Capítulo 3 de 13
El nombre prohibido
Inés no quiso quedarse sola mientras Mateo guardaba la moneda.
Lo acompañó hasta el banco de trabajo y sostuvo la vela a una distancia prudente. Él envolvió el oro con el pañuelo, cerró el cofre y lo colocó de nuevo bajo la tabla del cajón.
Después buscó una llave.
—Ese cajón no tiene cerradura —dijo Inés.
Mateo examinó el frente de madera como si acabara de descubrirlo.
—Mañana le pondré una.
Ella miró la caja de tornillos con la que él había cubierto el escondite.
—¿Crees que eso servirá?
Mateo no respondió.
Todavía sentía en los dedos la tibieza de la moneda. Recordaba la palabra recién aparecida, las pequeñas letras alrededor de su nombre. Le resultaba imposible aceptar que aquella pieza supiera lo ocurrido en el camino.
Pero Inés también la había visto.
La observó a la luz de la vela. Tenía los labios apretados y una mancha de tinta en el costado de la mano. Durante el desayuno había parecido una mujer capaz de ordenar cuadernos, repartir tareas y sostener una casa en medio de un entierro. Ahora no sabía dónde apoyar los ojos.
—Lo de Tomás —dijo Mateo—. Necesito que me cuentes todo.
Inés se volvió hacia la puerta.
—Aquí no.
Regresaron a la cocina.
Mateo añadió un poco de leña al fogón. El calor tardó en alcanzarles las manos. Inés acercó una silla, pero permaneció de pie hasta comprobar que Clara seguía dormida.
Al sentarse, dejó sobre la mesa el manojo de llaves que llevaba en el bolsillo.
—Mi hermano quería comprar el terreno que está detrás del molino —comenzó—. ¿Te acuerdas?
Mateo asintió.
Tomás solía hablar de construir allí una casa, incluso cuando todavía eran muchachos y no tenían dinero para comprar una gallina.
—Había ahorrado durante cuatro años —continuó Inés—. Trabajaba donde podía: en la cosecha, reparando cercas, ayudando a descargar las carretas. Cada domingo contaba lo que llevaba.
Movió las llaves con un dedo.
—Luego nuestra madre enfermó.
Mateo esperó.
—Gastó casi todo. El terreno seguía en venta, pero Laureano dijo que había otro comprador y que no podía esperar. Tomás comenzó a salir por las tardes. Volvía cuando yo ya estaba acostada.
—¿Te decía adónde iba?
—A buscar trabajo.
Inés miró hacia el fogón.
—Una noche llegó contento. Hacía mucho que no lo veía así. Puso una bolsa sobre esta misma clase de mesa y me dijo que al día siguiente íbamos a conocer al dueño de nuestra casa.
Mateo recordó el cordón de cuero entre los dedos del jinete.
—¿Te mostró el dinero?
—Sí.
—¿Las monedas tenían su nombre?
Inés negó lentamente.
—No las miré con tanto cuidado. Él tampoco me dejó tocarlas. Dijo que primero tenía que arreglar unos papeles.
Se quedó callada.
Mateo oyó una gota caer dentro de la jarra de agua.
—¿Después?
—Salió al amanecer con Laureano. El prestamista regresó solo por la tarde. Dijo que mi hermano había cambiado de opinión y se había marchado a trabajar lejos.
—¿Le creíste?
—Fui a su despacho. Luego al terreno. Después a la estación. Nadie había visto a Tomás.
Inés se frotó la mancha de tinta hasta enrojecerse la piel.
—Busqué durante semanas. Un arriero me dijo que lo había encontrado la noche anterior en el camino del molino, conversando con un charro de negro. Pensó que era alguien importante por el caballo y la ropa.
Mateo acercó su silla.
—¿Y el arriero?
—Se fue del pueblo. Antes de marcharse me pidió que no repitiera su nombre.
—Todos aquí parecen saber algo.
Inés levantó la vista.
—Saber una historia no es lo mismo que ver desaparecer a alguien.
Mateo bajó los ojos.
Ella recogió sus llaves.
—Julián me ayudó a buscarlo.
Aquello lo hizo mirarla de nuevo.
—¿Mi padre?
—Fue el único que no me dijo que Tomás se había ido por voluntad propia.
—Nunca me escribió sobre eso.
—Yo tampoco sabía lo de la moneda que guardaba.
Durante un momento compartieron el mismo desconcierto. Cada uno había conocido una parte distinta de Julián, y ninguna parecía suficiente.
Inés se levantó.
—Mañana dejaré a los niños copiando una lectura con la señora Petra. Vamos a hablar con el padre Anselmo y después revisaremos el archivo.
—¿Qué vamos a buscar?
Ella tardó en responder.
—Un nombre. Alguien tuvo que conocerlo antes de que empezaran a llamarlo así.
Mateo acompañó a Inés hasta su casa.
No llevaba mucho camino, pero ninguno de los dos propuso que fuera sola.
Las puertas estaban cerradas. En algunas ventanas quedaba una línea de luz. Al pasar junto a la botica, un perro se levantó para olfatearlos y luego volvió a echarse bajo el alero.
Mateo miró hacia la salida del pueblo.
Nada se movía allí.
Inés introdujo la llave en su cerradura.
—No lleves la moneda mañana.
—No pensaba hacerlo.
Ella asintió, aunque no pareció tranquilizarse.
Antes de entrar, lo sujetó suavemente por el brazo.
—Cuando te ofreció la bolsa, ¿qué sentiste?
Mateo estuvo a punto de responder que miedo.
Pero recordó las botas de Clara, el techo roto, los dedos del administrador cerrando los papeles. Recordó también la rapidez con la que había calculado lo que podría comprar.
—Quise tomarla.
Inés lo soltó.
No hubo reproche en su rostro.
—Tomás también quiso.
El padre Anselmo los recibió después de la misa de la mañana.
Estaba en la sacristía, doblando una estola. Al verlos dejó la tela sobre una mesa y miró primero a Inés, después a Mateo.
—¿Cómo está Clara?
—Durmió —respondió él—. Yo no.
El sacerdote señaló dos sillas.
Mateo permaneció de pie.
—Encontré al jinete en Las Cruces.
El padre Anselmo dejó de acomodar la estola.
—¿Qué ocurrió?
—Me ofreció oro. Lo rechacé.
El sacerdote cerró los ojos un instante.
—Hiciste bien.
Mateo sintió que algo dentro de él cedía, pero el alivio se convirtió enseguida en rabia.
—Entonces sabía.
—Sabía lo que se cuenta.
—Ayer me dijo que mi padre estaba agotado.
—Lo estaba.
—También estaba metido en algo que usted no quiso explicarme.
El sacerdote apoyó una mano sobre la mesa.
—Julián venía aquí a veces. Se sentaba en la última banca. No siempre quería hablar.
—¿Le contó lo del dinero?
Anselmo miró hacia la puerta abierta de la sacristía.
—No voy a repetir lo que me haya dicho en confesión.
Mateo sacó del bolsillo la nota de su padre.
—Esto me lo dejó a mí.
El sacerdote la leyó sin tomarla.
Al llegar a la última línea, sus dedos se apartaron de la mesa.
—¿Conservas esa moneda?
—Escondida.
—Que siga así.
—Ahora tiene mi nombre grabado.
Inés se acercó.
—Yo lo vi. También apareció una palabra después de que Mateo regresara.
Anselmo se sentó.
Por primera vez desde el entierro, Mateo advirtió lo viejo que era. La piel de sus manos parecía demasiado fina y tenía una pequeña mancha oscura junto a la oreja.
—No sé qué significa eso —dijo el sacerdote.
Mateo lo observó buscando una evasión. Encontró cansancio.
—¿Quién era el hombre del caballo?
Anselmo dirigió la mirada a Inés.
—¿Ya revisaste los libros antiguos?
—Solo los de los últimos años, cuando buscaba a Tomás.
El sacerdote se levantó con esfuerzo y tomó un manojo de llaves de un gancho.
—Hay papeles anteriores a mi llegada que nunca se ordenaron. Escrituras, correspondencia, cuentas de donaciones. Si van a buscar, comiencen por los propietarios de las haciendas viejas.
Les entregó una llave larga, ennegrecida en los dientes.
—La sala del fondo.
Mateo la recibió.
—¿Por qué nos ayuda ahora?
Anselmo recogió la estola y la dobló de nuevo, aunque ya estaba doblada.
—Porque ocultar lo que no entiendo no ha protegido a nadie.
El archivo ocupaba una habitación junto al patio parroquial.
Inés abrió los postigos. La claridad reveló estantes de madera, cajas apiladas y dos mesas cubiertas de polvo. El aire olía a papel húmedo y cera.
Mateo había imaginado que encontrarían un libro con la respuesta escrita en una página. Al ver las filas de documentos comprendió que podían pasar semanas allí.
Inés se quitó el chal y lo dejó sobre una silla.
—No saques nada de su sitio sin anotar de dónde viene.
Buscó hojas limpias, una pluma y un tintero.
Mateo miró los estantes.
—¿Los ordenaste tú?
—Estos —dijo ella, señalando los más próximos a la ventana—. Los del fondo estaban así antes de que yo naciera.
Comenzaron con registros de entierros.
Inés copiaba nombres mientras Mateo pasaba páginas con cuidado. Encontraron niños muertos durante una epidemia, mujeres que no sobrevivieron al parto y hombres descritos apenas como jornaleros sin domicilio conocido.
A media mañana, Mateo se detuvo ante una anotación.
—Aquí dice que uno murió en Las Cruces.
Inés se inclinó.
La fecha era de veintitrés años atrás.
El difunto se llamaba Rafael Cárdenas. Al margen, una mano distinta había añadido: Hallado sin señales de violencia. Llevaba dinero que su familia no reconoció.
Inés abrió su cuaderno.
Había varias páginas llenas de nombres.
Mateo señaló uno.
—¿Quiénes son?
—Personas que desaparecieron. O que murieron de una manera que hizo hablar al pueblo.
—¿Desde cuándo los anotas?
—Desde Tomás.
Debajo de algunos nombres había dibujado un círculo pequeño.
Una moneda.
Mateo pasó el dedo por el borde de la hoja.
—Mi padre te ayudaba con esto.
—Me decía qué caminos había recorrido y con quién había hablado. A veces conseguía nombres que nadie quería darme.
Inés volvió a mirar el registro.
—Rafael no está en mi lista.
Lo añadió.
Continuaron buscando.
Hacia el mediodía, Mateo comenzó a sentir el hambre y la rigidez del cuello. Se levantó para estirar las piernas y examinó una caja situada sobre un estante bajo.
En la tapa alguien había escrito: Donaciones de fincas y propietarios.
Dentro había recibos atados con hilo, cartas y varias fotografías pegadas a cartones.
Mateo levantó una.
Mostraba a un grupo de hombres frente a una hacienda. Algunos llevaban ropa de trabajo; otros, chaquetas y sombreros. En el centro, separado de los demás por un pequeño espacio, había un charro.
Mateo acercó la fotografía a la ventana.
El traje tenía una hilera de adornos claros sobre los costados del pantalón. Los bordados del pecho apenas se distinguían, pero reconoció su distribución. También el sombrero, la manera de sujetar las riendas y la mano izquierda descansando junto a la cintura.
El caballo aparecía detrás.
Mateo dejó de respirar durante unos segundos.
—Inés.
Ella levantó la cabeza.
Él extendió el cartón.
—Es él.
Inés tomó la fotografía.
El hombre retratado tenía un rostro estrecho, bigote y ojos hundidos. Su expresión era seria, casi impaciente. Bajo la sombra del sombrero podía verse una pequeña marca sobre la ceja derecha.
—¿Le viste la cara anoche?
—No toda. Pero el traje… El caballo…
Mateo señaló la manga. Allí había un bordado con forma de rama curvada que recordaba con precisión.
Inés volvió el cartón.
En el reverso encontraron una anotación:
Hacienda Montenegro. Bendición del nuevo pozo. Septiembre de 1843.
Debajo estaba el nombre del propietario.
Don Esteban Montenegro.
Mateo leyó la fecha de nuevo.
Más de sesenta años.
Se sentó lentamente.
Inés dejó la fotografía entre ambos.
—Podría ser un descendiente —dijo.
Mateo agradeció que lo intentara.
Pero los dos recordaban la moneda.
Buscaron el apellido Montenegro en escrituras, donaciones y registros parroquiales.
El nombre apareció muchas veces.
Esteban había entregado dinero para reparar la torre, comprado tierras a tres familias y pagado la construcción de un tramo del camino que llevaba a su hacienda. En los recibos figuraban cantidades tan altas que Mateo pensó en el hombre de Santa Aurelia negándole una jornada de trabajo.
Luego encontraron su matrimonio.
La novia se llamaba Rosario Aguilar.
Esteban figuraba como jornalero.
Mateo miró la fecha y después la de una escritura de compra.
Habían transcurrido menos de dos años.
—¿Un jornalero podía comprar una hacienda?
Inés hizo una anotación.
—Necesitaría una herencia, un socio o dinero que no aparece aquí.
Siguieron retrocediendo.
Encontraron el bautizo de un hijo, Nicolás. Después varios papeles en los que Esteban aún no utilizaba el tratamiento de don. Su firma era torpe al principio; en los últimos documentos se extendía con un trazo firme.
Mateo comparó ambas.
Pensó en las manos de su padre, en lo distintas que se volvían después de una jornada de trabajo.
Inés apartó un registro grueso y abrió otro, de tapas verdes.
Recorrió dos páginas.
Se detuvo.
—Mateo.
La anotación estaba fechada en noviembre de 1848.
Esteban Montenegro, casado con Rosario Aguilar, propietario de la finca de su apellido.
La línea siguiente hablaba de un fallecimiento.
Mateo se inclinó hasta casi tocar el papel.
—Aquí dice que murió.
Inés leyó el resto en silencio.
No había constancia de sepultura.
En el margen, con tinta más pálida, alguien había escrito:
Asiento realizado por declaración de la esposa. No fue presentado el cuerpo.
Mateo recordó el ataúd que había llevado sobre el hombro.
—¿Cómo lo dieron por muerto?
Inés pasó la hoja.
Había una referencia a una carta depositada entre la correspondencia del párroco.
Se levantó y fue hacia el estante del fondo.
Mateo permaneció junto al libro abierto. La fecha, el nombre y la ausencia del cuerpo parecían dispuestos allí para que él los encontrara.
Al otro lado de la ventana, unas niñas cruzaron el patio riendo.
Una llevaba las trenzas deshechas. Mateo pensó en Clara, esperando en la escuela, y sintió una necesidad urgente de verla.
—Aquí está —dijo Inés.
Había encontrado una carpeta de documentos sueltos.
La abrió sobre la mesa.
La carta estaba dirigida al antiguo párroco.
La letra era menuda y ordenada. Algunas palabras habían perdido color; otras seguían tan oscuras que parecían escritas el día anterior.
Inés comenzó a leer en voz baja.
—«Padre, le ruego que no permita que se diga que mi esposo huyó…»
Mateo acercó una silla.
Rosario afirmaba que Esteban había cambiado durante sus últimos meses. Mandó retirar objetos de plata de su habitación, dejó de recibir visitas y ordenó a los empleados que no abrieran las puertas después de la puesta del sol.
Una noche se encerró en el dormitorio.
Su esposa escuchó voces.
Después oyó un caballo dentro de la casa.
Mateo se pasó una mano por la boca.
Inés continuó.
Rosario había llamado a los criados. Dos hombres intentaron forzar la puerta mientras ella escuchaba a Esteban suplicar a alguien que esperara.
Cuando consiguieron entrar, no encontraron a nadie.
La ventana estaba cerrada por dentro.
Sobre el suelo había cuatro marcas quemadas.
Inés dejó de leer.
Mateo vio las huellas frente a su propia casa con una claridad insoportable.
—Sigue.
Ella bajó la vista.
La última parte de la carta estaba escrita con trazos menos firmes.
No puedo explicar lo que vi después. Desde la ventana reconocí su caballo en el patio. El hombre que lo montaba llevaba la ropa de Esteban, pero no volvió la cara cuando lo llamé.
Mi esposo dejó de ser mi esposo antes de abandonar esta casa.
Mateo se levantó.
Necesitaba aire.
Fue hasta la ventana y apoyó las manos sobre el marco. El patio parroquial seguía allí: una cubeta junto al pozo, ropa tendida, un anciano atravesándolo despacio.
Aquella normalidad le resultó extraña.
Inés pasó otra hoja.
—Hay algo más.
Mateo regresó.
Era una nota breve, sin fecha, escrita por el sacerdote que había recibido la carta.
La señora Montenegro entregó también un cuaderno. Por su contenido, se conserva separado de los registros.
Debajo había una referencia a un armario.
Mateo miró los muebles de la habitación.
—¿Cuál?
Inés señaló el del rincón.
Tenía dos puertas de madera oscura y una cerradura pequeña.
Probaron la llave que les había dado Anselmo.
No entró.
El sacerdote acudió cuando Inés fue a buscarlo.
Leyó la nota, observó la fotografía y se quedó inmóvil ante ella.
—Yo vi esto una vez —murmuró.
—¿Cuándo? —preguntó Mateo.
—Mi antecesor me mostró algunos documentos al llegar. Este pueblo conservaba demasiadas historias y yo tenía mucho trabajo.
Su voz perdió fuerza en la última frase.
Buscó entre sus llaves hasta encontrar una pequeña.
La cerradura del armario se resistió. Mateo tuvo que sujetar una puerta mientras Anselmo giraba la llave.
Dentro había legajos, una caja de metal y varios libros envueltos en tela.
Inés consultó la referencia de la nota.
Sacó un paquete del estante inferior.
El cuaderno tenía las tapas deformadas por la humedad. Una cinta oscura lo mantenía cerrado. En el borde del papel se veían manchas y pequeños agujeros.
Mateo lo sostuvo con ambas manos.
En la primera página alguien había escrito:
Para Nicolás, si alguna vez pregunta quién fue su padre.
Debajo aparecía la firma de Rosario.
Anselmo se apartó de la mesa.
—No puedo decirles qué encontrarán ahí.
Mateo levantó la vista.
—Ya hemos encontrado a un muerto montando a caballo.
El sacerdote no respondió.
Inés soltó la cinta con cuidado.
Las primeras hojas estaban escritas con la misma letra de la carta. Había fechas, descripciones de una casa pequeña y gastos de comida. Rosario hablaba de su hijo, de la falta de lluvia y de Esteban buscando trabajo.
Mateo sintió una decepción breve, seguida de vergüenza. Había esperado encontrar un monstruo desde la primera línea.
Encontró a una familia.
Inés pasó varias páginas.
Entonces apareció una frase subrayada:
La noche en que Esteban volvió con el oro, creí que por fin dejaríamos de tener miedo.
El padre Anselmo miró hacia la puerta.
Mateo acercó el cuaderno.
En la página siguiente, Rosario había copiado algo que su esposo le contó días después. La tinta estaba corrida en dos palabras, pero el resto podía leerse.
Dijo que conoció a un caballero junto a la barranca. Dijo que aquel hombre no le pidió una firma.
Le pidió que abriera la mano.
Mateo sintió el peso de la bolsa que había rechazado, aunque nunca la había tocado.
Inés comenzó a pasar la hoja.
Algo cayó del cuaderno y golpeó la mesa.
Los tres se apartaron.
Era una fotografía pequeña, recortada de un retrato mayor. Mostraba a Rosario sentada, con un niño apoyado contra sus rodillas. En la parte inferior, casi fuera de la imagen, aparecía la mano de Esteban.
Estaba abierta.
En la palma había una moneda.
Mateo no quiso acercarse. En aquella imagen pequeña apenas se distinguía el brillo del metal.
Inés volvió la fotografía.
En el reverso, Rosario había anotado el nombre grabado en la moneda: Nicolás. Debajo había escrito una línea:
El oro empezó a nombrarnos antes de que supiéramos lo que había aceptado.
Mateo recordó el cofre escondido en su taller.
Luego pensó en Clara.
Apartó la silla tan bruscamente que cayó de espaldas.
—Tengo que ir a casa.
Inés recogió el cuaderno.
—Voy contigo.
Salieron del archivo sin esperar a que Anselmo cerrara el armario.
En el patio sonaron las campanas anunciando la tarde.
Mateo cruzó hacia la calle y aceleró el paso. Por primera vez desde su regreso comprendió algo que le daba más miedo que encontrarse solo con el jinete.
La moneda llevaba su nombre.
Todavía no sabía qué tendría que ocurrir para que llevara también el de su hermana.

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