Capítulo 2 de 13

El jinete del camino

Mateo inclinó la moneda hacia la ventana.

Las letras seguían allí.

MATEO SALAZAR.

Pasó el pulgar sobre ellas. Los surcos tenían bordes finos, bien definidos, como si un artesano hubiera trabajado el oro con una herramienta diminuta. La tarde anterior aquella superficie estaba lisa. La había examinado bajo la lámpara; podía recordar el reflejo de la llama moviéndose sobre el metal.

Ahora su nombre ocupaba el centro.

La volvió entre los dedos. El caballo de la otra cara conservaba la cabeza levantada y una de las patas delanteras doblada. Había algo extraño en sus ojos, dos puntos tan pequeños que Mateo tuvo que acercar la moneda al rostro para distinguirlos.

Desde la cama, Clara se movió bajo la manta.

Mateo envolvió el oro antes de que despertara.

Durante la noche se había prometido buscar una explicación razonable: un viajero que conocía a Julián, alguna broma cruel, las sombras engañando a una niña agotada. Con la luz del amanecer aquellas posibilidades le parecían todavía necesarias, pero ya no bastaban.

Llevó el cofre al taller.

En el fondo del cajón donde guardaban los formones había una cavidad cubierta por una tabla suelta. Su padre la utilizaba para esconder dinero cuando Mateo era pequeño. Retiró la tabla, colocó dentro el cofre y volvió a cubrirlo.

Se quedó mirando el cajón cerrado.

Después puso encima una caja de tornillos, como si ese peso pudiera impedir que algo saliera.

La calle había recuperado sus sonidos habituales.

Una mujer barría la entrada de su casa. Dos muchachos conducían un burro cargado de leña. Frente a la panadería, un hombre discutía el precio de una hogaza.

Mateo salió para examinar las marcas del caballo.

Estaban en el mismo sitio.

La tierra se había secado alrededor de las cuatro impresiones. Dentro, sin embargo, permanecía oscura. Mateo se arrodilló y recogió un poco entre los dedos. Tenía olor a quemado.

—¿Se te perdió algo?

La señora Petra lo observaba desde la casa de enfrente, con una escoba apoyada en la cadera.

Mateo dejó caer la tierra.

—Anoche se detuvo aquí un caballo.

La mujer miró las huellas.

Su mano se cerró sobre el mango de la escoba.

—Muchos pasan por esta calle.

—¿Oyó al jinete?

—A mi edad se oyen menos cosas de las que una quisiera.

Mateo se incorporó.

—Habló conmigo. Conocía a mi padre.

Petra bajó la vista hacia las marcas y luego miró la puerta abierta de la casa.

—¿La niña está adentro?

—Sí.

—Pues entra tú también. Voy a llevarles frijoles.

—Señora…

Pero ella ya había cruzado su umbral.

Mateo permaneció unos instantes en la calle. En la ventana de la panadería, el hombre que discutía por el pan lo miraba. Cuando sus ojos se encontraron, el otro se volvió de inmediato.

Inés llegó con una canasta y un manojo de cuadernos bajo el brazo.

Clara le abrió. La saludó con una alegría breve que hizo a Mateo sentir alivio y vergüenza al mismo tiempo. Su hermana había tenido que aprender a confiar en otras personas mientras él estaba lejos.

Desayunaron pan y los frijoles que Petra envió por medio de uno de sus nietos.

Inés habló con Clara de la escuela. Habían comenzado a leer un relato sobre un marinero perdido, y la niña quiso saber si sus compañeras habían terminado sin ella.

—Te guardé tu lugar —respondió Inés—. Puedes volver cuando quieras.

Mateo esperó a que Clara saliera al patio a dar agua a las gallinas.

—Vino alguien anoche.

Inés dejó de acomodar los cuadernos.

—¿Laureano?

—Un hombre a caballo.

Ella levantó la mirada.

Mateo describió los pasos, la voz junto a la puerta y las huellas calientes. No mencionó todavía las letras de la moneda.

Inés lo escuchó sin interrumpir.

—¿Le abriste? —preguntó.

—Salí. No había nadie.

—¿Te dio algo?

—No.

La respuesta pareció aliviarla.

—Si vuelve, no recibas nada.

Mateo apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi padre escribió lo mismo. ¿De qué están hablando todos?

Inés miró hacia el patio. Clara estaba agachada junto al bebedero.

—Julián te dejó una carta.

—Una nota.

—¿Qué dice?

Mateo dudó.

El papel de su padre era lo único que sentía realmente suyo desde que había vuelto. Mostrarlo significaba admitir que no comprendía nada, que la noche lo había asustado más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Dice que hizo algo cuando mi madre enfermó.

Inés esperó.

—Y que alguien vendrá a cobrar.

Ella cerró los cuadernos.

—Entonces guárdala. Después de las clases puedo acompañarte a hablar con el padre Anselmo.

—Ayer no quiso decirme nada.

—Quizá hoy escuche.

Un golpe en la puerta los interrumpió.

Clara apareció desde el patio, secándose las manos en el vestido. Al oír un segundo golpe, se detuvo.

Inés se levantó.

—Quédate aquí —le dijo.

Mateo se adelantó y abrió.

Don Laureano ocupaba casi todo el umbral.

Llevaba chaleco gris, un reloj sujeto con cadena y botas tan limpias que parecían no haber tocado la calle. Su cabello, cuidadosamente peinado sobre el cuero cabelludo, brillaba con aceite. Detrás esperaba un hombre de hombros anchos con un sombrero entre las manos.

—Mateo Salazar —dijo el prestamista—. Por fin.

No extendió la mano.

Mateo mantuvo la suya sobre la puerta.

—¿Qué necesita?

Laureano echó un vistazo al interior.

—Hablar de esta propiedad.

—Mi padre acaba de ser enterrado.

—Por eso he venido hoy y no ayer.

Inés se colocó junto a Mateo.

—Ayer también vino, don Laureano.

Él le dedicó una sonrisa breve.

—Y tuve la consideración de retirarme.

Sacó del bolsillo interior de su saco un papel doblado. Lo abrió con cuidado, sosteniéndolo de manera que Mateo pudiera ver varias cifras y una firma.

La firma de Julián.

—Tu padre recibió préstamos en distintas ocasiones. Después de su muerte, la deuda debe resolverse con los bienes que dejó.

Mateo quiso tomar el documento, pero Laureano lo retiró unos centímetros.

—Podrás revisarlo en mi despacho.

—Quiero una copia.

—Cuando hayas acreditado lo que corresponda.

—¿Cuánto?

Laureano señaló una cifra.

Mateo la leyó dos veces.

No podría reunir aquella cantidad vendiendo todos los muebles de la casa. Ni siquiera estaba seguro de que el taller valiera tanto.

—Eso es imposible.

—Los intereses no dejan de correr porque uno se sorprenda.

Inés tendió la mano.

—Permítame ver las fechas.

Laureano dobló el papel.

—No he venido a tratar con usted.

Desde el interior llegó el ruido de una silla. Mateo volvió la cabeza y vio a Clara sentada junto a la mesa, con las manos bajo los muslos.

Cerró un poco la puerta.

—Le pagaré —dijo—. Necesito tiempo.

Laureano lo estudió.

—Tres días para que vengas a mi despacho con una propuesta seria.

—No voy a conseguir esa cantidad en tres días.

—Consigue una parte.

El hombre que lo acompañaba cambió el peso de una pierna a otra. Mateo notó que sus ojos recorrían el portón del taller, las ventanas y el tejado, como si ya estuviera calculando qué tendría que desmontar.

Laureano guardó el documento.

—Tu padre también tenía mucha confianza en lo que iba a conseguir.

Mateo sintió un calor repentino en el rostro.

—Mi padre ya no puede contestarle.

Por primera vez, la sonrisa del prestamista desapareció.

—Procura no acabar igual de callado.

Se volvió antes de que Mateo respondiera.

El otro hombre se puso el sombrero y lo siguió.

Mateo salió hacia la hacienda de Santa Aurelia poco después del mediodía.

Inés le había dicho que el administrador necesitaba reparar puertas de bodegas y varios muebles de la casa principal. Estaba a dos horas de camino si cruzaba por los sembradíos.

Preparó un morral con su cepillo, dos formones y una escuadra.

—Puedo acompañarte —dijo Clara.

—Es lejos.

—Antes iba con papá.

Mateo se agachó frente a ella.

—Hoy te quedas con Inés. Voy a preguntar por el trabajo y regreso.

Clara lo miró con desconfianza.

Él comprendió que todavía tendría que demostrar muchas veces el significado de aquella última palabra.

—Regreso —repitió.

Inés lo acompañó hasta el portón.

—Laureano no puede sacarlos de la casa solo con presentarse y decirlo —murmuró—. No le entregues las llaves ni firmes nada.

—Primero necesito conseguir dinero.

—También necesitas saber cuánto debía realmente Julián.

Mateo se ajustó el morral.

—Lo averiguaré.

Inés miró el camino que salía del pueblo.

—No vuelvas por Las Cruces.

—Es el más corto.

—Toma el del molino.

Él estuvo a punto de preguntarle por qué, pero ya conocía la clase de respuesta que recibiría: una mirada hacia Clara, una frase incompleta, otra recomendación sin explicación.

—Volveré temprano.

Inés no pareció satisfecha.

En Santa Aurelia lo hicieron esperar junto a las caballerizas.

Pasó una hora antes de que apareciera el administrador, un hombre con barba recortada que olía a tabaco y caminaba revisando unos papeles.

Mateo le mostró las herramientas.

—Mi padre tenía el taller de San Jerónimo. Aprendí con él y llevo años trabajando en la ciudad.

El administrador miró el cepillo, después las manos de Mateo.

—¿Puedes hacer marcos?

—Sí.

—¿Y reparar las puertas de una bodega?

—Necesitaría verlas.

El hombre lo condujo hasta un almacén. Dos puertas se habían vencido por la humedad. Mateo examinó la madera, probó las bisagras y explicó qué piezas habría que sustituir.

El administrador escuchó con atención creciente.

—Podrías empezar mañana.

Mateo sintió que el cuerpo se le aflojaba.

—Puedo quedarme hoy a tomar medidas.

—Mañana —repitió el hombre—. Ahora tengo que atender otros asuntos.

Acordaron una paga por jornada. Era menor de lo que Mateo esperaba, pero suficiente para comprar comida y comenzar a juntar algo.

Antes de retirarse, pidió un adelanto.

El administrador volvió a mirar sus papeles.

—Eso se autoriza en la casa principal.

—Puedo esperar.

Lo hizo.

Esperó mientras los peones llevaban costales a la bodega y una carreta descargaba barriles. Se sentó sobre una piedra, después volvió a ponerse de pie. Comió el trozo de pan que llevaba en el morral.

El sol empezaba a bajar cuando el administrador regresó.

Su expresión había cambiado.

—Ya no va a ser posible.

Mateo tardó un momento en comprender.

—¿El adelanto?

—El trabajo.

Detrás de ellos, un caballo golpeó el piso de la caballeriza.

—Hace un rato dijo que podía empezar mañana.

—Las reparaciones pueden esperar.

Mateo miró las puertas torcidas.

—Una no cierra.

—Ya encontraremos cómo resolverlo.

El administrador evitó sus ojos.

Mateo reconoció esa evasión. La había visto en el cementerio, en el rostro del sacerdote y en la vecina que no quería hablar de las huellas.

—¿Quién le dijo que no me contratara?

El hombre suspiró.

—No te conviene hacer preguntas aquí.

—¿Fue Laureano?

—Buenas tardes, Salazar.

Mateo recogió el morral.

Nadie lo detuvo al salir.

La luz se había vuelto amarilla sobre los sembradíos.

Si tomaba el camino del molino, llegaría al pueblo después de la noche. Por Las Cruces podía ahorrar casi una hora.

Mateo se detuvo en la bifurcación.

Pensó en Inés, en la silla que Clara había colocado bajo el picaporte y en las cuatro marcas oscuras frente a la casa.

Luego pensó en el administrador despidiéndolo.

Tomó el camino corto.

A ambos lados crecían mezquites y matorrales secos. La lluvia de la mañana había dejado charcos en las hondonadas, pero la parte alta del sendero estaba firme.

Mateo caminó deprisa.

Le dolía el talón. Cada vez que apoyaba el pie, la rozadura se abría contra el cuero de la bota. Intentó cambiar el paso y acabó sintiendo una punzada en la rodilla.

Al pasar por la primera cruz, se detuvo para acomodar el morral.

La madera vieja estaba inclinada junto a una piedra. Alguien había dejado flores, ya oscuras, sujetas con una tira de tela.

Más adelante había otras dos cruces.

Mateo recordó entonces el nombre del camino y se preguntó a quiénes recordarían aquellos objetos. De niño había corrido por allí sin mirarlos.

Una ráfaga movió los arbustos.

Continuó.

El sol desapareció detrás de la loma antes de que alcanzara el arroyo. Mateo bebió un poco de agua de su cantimplora y se mojó la nuca.

Cuando volvió a ponerse en marcha, oyó un caballo.

El sonido venía de atrás.

Se apartó hacia el borde para dejar paso al jinete.

Los cascos se acercaron despacio.

Mateo no se volvió de inmediato. Primero distinguió el roce del cuero y un tintineo delicado. El mismo que había escuchado junto a la puerta de su casa.

Su mano se cerró sobre la correa del morral.

—Buenas noches.

La voz llegó desde muy cerca.

Mateo giró.

El caballo era negro, enorme, de cuello grueso y crin brillante. Caminaba sin levantar polvo. Su jinete llevaba un traje de charro cuya tela parecía absorber la poca claridad que quedaba. A lo largo del pantalón, los adornos de plata relucían con nitidez; sobre el pecho había bordados de oro.

El ala del sombrero ocultaba sus ojos.

Mateo retrocedió un paso.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Mal camino para andar con esa herida.

Mateo miró su propia bota.

La sangre apenas se distinguía en el borde del talón.

—He caminado peores.

—No lo dudo.

El caballo permaneció quieto. Las riendas colgaban flojas sobre su cuello.

Mateo intentó verle los ojos al jinete, pero la sombra del sombrero no cambiaba aunque el hombre moviera la cabeza.

—¿Fue usted quien estuvo en mi casa?

—Anoche.

La respuesta salió sin vacilación.

Mateo sintió que el arroyo, los árboles y el sendero se alejaban. Todo su esfuerzo se concentró en mantener la voz firme.

—¿Qué quería de mi padre?

El jinete observó el camino.

—Caminar solo da mucho tiempo para hacer cuentas. Lo que uno tiene, lo que debe, lo que le falta.

—Le hice una pregunta.

—La escuché.

Mateo apretó la mandíbula.

El desconocido acarició con dos dedos el cuello del caballo.

—También escuché lo que te dijeron en Santa Aurelia.

Mateo miró alrededor.

No había nadie en los campos.

—¿Estuvo allí?

—Te ofrecieron trabajo y después te lo quitaron. Debe ser difícil volver a casa con las manos vacías.

—Puedo encontrar otro.

—Claro.

La cortesía de aquella respuesta lo enfureció más que una burla.

Mateo comenzó a caminar.

El caballo avanzó a su lado.

No intentó cerrarle el paso. Mantuvo una distancia de dos o tres pasos, ajustando su andar al de él.

Durante un rato solo se oyeron los cascos y el roce de las herramientas dentro del morral.

—Julián hablaba de ti —dijo el hombre.

Mateo se detuvo.

—¿Cuándo?

—Cuando todavía esperaba que regresaras.

El jinete pronunció aquellas palabras sin elevar la voz. Mateo sintió que le habían apoyado un dedo sobre una herida.

—No sabe nada de nosotros.

—Sé que tu hermana necesita unas botas antes de que lleguen las lluvias fuertes. Sé que el tejado tiene una gotera sobre su cama. Sé que llevas tres pesos en el bolsillo y que ya has pensado cuánto valdría el reloj de tu madre.

Mateo había pensado en el reloj mientras esperaba al administrador.

No se lo había dicho a nadie.

El caballo volvió la cabeza hacia él.

Sus ojos parecían oscuros desde lejos. Ahora, a unos pasos, Mateo distinguió un brillo rojo en el fondo.

—¿Quién es usted?

El jinete llevó una mano debajo de la chaqueta.

Mateo buscó dentro de su morral el mango de un formón.

El hombre sacó una bolsa pequeña, atada con un cordón de cuero.

La sostuvo en la palma.

—Alguien que puede ayudarte.

Aflojó el cordón.

Las monedas brillaron.

Había suficientes para pagar comida, ropa y medicinas. Mateo no sabía calcular su valor exacto, pero comprendió que aquella bolsa representaba más dinero del que había logrado ahorrar en toda su vida.

Una de las piezas se deslizó hasta la boca de la bolsa.

Era igual a la del cofre.

El caballo alzó la cabeza.

Mateo retiró la mano del morral sin sacar el formón.

—No.

El jinete no guardó el dinero.

—Todavía no te he dicho cuánto hay.

—No lo quiero.

—Podrías escuchar.

Mateo recordó la letra torcida de su padre.

No cambies esta moneda. No la gastes.

—Guárdelo.

Por primera vez percibió algo semejante a una expresión bajo el sombrero. La boca del hombre se tensó apenas.

Luego cerró la bolsa.

El caballo bajó la cabeza y dejó escapar un resoplido largo.

—Entonces podemos seguir conversando —dijo el jinete.

Mateo tragó saliva.

Su rechazo no había hecho desaparecer al hombre. Tampoco había provocado un ataque. El desconocido volvió a acomodar la bolsa bajo su chaqueta con la serenidad de alguien que podía esperar.

—Mi padre tenía una moneda como esas.

—La conserva tu casa.

Mateo sintió un frío en el vientre.

—Ahora tiene mi nombre.

El jinete permaneció inmóvil.

A lo lejos, una rama quebrada cayó entre los matorrales.

—Los nombres son fáciles de poner en el oro —respondió al fin—. Mucho más difíciles de quitar de un compromiso.

—Yo no he hecho ningún compromiso.

—Todavía.

Mateo se apartó otro paso.

—No voy a aceptar su dinero.

—Julián tampoco aceptó la primera vez.

El nombre de su padre parecía distinto en aquella voz: una cosa gastada que alguien sacaba del bolsillo.

Mateo levantó la barbilla.

—¿Usted lo mató?

El caballo clavó una pata en la tierra.

No fue una pisada fuerte, pero el sonido recordó a Mateo el golpe de una herramienta sobre una losa.

El jinete tiró apenas de las riendas.

—Tu padre llegó al final de su plazo.

—¿Qué plazo?

—Pregúntale por qué guardó la moneda.

—Está muerto.

El hombre lo miró desde la sombra.

—Sí.

Mateo sintió el impulso de abalanzarse contra él. Quería arrancarle el sombrero, obligarlo a mostrar el rostro, golpear aquella boca que pronunciaba la muerte de Julián con tanta calma.

Dio un paso.

El caballo volvió completamente la cabeza.

El rojo de sus ojos se abrió como una brasa avivada. Mateo distinguió el interior de las pupilas y, por un instante, creyó ver algo moviéndose allí.

Se detuvo.

El olor llegó después: cuero caliente, pelo chamuscado.

El jinete acarició de nuevo al animal.

—Puedes seguir tu camino.

Mateo no se movió.

—¿Va a volver a mi casa?

—Mientras conserves lo que busco, sabré dónde encontrarte.

—Puedo tirarlo.

—Puedes intentarlo.

El hombre giró el caballo hacia la bifurcación.

Mateo notó entonces que las herraduras dejaban impresiones oscuras sobre la tierra.

El jinete se detuvo antes de alejarse.

—Esta noche todavía podías decir que no.

Mateo lo miró.

—Siempre podré.

El desconocido inclinó la cabeza, casi con tristeza.

—Ojalá todos estuvieran seguros de eso antes de tener hambre.

Después avanzó hacia los mezquites.

Mateo permaneció en el camino hasta perder de vista los últimos reflejos de plata.

Los cascos siguieron sonando unos momentos.

Luego cesaron de golpe.

Cuando llegó a San Jerónimo, la mayoría de las casas estaba cerrada.

Había luz en la suya.

Inés abrió antes de que Mateo llamara. Tenía el rostro pálido y una vela en la mano.

—¿Por dónde volviste?

Él pasó junto a ella.

Clara dormía sobre la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Habían colocado un chal bajo su mejilla.

Mateo dejó el morral en el suelo.

El golpe de las herramientas hizo que su hermana despertara.

—Volviste —murmuró.

Él le acarició el cabello.

—Te lo dije.

Clara sonrió, todavía medio dormida.

Inés lo ayudó a llevarla a la cama. La niña volvió a dormirse mientras Mateo le quitaba las botas.

Al regresar a la cocina, él se sentó.

El cansancio le había llegado de una vez. Tenía las piernas rígidas y un dolor detrás de los ojos.

Inés puso la vela entre ambos.

—Lo encontraste.

Mateo asintió.

—Me ofreció dinero.

Ella cerró los ojos un instante.

—¿Lo tomaste?

—No.

Inés apoyó una mano sobre la mesa. Sus dedos temblaban.

Mateo la observó.

—Sabes quién es.

Ella tardó en responder.

—En el pueblo lo llaman el Charro Negro.

El nombre encontró sitio entre lo que Mateo había visto: el traje, el caballo, los ojos encendidos, el oro. Recordó conversaciones que los adultos suspendían cuando él entraba, advertencias sobre los caminos de noche, un cuento que su madre nunca quiso terminarle.

—¿Y qué es?

Inés miró la puerta del cuarto de Clara.

—Mañana vamos a buscar los papeles de tu padre.

—Quiero que me lo digas ahora.

La llama se inclinó hacia ella aunque no había corriente de aire.

Inés juntó las manos.

—Mi hermano también lo encontró.

Mateo recordó a Tomás: un muchacho inquieto que fabricaba resorteras y siempre llevaba las rodillas raspadas.

—¿Dónde está?

Inés bajó la mirada.

Mateo esperó.

—Hace tres años salió a comprar una parcela —dijo ella—. Llevaba una bolsa de monedas. Nadie lo ha vuelto a ver.

En el taller sonó un golpe metálico.

Ambos se quedaron inmóviles.

Mateo se levantó y tomó la vela.

Inés lo siguió hasta la puerta.

Abrió el cajón de los formones, apartó la caja de tornillos y retiró la tabla. El cofre estaba donde lo había dejado.

Levantó la tapa.

El pañuelo yacía desplegado.

La moneda descansaba encima.

Mateo la tomó con la tela, evitando tocar el oro. Su nombre seguía grabado en una cara.

Al volverla, vio que el caballo de la otra ya no tenía una pata levantada.

Las cuatro estaban apoyadas en el suelo.

Sobre su lomo había aparecido un jinete.

Inés soltó una respiración breve.

Mateo acercó la vela.

En aquella figura diminuta se distinguían el sombrero, los adornos del traje y una bolsa extendida en la mano.

Debajo, junto al borde de la moneda, había una palabra nueva:

ESPERARÉ.

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