Capítulo 1 de 13
El regreso de los muertos
Cuando Mateo Salazar alcanzó las primeras casas de San Jerónimo de las Ánimas, las campanas estaban doblando.
Detuvo el paso.
Había pasado siete años tratando de olvidar aquel sonido y, sin embargo, lo reconoció antes de distinguir la torre entre los tejados. Dos golpes lentos, una pausa y otro golpe que parecía quedarse suspendido sobre el pueblo.
El entierro había comenzado sin él.
Se acomodó la correa del morral y apresuró el paso. Llevaba polvo hasta las rodillas, una rozadura abierta en el talón y apenas tres pesos en el bolsillo. La carreta que lo había traído desde la estación se quedó detenida junto a un arroyo crecido. El conductor se negó a continuar y Mateo recorrió a pie el resto del camino.
Al doblar la esquina de la botica vio salir el cortejo de la iglesia.
Cuatro hombres cargaban el ataúd. Detrás caminaba Clara, con un vestido negro demasiado grande y las manos apretadas alrededor de un pañuelo. La acompañaba una mujer de cabello recogido que Mateo no reconoció de inmediato.
Su hermana lo vio entre los curiosos.
No corrió hacia él. Eso fue lo primero que le dolió.
Se quedó mirándolo como si necesitara comprobar que era de verdad, que no se trataba de otra promesa llegada por carta.
Mateo atravesó la calle.
—Clara.
Ella bajó los ojos hacia sus botas y luego volvió a mirarle el rostro.
—Pensé que no ibas a venir.
—El camino estaba…
Se interrumpió. La explicación le pareció miserable junto a aquel ataúd.
Clara tenía doce años. La última vez que él la había visto todavía necesitaba ayuda para trenzarse el pelo.
Extendió una mano, pero ella se abrazó a su cintura antes de que pudiera tocarla. Mateo sintió sus hombros pequeños, la rigidez con que contenía el llanto.
—Ya llegué —murmuró.
Clara hundió la cara en su camisa.
A unos pasos, los hombres que llevaban el féretro se habían detenido. Uno de ellos, antiguo compañero de su padre, levantó la barbilla a modo de saludo.
Mateo soltó a su hermana con cuidado.
—Déjeme ayudar.
El hombre le cedió su sitio.
La madera se acomodó sobre el hombro de Mateo con una dureza inesperada. Durante unos instantes solo pudo pensar en el peso. Su padre había sido un hombre delgado, de manos huesudas y espalda encorvada por el trabajo. Allí dentro debía haber algo más: los años que no habían hablado, las cartas sin respuesta, todo lo que Mateo había pensado decirle si alguna vez regresaba.
Ahora tendría que cargarlo sin decir nada.
El cementerio se encontraba detrás de la iglesia, sobre una loma desde la cual podían verse los sembradíos.
Había llovido por la mañana. La tierra junto a la fosa se pegaba a las suelas y desprendía un olor húmedo que a Mateo le recordó los inviernos de su infancia.
El padre Anselmo pronunció las oraciones leyendo de un libro gastado. Cerca de él, dos mujeres rezaban en voz baja. Los demás guardaban silencio.
Mateo buscó entre los rostros a alguien que llorara.
Conocía a varios: el herrero, la esposa del boticario, un hombre que solía jugar dominó con Julián los domingos. Todos parecían preocupados por algo distinto del entierro. Uno consultaba el cielo; otro observaba repetidamente la entrada del cementerio.
Cuando bajaron el ataúd, Clara se aferró a la manga de su hermano.
—No quiero que se quede aquí.
Mateo se arrodilló junto a ella.
—Lo sé.
—Anoche tampoco quería quedarse solo.
Él levantó la mirada.
—¿Quién?
Clara señaló la fosa.
La mujer que la había acompañado se acercó.
—No ha dormido bien —dijo con suavidad—. Han sido días difíciles.
Mateo la reconoció entonces.
—¿Inés?
Ella asintió.
Recordaba a una muchacha que corría hacia la escuela con libros sujetos al pecho. La mujer que tenía delante conservaba los mismos ojos oscuros, pero miraba con una atención que le resultó incómoda.
—Me quedé con Clara desde que ocurrió —añadió.
—Gracias.
Un terrón golpeó la tapa del ataúd.
Clara cerró los ojos.
Mateo le cubrió un oído con la mano y la atrajo hacia su pecho mientras continuaban echando tierra.
Esperó a que los últimos vecinos se retiraran para acercarse al sacerdote.
—¿Cómo murió?
El padre Anselmo cerró su libro.
—¿No te lo dijeron en la carta?
—Decía que había muerto. Nada más.
El sacerdote miró a Inés y a Clara, que aguardaban cerca de la verja.
—Encontraron a Julián en el camino de Las Cruces.
—¿Tuvo un accidente?
—No llevaba carreta.
—Entonces, ¿qué le pasó?
El padre se quitó los lentes y los limpió con un paño.
Mateo conocía aquel gesto. Lo había visto muchas veces cuando, siendo niño, hacía una pregunta que el sacerdote prefería dejar sin respuesta.
—El médico vino de la cabecera —dijo finalmente—. Su corazón estaba débil.
—Mi padre trabajaba en el taller.
—Últimamente había dejado de hacerlo.
—¿Estaba enfermo?
—Estaba agotado.
Mateo aguardó.
El sacerdote volvió a ponerse los lentes.
—No tenía heridas que explicaran su muerte.
—¿Qué significa eso?
—Significa que debes llevar a tu hermana a casa. Ha pasado demasiado tiempo de pie.
Mateo sintió el impulso de sujetarlo por el brazo y obligarlo a hablar con claridad. Se contuvo al ver que Clara los observaba.
—Voy a averiguar lo que ocurrió.
El padre Anselmo sostuvo su mirada.
—Antes escucha lo que Julián haya dejado para ti.
La casa seguía al final de la calle del Mezquite, junto al taller.
Mateo la había recordado más grande.
La cal se desprendía de la fachada. Una de las ventanas tenía un vidrio sustituido por cartón y el portón del taller se inclinaba sobre una bisagra torcida.
En el patio, el limonero que había plantado su madre seguía vivo.
Se detuvo frente a él.
Recordó a Julián cavando el hoyo y a su madre regañándolo por haber elegido un sitio demasiado próximo al muro. Recordó también sus propias manos infantiles sosteniendo el arbolito mientras su padre acomodaba la tierra.
Clara abrió la puerta.
Dentro olía a café frío, a ropa guardada y a ceniza.
Mateo dejó el morral junto a una silla. Sobre la mesa había tres platos limpios, una jarra y una vela consumida. Un trozo de tela cubría el espejo que colgaba cerca del aparador.
—¿Por qué está tapado?
Clara se quedó quieta.
Inés respondió desde el umbral:
—Julián lo cubrió hace unas semanas.
—¿Para qué?
—No me lo dijo.
Mateo se acercó al espejo. Cuando levantó una esquina de la tela, Clara le sujetó la muñeca.
—Déjalo.
La fuerza de sus dedos lo sorprendió.
—Solo quería ver si estaba roto.
—No está roto.
Soltó la tela.
Inés fue a la cocina y puso agua a calentar. Encontró las tazas sin necesidad de preguntar dónde estaban.
Aquella familiaridad hizo que Mateo comprendiera cuánto había ocurrido durante su ausencia.
—¿Quién ha estado cuidándote? —preguntó a Clara.
—Inés venía después de las clases. La señora Petra nos mandaba comida.
—¿Y papá?
Clara tomó asiento.
—A veces dormía.
—¿De día?
Ella asintió.
—Por las noches salía.
Mateo pasó una mano por el respaldo de la silla.
De joven había odiado esas salidas. Su padre volvía al amanecer con barro en los pantalones, olía a campo y evitaba explicar dónde había estado. Mateo imaginó deudas, bebida, otra familia. Después de una discusión se marchó convencido de que Julián había dejado de quererlos.
—¿Adónde iba?
—Nunca me decía.
Inés dejó una taza frente a él.
—Cuando le preguntaba, me contestaba que estaba arreglando un asunto.
Mateo probó el café. Estaba demasiado caliente.
—Siempre tenía un asunto.
Inés no respondió enseguida.
—También te esperaba.
Él dejó la taza sobre la mesa.
—Pudo escribirme.
—Te escribió.
—Dos veces en siete años.
—Yo llevé más cartas al correo.
Mateo la miró.
Inés sostuvo la taza entre las manos.
—No sé cuántas te llegaron.
En la cocina, la leña crujió. Clara se quedó contemplando el mantel.
Mateo no preguntó nada más.
Inés se marchó poco antes del anochecer. Dejó pan envuelto en una servilleta y prometió volver por la mañana.
Mateo acompañó a Clara mientras cenaba. La niña partió el pan en trozos minúsculos y dejó intacta la mitad de su plato.
—Mañana voy a limpiar el taller —dijo él—. Todavía tengo las herramientas que compré en la ciudad. Podemos volver a trabajar aquí.
Clara levantó los ojos.
—¿Te vas a quedar?
—Sí.
—¿Aunque venga don Laureano?
Mateo apoyó los codos en la mesa.
—¿Qué quiere Laureano?
—Dice que la casa es suya.
Esperó a que su hermana continuara.
—Papá le debía dinero. Vino el día que… —Clara tragó saliva—. El día que encontraron a papá. Quería llevarse el reloj y el aparador, pero Inés no lo dejó entrar.
Mateo volvió la vista hacia el reloj de pared. El péndulo estaba inmóvil.
—Hablaré con él.
—Papá también hablaba con él.
La niña lo dijo sin reproche. Eso hizo que le resultara más difícil responder.
Después de recoger la mesa, Mateo fue al taller.
La llave seguía escondida sobre el marco de la puerta. Al encontrarla, sonrió apenas: Julián no había cambiado aquella costumbre ni siquiera después de que él le señalara que todo el pueblo conocía el escondite.
Abrió.
El olor a madera lo recibió de inmediato.
Por un momento volvió a tener quince años. Su padre estaba ante el banco, enseñándole a pasar el cepillo sin levantarlo al final; una viruta larga se enrollaba sobre la tabla y caía al suelo.
Mateo permaneció junto a la entrada hasta que la oscuridad le devolvió el taller vacío.
Encendió una lámpara.
Había una silla a medio reparar, patas de mesa apiladas y dos puertas nuevas apoyadas contra la pared. Sobre el banco descansaba un cepillo con el mango gastado por la mano de Julián.
Mateo lo tomó.
Su padre le había comprado aquella herramienta cuando decidió enseñarle el oficio. Durante años se negaba a prestársela a nadie más.
Una esquina del banco tenía manchas oscuras.
Mateo acercó la lámpara. Parecían gotas absorbidas por la madera.
Buscó un trapo en el cajón inferior y encontró, detrás de una caja de clavos, un pequeño cofre de cedro.
Reconoció sus uniones. Lo había hecho él como ejercicio. La tapa quedó mal ajustada y Julián se negó a corregirla.
«Así recordarás dónde te equivocaste».
Mateo puso el cofre sobre el banco.
Dentro había un pañuelo doblado.
La tela estaba rígida en algunas partes, manchada de un color marrón rojizo. Al abrirla, una moneda cayó sobre la madera.
El sonido fue claro, pesado.
Mateo la recogió.
Era de oro. No tenía el rostro de un gobernante ni un escudo que pudiera identificar. En una cara aparecía un caballo; en la otra, un círculo de signos diminutos rodeaba una superficie lisa.
La sostuvo cerca de la lámpara.
La moneda estaba tibia.
Debajo del pañuelo encontró una hoja doblada dos veces. La letra de su padre se torcía hacia el borde, como si hubiera escrito apoyándose mal o con demasiado cansancio.
Mateo:
Perdóname por lo que hice cuando tu madre estaba muriendo. Yo creí que podía arreglarlo después.
No cambies esta moneda. No la gastes. No permitas que Clara la toque.
Cuando venga a cobrar, no le ofrezcas nada.
No había firma.
Mateo volvió a leerla.
Escuchó un ruido junto a la puerta y se giró de golpe.
Clara estaba en el umbral, envuelta en un chal.
—¿Qué encontraste?
Él cubrió la moneda con el pañuelo.
—Un papel de papá.
—¿Dice dónde está?
Mateo sintió que se le cerraba la garganta.
—Clara…
—Ya sé que lo enterraron.
La niña entró y se sentó en el banquito donde, de pequeño, él había aprendido a afilar formones.
—Pero antes de salir me dijo que, si no volvía, no creyera todo lo que contaran.
Mateo se apoyó contra el banco.
—¿Te dijo algo más?
Clara se frotó los dedos.
—Que no abriera por las noches.
—Eso lo dicen todos los padres.
—Aunque quien llamara tuviera su voz.
La lámpara soltó una pequeña llamarada. Mateo ajustó la mecha para no tener que mirar a su hermana durante unos segundos.
Luego guardó el pañuelo y la hoja dentro del cofre.
—Vamos a dormir.
Clara tardó en acostarse.
Revisó la ventana, acomodó una silla debajo del picaporte y pidió que dejaran encendida la lámpara del pasillo.
Mateo no discutió ninguna de aquellas precauciones.
Se sentó junto a su cama y esperó hasta que su respiración se volvió regular. En una repisa había dos muñecas, un libro de lectura y un caballo pequeño tallado en madera.
Él lo había hecho en la ciudad y enviado para su sexto cumpleaños.
Le faltaba una pata.
Mateo lo tomó y lo dejó de nuevo, prometiéndose repararlo por la mañana.
Al salir cerró la puerta sin hacer ruido.
La casa estaba fría.
Antes de ir a la cocina, regresó al taller y recogió el cofre. No quiso dejar allí la moneda durante la noche. Lo puso sobre la mesa, bebió agua directamente de la jarra y desplegó otra vez la nota. La leyó bajo la luz de la lámpara.
Yo creí que podía arreglarlo después.
Su madre había enfermado durante el invierno de su último año en casa. Recordaba las visitas del médico, las discusiones por el dinero y una súbita mejoría que les permitió creer, por unos días, que sobreviviría.
También recordaba que Julián compró medicinas caras.
Mateo nunca supo con qué las pagó.
Un golpe llegó desde la calle.
Levantó la cabeza.
Escuchó otro, seguido de un roce sobre la tierra.
Cascos.
Un caballo avanzaba despacio frente a la casa.
Mateo apagó la lámpara de la cocina por instinto. Se quedó junto a la mesa, escuchando.
Los pasos se detuvieron.
El animal resopló al otro lado de la puerta.
Mateo pensó en Laureano. Tal vez había decidido venir a exigirle dinero antes de que encontrara el modo de enfrentarlo.
Se acercó a la ventana y apartó unos milímetros el cartón que cubría el vidrio roto.
No vio a nadie.
Desde aquel ángulo distinguía parte de la calle, el muro del vecino y el tronco del mezquite. La puerta quedaba fuera de su vista.
El caballo sacudió algo; sonó un tintineo breve, como piezas metálicas rozándose.
Mateo quitó la tranca.
Al abrir, una corriente fría le golpeó el pecho.
—¿Quién anda ahí?
La calle estaba vacía.
Salió un paso.
Todavía había humedad en la tierra. Frente al umbral vio cuatro marcas profundas. Se inclinó para examinarlas y tocó el borde de una.
Retiró la mano.
Estaba caliente.
Un crujido sonó dentro de la casa.
Mateo se incorporó y volvió hacia la puerta.
Clara estaba en el pasillo.
No miraba a su hermano, sino a un punto de la calle situado detrás de él.
—Métete —susurró.
Mateo volvió la cabeza.
Nada.
—Clara, no hay nadie.
Ella empezó a llorar sin hacer ruido.
—Por favor.
Mateo entró y colocó la tranca. Clara se acercó, le sujetó la camisa y lo llevó hasta el cuarto.
Solo cuando estuvieron dentro se atrevió a hablar.
—¿Qué viste? —preguntó él.
La niña negó con la cabeza.
—¿Había un hombre?
Clara apretó los labios.
Mateo se agachó para quedar a su altura.
—Necesito que me digas.
Ella miró hacia el pasillo.
—Estaba junto a ti.
A Mateo le recorrió la espalda un escalofrío.
—¿Cómo era?
—No le vi la cara.
—¿Por qué?
Clara levantó una mano por encima de su frente, dibujando en el aire el ala de un sombrero.
Antes de que Mateo pudiera preguntar algo más, escucharon un golpe en la puerta principal.
Uno solo.
Después llegó una voz de hombre, serena y perfectamente audible.
—Esta noche no vengo por usted, Mateo.
Clara cerró los ojos.
La voz guardó una pausa.
—Su padre dejó algo que me pertenece.
Mateo sintió el cofre contra su costado. Lo había metido debajo del brazo al salir de la cocina y apenas recordaba haberlo hecho.
No respondió.
Afuera, el caballo empezó a caminar.
Los cascos se alejaron despacio, calle abajo. Mateo los escuchó hasta que dejaron de oírse y todavía permaneció inmóvil un buen rato.
Clara no le soltó la camisa.
Cuando por fin se atrevió a moverse, dejó el cofre sobre una cómoda y comprobó que la ventana estuviera cerrada.
La niña volvió a acostarse, pero él permaneció sentado junto a la puerta hasta el amanecer.
Con las primeras luces abrió la caja.
El pañuelo seguía doblado. La nota estaba debajo.
Mateo tomó la moneda.
La superficie que horas antes había encontrado lisa tenía ahora unas letras hundidas en el oro.
Las acercó a la claridad de la ventana.
Era su nombre.
