocerse por otras cosas. Encontró a Raúl junto a la mesa. Él se volvió al escucharla.
—Estás hermosa.
Alexandra sonrió. Por primera vez en muchas semanas, recibió el cumplido sin sentir que debía demostrar que estaba mejor.
* * *
La cena comenzó con una conversación sobre el piano. Alexandra habló de una canción que todavía no quería grabar. Raúl le preguntó si tenía letra y ella respondió que algunas frases, nada terminado.
Después recordaron el arroz que se había quemado durante la primera semana en Colombia. Raúl se rio. Alexandra sintió alivio al escucharlo.
Había llegado a temer que aquella risa perteneciera únicamente a los meses anteriores al secuestro.
—Podríamos ir a otro lugar unos días —propuso.
Él apoyó los cubiertos.
—¿Adónde?
—No sé. Un sitio donde no nos esperen.
Raúl miró más allá del jardín. Había hombres cerca de la entrada lateral. No intervenían en la cena, pero su presencia alcanzaba todo lo que ambos imaginaban.
—Podríamos buscarlo —respondió.
Alexandra quiso quedarse con aquella posibilidad.
* * *
Después de comer caminaron hasta el extremo de la terraza. Ella le tomó el brazo y apoyó la mejilla contra su hombro. Raúl sintió el perfume, la tibieza de su cuerpo y una confianza que había deseado durante casi toda su vida.
Alexandra lo besó. Él respondió al principio. Durante unos segundos pudo concentrarse en el contacto y en la mano que ella había colocado detrás de su cuello.
Después vio, sin quererlo, la fotografía del mecánico. No apareció como una revelación ordenada. Apareció la camisa de trabajo.
Las manos. El nombre de Elena junto a una petición de ayuda para sus hijos. Raúl se separó apenas. Alexandra interpretó la pausa como cansancio y le acarició la cara.
—Ven —dijo.
Él la siguió hasta el dormitorio.
* * *
La ventana estaba abierta hacia la terraza y la luz de las velas llegaba al suelo. Alexandra dejó los pendientes sobre el tocador. Después se volvió hacia Raúl y soltó el vestido, que cayó junto a sus pies.
No había miedo en aquel gesto. Era una decisión suya, una cercanía que quería recuperar porque había aprendido a escuchar lo que necesitaba.
Se sentó en la cama y extendió una mano. Raúl la tomó. Ella lo acercó, besándolo con la ternura que conocía desde antes de sus viajes, sus casas y sus hombres armados.
Él sintió que empezaba a faltarle aire. La cancha apareció en su memoria. Dos refrescos. La caja de una pulsera. Un muchacho convencido de que el amor podía esperarlo al final de cualquier esfuerzo.
Raúl retiró la mano.
—No puedo.
Alexandra lo miró sin comprender. Él se levantó.
—Perdón. Tengo que detenerme.
Ella alcanzó una sábana y se cubrió. La distancia entre ambos acababa de cambiar sin que ninguna puerta se cerrara.
* * *
Alexandra preguntó si había hecho algo que lo lastimara. Raúl negó con la cabeza. No encontraba todavía una frase completa. Se sentó en la silla junto a la ventana y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Estoy pensando en los muertos.
Ella apretó la sábana.
—Yo también pienso en ellos.
—Lo sé.
Raúl se pasó una mano por la cara.
—Pero hasta ahora seguía haciendo algo con eso. Los contaba. Pedía nombres. Mandaba dinero. Después volvía aquí y trataba de estar contigo como si fueran dos vidas.
Alexandra lo escuchó. Él miró el suelo.
—No son dos vidas.
La frase le salió sin fuerza. Raúl dejó de buscar otra explicación.
* * *
Recordó San Jerónimo en voz alta. No habló solo de cifras. Contó la fotografía del estudiante, el negocio de Abel y la familia que había dejado de llamar a un hombre porque ya sabía dónde estaba su cuerpo.
Alexandra permaneció sentada. Había cosas que reconocía. Otras las escuchaba por primera vez.
—Me decía que tenía que llegar hasta ti —continuó Raúl—. Que todo lo que faltaba era dinero. Después poder. Después derrotar a Gerardo. Siempre encontraba otra cosa que tenía que conseguir.
Ella bajó la mirada.
—Yo puse esa condición.
—Sí.
Raúl no suavizó la respuesta.
—Te pedí que te convirtieras en alguien que pudiera mantener todo lo que yo tenía —dijo Alexandra—. Sabía lo que significaba y aun así lo dije.
Él asintió. Durante un momento, la habitación volvió a contener la sala de ensayo donde habían acordado una promesa terrible como si hablaran de una cantidad que podía ahorrarse.
* * *
Raúl levantó la cabeza.
—Pensé en la primera vez que te pedí que estuviéramos juntos. Si me hubieras dicho que sí entonces…
Se detuvo. Alexandra cerró los ojos. Había esperado aquella frase desde que él empezó a hablar. Raúl miró sus propias manos.
—No. Así también he mentido.
Ella volvió hacia él.
—¿Cómo?
—Pensando que tu respuesta decidió lo que yo hice después. Pude aceptar que no me querías de esa manera. Pude abrir el taller. Pude salir cuando Salcedo me lo ofreció. Tuve opciones, Alexandra.
Su voz empezó a quebrarse.
—Tú fuiste cruel. Tú me engañaste. Pero yo elegí seguir. No puedo entregarte mis crímenes para quedarme con el papel del hombre que amó demasiado.
Alexandra lloró sin apartar la mirada. No discutió ninguna de las dos responsabilidades. Por primera vez, ambas existían sin que una sirviera para ocultar la otra.
* * *
Ella le preguntó si todavía la amaba. Raúl tardó en contestar. La había amado de niño, siendo apenas una forma de buscarla al salir de clases. Después la había amado trabajando hasta enfermarse, esperándola desde una litera y construyendo una fortuna que nunca parecía suficiente.
Había dejado de preguntarse qué significaba amar cuando empezó a medirlo por todo lo que estaba dispuesto a hacer.
—Ya no puedo seguir siendo tu esposo como lo he sido —respondió.
Alexandra sintió que la sábana pesaba sobre sus manos.
—¿Por lo que Gerardo me hizo?
Raúl se levantó de inmediato.
—No. No tienes culpa de eso. Lo que te hizo no cambió lo que vales.
Se detuvo a cierta distancia de la cama.
—Estoy hablando de mí. De lo que convertí en amor para poder seguir haciéndolo.
—No sé cuánto de lo que siento por ti puedo separar de esa obsesión. Te veo y también veo todo lo que hice para llegar aquí. No quiero que tú tengas que curarlo quedándote conmigo.
Alexandra lo escuchó sin soltar la sábana. La respuesta dolía, pero era distinta de dejar de valer para él. Raúl no estaba rechazando su cuerpo ni castigándola por lo que Gerardo había hecho. Estaba renunciando a continuar un matrimonio que durante años había tratado como la recompensa de sus decisiones. Ella lo observó.
—Podemos buscar ayuda.
—Tú debes seguir recibiéndola. Yo necesito responder por algo que no se arregla quedándome aquí.
* * *
Raúl recogió el teléfono. Alexandra creyó que iba a llamar a Verónica. Él lo sostuvo un momento y después lo dejó sobre el tocador.
—Voy a entregarme.
Ella se incorporó.
—No sabes qué te van a hacer.
—Sé lo que yo hice.
Alexandra bajó de la cama, todavía envuelta en la sábana.
—Podemos salir de esto de otra forma. Dejarlo. Irnos.
Raúl la miró con una tristeza que ya no buscaba convencerla.
—Otra vez irnos con dinero y dejar a los demás atrás.
Ella no encontró una respuesta.
Podía trabajar sin el respaldo de la Unión del Sur. Mauricio había hablado de proyectos más pequeños y de ingresos que no dependerían de un patrocinador oculto. Alexandra los había considerado insuficientes para mantener las casas, el equipo y la publicidad que daba por necesarios. Todavía no quiso admitirlo en voz alta.
Él caminó hacia el armario y sacó una carpeta con documentos que había preparado durante las últimas semanas. Contenía su identificación y una declaración escrita de su participación en la organización.
No era una absolución. Tampoco una reparación suficiente. Era el primer papel donde había dejado de llamarse únicamente responsable de negocios.
* * *
Alexandra le pidió que esperara al día siguiente. Raúl dijo que, si esperaba, volvería a encontrar una razón para continuar.
—No voy a disputarte lo que está a tu nombre —añadió—. Las empresas, tus cuentas, la parte de las propiedades que ya te pertenece. Verónica puede explicarte lo demás. No quiero seguir viviendo de esto ni dejarte una orden para que continúes por mí.
Ella miró la carpeta.
—¿Y todo lo demás?
Raúl entendió que preguntaba por los hombres que todavía esperaban sus instrucciones.
—Hablaré con Verónica. No voy a dar otra orden para conservarlo.
Aquello no convertía la riqueza en propiedad limpia ni hacía desaparecer a la Unión del Sur. Alexandra lo sabía. Pero escuchó también lo que Raúl estaba dejando a su alcance.
No le pidió que lo retirara. Él guardó los documentos en el bolsillo interior de la chaqueta, sin tomar joyas ni dinero de los cajones.
Llevaba únicamente su ropa y la declaración que tendría que sostener.
* * *
En la puerta, Alexandra pronunció su nombre. Raúl se volvió. Ella estaba junto a la cama, cubierta, con el cabello cayéndole sobre los hombros y una expresión que él no recordaba haber visto.
No esperaba una promesa. Esperaba que aquella despedida no fuera verdadera.
—Yo sí te amo —dijo.
Raúl recibió las palabras que había buscado durante tantos años. Ya no podían devolverle ninguna vida.
—Cuídate —respondió.
Salió. Alexandra permaneció allí hasta que dejó de escuchar sus pasos. Después se sentó sobre la cama y vio el vestido en el suelo.
En la terraza seguían ardiendo las velas. La luna no había cambiado. Todo lo que Raúl había reunido para conseguir aquella noche seguía dentro de la casa.
Él acababa de marcharse sin querer nada de ello.